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Hoy en día, Roosevelt Island está plagado de turistas que atiborran el teleférico para cruzar por tres minutos el rio del Este, pero hubo una época en el que la realidad no podía ser más diferente.
Los primeros habitantes de Roosevelt Island fueron en su mayoría prisioneros, enfermos mentales y pacientes de viruela o fiebre amarilla y muchos de ellos fueron trasladados desde el Hospital Bellevue a la entonces llamada Blackwell Island.


El Hospital Bellevue tiene sus orígenes en el siglo XVIII, cuando un asilo ubicado en lo que hoy en día es el City Hall destinaba seis camas para los cuidados de pacientes con enfermedades mentales. Años más tarde, la ciudad compró un terreno que pertenecía a una granja cerca del East River para construir lo que hoy en día es el hospital más antiguo de Estados Unidos.
En el siglo XIX, el gobierno de la ciudad decidió comprar Blackwell Island, justamente cuando Bellevue estaba abarrotado y mandaba sus pacientes a lo que hoy se conoce como Roosevelt Island. Cuentan que más de uno trató de escapar de la isla tratando de nadar por las aguas del East River y es que las personas que llegaban a la entonces Blackwell Island, tenían un boleto de entrada pero no de salida.






Blackwell Island, ubicada entre Queens y Manhattan, no podía estar más alejada del Bellevue Hospital, pero esa era la idea. La accesibilidad limitada de la isla era una característica que tardaría siglos en cambiar. El propósito principal de mandar a prisioneros y enfermos a Roosevelt Island en el siglo XIX e inicios del XX era justamente mantener a la población lo mas lejos posible.
El contraste de oscuridad de la isla debió haber sido aún mayor con los primeros intentos de Edison en alumbrar la ciudad de Nueva York, y después con la construcción de los primeros rascacielos. En el siglo XX cuando el puente de Queensboro inauguró su estructura en 1909, conectando Manhattan con Queens, la isla continuaba de alguna manera marginada por tener pocas vías de acceso.


Por otra parte el Hospital Bellevue también contaba con su propia morgue, que se convirtió en la primer morgue de la ciudad. Mas tarde continúo ampliando sus instalaciones y albergando diferentes avances científicos.
En el siglo XX principios de los años 70, construyeron un edificio conocido como El Cubo que también forma parte del complejo hospitalario del Bellevue.
El Hospital Bellevue está ubicado en 1st Avenue y combina instalaciones de vanguardia conservando parte de su edificación original y aunque no es un lugar turístico, es un referente de la historia de la ciudad.
Tanto Bellevue como Roosevelt Island tienen historias de terror por la naturaleza de sus antiguos habitantes y hay quienes aseguran que ambos lugares están embrujados. Lo cierto es que ambos son una prueba de la vertiginosa transformación de Manhattan.

Bellevue Hospital and Roosevelt Island: The oldest hospital in Manhattan and the island that no one wanted to visit.
Nowadays, Roosevelt Island is full of tourists who crowd the tramway to cross from Manhattan for a 3 minutes ride over the East River, but once upon a time, the reality could not be more different. The first inhabitants of Roosevelt Island were mostly mentally ill and patients infected with smallpox or yellow fiver. Many of them were transferred from Bellevue Hospital to Blackwell Island.
Bellevue Hospital has its origins in the 18th century, when an asylum located in what is now City Hall used six beds to care for patients with mental illnesses. Years later, the city purchased land that belonged to a farm near the East River to build what is now the oldest hospital in the United States.
In the 19th century, the city government decided to purchase Blackwell Island, just as Bellevue was overcrowded and sending its patients to the island. They say that more than one tried to escape from the island by swimming through the waters of the East River. At that time, the island had only a one-way ticket to get in but then you were not able to leave.
Currently, one of the waiting rooms at Bellevue Hospital preserves an ambulance that dates back to 1898.
Blackwell Island, located between Queens and Manhattan, couldn’t be further from Bellevue Hospital, but that was the idea. The limited accessibility to the island was a characteristic that would take centuries to change. The idea of keeping the population away from the mentally ill and prisoners was a characteristic of Roosevelt Island.
The contrast should have been even greater with the beginnings of the first lights that illuminated Manhattan and later the construction of the first skyscrapers, it should have contrasted even more with the austere constructions that populated the island at that time.
In the 20th century, when the Queensboro Bridge opened its structure in 1909, connecting Manhattan with Queens, the island continued to be somewhat marginalized due to having few access roads.
On the other hand, Bellevue Hospital also had its own morgue, which became the first morgue in the city. Later it continued to expand its facilities and house different scientific advances. In the 20th century, in the early 1970s, a building known as The Cube was built, which is also part of the Bellevue hospital complex.
Both Bellevue and Roosevelt Island have horror stories due to the nature of their former inhabitants and some people believe that both places are haunted. The truth is that both are a reference in the history of the city, and proof of the dizzying transformation of Manhattan.
462 First Avenue, Kips Bay
Manhattan NY.
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No todo es miel sobre hojuelas a la hora de viajar. Es lindo conocer otros lugares y ver otras realidades, pero la verdad es que hay algunos detalles que aunque se convierten en anécdotas, de pronto no son tan agradables. Aquí les comparto una al llegar a NYC.
De todos modos, ese detalle no mermó para nada la diversión en mi viaje y la fascinación por Nueva York con todo y sus ríos de gente.
Hace poco me sentí muy identificada con una cuenta que sigo en Instagram, que decía que Nueva York no es para caminantes lentos ¡y es totalmente cierto! Sobre todo en la Quinta Avenida donde todos van como si trajeran rieles.
Estuve ahí tomando algunas fotos y no de algo en particular, sino de la avenida, de las personas al pasar, de los camiones. Los escalones estaban vacíos cuando llegué, pero pronto se convirtieron en punto de reunión de varias personas.
Involuntariamente escuché una que otra conversación y es que estuve ahí casi diez minutos, pero en ese corto lapso de tiempo, se paró una familia junto a mí a decidir dónde ir y ponerse de acuerdo, porque al parecer unos querían hacer una cosa y otros, se empeñaban en ir en dirección opuesta. Después, un grupo de turistas asiáticos (a ellos no les entendí mucho…) también subieron esas escaleras y parecían estar viendo una aplicación del celular.
También un fotógrafo decidió irse justo al peldaño debajo de donde estaba yo a cambiarle el lente a su cámara y ponerle un transmisor en la zapata; más tarde, un grupo de adolescentes a los que también les latió ese espacio, se pararon un rato ahí para mirar hacia arriba y para todos lados.
Me gustó ese pequeño respiro. Creo que en la ciudad donde vivo no lo he hecho nunca eso de parar-para-ver. En cierta forma al viajar puedes darte esos pequeños lujos. Observar un poco más… tal vez de espiar furtivamente a un grupo de personas que se cruzan en el mismo espacio y tiempo contigo y, aunque son absolutamente desconocidas, ahora también ya forman parte de tu viaje.
Por fuera, es como un ave levantando las alas y por dentro como una moderna caverna de líneas curvas de acero y mármol blanco. Así es el Oculus de Manhattan, una estación de metro super sofisticada.
Pero el Oculus causó polémica desde su inicio y hasta la fecha. El arquitecto Calatrava y su paloma «a punto de emprender el vuelo», como él mismo la define, ha contado con opiniones favorables y muchas en contra, por el costo multimillonario de la obra (4 mil millones de dólares de fondos públicos) y 12 años de construcción a cuestas.
Las dimensiones y el espectáculo visual entre las luces de los aparadores y publicidades conviven con la estructura de interminables líneas inmaculadas que contrastan con los apresurados transeúntes que van al mall o hacia alguna de las once líneas de metro que conecta esta monumental estación.


























