Raúl y Ramón lograron entrar con esfuerzo a la planta de energía, encontrándose con un pasillo amplio, largo, oscuro y recto. Al fondo, una luz proveniente de una habitación rompía la penumbra. Se miraron y, con determinación, comenzaron a caminar hacia ella. El tigre tomó el brazo de su amigo y lo colocó alrededor de su cuello para ayudarlo a sostenerse.
— No te preocupes, bro — mencionó Raúl, deteniendo sus pasos y soltándose suave de Ramón —. Puedo caminar bien, en serio.
— No mientas, ve cómo estás — señaló el tigre el cuerpo de su novio —. Yo te ayudo — intentó volver a tomar su brazo, pero Navarro lo alejó un poco.
— Estoy bien — comentó Raúl, acercándose al tigresote y dándole un beso afectuoso en la frente —. Sigamos adelante, con cuidado — pidió Navarro, volviendo a su camino, hacia la habitación que se distinguía a lo lejos.
Ambos estaban atentos a todo, Raúl cojeaba un poco, pero se sobreponía al dolor, Ramón tenía dolor en todo el cuerpo.
Al llegar y entrar en la habitación, se desconcertaron al darse cuenta de que se trataba de un lugar amplio y vacío casi en su totalidad, pero, allí en medio, sobre un trono hecho de sartenes, cubiertos y utensilios, se encontraba Gula, sentado y esperándolos con una gran sonrisa.
— Adelante, pasen, pasen. Están en mis dominios — se levantó el pecado, afable —. Me sorprende ver que han logrado dejar atrás a mis generales, pero bueno... no esperaba menos del portador de las gemas — mencionó, extendiéndole la mano a Raúl, quien, al no notar agresión por parte de la calamidad, aceptó el saludo, pero, al tomar su mano, sintió una energía abrumadora por parte del jabalí, soltándola casi al instante —. Como ya saben, esta es una de las centrales de energía que Ira nos confió — levantó los brazos, aludiendo a la grandeza del lugar—. Si destruyen las siete centrales, acabarán con Ira — explicó como si no fuera la gran cosa.
— ¡¿Por qué filtra información tan importante?! — replicó Ira, desde Carabancel a las demás calamidades, que se reían por la ocurrencia de Gula, observando el encuentro desde el monitor principal de su base.
— ¡Venimos a destruir este lugar! — explicó Ramón a Gluto, quien miró el rostro del tigre, reconociéndolo, acercándose a él para quedar frente a frente.
— Pero miren nada más, es mi felino aprendiz — celebró con gusto, estrechando su mano —. Qué pequeño es el mundo — se río, dándole a Ramón un par de palmaditas en el hombro —. Por desgracia, no puedo permitir que vengan y que intenten entorpecer nuestros planes. Hay que mantener una cierta reputación, ya saben — giró, para hacer un guiño a una de las cámaras, cosa que sus compañeros desde Carabancel, aplaudieron, divertidos, mientras que Ira no entendía nada en lo absoluto —. Y la verdad, es que de cierto modo me agrada su visita. Hace tiempo que no tengo un duelo con nadie a mi altura y estaré encantado de enfrentar al portador de las gemas en una pelea — declaró, haciendo que el par se pusiera a la defensiva ante la amenaza —. Si me vencen, la central dejará de funcionar, pero si yo gano¬... — hizo una pausa y los miró fijo — me los comeré vivos — culminó, borrando su sonrisa, poniéndose serio, intimidando a Ramón y Raúl que, de inmediato, se colocaron en posición de ataque.
— Estamos listos — expresó el tigre.
— No te tenemos miedo — replicó Navarro.
Gula siguió mirándolos serio, para luego echarse a reír, desconcertándolos.
— Yo no soy tan salvaje, muchachos — se burló el pecado —. Lo que quiero es un duelo a nivel... ¿Cómo podríamos llamarlo? Un poco más... sofisticado — encontró las palabras, sin darse a entender en realidad.
De pronto, Gula chasqueó los dedos y el piso comenzó a temblar de forma violenta. Ramón y Raúl, alarmados, dieron unos pasos hacia atrás, observando con ojos muy abiertos cómo se formaba un gran socavón en el centro de la sala. El suelo se abrió y emergieron dos cocinas equipadas en su totalidad, una en cada extremo. En el centro, una cornucopia surgió majestuosa, llena de una variedad impresionante de ingredientes vegetales y frutales. A los lados, aparecieron dos congeladores y dos refrigeradores llenos de carnes, rodeados de una gran variedad de especias.
Navarro y el tigre no entendían nada, solo miraban las cosas que sobresalieron de la tierra, hasta que Gula se giró hacia ellos, clavándoles la mirada sin perder la sonrisa.
— Les propongo esto — pausó el pecado, pensando en sus palabras —. Ustedes contra mí. Quien sea capaz de preparar un platillo trascendental, vencerá, y si no — de repente, se puso serio —, ¡me los comeré a pedazos!
De repente, del techo, dos luces de reflectores alumbraron las cocinas. Ramón y Raúl se miraron entre sí, extrañados.
— Pero acérquense, que ya vamos a empezar — alentó el pecado al par, que se comenzaron a acercar de forma lenta, cautelosos, mientras él se colocó detrás de la barra de su estación.
Al estar frente a la cocina más cercana, Raúl y Ramón se dieron cuenta que tenía toda clase de enseres, desde estufas, freidoras, licuadoras, hasta los cubiertos, platos, servilletas, toda una gama de utensilios.
— ¿Y qué debemos hacer con exactitud? — preguntó Ramón a Gula, provocando que Raúl lo mirara con extrañeza.
— ¿De verdad piensas seguirle la corriente? — cuestionó Navarro al tigre en voz baja, incrédulo.
— ¡Lo que ustedes quieran! — alzó la voz Gula —. ¡Cualquier platillo e ingrediente es válido! La única regla aquí es que solo tendrán una hora para hacer un plato que supere al mío. Con el método y técnica que ustedes deseen. El sabor y la presentación también es un factor, no lo olviden. Tan solo imaginen que están en un restaurante lujoso, con un chef de una experiencia extrema... y ese chef, soy yo.
Ramón asintió, determinado. Raúl lo tomó del brazo.
— No estoy seguro de que esto sea una buena idea — susurró Navarro a su novio.
— Aceptemos, bro. No perdemos nada — expresó el tigresote, decidido y susurrante —. Esta será una de nuestras mejores peleas y, si podemos vencerlo cocinando, será pan comido.
— ¡¿Ya?! — gritó Gula, desesperado.
— ¡Ya vamos, ya vamos! — respondió Ramón, para luego volver a mirar a Raúl —. Entonces, ¿qué dices?
Raúl giró para ver al pecado, que se estaba poniendo un mandil blanco de chef. Luego, el muchachote volvió a mirar al tigre, notando su determinación.
— Está bien — mencionó Raúl, confiando en Ramón.
— ¡Aceptamos el duelo! — Ramón alzó la voz al pecado, con voluntad firme. Satisfecho, Gluto Olivera mostró sus colmillos y demás dientes en una sonrisa maligna y a la vez cómica.
Al momento, un cronómetro apareció en la barra de la cocina del par, marcando un tiempo en específico que Gluto se apresuró a aclarar.
— ¡Tienen sólo cinco minutos antes de comenzar para decidir qué es lo que van a cocinar! — aclaró el pecado — Una vez el tiempo se termine, la batalla empezará.
El cronometro comenzó su primera cuenta regresiva, Ramón y Raúl se miraron tensos, pensando en qué platillo hacer, mientras que Gula, sin perder tiempo, se dirigió a la cornucopia a tomar lo necesario:
— Necesito... — consideró Gluto sus ingredientes.
4 champiñones portobello grandes.
2 cucharadas de aceite de oliva.
2 cucharadas de salsa de soya.
2 dientes de ajo, picados.
Sal y pimienta al gusto.
4 rebanadas de queso.
4 panes de hamburguesa.
Lechuga.
Tomate, en rodajas.
Cebolla roja, en rodajas.
Aguacate, en rebanadas.
Aderezos: mayonesa, mostaza, cátsup, etc.
Mientras tanto, el tigre y Navarro estaban casi sudando por la presión que sentían, el tiempo en el cronómetro seguía corriendo, por poco acabándose.
— Mi mejor estofado es uno de res en adobo rojo, con espagueti, y ensalada de manzana como postre — mencionó Raúl
— ¡Sí, sí! ¡Perfecto! — reaccionó Ramón, emocionado — ¡Ese platillo es sabroso! ¡Ganaremos con eso!
Listos y seguros, corrieron a la cornucopia, donde comenzaron a tomar sus ingredientes, uno a uno, rápidos.
De pronto, Gluto miró el cronómetro, habiéndose cumplido los cinco minutos y, sin perder tiempo, el pecado observó con malicia a los muchachotes que terminaban de cargar sus ingredientes: carne, manzanas, espagueti, entre otras cosas, apenas pudiendo sostener todo en sus brazos. Gula, con agilidad, corrió hacia ellos y, de entre sus ropas, sacó su cuchillo. Estaba a punto de apuñalar a Ramón cuando Raúl se dio cuenta del ataque, soltó todo lo que llevaba y, tomando un sartén cercano, golpeó el cuchillo de Gluto justo antes de que alcanzara la espalda del tigresote.
— ¡¿Hey?! — gritó Raúl de frente al pecado, alertando a Ramón, que aún sostenía sus ingredientes — ¿No era un duelo solo de cocina?
— Lo es — respondió Gluto con una sonrisa —, pero todo está permitido para que el oponente no tenga tiempo de cocinar — aclaró — ¡Recuerden! El platillo debe estar listo en una hora, o...
— ¡O nos comerás! ¡Ya lo sabemos! — interrumpió Navarro, apretando los dientes, mientras Ramón se acercó a su cocina, dejó los ingredientes que llevaba en los brazos en la barra y, con precaución, corrió a recoger los que Raúl tiró.
Gula, con una risa escalofriante, se dirigió a su estación, donde, de una pequeña alacena, sacó un pomodoro en forma de jitomate que giró para marcar un cierto tiempo y lo colocó al lado de la estufa, encendiéndola de inmediato, además de los hornos y ordenando los utensilios que iba a utilizar para comenzar a preparar todo.
Al recoger todo lo que Raúl tiró, el par, rápidos, también caminaron a su cocina, dejando los últimos ingredientes junto con lo demás en la barra.
— Tú hierve el agua con sal y derrite la mantequilla en un recipiente grande — indicó Raúl, apresurado, acomodando todo y sacando los utensilios, mientras Ramón asentía —. En cuanto esté lista el agua, abre el paquete de la pasta, pártela a la mitad y métela para que se cosan.
El par estaba apresurado, pero concentrados en lo que estaban a punto de hacer. Gula los miraba de reojo, retándolos e intimidándolos, mientras que, con una habilidad impresionante, preparaba su platillo.
— La receta es simple — consideró Gula —, solo hay que seguir bien los pasos.
Preparación de los Champiñones:
Hay que limpiar los champiñones portobello y retira los tallos. Se pueden retirar las láminas oscuras para una mejor presentación.
En un bol, se mezcla el aceite de oliva, la salsa de soya y el ajo picado.
Marinada:
Se deben colocar los champiñones en una bandeja y úntalos con la mezcla de aceite, salsa de soya y ajo. Deja marinar por al menos quince a veinte minutos.
Cocinar los Champiñones:
Precalentar una parrilla o sartén a fuego medio-alto.
Cocinar los champiñones portobello de cinco a siete minutos por cada lado, hasta que estén tiernos y bien cocidos. Se añade una rebanada de queso en los últimos dos minutos de cocción para que se derrita.
Preparar los Panes:
Mientras los champiñones se cocinan, hay que tostar de forma ligera los panes de hamburguesa en la parrilla o en el horno.
Montar la Hamburguesa:
Colocar un champiñón portobello cocido en la parte inferior de cada pan de hamburguesa.
Agregar lechuga, rodajas de tomate, cebolla roja y aguacate.
Añadir los aderezos y colocar la parte superior del pan.
— El secreto es el amor, aceite marca amor — reconoció —. Por último, se debe emplatar — planeó Gluto, confiado.
Ramón comenzó a hervir el agua, colocándole un poco de sal, mientras que Raúl, con ayuda de un sartén, empezó a asar chile ancho, después partió en cuatro un jitomate, un cuarto de cebolla y ajos. Con el agua lista, el tigre abrió el paquete de espagueti y lo partió, haciendo gritar a toda Italia, metiendo todo en el recipiente ya con el agua muy caliente y dejándolo para que se cociera. Raúl, por su parte, comenzó a asar lo demás que partió. Luego, preparó en otro sartén la mantequilla que poco a poco se derretía.
De pronto, el timbre del pomodoro de Gluto sonaron. Raúl y Ramón giraron alarmados, con miedo hacia el pecado, quien ya había salido de su cocina, caminando hacia ellos, amenazante, con una cuchara grande en mano.
— ¡Tú continúa! — gritó Ramón a Navarro, tomando la sartén que Raúl utilizó antes para defenderse.
Raúl dudó, pero quiso confiar y continuó asando los ingredientes mientras seguía vigilando el espagueti.
El tigre se acercó a Gluto y, junto a la cornucopia, el pecado atacó con su cuchara. Ramón, rápido, bloqueó el golpe con un sartén. Gula, veloz, intentó golpear sus costillas, pero Ramón, hábil, se cubrió a tiempo. Ambos blandían sus utensilios como si fueran espadas, o raquetas, sin lograr herirse, pero luchando con destreza y precisión. De pronto, al ver la resistencia del tigre, Gluto aumentó su velocidad al lanzar golpes, desconcertando a Ramón y haciendo que perdiera el equilibrio, siendo golpeando en la cara y el cuerpo.
Raúl, tenso, apenas podía ver lo que hacían, en su lugar, consideró los tiempos de cocción y comprendió que todo lo que estaba preparando iba a tardar más tiempo, por lo que decidió aumentar las llamas de la estufa. Sin tardanza vertió, en un sartén grande, un pedazo enorme de mantequilla que sacó de un refrigerador y lo comenzó a derretir en el hornillo.
En poco tiempo y por la potencia de las flamas, los ingredientes ya estaban asados, la mantequilla derretida por el calor del sartén y el espagueti ya estaba cocido cuando, el timbre del pomodoro volvió a sonar. Apenas Raúl levantó la cara, cuando vio que Ramón cayó deslizándose al suelo, su cuerpo había sido castigado por Gluto. El tigre estaba muy apaleado y en el reloj apenas habían pasado diez minutos.
Navarro, preocupado, corrió a ayudar a su amigo, mientras el pecado, con una sonrisa satisfactoria, volvió a su estación.
— Estoy bien, estoy bien — mintió el tigre, quejándose y apoyándose en Raúl para levantarse — ¡Vamos! Necesitamos continuar con la receta.
Raúl quiso reprochar, pero sabía que tenían que seguir, así que, ayudando a Ramón a levantarse, el par regresó a su cocina. Al llegar, apagaron la lumbre del espagueti y, con rapidez, lo vertieron en la mantequilla.
Raúl puso los ingredientes que asó en la licuadora y, colocando un cuarto de agua, tapó el vaso, lo colocó en la base, y comenzó a licuar, sosteniendo la tapa con sus manos. Sobre estas, Ramón posó las suyas.
— Lo haremos bien, ya verás — animó Ramón a Navarro, quien le sonrió y asintió, confiado, aunque preocupado por las lesiones de su novio.
— ¿Crees poder cortar la carne? — pidió Raúl al tigre.
Ramón, sin dudar, y pese a sus dolencias, tomó el pedazo de la carne de res, y empezó a partirla con una nula precisión, pero con total concentración. Raúl sacó otro sartén grande y lo comenzó a calentar, para luego, pasado de un par de minutos, verter lo que licuó, moviéndolo con una cuchara.
De pronto, el pomodoro sonó de nuevo. Raúl y Ramón compartieron una mirada tensa y, cuando el tigre estaba a punto de salir a pelear contra Gluto, que ya estaba caminando hacia ellos, amenazante, Raúl lo detuvo del brazo.
— ¡Yo voy! ¡Tú sigue con todo esto! — exclamó, yendo contra el pecado.
Navarro lanzó un rayo que Gluto esquivó con agilidad. Saltando con su enorme tridente, comenzó a atacar a Raúl, quien apenas lograba cubrirse caminando hacia atrás, haciendo que el muchachote chocara contra una pila de platos. Navarro, decidido, comenzó a arrojarlos uno a uno mientras Gluto se acercaba. Cuando el pecado estuvo cerca, Raúl lo repelió con una gran descarga.
Gula salió volando y chocó de repente contra su estación de trabajo, iba a cargar contra el hombre cuando su pomodoro volvió a sonar. Gula regresó a su estación y Raúl, agotado, volvió a su cocina.
— ¿Estás bien? — preguntó Ramón a su novio, preocupado.
— Estoy bien — respondió el muchachote, mirando el cronómetro, faltando tan solo cuarenta minutos para terminar —. Sale cada diez minutos para pelear contra nosotros y distraernos — dedujo Raúl, mirando retador a Gula desde lejos — ¡Podemos hacerlo! — exclamó, alegrando a Ramón.
— ¡Así se habla, bro! — celebró junto con su amigo.
Ambos siguieron con la receta. Comenzaron mechar la carne y verter sobre ella el adobo, encima de un recipiente de aluminio.
— Ya empieza a cortar las manzanas — pidió Raúl al tigre, quien asintió.
Ramón tomó las manzanas y comenzó a pelarlas. Raúl, por su parte, sacó papel aluminio de un cajón y cubrió el recipiente con el adobo, listo para meterse al horno, pero antes de hacerlo, el pomodoro sonó y, sin tardar esta vez, Gluto atacó.
Sin decir nada, el tigre se apresuró a encontrarse contra el pecado, mientras Raúl intentó detenerlo, pero fue en vano; en su lugar, pese a su preocupación, aprovechó para cortar un poco de perejil y ponerlo al espagueti con mantequilla, intentando terminarlo.
En medio del caos, Gula blandió un enorme cuchillo y atacó al tigre, quien se defendió con rapidez. El chef, con maestría, lanzó una serie de cortes fuertes que acorralaron a Ramón contra la pared. Gluto, con su utensilio, estaba listo para atravesarlo con su cuchillo, hasta que un rayo lo alcanzó. Lastimado, el pecado giró para ver a Raúl quien, saliendo de la estación, defendió a Ramón justo a tiempo.
— Debo aceptar que me encanta tu agilidad, portador de gemas — declaró el pecado, volviendo su cuchillo en una cuchara.
Raúl volvió a lanzar otro rayo contra la calamidad que, con esfuerzo, logró esquivarlo.
— ¡Esoo, guapoo! — gritó Lusto desde su monitor, vitoreando junto con los demás a Gula.
— Yeei — pronunció Pereza, casi susurrando.
— «¡En la hora de la batalla, el señor nos fortalece...!» — citó Envidia con emoción.
Los demás pecados solo gritaban y celebraban, mientras Ira registraba todo, analítico.
El pomodoro sonó, haciendo que Gula se devolviera a su cocina. Ramón y Raúl, jadeantes, también regresaron a su estación. El tigre trastabilló, por lo que Raúl, preocupado, lo ayudó a caminar.
— ¡¿Pero qué pasó?! — preguntó Ramón, aterrado al ver el espagueti en el suelo.
— Cuando vi que estaba a punto de matarte, lo tiré todo por ir a defenderte — explicó Navarro, provocando una sensación agridulce en Ramón.
Ambos vieron que, además del espagueti regado, las manzanas apenas estaban peladas y sin cortar. Por si fuera poco, la carne aún no había sido introducida al horno.
— ¿Lo lograremos?, faltan treinta minutos — consideró Raúl, mirando el reloj cronómetro, preocupado.
— Bro — expresó el tigre, tomando a su novio de los hombros y mirándolo de frente —, hemos hecho comida en menos tiempo, lo sabes. Por favor, no te desanimes.
Raúl, viendo cómo Ramón pese a sus dolencias, no se rendía, asintió, de nuevo con confianza, y retomaron la receta. Metieron el recipiente con la carne al horno, mientras ambos pelaban y cortaban manzanas en cuatro.
Después de unos minutos, el pomodoro volvió a sonar, saliendo el jabalí a su encuentro.
— Voy de nuevo — mencionó Ramón antes de que Raúl lo detuviera.
— ¡No! ¡Estás demasiado lastimado y ya no tenemos tiempo! ¡Por favor, tú encárgate esta vez! — pidió Navarro, yendo a enfrentarse al pecado.
— ¡Pero...! — apenas pudo alegar el tigre, cuando Raúl ya había lanzado un rayo en medio del lugar.
Para su sorpresa, Gluto atrapó el rayo y, rápido, con su cuchara enorme, girando, se lo regresó al hombresote, quien se estremeció al recibirlo de vuelta, cayendo al suelo. Entre su dolor y con el cuerpo entumecido, se dio cuenta que Gluto se había puesto unos guantes de cocinero de látex negros.
Los pecados, desde sus monitores, aplaudieron satisfechos con el desempeño de Gluto.
— ¡Dale, con la silla! — gritó Soberbia, animado con la pelea.
— ¡Apuesto a que gana Gluto! — exclamó Avaricia.
Raúl, adolorido y con dificultad, logró levantarse de vuelta, cuando de repente, Gula lo atacó con su tridente. El hombre esquivó el primer golpe, el segundo atravesó su ropa y antes de recibir el tercero, tomó una cuchara cercana y, con todo lo que había visto de la calamidad, le imbuyó energía y se defendió.
Gluto, las calamidades en Carabancel e incluso el mismo Raúl enmudecieron al ver que la cuchara del hombre había crecido lo suficiente para igualar el arma de Gula. El hombre, con su gema, había aprendido una técnica del chef.
Aprovechando su desconcierto, Raúl cerró distancia y golpeó con todas sus fuerzas el pecho de la calamidad, enviándolo al suelo, jadeante.
— ¡¿Qué pasó?! ¡Ya pasaron los diez minutos y aún no suena su cosa esa! — exclamó el tigre, acercándose a Navarro, preocupado, haciendo que Raúl se mirara expectante hacia Gluto.
— Mi alarma sonará cinco minutos antes de emplatar — mencionó el pecado con gracia —. Yo ya terminé todo.
La declaración impactó e hizo palidecer a Ramón y Raúl. Gluto se levantaba, listo para retomar su ataque mientras Navarro reflexionaba rápido.
— Ramón Martín, mírame — pidió Raúl a su novio —. Necesito que regreses a la cocina y hagas el mejor plato que puedas hacer, cualquier cosa, yo me encargaré de distraer al jabalí.
— Pero, bro, yo...
— ¡Sólo hazlo! — se alertó Navarro al ver que Gluto se acercaba — Trataré de derrotarlo en estos últimos veinte minutos. ¡Corre!
Ramón, preocupado, accedió y se encaminó rápido hacia la estación. Gluto no tardó en atacar, lanzando varios cuchillos en contra de Raúl, quien los repelió con su enorme cuchara.
El jabalí, sin rendirse, embistió con el tridente al frente. Raúl, ágil, avistó un mantel sobre un congelador cercano y soltando su cubierto, cual torero, usó la tela para realizar una finta. Aprovechando la distracción, lanzó un potente rayo que impactó en la espalda de Gluto con precisión, lanzándolo al suelo.
El jabalí, jadeando de dolor, se levantó poco a poco. Raúl, rápido, fue tras él y atacó, golpeando su rostro con el puño cerrado, arrinconándolo en el suelo. El pecado, estirando la mano, recuperó su cubierto y convirtiéndolo en una inmensa cuchara, golpeó al muchachote en la cabeza y liberándose de él.
Sin perder tiempo Gluto volvió a convertir su cubierto en un cuchillo, listo para continuar la batalla. Al ver esto, precavido, Raúl tomó de una barra cercana un wok justo a tiempo para usarlo como escudo y cubrirse de los ataques de la calamidad.
Por su parte, Ramón estaba haciéndose pedazos y cachitos cocinando, frustrado, concentrado y preocupado mientras su novio luchaba por sus vidas.
Hombre y calamidad continuaban peleando, mientras los demás pecados, desde los altavoces, vitoreaban a Gula, cuando de pronto, el jabalí cambiando de nuevo su cuchillo a cuchara, golpeó a Raúl tantas veces y con una fuerza brutal, haciendo que el wok se rompiera, lanzando al muchachote contra la barra de su estación, cayendo al suelo casi frente al tigre.
— ¡Bro! — reaccionó Ramón, asustado y preocupado, interrumpiendo lo que hacía.
— ¡Estoy bien! — mintió, mientras luchaba por ponerse en pie, agotado — ¡Tú sigue cocinando!
Raúl ni siquiera escuchó las súplicas de Ramón, sino que continuó luchando como podía contra Gluto. Entre rayos y utensilios de cocina, la pelea estaba reñida. Gula golpeó con la cuchara a Raúl y lo lanzó al suelo, aprovechando eso, volvió a convertir su arma en cuchillo y, a punto de atravesarle el pecho, el sonido del pomodoro lo detuvo. Navarro y Alvarado reaccionaron tensos ante esto, mientras el pecado, sonriente, se colocó firme y regresó con prisa a su estación.
Raúl, golpeado, intentó levantarse de a poquito, pero no lo logró. Ramón lo vio y, rápido, corrió hacia él, intentando ayudarlo.
— ¿Te-terminaste? — preguntó Navarro, cansado y jadeante.
— Sí... eso creo — respondió el tigre, dudoso de sí, preocupado por Raúl.
— Emplata primero, ahorita me levanto — pidió el hombre, haciendo que, muy a su pesar, Ramón obedeciera.
Raúl, cansado, llevó su cabeza al suelo, respirando muy agitado. Mientras tanto, el tigre comenzó a emplatar lo que terminó.
En el cronómetro de ellos y el pomodoro de la calamidad, la cuenta terminó. De pronto, un trincho enorme cayó del techo, apresando a Raúl que seguía en el suelo, imposibilitando moverse por ambos picos del arma.
Ramón intentó ir hacia él para ayudarlo, pero cuatro trinchos lo rodearon a él, encarcelándolo de pie.
De repente, un temblor en la tierra provocó que la cornucopia fuera succionada al fondo de un pequeño socavón y, en su lugar, saliera una mesa mediana, con un mantel blanco, impecable, digno de un elegante y refinado restaurante.
Gula, desde su cocina, tomó su platillo entre sus manos y, con mucho cuidado, se encaminó a la improvisada mesa para ponerlo sobre ésta.
— ¿Qué hacen ahí encerrados? Vengan a probar esta majestuosidad — pidió Gula al par, con ironía.
El platillo de Gluto era una hamburguesa de portobello con aguacate, incrustada en un palillo en medio, y alrededor, acomodadas de forma minuciosa, unas papas fritas y dos recipientes llenos de aderezos.
El olor de la hamburguesa del pecado era exquisito, llegando a las narices de Raúl y Ramón, provocándoles apetito.
— Bueno... Llegó la hora de degustar — exclamó Gluto, contento, sacando de entre sus ropas un cuchillo y un tenedor.
Con los utensilios, cortó un poco de la hamburguesa, poniendo encima de ambos cachos, unas cuantas papitas, llevándolos hasta donde estaban los muchachotes encerrados.
El pecado brindo un bocado a cada uno. El sabor era único, crujiente por algunos ingredientes, como el jitomate, el propio portobello, la textura suave del aguacate recorriendo su lengua y paladar. También probaron las papas, cubriéndolas de un poco de salsa de tomate y queso, quedando maravillados por su sabor y su crujir, provocando en el par una sensación extraña y placentera en aquel momento tan tenso. Sin duda, era el platillo de un chef que ha dedicado su vida a la cocina.
— Nada mal, ¿verdad? — alzó el pecho Gula, sintiéndose admirable, mientras, los demás pecados le aplaudían ante su presentación —. Ahora veamos si su platillo puede salvarles — mencionó, tomando el plato del par de su cocina, para luego acercarse a la improvisada mesa.
Desde que lo vio, el pecado puso un semblante de desconcierto.
— ¿Pero qué es esto? — expresó Gluto, sorprendido.
— Es carne a la boloñesa — respondió Ramón, apenado.
— Espagueti con carne, será — se burló el pecado, viendo la presentación del platillo — ¡Mira nada más! La carne está muy mal puesta en el plato, la salsa está por demás derramada, ¿el espagueti qué hace arriba de la carne? ¡Esto es increíble, en serio! — exclamó casi indignado.
Los pecados se echaron a reír desde sus monitores cuando vieron aquel platillo mal presentado. Gula, con su dedo meñique, probó un poco de la salsa de la carne, disgustándose de inmediato.
— Esto es... ¿salsa de tomate en caja? — preguntó Gula, ofendido, provocando vergüenza en el tigre.
Gluto usó el tenedor, clavando parte de la carne, con un poco de espagueti y probó. El pecado sólo hacia gestos indescriptibles para el par.
— La pasta está quemada... la carne sobrecosida... esto apenas y tiene sal — Gluto lanzaba comentarios severos, aunque de una forma más pausada, suave, seria.
— Perdóname, bro — pidió Ramón a Raúl, avergonzado —. Nunca he sido un buen cocinero y sólo pude hacer lo que hacía cuando mi padre estaba fuera y yo me quedaba solo en casa...
Preocupado y considerándose vencidos, Raúl uso toda su energía para quitarse de encima el trincho, levantándose rápido del suelo. Luego, compartió una mirada temerosa con Ramón, así que, decidido y en estrategia, se colocó en posición para lanzar un fuerte ataque contra el pecado, cuando notó que éste se encontraba quieto, comiendo reflexivo, sin ningún dejo de amenaza.
— Esto me recuerda a...mis primeros días estudiando para chef... — recordó Gluto Olivera con melancolía, provocando que sus ojos se humedecieran — Aún me acuerdo de esos días cuando llegaba de estudiar... trabajaba lavando platos y sólo tenía tiempo para comer algo sencillo mientras también intentaba hacer mi tarea, luchando por no quedarme dormido... Eran tiempos difíciles, pero... — se le cortó la voz — Pese a todo, logré salir adelante — Raúl y Ramón lo miraban desconcertados, pero a la vez con sensibilidad —. Carne seca y pasta quemada... comí esto durante años... no creí que lo volvería a probar de nuevo... — pausó, con un nudo en la garganta — Sin duda no hay mejor aderezo que el hambre — reconoció con una lágrima cayendo por su mejilla y con el plato vacío entre sus manos —. Ustedes han ganado y yo estoy satisfecho — aceptó con una sonrisa serena.
Raúl apenas podía creer las palabras.
— ¡El libro, bro, el libro! — le recordó el tigre.
— ¡No dejaremos que lo hagan! ¡Todos, vayan con Gluto, ahora! — gritó Ira, furioso, pero, para su frustración, los otros pecados permanecieron inmóviles, sin mover un dedo o parpadear siquiera.
Raúl sacó el grimorio y, abriéndolo, una hoja en blanco se desprendió sola, se detuvo enfrente de Gula y, con un potente destello, el cuerpo del Jabalí cayó al suelo, inconsciente, inmóvil. La hoja regresó al grimorio, estaba vez, con un glifo representando a la calamidad, tras lo cual, el libro se cerró.
Al instante, el lugar comenzó a temblar, mientras que polvo caía del techo y el piso amenazaba con caerse. Los trinchos que enjaulaban a Ramón cayeron y el tigre fue liberado.
— ¿Qué sucede, bro?
— El lugar se viene abajo, hay que salir — Raúl, pese a su agotamiento, tomó el cuerpo de Olivera e intentó moverlo —, pesa un buen — resopló con esfuerzo.
— Yo te ayudo.
Rentería sudaba, había dejado su pistola sin balas de lado y en su lugar, protegía con golpes y ladridos a Pierrot, quien, soplando sin aliento, había conseguido reducir a la mitad el tamaño de Goliat.
La música paró y Francesco, jadeando, luchaba por respirar.
— Aguanta, compa — animó Rentería, colocándose frente a él, mientras el Goliat se acercaba amenazante contra ellos.
Pierrot ni siquiera respondió, su garganta estaba seca y ya no había saliva en su boca, solo una flema seca y difícil de tragar.
Para su terror fueron acorralados y, esperando el ataque del monstruo, un abrupto temblor sacudió el piso y, casi al instante, el Goliat lanzó un grito sacudiéndose de forma grotesca al tiempo que los roedores caían al suelo, se retorcían y casi al instante se pudrían tan rápido que casi al instante se convertían en polvo.
Así, cacho a cacho, las patas, la cola, los brazos y la cabeza se desprendieron, cayeron y se desintegraron casi al instante.
El enmascarado y el agente miraron asombrados como, bajo toda la masa de roedores muertos, aparecían los cuerpos de dos agrestes, Mantequilla y Margarina, sin moverse.
— ¿Qué demonios pasó? — consideró Rentería, acercándose con cuidado al par de cocineros.
— ¿Están muertos? — preguntó Francesco con voz seca.
Rentería se acercó y tocó el cuello de uno de los agrestes.
— No, al parecer solo duermen — explicó sin bajar la guardia, cuando consideró que ya no se sentía tenso o agobiado y, al girar la vista, vio a Raúl y Ramón, golpeados y cojeando, con un Jabalí a cuestas.
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