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— Cuídese mucho, señor Sergio — mencionó Raúl a uno de sus pacientes, mientras salía de su casa —. Nos vemos dentro de una semana

— Vaya con cuidado, doctor. ¡Gracias por todo! —  se despidió el paciente, para luego cerrar la puerta.

Raúl caminó unos cuantos pasos, revisó la hora en su celular y sonrió al ver que tenía un mensaje de Ramón, enviado minutos antes.

— «Hey bro! Qué tal la tarde?» —  había escrito el hombresote.

— «Todo bien. Justo voy terminando de trabajar. Y tu? Tu papá cómo esta?» —  respondió.

No pasó ni un minuto y Ramón ya había leído el mensaje de Raúl.

— «Ahí la lleva» — pausó, para después mandar otro mensaje por separado —. «Al menos ya no tengo que pelearme con él para que se tome su medicina o coma bien xD »

— «Je. Me alegra eso =D »

— «Oye bro ya sé que siempre te estoy molestando pero, tendrás una camisa blanca que me prestes?»

— «O.o? Pues sí, tengo una en casa, te urge?»

— «Dos dos, puedo ir por ella? ^^u »

— «Sin bronca, te mando la ubicación y te espero ;-) ».

— «Va! =P »

Raúl apenas llegó a la puerta de su casa y Ramón ya lo estaba esperando en la entrada. Al verlo, el hombresote corrió hacia su compañero, abrazándolo y levantándolo con fuerza.

— ¡Bro! —  gritó, emocionado, apretujando su cuerpo y acomodándole las vértebras — ¿Cómo 'tas?

— Bien, todo bien — respondió con un leve gemido a causa del estrechamiento —. No creí que llegaras tan rápido — agregó, luego de que Ramón lo soltara.

— Vine luego, luego, en cuanto me dijiste que nos viéramos aquí — se explicó el hombresote con una sonrisa, contagiando a Raúl para que también esbozara una.

Raúl sacó sus llaves del bolsillo y abrió la puerta de su casa, invitando a pasar a su amigo. Dentro, la reducida sala apenas contaba con un sillón largo, una mesita de centro y una televisión, a los pocos pasos estaba el baño y, poco más adelante, la cocina integral, la estufa y una mesa. Pegada a la puerta había una escalera a las habitaciones de arriba. En el sillón había un poco de ropa y algunos trastes del desayuno aún estaban sobre la mesa del comedor.

— Disculpa — se excusó Raúl, apenado, tomando la ropa del sillón —. No suele venir nadie a verme y todo está hecho un desastre —. Siéntate donde puedas.

— No hay bronca, bro. Mi cuarto a veces está igual — aseguró, sonriendo —. Qué bonita casa tienes.

— Gracias, es lo mejor que pude conseguir. La renta es algo cara.

— Pues podrías buscar un roomie — sugirió el hombresote.

— Quizá, pero soy un tanto reservado — reconoció tomando la ropa, subiendo a su cuarto y bajando con una camisa blanca en un gancho.

— Yo podría ser tu roomie, bro — consideró el hombresote, mientras se quitaba la camisa, dejando ver su vasto pecho, marcado por tanto ejercicio —, lástima que ando bien corto de efectivo — agregó resignado, poniéndose la camisa, abotonándola —. De hecho, esta te la pedí pa' mi chamba, es temporal, pero chamba es chamba — mencionó hasta tener el último botón puesto —. Creo que la última vez que me puse una camisa fue... — pausó mientras se veía en un espejo de la sala — Fue hace mucho — concluyó la frase, recordando con melancolía y examinando el atuendo de arriba abajo — ¡Changos! Creo que me queda chica.

Raúl notó que el fornido hombre se puso mal un botón, por lo que, negando con la cabeza, suspiró, se acercó a él y abotonando y desabotonando, le acomodó la prenda. Mientras lo hacía, Ramón miró por un momento los ojos de su compañero de gimnasio, concentrado en lo que hacía, provocándole una media sonrisa que Raúl captó de inmediato.

— ¿Qué? — preguntó Raúl, serio.

— Ahhh... — intentó pensar en algo para no ruborizarse —, gracias por toda tu ayuda, bro — enternecido, Raúl sonrió de lado y le despeinó.

Cuando por fin los botones coincidieron en su sitio, el enorme hombre presumió, con todo porte, la camisa casi hecha a su medida.

— Se te ve muy bien — reconoció Raúl, admirando al galán.

— ¡Genial! — expresó Ramón — Sabía que podía contar contigo, bro. Por eso te traje esto.

Ramón, contento, sacó de su pantalón un bonchecito de hojas pequeñas, del tamaño de una tarjeta de presentación, de distintos colores y diversos dibujos, todas engrapadas por un lado.

— El barrio de la colonia hará una kermes y conseguí trabajo vendiendo algunos boletos — explicó Ramón —. Estos son para ti. Yo te invito — propuso, extendiendo el paquetito de hojitas a su amigo.

Raúl miró los boletos con preocupación, deseando expresar algo, pero las palabras se le resistieron.

— ¿Pasa algo? — cuestionó el hombresote, notando el rostro intranquilo de Raúl —. ¿Nunca has ido a una kermes? — preguntó con ingenuidad — No te preocupes, yo te explico, mira, cada boletito es un vale por cada platillo. Puedes probar uno de cada uno sin problema, y...

— Mi buen... — interrumpió Navarro, tomando los boletos — No tenías que hacer esto — alegó con educación —. Tengo chamba — puso de pretexto.

— ¡Ándale, bro! — animó Ramón — Déjame insistir. Trabajar es bueno, pero ese día es feriado y todos se la pasarán en fiestas.

— Es que... — Raúl meditó sus palabras — No me gusta salir.

— Es aquí cerquita. Podemos llegar caminando — aclaró el gran hombresote —. Creo que durará desde la tarde hasta la noche, así que no estaríamos tanto tiempo.

— Habrá mucha gente... — objetó — mucha gente — repitió casi susurrando.

— Sí, pero yo iré contigo, estaré a tu lado como pegamento, no tendrás problema — aseguró Ramón, tomándolo del cuello —. Llegaremos temprano, la pasarás bien y regresarás a casa antes de que empiecen los cohetes o la música ruidosa, yo te traigo de regreso, así no te perderás en el camino.

— Parece que ya lo tenías planeado — Raúl arqueó la ceja.

— Algo — reconoció sacando el pecho —. Pero bueno, mañana vendré por ti a las cuatro. Aún tengo que vender algunos boletos, ya me faltan pocos.

Raúl reflexionó, hacía tiempo que no salía y, al ver entre sus manos los boletitos de colores, no pudo más que suspirar y sentirse tanto agradecido como abrumado por el gesto.

— Me dijiste que andabas corto de dinero, ¿no? — mencionó Raúl —. Al menos déjame ayudarte. Te los pago.

— No, no. No te preocupes. Puedo darme ese gusto, bro.

Raúl vio el precio de los boletitos en la portada de su empaque, tomó su cartera del pantalón y de ella sacó cuatro veces el pago de los vales.

— Compraré dos boletos para ti y dos para mí — y antes de que Ramón se opusiera, añadió —. Si no aceptas, no voy — amenazó.

— ¡Oh! No me puedes hacer eso — replicó el hombresote.

— ¿Quieres que vaya? — preguntó Navarro, obstinado, tomando la mano de Martín y dándole el dinero en la mano.

— Sí, pero... yo quería invitarte, bro... Ya sabes... Hacerlo especial — reconoció Ramón, mirando al suelo, casi apenado.

Una sensación cálida llenó el pecho de Raúl. Aquel gigante noble quería quedar bien con él a toda costa.

— Será especial para mí sí me dejas ayudarte — aclaró Raúl a su amigo.

— Bro...

— Ánimo, campeón — en esa ocasión, Raúl tomó la iniciativa y sujetó a Ramón por el cuello, haciéndole cosquillas en el costado —. Hagamos algo: toma el dinero, mañana me ayudas a soportar a toda la gente y me llevas desde un principio al lugar donde sirvan la mejor comida. Así podré irme temprano — sugirió —. Además, sería especial para mí porque, después de mucho tiempo, saldré con un amigo.

Ramón pasó de la preocupación a la emoción cuando escuchó la palabra «amigo» y, respondiendo, lo abrazó con cariño.

Al día siguiente, en la tarde del quince de septiembre, México estaba de fiesta. Las calles estaban animadas, con música de mariachi, norteñas, rancheras, entre otras, a todo volumen. Las banderas de color verde, blanco y rojo, adornaban distintos hogares, zócalos y establecimientos.

En una de las plazas centrales del barrio, se mostraba un escenario vibrante para aquella víspera. Alrededor, bajo coloridos toldos alzados, las comidas comenzaban a servirse, dejando escapar el aroma de deliciosos platillos tradicionales por todo el aire. Puestos adornados con banderas y papel picado, ofrecían una variedad de comida mexicana, aguas frescas, postres, micheladas y cervezas.

La música que sonaba por los altavoces y la risa de los niños que disfrutaban juegos de feria añadían alegría al ambiente jubiloso. La iluminación tenue de faroles resaltaba la belleza de la arquitectura de las casas, casonas, calles y callejones.

En la orilla de la fuente de la plaza, se encontraba Ramón, de pantalón negro, camisa blanca, moño tricolor y cara rayada, esperando a Raúl. El hombresote robaba miradas por su espectacular cuerpo mientras aguardaba, meciendo sus pies con alegría.

De pronto, a lo lejos, vio a Raúl caminando hacia él con paso firme. Llevaba una camisa bordada que se ceñía a su cuerpo y, para sorpresa de Ramón, portaba un pantalón ajustado, botas, y un sombrero norteño.

— Te ves genial, bro — admiró Ramón a su amigo, viéndolo de pies a cabeza.

— Hace años no usaba ropa de mi tierra — se sinceró, quitándose el sombrero y mirándolo con nostalgia —, pero no tengo nada mexicano.

— De eso me encargo yo — Ramón, con total seguridad, sacó del bolsillo de su pantalón un pequeño corbatín con una pequeña tiza tricolor en una bolsita de plástico.

Sin siquiera esperar, el gran hombre se levantó y colocó el corbatín a su amigo, haciendo que combinara perfecto con su camisa. Después, lamió la tiza y, con total naturalidad, rayó ambas mejillas del fortachón.

— Todo listo, bro — expresó el hombresote admirando los retoques —. Ahora, vamos a comer.

Ramón tomó del brazo a Raúl y lo jaló, cual niño pequeño. Navarro se sintió extraño por un momento, pero decidió seguirle el juego, después de todo, estaba con un buen amigo.

Ambos caminaron hasta los puestos de comida, viendo un sinfín de manjares frente a ellos: pozole rojo, pozole blanco, pambazos, tostadas de pollo, tostadas de pata, sopes, tacos de cabeza, tacos dorados, tacos de canasta, cemitas, chalupas, flanes, pan de fiesta, incluso pizza mexicana, entre muchas otras delicias que desprendían un aroma exquisito, fresco y frito. Los fragantes olores de las carnes, las salsas caseras y el humo tentador de las parrillas, desataban un apetito irresistible, prometiendo una experiencia inolvidable tanto para el paladar como para el estómago.

Ramón y Raúl, hambrientos, no se contuvieron y fueron puesto por puesto, para escoger, entregando un boletito a todas las carpas que encontraron más apetecibles: «Vale por un sope», «Vale por un pambazo», «Vale por una cemita», «Vale por dos tacos de canasta», y así fueron dando un papelito por otro. Ramón era el que pedía cada platillo con alegría, mientras Raúl se mantenía a sus espaldas, evitando hablar con la gente.

Mas de una persona se les quedó viendo, sorprendidos de ver a semejantes hombresotes, musculosos y viriles, devorar todo en pocas mordidas, disfrutando como niños los sabores, texturas y contrastes de cada platillo, lo crujiente del pan, la suavidad de las tortillas, la firmeza de la carne, cada ingrediente aportaba una nota única a su paladar.

Las mujeres les sonreían con interés, pero ellos ni siquiera lo notaban, los hombres les intentaron hacer charla, pero el par estaba tan inmerso en su comida, que no se dieron cuenta. Así, platillo por platillo, mordida a mordida, cayó la tarde y llegó la noche. Estando un poco satisfechos, los dos decidieron ir a la carpa de «Dulces y botanas», donde observaron con detenimiento lo que ofrecían.

— ¿Eso es coctel de elote? — preguntó Raúl.

— ¿Los esquites? — señaló Ramón.

— Ah, sí, esquites — recordó.

— ¿Quieres que pida unos?

— Con harto chilito, por favor.

Ramón Martín asintió con gusto y pidió dos a la vendedora, quien tomó una enorme cuchara y sacó elote hervido, colocándolo en un vasito de unicel, después, le colocó una generosa cantidad de mayonesa, queso añejo, limón, sal y una capa roja de chile en polvo. Tras entregar los boletitos correspondientes y agradecer el platillo, el par fue a una banca lejana, alejada del bullicio, apenas alumbrada por una débil lampara para sentarse y comer.

Ramón volteó a ver uno de los puestos que les faltó visitar y se levantó del asiento, sin siquiera decirle nada a su amigo. Raúl miró hacia dónde iba, desconcertado, sorprendiéndose cuando lo vio frente al puesto de micheladas y cargando dos vasos de regreso.

— Toma — ofreció una bebida clara, burbujeante, escarchada con dulce de tamarindo y un pedazo de mango adentro —. Te va a encantar esto — Raúl, serio, dudó, incluso no levantó el brazo de inmediato, cosa que Martín reconoció —. Oh, no te preocupes, bro. No es cerveza, es agua mineral sabor lima limón.

El hombresote sonrió de oreja a oreja y con gusto recibió la bebida, Ramón tomó asiento con él y levantando su propio vaso de refresco, miró contento a su amigo.

— Salud, bro.

— Salud, campeón.

Chocaron las bebidas y ambos dieron un trago largo, frío y refrescante. Los dos exclamaron de placer y se recargaron en la banca. La noche era cálida, la gente comía, disfrutaba de la velada e incluso comenzaban a juntarse al son de la música. Raúl, pese a todo, había logrado soportar el ruido, la gente y la salida con gusto, todo gracias a su amigo.

— ¿En qué piensas, bro? — el fortachón puso su mano sobre el muslo de su amigo y lo acarició con cariño.

— Nada del otro mundo, compa — con soltura, Raúl tomó a su amigo del hombro y lo acercó a él, estrechándolo con cariño —. Gracias por invitarme.

Los dos se miraron a los ojos, Ramón con ojos claros, Raúl con ojos obscuros. Martín no soltaba la pierna de su amigo, al contrario, la acariciaba más y más, subiendo por ella, notando que el viril macho permanecía quieto, a la espera. Listo.

De pronto, una canción norteña comenzó a sonar desde los altavoces, alertando con emoción a Ramón.

— ¡Yo sé bailar esa!

— ¿Qué? — el comentario sacó a Raúl del momento.

— Sí, mira.

En una mezcla extraña de confianza, galantería y soltura, Ramón se puso de pie y siguiendo el ritmo comenzó a moverse con pasión, elegancia y sensualidad, presumiendo sus pasos. La acción hizo que Ramón le mirara con una mueca orgullosa, casi desafiante.  

— No está mal, pero debes mover un poco más los pies — Ramón obedeció, siguiendo el consejo —. Ahora, suelta más el cuerpo — el hombresote no podía mover más de lo que podía, haciendo que Raúl sonriera y negara con la cabeza —. Naaaa, te falta mucho, campeón.

— Pues a ver si tú muy gallo, enséñame — desafió Ramón sacando el pecho. Raúl solo lo ignoró lanzando la mano al aire —. Estamos solos y nadie se fijaría en un par de hombres bajo la luz de la luna, ¿o acaso te da pena que te gane, vaquero?

El comentario hizo hervir la sangre del norteño, miró alrededor y al comprobar que nadie los veía, se levantó con brusquedad.

— Arrímate, cabrón.

Aprovechando la oscuridad de la noche y el resplandor de las estrellas, Raúl sacó el pecho, colocó una mano en su cinturón de piel, la otra en el sombrero y con toda destreza, se entregó al baile como un auténtico norteño lo hubiera hecho.

Ramón, sorprendido por la repentina transformación de su amigo, sonrió y se dejó llevar por el contagioso ambiente festivo, uniéndose a su baile con movimientos coordinados. Sus cuerpos se movían al compás; cada paso, cada giro, una expresión de alegría que brotaba en ese momento compartido bajo el cielo estrellado, intentando superarse el uno al otro, ensimismados, como gallos en un palenque.

De esa forma, una pequeña multitud comenzó a verlos, sorprendidos de ver al par de machos bailar con una audacia única, llena de fuerza, de virilidad y de elegancia, cual si fuera una pelea de gallos. Los hombres no dejaban de mirarse, ignorando todo a su alrededor. Se divertían, se retaban, se exhibían con pasión dando vueltas, zapateando, moviendo brazos y piernas, riendo, sonriéndose. Así hasta que la canción terminó y, para su sorpresa, hombres y mujeres por igual, chiflaron, aplaudieron e incluso vitorearon el espectáculo. Ramón, sudoroso, sacó el pecho y, con orgullo, hizo una reverencia exagerada mientras que Raúl, rojo de la vergüenza, se colocó su sombrero de vuelta y se encaminó a un pequeño callejón lejos de la multitud, seguido por un animado fortachón.

Ramón aceleró el paso y para su sorpresa, llegó a un pequeño parque, alejado de todo, con el sonido apagado de la música por detrás. Ahí, en una banca bajo las estrellas, estaba Raúl, serio, con la cabeza agachada y los brazos sobre las piernas.

— ¿Bro?

Martín caminó hasta el hombre, se acercó a él, pero no obtuvo respuesta, su amigo estaba pensativo, cansado, cohibido. Sin saber qué más hacer, se sentó a su lado.

— Bailamos muy bien, bro — con la mirada en el firmamento, Ramón disfrutaba de la brisa fresca.

— No puedo creer que hice eso — se lamentó Navarro frotándose la cara con las manos.

— Oye, tranquilo, bro — intentó animar, pero al ver que el hombre se avergonzaba más y más, no dudó y con cuidado, lo tomó del rostro —. Hey, no pasa nada. Esa gente solo está de paso, mañana nadie recordará nada de esto y aunque fuera así, uno no aplaude por algo que no le gusta — le aseguró hablándole con una firme voz —. Lo hiciste excelente — reconoció susurrándole.

Las palabras suaves lograron que Raúl por fin destensara los hombros y se calmara.

— ¡Ahí está el bro que yo conozco! — le sonrió — Fuerte, imparable y... que siempre me echa una mano cuando más lo necesito.

— Ramón...

— Me da gusto tenerte como amigo, he aprendido mucho de ti hoy, incluso pude practicar pasos nuevos... — Martín se rascó la mejilla con un dedo y un tanto sonrojado, añadió — Hace tiempo que no me divertía tanto... Gracias por sacarme a bailar.  

La luna brillaba en lo alto, el viento soplaba y la tranquilidad los abrazó. A lo lejos, la música seguía sonando. Ramón, animado, se puso de pie y le extendió su mano a Raúl.

— Baila una pieza más conmigo, bro.

El hombresote se limitó a girar la mirada y negar con la cabeza.

— Naaa, no tengo ganas.

— ¿Ah, no? — sonrió con malicia — ¿Quieres que yo te lleve esta vez?

Sin aceptar la negativa, Martín lo tomó de la mano y jalándolo, junto a él, lo tomó de la cintura y del brazo, dejando que la cercanía le permitiera oler su perfume, amaderado, suave, fresco.

Con la música a lo lejos, Ramón llevó a Raúl en el baile. Al principio el norteño estuvo tenso mirando a su alrededor por si alguien aparecía, pero al pasar los compases y comprobar que nadie los molestaría, comenzó a soltarse, relajarse y entregarse al baile. En ese momento notó la satisfacción de Ramón, el calor de su cuerpo y el choque de sus cinturones debido a la proximidad.

— ¿Verdad que soy bueno guiándote? — declaró el musculoso de Martín con arrogancia.

Las palabras encendieron a Raúl de tal forma que cambió su semblante por uno feroz, miró con ojos de fuego a su acompañante y, demostrando su dominio, se lo quitó de encima e invirtieron papeles, sujetándolo por la cadera, tomando su mano y guiándolo a él.

Ramón sintió un cosquilleo al sentir el cambio de actitud de aquel macho y, sin querer desafiarlo del todo, cedió, sintiendo su calidez, su fragancia fresca y la firmeza de sus cuerpos.

Por la obscuridad, en una vuelta, ambos tropezaron, pero antes de caer, Raúl giró sobre sí y, aprovechando el pasto, usó su cuerpo para que Ramón cayera sobre él. La pieza terminó y ellos estallaron en risas, jadeantes. Martín giró y se dejó caer en el pasto, exhausto, haciendo que ambos contemplaran las estrellas.

De repente, un bello pavorreal iluminó el firmamento de verde, luego otro de blanco y uno más de rojo. Así, poco a poco, el cielo se llenó de fuegos artificiales. Encandilado, Ramón sonrió y miró a Raúl que contemplaba el cielo, embelesado. Tranquilos, en silencio, recuperándose, el par contempló el espectáculo.

— Gracias por invitarme — externó Raúl.

Como respuesta, Ramón pasó su mano por la espalda de Navarro y, jalándolo, logró acomodar su cabeza sobre el espacio de su brazo y su pecho.

— Gracias a ti por venir, bro — declaró, contento —. Y por el baile, también.

Raúl, un poco penoso, reaccionó haciendo cosquillas a Ramón que, por reflejo, sujetó a Raúl y ambos rodaron por el pasto, intentando mostrar su fuerza y dominar al otro, tras un rato de vueltas y carcajadas, Ramón terminó sobre su amigo, abrazados.

Ambos jadeaban, sintiendo el calor del cuerpo del otro, mirándose, pero esta vez de forma distinta, con un brillo inusual en sus ojos. Ninguno ignoró el sentimiento firme y caliente de sus entrepiernas encontradas, palpitantes comenzando a despertar y, viéndose los labios, se acercaron poco a poco, lentos, dispuesto a entregarse al momento cuando sonó el celular de Ramón, sacándolos de su ensimismamiento.

— Oh, hola, 'pá.

— Chamaco, ¿dónde andas? — preguntó Don Mario — ¡Ya es bien tarde!

— Ah, pues, sigo aquí en la fiesta.

— ¿Andas solo o con alguien? ¿Estás usando protección?

— ¡¿Que?! ¡No! Digo, no es eso — se avergonzó —. Estoy con Raúl. Estuvimos comiendo y bailando.

— ¡Coincido con eso, don Mario! — gritó Raúl, haciendo que Ramón pusiera el altavoz.

— Doctor, un gusto escucharle. Espero que Ramoncito no le esté dando problemas.

— No tantos, por suerte — rió el hombre.

— Me parece perfecto, doc. Ya es algo noche, así que no tomen demasiado — pausó —. ¿Te espero, Ramón?

— Ah, sí, iré en un rato — sonrió con tristeza, haciendo que Raúl lo notara.

— Don, no se preocupe — habló Navarro de inmediato —. Pasaremos la noche en mi casa. De hecho, aún tenemos boletitos para comer aquí en la kermes.

— ¿Está seguro, doc? — cuestionó don Mario, irreverente —. Ramón ronca.

— ¡'Apá! — exclamó el hombresote, avergonzado.

Raúl río y asintió.

— Sabré afrontarlo — aseguró Raúl.

— Muy bien, en ese caso, diviértanse mucho — pidió — y, Ramón...

— ¿Sí?

— Usa mucho lubricante.

— ¡Ya duérmete, 'apá!

Ramón colgó apenado y al ver a Raúl reír, lo tomó del cuello y lo despeinó un poco. Tras unas carcajadas, Raúl se puso de pie y le extendió su mano a su amigo.

— Aún tenemos boletos. ¿Quieres un elote? — preguntó con candidez.

Ramón asintió y tomó la mano de su amigo para levantarse, después sacudió el pasto de sus propias nalgas y de las de su amigo. Una vez listos, ambos se pasaron la mano por la espalda y regresaron a los puestos por más comida.