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La cocina bullía con movimiento a pesar de solo ser tres personas. Los dos asistentes, menores en estatura, iban de un lado a otro buscando especias, checaban temperaturas y agregaban ingredientes. El más alto, el chef en jefe, un agreste jabalí, era todo un espectáculo, pues ninguno de sus movimientos era desperdiciado; en un momento llevaba a cabo un corte chiffonada en unas hojas de albahaca y en otro salteaba platillos, terminaba de servir, y cambiaba de utensilios de acuerdo con su necesidad.


El chef se secó el sudor con el brazo y dejó salir el aire que contenía mientras cortaba, en su mente repasó, por enésima vez en el día, los pasos que debía seguir para la conclusión de su mejor obra.


Afuera, sentado en una de las mesas de su restaurante, esperaba un hombre importante, un crítico, que decidiría, según su criterio, si su establecimiento merecía o no una estrella Muchilín. Aquel era el día más importante en la vida del chef, lo había esperado tanto. Al concluir los cortes, dejó a un lado su cuchillo, ahora solo faltaba lo más importante.


—    ¡Se nos ha terminado la carne! — exclamó uno de sus asistentes, un agreste hámster, llevándose las manos a los cachetes.
—    ¡¿Qué?! — el corazón del chef Olivera dio un vuelco.
—    ¡Quedaron en traerla hoy, pero no han llegado! — explicó el segundo ayudante, un ratón —. ¡Hemos racionado la carne que quedaba, pero ya no tenemos nada!


El jabalí se llevó las manos a la cabeza, mientras buscaba entre todas las ideas que llegaban a su mente.


—    ¿Ni siquiera pollo o puerco?
—    ¡Nada! — replicó el hámster, histérico.
Con la adrenalina al máximo, el chef apartó al primer asistente y comenzó a buscar el mismo en el refrigerador.
—    Jamón, tocino, queso... ¡no! ¡Ni siquiera soya! — gritó el jabalí con rabia.
—    Lo hemos usado todo — el ratón movía los bigotes de arriba abajo, nervioso —, hasta parece un sabotaje. Es ridículo, nos dejaron vacíos.
—    El crítico lleva esperando más de diez minutos, si espera más nos llevaremos una reseña negativa — musitó el chef.


Olivera sabía que sus competidores se las habían ingeniado para que su restaurante enfrentase todos los problemas posibles, el jabalí había respondido con una sazón incomparable, pero lo habían superado. El chef se volvió a llevar las manos a la cabeza, vio uno de sus antebrazos, grueso y carnoso, rumió aquella idea retorcida por unos instantes antes de decidirse.


—    ¡Mantequilla! ¡Corre! ¡Tráeme vendas y hielo! — ordenó al hámster.
—    ¿Pero, para qué...?
—    ¡Ahora!
—    ¡Sí, chef! — el sous chef obedeció.
—    ¡Margarina! — se dirigió al agreste ratón —. ¡Tráeme el cuchillo más afilado y afílalo aún más!


Momentos después, el hámster ya había llenado un bol con hielo, y sacaba todas las vendas del botiquín de primeros auxilios, mientras el ratón afilaba a contrahoja un cuchillo de trinchar. El jabalí terminó de lavarse el brazo izquierdo, y extendió varios secadores uno sobre otro en la mesa, el roedor le entregó la hoja brillante y el chef recargó su extremidad sobre los paños. Ambos asistentes dejaron salir chillidos ahogados al entender lo que su jefe estaba a punto de hacer.


—    ¡Pero, chef! — gritaron mortificados.
—    Solo será un poco de carne — explicó Olivera con una voz delirante y desesperada —, apenas lo suficiente para el platillo. Uno de ustedes cocinará, y el otro me ayudará a vendarme — hámster y ratón compartieron miradas de asombro y terror — ¡¿Les quedó claro?!
—    ¡Oído, chef!


Olivera mordió con fuerza una toalla de cocina y alistando el cuchillo sobre su piel, comenzó a respirar agitado al reunir la fuerza necesaria, tomó valor y cortó su carne.
Al siguiente día, la gente había llenado el pequeño restaurante, las personas tenían dificultades para moverse entre mesas. Todos iban vestidos de manera formal, pues era una ocasión importante. La multitud no solo aguardaba los platillos, sino la noticia por la que se habían reunido; Olivera tendría la posibilidad de ser el primer chef agreste cuyo restaurante sería reconocido con una estrella Muchilín, y con eso, su especie tendría más puertas abiertas en la industria.


—    Muy buenos días a todos — saludó el robusto jabalí, vestido con su mejor filipina y pantalones negros, además de llevar el brazo izquierdo envuelto en discretos vendajes—, gracias por haber venido, me siento honrado por tener esta oportunidad. Ha sido un largo camino hasta aquí, hemos sufrido lo que hemos tenido que sufrir, y me siento agradecido con aquellos que me apoyaron y con los que cada día están conmigo en la cocina, aguantando mis locuras — él y los comensales rieron, sus ayudantes dibujaron sonrisas amistosas —. La noticia llegará pronto, así que, por favor, disfruten de la comida que ofreceremos hoy, espero deleitarles con un tema enfocado en vegetales, espero sea de su agrado.


Tras un aplauso general, la gente comenzó a saludarlo y darle cumplidos, el chef sonreía mostrando agradecimiento, disimulando el dolor de la herida que le mordía con fuerza, provocando que sudara mucho por contenerse, mientras intentaba mover lo mínimo su brazo herido.


Dos hombres se aproximaron a Olivera, el jabalí reconoció al crítico del día anterior y sonrió ofreciéndoles su mano para que la estrecharan. El otro hombre puso en su mano extendida un sobre blanco, dejando desconcertado al chef, que se limitó a observar mientras los críticos tomaban asiento en una de las mesas, en donde los platillos comenzaban a ser repartidos.


Aprovechando la distracción de la gente con su comida, Olivera dio una seña a sus asistentes para que entraran a la cocina. Ya dentro, los tres mostraban diferentes niveles de emoción ante el sobre, el chef intentó abrirlo, usando como base su mano lastimada, pero el más simple movimiento lo hacía quejarse del dolor. Terminó por dárselo a su ayudante, Margarina, quien lo abrió, y pasó la carta que contenía a Mantequilla, el hámster leyó en voz alta frente al expectante par.


—    Estimado chef, su comida fue exquisita, su sabor único, así como su presentación, no han dejado duda de que usted y su restaurante, son merecedores de nuestro galardón — Olivera sintió que lloraba, aquel sentimiento opacaba al de su brazo, pero se contuvo al ver que su asistente seguía —. No obstante, considerando que usted es un agreste, hemos llegado a la conclusión de que sería injusto de nuestra parte otorgarle una estrella a su restaurante, ya que su especie tiene la ventaja en cuanto a un sentido del olfato y gusto más desarrollados que el de un chef humano, por lo que, cuando hagamos estrellas Muchilín para agrestes, no dude en que le tendremos en consideración. Le deseamos suerte: Comité de premios Muchilín.


Su asistente leyó cada vez más lento, las palabras afectaron a los tres y, cuando el hámster levantó la cara, quedó impactado con la reacción del jabalí. El chef lloraba, sus lágrimas brotaban de ojos inexpresivos, no había sollozos, Olivera no se molestó en secar sus mejillas, se dio la vuelta y caminó a su oficina, dejando mudos a sus ayudantes.


***


Me gustó el restaurante, lo habría preferido un tanto menos saturado, pero tal parece que la gente esperaba que el chef obtuviese un premio por su comida, al menos, eso escuché decir entre ciertos cuchicheos, pero creo que no será el caso. Cuando nos trajeron nuestra comida, unos hombres comenzaron a hablar..., tal vez más fuerte de lo que pretendían.


—    Si llegamos a reconocer así a los agrestes, van a querer más y más — decía uno con una voz rasposa —, derechos e igualdad, siempre el típico debate.
—    Me dan asco — su compañero tenía bastante audacia, a mí me desagradaba su voz, era una de esas voces agudas que te dan una imagen general de la persona que habla, un lamebotas calvo en la coronilla, con demasiado gel para lo poco que le quedaba de cabello —, pero debes reconocer que la comida es genial — no creo que eso arreglara el insulto.
—    Ni tanto — estoy seguro de que lo dijo con la boca llena.
—    ¿Bromeas?, a pesar de todo lo que hemos hecho para que cierren este maldito lugar, el sazón es único — tal vez haya sido lo único sensato que dijo el lamebotas.

Dejé de escuchar cuando llegó mi plato, eran verduras al vapor, con mantequilla y especias, no esperé más y probé mi platillo, lo mismo hicieron el buen Envio, el provocativo Lusto, y Karen. Fue como si cada vegetal se derritiese en mi boca, incluso el retrogusto era agradable, Envio me miró asintiendo, Karen estaba absorta llevándose el tenedor a los labios una y otra vez, y no necesité mirar a Lusto, lo escuchaba gimiendo con cada bocado, por mi parte, no tenía dudas.

—    Chef — un simpático agreste hámster nos pidió que esperásemos afuera de la oficina mientras nos anunciaba —. Unos comensales quieren agradecer la comida a usted en persona, les he dicho que no hacía falta, pero han insistido tanto que...


Creo que el hámster hizo un ruido cuando se estrelló con la puerta, Envio, Lusto y yo entramos de golpe, tal vez demasiado bruscos, pues el chef se nos quedó viendo con una mezcla entre sorpresa y confusión; era un agreste jabalí, robusto, poseía colmillos que sobresalían de su labio inferior, advertí que tenía los ojos irritados y que escondía rápido un papel arrugado en su bolsillo. Al vernos intentó poner su mejor cara para saludarnos y, con una seña, mandó a su ayudante atarantado de vuelta al trabajo.


—    Un platillo más que digno, chef — reconocí dándole una palmadita en la espalda.
—    Tan sabroso como su creador — insinuó Lusto acariciándole la manga de la filipina.
—    Un manjar digno de reconocimiento — agregó Envio a la horda de elogios.
—    Oh..., gracias — el chef sonrió mientras se secaba una lagrimita traicionera —. Me da gusto saber que les gustó mi comida.
—    No es para menos — continuó el zorro en un tono juguetón — sobre todo, considerando su trasfondo, chef — las palabras de Envio hicieron que el jabalí se estremeciera.
—    Solo alguien que ha sido mordido por el hambre conoce su cruenta fatalidad — Lusto pasó su brazo por detrás del chef, acariciando su hombro.
El jabalí había dejado de llorar, nos miraba atento y en silencio, tal vez, nuestros brillantes ojos rojos tenían algo que ver con su carácter perturbado.
—    Agradezco sus palabras — dijo recuperando la compostura, yo aún noté un poco de tristeza en su tono alegre.
—    Eso debió doler — Envio señaló el brazo vendado, el jabalí intentaba disimularlo con la extremidad sana, como si estuviese cruzando los brazos, pero creo que lo hacía más evidente.
—    ¿No se aburre con la rutina, chef? — pregunté con el tono más casual que pude conseguir —. Siempre cocinando para sibaritas sin alma que jamás podrán valorar a fondo el verdadero privilegio de un bocado — mis palabras lo mordieron.


El jabalí tragó saliva, negando con la cabeza.


—    Puede que haya perdido la pasión por lo que hace — declaró Lusto —. Ahora es solo una sombra de lo que pudo llegar a ser.
—    Chef, tenemos platillos pendientes — Nos interrumpió un mesero, que apurado regresó a sus tareas.
—    S-sí... — balbuceó el jabalí cabizbajo.
—    ¿Usted ya comió, chef? — inquirió Envio exagerando su interés — O comerá al final las sobras de todo lo que creó con sus manos, cansado, después de escuchar los caprichos de desconocidos, sin la dicha de probar algo nuevo.


Otra vez, el jabalí giró la cara, pude ver el agobio y el temor que lo abrumaban.


—    Quienes... ¿quiénes son ustedes? — preguntó sin esconder sus emociones.
—    Gente de paso — aclaró Lusto.
—    O quizás viejos camaradas — propuso Envio.
—    Chef, unos comensales dicen que, si no son atendidos de inmediato, se irán — avisó el mismo mesero, interrumpiendo de nuevo.
—    Solo tú sabes valorar el privilegio de comer — señalé —. No pierdas más el tiempo en este lugar, aquí tu arte es tan despreciado como tu persona. Ven con nosotros, estoy seguro de que encontrarás tu lugar.


Vi la duda en sus ojos, así que le extendí mi mano para ayudarlo a tomar la decisión. Su brazo sano se movió un poco, pero se retrajo en seguida cuando escuchamos gritos furiosos entre las mesas.


—    ¡Vámonos! ¡No se puede esperar más de un agreste!
—    ¡No merece que perdamos nuestro tiempo aquí!


Aquellas declaraciones causaron que el semblante del chef se ensombreciera, dándole la motivación necesaria para que estrechara mi mano con firmeza. La obscuridad nos invadió hasta ahogarnos y, en un parpadeo, desapareció en el corazón del jabalí. El chef levantó el rostro y nos vió con brillantes ojos rojos.


—    ¡Wow! ¡Estimados, cuánto tiempo! — nos rodeó con un enorme abrazo, apretándonos con toda la fuerza que le permitía su brazo lastimado.
—    ¡Cuánto tiempo, Gluto, un placer verte! — replicó Lusto zafándose entre risas.
—    ¿Estás listo para buscar a los otros y ver el mundo? — propuso Envio, animado.
—    Claro que sí, pero antes, hay que celebrar que al fin estoy despierto, es más, yo invito — sus palabras estaban cargadas de malicia, me encantó.
—    Permítanos ayudarle, su maleza — todos miramos al suelo, la sombra de Gluto se deformó hasta que dos figuras tomaron forma, o he de decir, se deformaron, eran pequeñas y lastimosas.
Karen gritó, haciendo que todo el barullo del restaurante se calmara un momento.
—    Y ustedes, ¿quiénes son? — preguntó el despertado alzando una ceja.
—    Somos los generales de sus legión, su malevolencia. Yo soy hambre.
—    Y yo soy sed — se presentaron los seres de aspecto difícil de contemplar.
—    Quizá podrían ser de ayuda — consideró Gluto, sonriente —, pero necesitan una mejor apariencia para trabajar en el bello arte de la cocina.
—    ¡Chef! ¡¿Está bien?! Oímos un grito...


El hámster y el ratón entraron a la oficina, se quedaron fríos viéndonos junto aquellos seres aberrantes y, antes de que pudieran siquiera gritar, aquellos demonios se abalanzaron hacia sus nuevos huéspedes, adentrándose en sus orificios faciales como sustancias viscosas. Los ayudantes se atragantaron, cayendo al suelo y comenzando a convulsionar, pero solo duró unos segundos hasta que quedaron inertes, acto seguido, se incorporaron y adoptaron una posición firme.


—    Esperamos que estos recipientes sean más de su agrado, chef.
—    Tenemos sus recuerdos y experiencia, por lo que podemos trabajar en la cocina sin problema alguno — explicaron los demonios.
—    ¡Genial! — celebró el jabalí.
—    Sí, chef — respondieron cual soldados.
—    ¿Pero qué...? — Karen tartamudeó ante la extraña situación.
—    ¿Y ella? — preguntó Gluto, fijándose en la mujer por primera vez.
—    La secretaria — respondimos Envio, Lusto y yo, burlándonos.
—    Bienvenida a mi restaurante, señorita — el jabalí la tomó de la mano y la sacudió de arriba abajo —. Permítame presentarme, soy Gluto Olivera, chef, y una de las siete calamidades, Gula. Pero no perdamos más el tiempo — se volvió hacia sus dos generales —, Margarina, que nadie salga, Mantequilla, te necesitaré en la cocina.
—    ¡Oído, chef! — los agrestes poseídos salieron de la oficina.
—    Amigos, ¿los puedo tentar con un asiento en la terraza? — preguntó Gluto con una sonrisa bonachona —. Tiene una vista estupenda.
Salimos al restaurante, en donde de inmediato sentimos que todos los clientes nos miraron con extrañeza.
—    Cambio de planes, gente — anunció el chef dando una sonora palmada —. Mi comida es para los que la aprecian, para los que la saben valorar, no para los caprichosos, ni para los que creen que su paladar poco desarrollado está a la altura de mi sazón.
—    ¿Pero qué estúpida declaración es esa? — saltó el crítico de la voz aguda, como pensaba, era calvo.
—    ¡Sabía que no teníamos que venir a este lugar de poca...!


Gluto se aproximó en un parpadeo al hombre, lo vi tomar un tenedor de una de las mesas, desde su antebrazo un aura oscura fluyó hasta su mano, envolviendo el cubierto y agrandando su figura hasta que el chef ya no sostenía un tenedor, sino que blandía un enorme tridente. De un golpe, atravesó al crítico que, sin procesar lo que pasaba, cayó hacia atrás con el arma aún ensartada, a mi lado, Karen ahogó un grito llevándose las manos a la boca, Envio, Lusto y yo, sonreímos de oreja a oreja, disfrutando del espectáculo.


—    Hey, aquí hay mucha carne — anunció el chef a la cocina y después observó divertido al crítico que se retorcía en medio de gritos de dolor.
—    ¡Oído, chef!


La gente, escandalizada, abandonó sus asientos y comenzó a correr a la salida, pero detrás de nosotros, las puertas de la cocina se abrieron con un estruendo, una ola de pequeños hámsteres salió despedida, corrían uno sobre otro, intentando llegar primero a su objetivo. La multitud que había llegado a la salida se vio detenida por una colonia de ratones que irrumpió en el restaurante, cubriendo el suelo y las paredes. Pronto las personas se vieron superadas por los roedores y, cual plaga, se lanzaron al ataque contra los comensales. La sangre comenzó a manchar el piso, hombres y mujeres soltaban alaridos y caían con enjambres de criaturillas demoniacas devorando cualquier rastro de su carne, algunos rezaban y eran comidos, otros se dejaban vencer, y no quedaba nada de ellos, se escuchaba la piel romperse, grupos de ratones y hámsteres roían huesos hasta romperlos, produciendo chasquidos inquietantes.
Mientras el mar de patitas y colas hacía lo suyo, Gluto nos condujo a la terraza.


—    Creo que hay una película sobre esto — recordó Olivera con burla.


El chef no mentía, la terraza de verdad tenía una vista grandiosa, disfrutamos de una conversación amena mientras en la cocina se llevaba a cabo una gran obra culinaria. Tras un tiempo, Mantequilla apareció en la terraza dirigiendo una camada de hámsteres, los cuales se juntaban en pequeños grupos para cargar los platos que dejaban en cada lugar de la mesa principal, tenían una gran coordinación en lo que hacían, pues parecía como si los platillos flotaran mientras los traían.


—    Una comida cinco estrellas esperando esté a su altura, señores — declaró el general.
—    ¡Genial! Tomen asiento amigos — pidió el jabalí —, ya quiero oír los planes.
No tenía duda alguna en cuanto a la comida, era apetitosa a la vista, y el primer bocado de carne me pareció maravilloso.
—    ¿Qué es esto? Sabe muy bien — reconoció Envio.
—    Seguimos las recetas de nuestro señor — explicó Mantequilla —. Es carne a la parrilla, con especias finas, sal rosa, y leche de tigre.
—    Eso suena delicioso — declaró Lusto, lamiéndose los bigotes.
Karen se sentó en frente de mí, la veía un tanto renuente a probar, pero cuando lo hizo, el sabor pareció confundirla.
—    Nada mal, ¿no creen? Un buen chef siempre puede hacer grandes cosas con los ingredientes a su alcance — presumió Olivera.
—    Pensé que no tenían carne — señalé, ya sabía la respuesta, los demás sonrieron con mis palabras.
—    No había hasta hace poco — declaró el chef provocando que Karen lo mirara confundida.
Gluto levantó la carne de su plato y dio una buena mordida, mientras degustaba y disfrutaba del bocado, vi que los vendajes de su brazo cayeron con el movimiento y que la herida, poco a poco comenzaba a cerrarse conforme más y más comía.
—    Quedó muy bien — declaró el jabalí después de tragar una buena porción —, la carne está un poco correosa, pero no se podía esperar más de un crítico.


Karen se quedó fría, palideció, se levantó de un salto y comenzó a tener arcadas mientras se alejaba de la mesa, Envio, Lusto, Gluto y yo nos reímos de la secretaria, mientras disfrutábamos de un banquete con nuestro viejo colega.