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Ramón caminaba animado, su jefe le había pedido un poco más de tiempo extra en su trabajo y, una vez a solas, habló serio con él.

— Me han pasado el chisme que, mañana, tendremos una llamada de la sede principal. Lo más probable es que me pongan como gerente y tú vas a ser ascendido, fortachón — celebró su jefe palmeándole su espalda ancha.

— ¿En verdad? ¡Eso es genial! — sin evitarlo, Ramón abrazó a su jefe y sin ningún esfuerzo lo levantó del suelo, dando un par de vueltas con él, haciéndolo reír.

— Controla tu energía, fortachón. Nada es oficial, aun tenemos que esperar la confirmación de mañana. Hasta entonces, ni una palabra a nadie.

Ramón apenas contenía su emoción, tras tres años desempleado y seis meses en su trabajo como vendedor de equipos electrónicos, la vida al fin le sonreía. Al llegar al gimnasio y ver a Raúl enfocado en su rutina, recordó su metida de pata y apretó los ojos al recordar el momento. Sin más, respiró profundo, sacó el aire despacio y fue a cambiarse para entrenar.

— Hola, Ramón — saludó Pancho poniéndose una chamarra —. Pensé que ya no llegarías.

— Hola, grandulón. No, jamás faltaría — le sonrió —. No he faltado ni un solo día en tres años — presumió mientras dejaba sus cosas en una banca y comenzaba a cambiarse de ropa.

— Eso explica tus músculos — reconoció el toro.

Ramón rió un par de veces y sin pena, con el torso desnudo, flexionó sus brazos para presumirlos. El hombre mostraba un cuerpo esculpido, sus brazos, piernas, pecho y espalda mostraban un trabajo de años, su panza por otra parte, mostraba cierta redondez, delatando su amor por todo tipo de comida.

— ¡A la bestia!, estás hecho un toro — rió Poncho.

— Mira quien habla — Ramón soltó una risa tonta mientras guardaba sus cosas y canturreaba en el proceso.

— Te noto contento. ¿Novia nueva? — intentó adivinar Poncho alzando una y otra vez las cejas.

— Naaaaa. No le hago a eso — expresó echando la cabeza de lado mientras mostraba los dientes —. Me van a ascender, mañana de hecho.

— ¡Genial! Felicidades, fortachón — celebró Poncho dándole un golpecito con su puño cerrado en el hombro.

— Poncho, ¿aún no estás? — escucharon una voz femenina desde afuera.

— Ahí voy, amor — respondió el bovino —. Ya me voy, Ramón. Mi novia me llama, comeremos en mi casa y si tengo suerte, habrá postre — insinuó el toro sonriendo de oreja a oreja.

— ¿Helado? — le sonrió el fortachón, sin comprender el doble sentido.

— Ahhhh... no me refería a... — Poncho se rascó la barbilla mientras se sonrojaba por la ingenuidad del hombresote — Sí... Quizá sí, helado.

— Suave, pásatela bien.

— Oh, lo haré — aseguró sonriente mientras se despedía.

A solas, Ramón terminó de vestirse con una playera blanca y un short negro, después, ajustó su cabello güero bajo una gorra obscura. Una vez listo, salió a hacer ejercicio, pero antes, queriendo zanjar todo, quiso arreglar las cosas, por lo que tomó valor y se acercó a Raúl quien estaba de espaldas, sentado en una banca.

— Hey, perdón por lo de ayer, me confundí y fue tonto lo que hice. Sé que soy bruto para algunas cosas y que no soy de tu agrado, pero — Ramón dejó de ver al suelo, se armó de coraje y levantó el rostro — quiero que sepas que yo...

Raúl, sin inmutarse, jaló una barra para comenzar a hacer una serie de remos. Confundido, Ramón observó y notó que el hombresote tenía audífonos, todo lo que había sacado de su pecho se había perdido entre música rock.

Pensó en llamar su atención y repetir su disculpa, pero bajando la cara y sonriendo con resignación, se alejó de Raúl, dándole su espacio.

— Cerramos en una hora.

Al escuchar el aviso, Ramón asintió para sí y se palmeó las mejillas, ya tendría otra oportunidad para disculparse, por lo que, dispuesto a aprovechar el tiempo que le quedaba, se abalanzó sobre los aparatos de pecho y brazos. Una gran energía y motivación irradiaba de él y así, todo su cuerpo, cabello y cara comenzaron a cubrirse de gotas de sudor. Más de uno se impresionó al ver al fortachón, de un metro ochenta, güero, robusto y cuadrado, levantar ochenta, ochenta y cinco e incluso noventa kilos de peso en pecho.

Ramón estaba animado, motivado, casi eufórico, por lo que, sin pensar, colocó otra pesa en la barra, alcanzando los cien kilos. Determinado, se acostó, sujetó el fierro y respirando, levantó el peso, quitándole el aliento a los pocos presentes. Las primeras cinco flexiones fueron difíciles, la sexta hizo que sus brazos comenzaran a temblar, la séptima fue casi dolorosa, dejando su rostro rojo por el esfuerzo realizado.

— Puedo hacerlo, puedo hacerlo — se decía, lleno de convicción, dispuesto a demostrarse que lo lograría, pero su cuerpo, agotado, cansado y llevado al límite, no compartía su optimismo.

De repente, un calambre golpeó su mano derecha, desatando una sensación helada que recorrió desde su codo hasta su muñeca. Cuando Ramón comprendió su error, todo pasó lento, sintió como su brazo fallaba, su mano se abría y la barra caía hacia él sin restricción alguna, su mano izquierda resintió el peso acumulado y, blanca por la presión, los dedos se abrieron, soltando su parte. Así, la barra con cien kilos de peso cayó libre contra su pecho.

— No, no, no — gritó por dentro al ver el impacto inminente.

Ramón solo cerró los ojos con fuerza y tensó el pecho mientras esperaba el golpe que lastimaría su cuerpo.

Un gemido seco seguido por un rugido gutural resonó por todo el gimnasio. Ramón abrió los ojos y vió unas nalgas peludas y el bulto rojo del suspensorio bajo el short de Raúl. El hombre con un rugido levantó la barra y la colocó de vuelta al soporte, salvando a su compañero.

— Pendejo — musitó el hombre con desprecio.

Raúl se apartó con coraje mientras sacudía sus manos un tanto entumidas por la fuerza ejercida. Ramón logró sentarse y confuso, vió a Raúl con el pecho descubierto y una marca roja rodeándole sobre la piel de su cuello. Un trozo de tela azul estaba desgarrado en el suelo, dejando una tira de hilos que conducían hasta una maquina cercana donde el remanente de la playera se hallaba.

— ¿Estás bien? — preguntó la recepcionista acercándose a Ramón —. Pudiste haberte lastimado, menos mal que tu amigo estaba cerca.

— Yo no soy su amigo — rugió Raúl con desprecio al escuchar la frase, justo antes de tomar su playera rasgada y caminar a los vestidores.

— ¿Qué...? — Ramón intentaba comprender.

— Él rompió su playera — le explicó la recepcionista —, cuando vió que no podías levantar el peso se levantó de golpe, pero el asa del aparato se le atoró al levantarse. No le importó y rasgó su ropa para ayudarte. Creo que se lastimó.

Ramón no escuchó más y, levantándose de inmediato, corrió a los vestidores.

Sentado, con la playera hecha girones a un lado, Raúl pasaba la mano por su cuello irritado, su piel mostraba una marca roja debido a la presión y fricción ejercida por la tela al romperse. Ramón vió la lesión y de inmediato tomó de su mochila una pomada.

— Raúl, muchas gracias y disculpa por todo — hablaba el fortachón con toda humildad, como un niño pequeño que sabe que hizo algo malo —. Si me permites, tengo una pomada, a mí me ayuda mucho cuando...

— Déjame solo — le silenció Raúl con un gruñido tosco, casi agresivo.

Ramón vió preocupado como el hombre se colocaba su camisa y al hacerlo frunció la nariz cuando la tela tocó su lesión.

— Pero estás lastimado y esta pomada es muy buena, podría...

— No soy tu amigo.

Por primera vez, Raúl miró de frente a Ramón, su mirada mostraba desagrado casi desprecio, cosa que incomodo al hombre de pies a cabeza, obligándole a desviar la mirada. Consciente de su aversión, Raúl terminó de vestirse y sin decir ni mirarlo más, se puso su mochila en su hombro sano y se encaminó a la salida del vestidor. Al pasar a su lado, logró escuchar con claridad las palabras.

— ¿Por qué eres así conmigo?

La frase le detuvo en seco al grado de lastimarlo, Ramón le había preguntado con tristeza, lleno de dolor, cual cachorro que acaba de ser regañado sin saber por qué.

— Yo... solo quería agradecerte y disculparme por lo de la otra vez.

Ramón hablaba con la mirada en el suelo y el corazón lastimado.

— Sé que eres muy serio y te gusta tener tu espacio, es solo... es solo que la primera vez que te vi, me emocioné porque levantabas lo mismo que yo, incluso pensé que podríamos hacer ejercicio juntos, ya sabes, sin quitar las pesas, animándonos, haciendo bromas, como gymbros — confesó sonriendo con tristeza.

Raúl escuchaba en silencio, con la mirada perdida en el suelo.

— Disculpa, sé que estás ocupado y cansado, pero si me dejaras...

Con el rabillo del ojo, Raúl vió como Ramón se quitaba la playera, dejando al descubierto un pecho firme, torneado y cubierto por una fina capa de vello, después, tomando su pomada, le ofreció ambas cosas.

— Tómalos. Por favor. Me siento responsable, no volveré a cargar tanto peso. Si quieres, ya no intentaré hablarte, pero déjame compensarte.

Raúl respiraba profundo, intentando ordenar su mente con las palabras de aquel hombre que le abría su corazón. Sin decir nada, tomó la pomada, la playera sudada y salió del lugar, dejando a Ramón con una sensación agridulce.

Al llegar a casa, tras cerrar la puerta tras de sí, Raúl, cansado y adolorido, apoyó su espalda contra una pared cercana y, levantando la cara, cerró los ojos y tomó aire.

— ¿Por qué soy así? — susurró con pesar.

Las palabras de Ramón hacían eco en su corazón y, pese a todo, él sabía que aquel tonto fortachón tenía razón. Se deslizó al suelo, sin despegar la espalda de la pared y una vez sentado, tomó la playera húmeda entre sus manos y se quedó mirándola en la obscuridad, se sentía fresca, fría, incluso desprendía una fragancia mentolada, casi amaderada. Reflexionando, intentó acariciar la tela cuando una sensación molesta le mordió el cuello. De nuevo, respiró profundo y levantándose, puso la playera en la lavadora y se metió a la ducha para limpiarse, ponerse la pomada y terminar la noche.

Al siguiente día, tras una larga y lenta jornada de trabajo, Raúl estaba nervioso, luchaba por controlarse al entrar al gimnasio, con la playera de Ramón puesta. Poco o nada había dormido, por primera vez quería hablar con el empalagoso y agradecerle por la pomada. Su mente proyectaba miles de escenarios, incluso había pensado en las palabras que usaría, pero no sabía cómo Ramón reaccionaría. ¿Se alegraría? ¿Sería indiferente? ¿Lo ignoraría? La duda lo agobiaba, pero, pese a todo, quería dar la cara y hablar con aquel que le había hablado con el corazón y quizá, solo quizá, abrir su corazón también.

Llegó al gym, pero Ramón no estaba por ninguna parte.

— Hola, Raúl. Me enteré de que te lastimaste ayer por ayudar a Ramón — le recibió Poncho con admiración —. ¿Cómo sigues? ¿qué paso?

— Oh, hola, Poncho. Todo bien, no fue nada relevante en realidad — intentó disimular.

— ¿Bromeas? Levantaste cien kilos, eso es bárbaro — reconoció asombrado.

— Quizá, quizá... por cierto, ¿no has visto a Ramón? — preguntó llevándose una mano a la nuca.

— Nop, no ha llegado, pero no creo que tarde. Oye, ¿podrías darme consejos?

— Oh... si... supongo que sí.

— Genial. Ya quiero levantar esos cien kilos.

Raúl, sorprendiéndose a si mismo, logró intercalar con Poncho, no sin esfuerzo, pero, aunque la actividad le exigía mucho esfuerzo mental más que físico, siempre estuvo pendiente a la entrada del gimnasio, a la llegada de Ramón. Terminó su rutina, esperó hasta el cierre, consultó la hora en su celular, cinco para las diez, incluso permaneció sentado un rato en los vestidores, pero Ramón no llegó.