Saliendo de la casa de un cliente, Raúl, exhausto, con su mochila en la espalda y su uniforme puesto, decidió caminar, pensando que quizá era buena idea ir al gimnasio a despejar su mente. Su semblante, serio y marcado por una cierta tristeza, era evidente para cualquiera que lo observara mientras recorría las calles.
A punto de llegar al gym, Navarro notó la presencia de Ramón afuera del establecimiento. El tigre se encontraba de pie, cabizbajo y con las manos en los bolsillos del pantalón, esperando. Raúl se detuvo de golpe, recordando con amargura lo sucedido. Haciendo una mueca, decidió dar media vuelta y alejarse.
Las imágenes en su mente, recordando a su «amigo», a quien dio un voto de confianza, siendo preñado por un completo desconocido, seguían presentes, incomodándolo.
Así caminó por un largo rato, dando vueltas y vueltas, sin ganas de llegar a casa. Se alejó hasta llegar a un pequeño parque, en el que había tan solo tres personas; una pareja y un chico paseando a su perro. Comenzó a dar vueltas en el parque, con paso lento, pensativo.
- ¡¿Doc?! - Raúl reconoció la voz y giró, encontrando a don Mario, con una bolsa de supermercado en mano.
El fortachón forzó una sonrisa, intentando evadir y seguir caminando, pero el señor se acercó a él; Raúl sintió la presión de ser educado y saludó.
- ¿Cómo le va? - cuestionó don Mario a un incómodo muchachón, con tono preocupado.
- Todo bien, gracias - respondió Navarro, tajante.
Don Mario comprendía la actitud del hombresote y, angustiado, clavó la mirada en su semblante, meditando sus palabras.
- Ramoncito ya me platicó un poco - expresó el padre del tigre, con sutileza, sorprendiendo a Navarro -. No me dio detalles, pero ayer, mientras el pobre lloraba, dijo que le había hecho mucho daño, doc - explicó, provocando que Raúl bajara la mirada, oprimiendo los dientes - No sé si ese Mauricio tuvo algo que ver, pero esos dos eran uña y mugre antes, y se metían en caaada problema, a veces sin buscarlos, eh - mencionó -. Pese a todo, no tienen malicia y espero que no sea nada serio y puedan arreglarlo.
Raúl, aún con la cabeza baja, se mantuvo mudo, sin saber qué expresar. Un silencio incómodo inundó el momento.
- Entiendo si no quiere decir nada - suspiró el señor, rompiendo el mutismo -. Mi hijo puede ser un poco tonto a veces, ¿sabe? - Raúl hizo un gesto de confirmación - Pero no es mala persona. La verdad es que todo esto de ser agreste le ha pegado duro, y sumándole su desempleo, ¡uy! Imagine nomás. Más le ha afectado - pausó, mientras Raúl pensaba lo que el señor le decía -. Y déjeme le soy sincero, doc. Cuando Ramón estaba muy triste y estaba a punto de tirar la toalla, siempre se acercaba y me decía que le quería seguir echando ganas porque su amigo jamás se había dado por vencido. ¡Siempre, siempre, lo ha tomado como ejemplo, doc!
- ¿A mí? - preguntó Navarro, incrédulo.
- A usted - confirmó -. La mera verdad yo siempre he estado preocupado por las amistades de mi hijo - se sinceró don Mario -. Hay muchos que se han aprovechado de él o solo querían tener sexo y ya, pa' después botarlo - añadió -. Aunque Ramoncito lo negara, él se sentía muy solo, y a partir de ahí, su luz se fue apagando, pero - giró para mirar fijo a Raúl -, desde que usted llegó a su vida, su camino volvió a iluminarse. Ya sonríe más, ya ve de diferente forma la vida, y ahora como agreste me he dado cuenta que aceptó su nuevo físico gracias a usted. Le subió mucho la autoestima.
El fortachón hizo una media sonrisa, aun meditando las palabras de don Mario.
- ¿En qué piensa, doc? - preguntó a Navarro - Mire, no quiero obligarlo a nada si no quiere, pero, ¿le puedo pedir un favor? - el fortachón asintió -. Si es posible... ¿Podría hablar con mi hijo? - Raúl hizo una mueca de incomodidad, suspirando y bajando la mirada - Solo le pido eso, doc. Ya de ahí, sea cual sea su decisión, yo ya no me meteré. Solo que, me atrevo a pedirle eso porque, después de todo lo que ha hecho por mi Ramón Martín, lo considero como parte de la familia.
Raúl resintió esas palabras y volvió a mirar al señor, que lo observaba con agradecimiento. El fortachón correspondió el gesto con una sonrisa.
- Lo pensaré - expresó el fortachón.
De pronto, don Mario se colocó frente a Navarro.
- Por cierto - mencionó el padre de Ramón, sacando algo de su bolsillo -. Tome - extendió la mano con la copia de la llave de su casa -. Es suya.
Raúl se conmovió, una ligera presión el pecho lo sacudió y escalofríos enternecidos lo invadieron. Oprimiendo los dientes, fijó su mirada en don Mario y tomó la llave.
- Gracias - expresó Navarro, asintiendo y guardándose la llave en su bolsillo.
- Lo dejo, doc. Necesito hacer la cena. Descanse por favor, y cualquier cosa, puede buscarme.
Don Mario abrazó con fuerza al muchachote, para luego irse, dejando a solas a Raúl.
Las palabras de don Mario sacudieron a Navarro, no dejaba de pensar en ellas. Luego, sacó la llave de su bolsillo, la miró, conmovido, y la volvió a guardar.
Raúl aún caminó unos minutos por el parque, rodeándolo un par de veces más y, a punto de caminar a su casa, fue detenido por una peculiar voz.
- ¿Raúl? - el hombre giró y encontró a Mauricio, el amigo de Ramón.
Raúl volteó los ojos y continuó su camino, ignorando al oso.
- ¡Oye, espera! - pidió el ursino, persiguiendo su paso.
- Lo siento, pero no tengo nada que hablar contigo - exclamó Navarro, tajante.
- Lo sé, y no te culpo por negarte - aclaró con empatía -, pero por favor, déjame hablar. No solo por mí, sino también por Ramón.
La suplica sorprendió a Raúl haciendo que, de mala gana, accediera, deteniéndose y girando su cuerpo hacia Mauricio mirándolo con cansancio. Mauricio señaló una banquita cercana a Raúl, sentándose en ella.
- ¿Qué quieres? - el fortachón fue al grano, mientras revisaba el reloj de su celular - Y no quiero sonar grosero, pero ya estoy cansado - mencionó.
- Iré al punto, Raúl... Como agrestes, el estrus es muy incómodo y, por lo general, como dura poco, es un proceso mecánico que no significa más que dos compas haciéndose un favor.
- Haciéndose el favor, más bien - interrumpió Raúl, pretensioso y molesto.
- Sí, supongo que sí - el oso se llevó una mano tras la nuca -. El estrus no tiene nada que ver con algo emocional. Lo que viste solo fue... algo pasajero, algo que nos ayuda a estar tranquilos.
Al escuchar esto, Raúl relajó el rostro y quedó pensativo, asimilando la información.
- «Otra opción, según su caso es que, si se tiene a alguien dispuesto, una sesión de apareamiento ayudará a tranquilizarlo» - recordó lo que le explicó Flavio a Ramón Martín por llamada.
- Raúl, te pido... - Mauricio pensó sus palabras - Más bien, te suplico que, si a pesar de eso sigues enojado, desquítate conmigo, pero no con Ramón. El pobre vato lloró horas y horas ayer cuando te vio partir - mencionó, haciendo que Raúl, mudo, no dejara de pensar en su amigo -. Cuando lo vi en el bar, hablamos mucho, y entre esa plática, Ramón hablaba muy emocionado de lo que había aprendido de ti y todo lo que han pasado juntos - agregó, provocando un ligero calor en el pecho de Navarro -. Me queda clarísimo, mi buen, que eres muy importante en la vida de Ramón Martín, y no quisiera que su amistad se vea lastimada por una necesidad física de él y mía - confesó, sincero -. Si me permites la comparación, para los agrestes, cuando no hay amor, el sexo es como jugar o ir a comer con los compas - explicó -: es bueno al momento, pero no es algo que hagas diario o que pueda mantenerse a la larga. Solo un rato nomás, uno muy a gusto, y luego, a seguir la vida. Así de simple.
El parque comenzaba a vaciarse mientras la noche ganaba terreno, encontrándolos solos en medio de la tranquilidad del lugar.
- ¿Tú...? - pausó Raúl, meditando su pregunta - ¿Tú quieres a Ramón?
- Claro que sí - aseguró sonriendo -. Lo apreció muchísimo. Es un viejo amigo y compañero de juegos - se sinceró el oso -. Pero, la verdad, nuestras personalidades son muy distintas y a largo plazo, si es que piensas que quiero formalizar algo con él, no funcionaría para ninguno de los dos.
Raúl meditó esa respuesta, su semblante era de satisfacción, pero trató de disimularlo.
- Además, por mi trabajo, yo viajo mucho - agregó Mauricio -. No puedo darme el lujo de tener algo estable. En cambio, tú, si quieres tener algo duradero con Ramón, puedes hacerlo... ¿O no?
El hombre bajó la mirada al suelo, reflexionando cuando se percató que Mauricio abría y cerraba las piernas con insistencia, e incluso, se tocó la entrepierna con fuerza, empujándola, mostrando su dura virilidad marcada bajo el pantalón.
- ¿Estás caliente? - preguntó Raúl, comprendiendo aún más las cosas.
- Sí, la neta sí - confesó sin pena abriendo las piernas y mostrando su erección bajo la ropa-. Y todavía me faltan dos días de estrus, también a Ramón - mencionó, jadeante, moviendo una y otra vez su pierna -. Así que, por favor, Raúl, no te quiero obligar a nada, pero ve a hablar con Martín. Él y yo sólo tuvimos sexo para relajarnos. ¡Veme cómo estoy! - exclamó marcando su miembro con una mano -. Y créeme, si te entregas junto con Ramón, no solo su cuerpo estará más relajado - pausó, sonriendo, conteniendo su cachondez -, su corazón estará contento.
- Yo... - Raúl giró la cabeza y se rasco la barbilla - Yo nunca he hecho nada con un vato. Comprendo la dinámica, pero... - Mauricio interrumpió sus palabras, tomándolo del hombro, provocando que Raúl girara a verlo.
- Yo puedo enseñarte todo eso - mencionó el oso, cachondo, con una seguridad aplastante y una notoria mancha húmeda sobre su pantalón -, pero primero habla con él - insistió, haciendo que Raúl sopesara la petición -. ¿Podrías hacerlo? - preguntó a Navarro, generando un poco de presión - Por favor, por favor, por favor - el ursino puso sus palmas juntas, delante de la cara de Raúl, implorando por la oportunidad.
Raúl no sabía qué decir, mucho menos cuando al mirar la entrepierna de Mauricio, su bulto punzó varias veces.
Por otro lado, en la casa de Ramón, él se estaba bañando, aún con un semblante de tristeza. Al salir, se enrolló la toalla en la cintura y tomó su celular, dándose cuenta que había un mensaje de Raúl en sus notificaciones.
- «¿Puedes venir a mi casa?».
El tigre, incrédulo, caminó rápido hacia su recámara, se medio secó el cuerpo, el cabello, se vistió, y salió con prisa hacia la casa de Raúl.
El camino se le hizo rápido y, al llegar, tocó en repetidas ocasiones, ansioso. Sus piernas temblaban, pensando en qué decirle o qué hacer en cuanto abriera.
Cuando Raúl abrió, Ramón Martin de inmediato entró, cerró la puerta y se arrodilló ante él.
- ¡Perdóname, bro, por favor! ¡Te lo ruego, perdóname! - suplicó el tigre, nervioso.
- Oye, oye, oye. Levántate - pidió Raúl, ayudándolo a pararse -. Compa, no tienes por qué disculparte de nada - dijo con voz serena mientras le sacudía las rodillas -. Mauricio ya me explicó todo, y ahora comprendo más las cosas. No estoy molesto, te lo aseguro.
Ramón, sintiendo paz en su interior, sonrió, abrazándolo y dándole un apretón muy fuerte. Cuando lo soltó, no pudo evitar tener dudas.
- Pero... ¿Estás seguro, bro?
- ¿Estoy seguro, Mau? - preguntó Raúl hacia el interior de su casa.
De pronto, el oso salió de la cocina con una tanga y una erección de campeonato, posándose en el marco de la puerta.
- Está muy, muuuuy seguro - respondió el oso, con voz sensual, sonriente.
Ramón dirigió su mirada a Raúl, mudo de la impresión. El hombre, al ver la expresión de su amigo, sonrió de oreja a oreja.
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