El coche de Pierrot surcaba las calles, el enmascarado conducía con determinación, mostrando una sonrisa de oreja a oreja, mientras que Rentería, también alegre, ocupaba el asiento del copiloto. Raúl, por su lado, en la parte de atrás, se hallaba durmiendo profundo, como si estuviera bajo el efecto de alguna droga. La gema estaba ejerciendo su influencia sobre el fortachón y, poco a poco, estaba reemplazando su corazón.
— ¡Tu participación fue de gran ayuda! — celebró Pierrot a Rentería —. Estoy ansioso por presentarte a mi jefa — exclamó con emoción —, seguro te lo agradecerá de sobremanera, ella y su hermano — mencionó —. No dudo que podrán recomendarte para cualquier trabajo que tú...
Al dar la vuelta en el coche, hacia la calle que daba a las instalaciones de Edison, ambos se dieron cuenta que una nube negra emanaba del edificio. Sus sonrisas se desvanecieron por completo.
— Mon Dieu... — susurró el enmascarado, sintiendo una fuerte presión en el pecho.
— Huele a muerte — advirtió el sabueso, olfateando de forma rápida, con el pelaje erizado.
Pierrot aceleró hasta llegar a la entrada, la cual estaba destruida en su totalidad; había fuego, humo y marcas de violencia por doquier. Francesco estaba a punto de bajar rápido, hasta que Rentería lo tomó del brazo, impidiéndoselo.
— No, no vayas — pidió el sabueso —. No sé qué haya ahí adentro, pero es peligroso... demasiado peligroso — añadió con una inquietante seriedad —. Lo mejor es que nos vayamos... Algo ahí... me aterra.
Pierrot, tragando saliva, sabía que Rentería tenía razón, incluso él se sentía intranquilo. Sin embargo, con determinación, se soltó con cuidado de la mano del canino.
— Debo ir — expresó, decidido, buscando algo dentro de los bolsos de su saco —. Iré a comprobar, no tardaré, pero... si algo me pasa... — pausó, sacando una tarjeta de contacto, y dándosela a Rentería — toma el coche, escapa y llama a este número.
— ¡Espera! No debes...
Pero Pierrot, armándose de valor, no dudó y bajó del coche, entrando a las destruidas instalaciones, mientras Rentería lo miraba con preocupación, con deseos de acompañarlo, pero detenido por un miedo primal.
El enorme enmascarado cruzó por todo el humo que rodeaba el lugar y, al dar unos pasos dentro, en el pasillo principal, comenzó a sudar frío al ver una brutal masacre de cuerpos desmembrados, algunos que parecían masticados y otros torturados, que lo aterraron por completo.
Francesco se apresuró a caminar, agitado, atónito e intentando sobreponerse, mientras corría a la sala principal, presintiendo lo peor sobre su jefa, con una pesada sensación en el pecho. A cada paso había más y más cuerpos, haciendo que Pierrot fuera incapaz de comprender qué fue lo que había ocurrido.
Cuando se percató que los ascensores no funcionaban, usó una puerta segura, subió las escaleras de emergencia y, al llegar por fin a la sala principal, sus ojos de dilataron por completo, y la impresión en su corazón golpeó más fuerte al ver a Edison y Mersenne que yacían en el suelo, alrededor de escombros y humo negro.
De inmediato, corrió hacia ellos y se arrodilló, palideciendo al no ver reacción al tocarlos, por lo que, colocando sus dedos en el cuello de la cierva, tomó sus signos vitales y se aterró al notar que no tenía pulso. Lo mismo hizo con Edison, pero ya era demasiado tarde.
Los ojos del ciervo estaban cerrados, mientras que los de Mersenne permanecían abiertos, así que, con profundo respeto y oprimiendo los dientes, Pierrot los cerró con su propia mano, para después inclinar la cabeza, sin comprender lo que pudo haberles pasado.
— Madame — pronunció, quedo.
Con la mirada en el suelo y todavía apretando la mandíbula, notó que, al lado de cada cuerpo, estaban las gemas de ambos hermanos, la del rayo y el trueno. Reconociendo su importancia, las tomó y las guardó en su saco.
De pronto, el enmascarado escuchó a alguien gritar. De inmediato, se levantó y siguió el sonido, regresando cerca de la entrada y visualizando dos figuras, sin saber que esperar, decidió esconderse entre los restos de una pared destrozada que estaba cerca, con la mirada asomada, tratando de identificar de quién se trataba.
— ¡No! ¡No! ¡Yo no pedí nada de esto! — exclamó Karen, aterrada, adentrándose a la sala principal.
— Querías el lugar de Mersenne, ¿no? — mencionó Pereza que venía detrás de ella — Ahora lo tienes — añadió, con una sonrisa burlona.
— Todo lo que quieren hacer no es nada de lo que yo...
— ¡Eso lo tengo clarísimo, Karen querida! — interrumpió Acedio — Tu entendimiento no alcanza a valorar la magnitud de nuestro poder — se burló.
— ¡Nada de esto está bien! — gritó Karen, para luego sacar una pistola de entre sus ropas, disgustando al conejo y alertando a Pierrot que, escondido, seguía visualizando todo.
La mujer estaba decidida, pero su pulso temblaba, así como sus piernas y brazos, sintiéndose paralizada por un ataque de pánico.
Pereza adoptó una expresión de arrogancia y, con paso confiado, se acercó lento a la mujer, infundiéndole un profundo terror.
Justo antes de que llegara a su alcance, Karen disparó, pero para su horror, Pereza esquivó la bala con increíble rapidez. Una vez cerca, y con una sonrisa aterradora en el rostro, Acedio pateó la pistola, haciéndola caer lejos.
Aterrorizada, Karen retrocedió ante el lento avance de Pereza, tropezando con un pedazo de pared destrozada y cayó al suelo. Con el corazón palpitando rápido, vio que Pereza continuaba avanzando hacia ella, así que, incapaz de ponerse de pie por el miedo, se volteó para escapar y comenzó a gatear de forma desesperada. De repente, Pereza se lanzó sobre ella, sin esfuerzo aparente, y se sentó de golpe sobre su espalda.
— Dime, Karen... ¿Alguna vez te ha pasado que, al dormir, despiertas, pero no estás despierta? — sentenció el pecado, mientras que Karen forcejeaba para liberarse.
De repente, el cuerpo de la mujer comenzó a paralizarse, con sus ojos casi desorbitados por el terror, al darse cuenta de que estaba experimentando un ataque de catalepsia. Con poca fuerza, aún intentaba luchar por salir de ese acorralamiento, pero poco a poco el entumecimiento la envolvía.
— ¿En serio no te ha pasado, o no me quieres responder? — preguntó Pereza, sarcástico — Te explico, mira... Es un estado donde estás consciente, pero tu cuerpo no reacciona... Quieres gritar, pero no abres la boca... Quieres moverte, pero tus miembros no obedecen... — Acedio comenzó a mover los pies como un niño pequeño, levantando cada pie de forma sucesiva, primero el talón y luego la punta. El cuerpo de la mujer yacía sobre el suelo, desplomada, boca abajo —. Ay, Karen, Karen, Karen... Has sido una gran secretaria, no la mejor, pero una decente, por eso... Te mereces un buen descanso.
La mujer apenas logró soltar algunas lágrimas, sin ningún gesto en su rostro, aterrada de lo que el pecado le hacía a su cuerpo que dejó de responderle por completo.
— ¿Qué te parece si duermes tooodooo lo que queda de tu vida? — preguntó Pereza, golpeteando la espalda de Karen con la punta de sus dedos — O bueno, quizá no duermas. Después de todo, seguirás escuchando y sintiendo todo... Incluso el hambre — sonrió.
Karen no dejaba de llorar, mientras su corazón y cuerpo gritaban por auxilio.
— En fin — Acedio dio unas palmaditas en la espalda de Karen, para luego levantarse y acuclillarse frente a su rostro, mostrándole aquella sonrisa maligna —. Que descanses — y, encerrándola dentro de ella, durmiéndola despierta, Pereza le cerró los ojos.
El conejo se enderezó y giró, mirando la pared destruida donde Pierrot se escondía.
— Lástima que llegaste tarde, humano — mencionó Acedio hundiendo sus manos en la bolsa de sus pantalones —. La fiesta ya terminó.
Comprendiendo que esconderse era innecesario, Pierrot salió tras los escombros, atento a todo.
— ¿Quién eres tú? — preguntó el enmascarado, firme, precavido — ¿Eres quien provocó todo esto?
— En parte — asintió el conejo, para luego encogerse de hombros —. Más o menos... Podría decirse que sí.
Pierrot, furioso, empuñó sus manos y, al ver de nuevo el cuerpo de Mersenne, no se contuvo más, y de inmediato se lanzó contra el pecado.
El enmascarado lanzó dos golpes poderosos, llenos de violencia y furia, pero Pereza los esquivó con una velocidad sin igual. Sin detenerse, Pierrot sacó sus esferas y, con habilidad estratégica, las lanzó con su taco, haciendo que rebotaran en las paredes con maestría única. Sin embargo, Acedio, con una tranquilidad desesperante, evadió los ataques llenos de cólera. En un abrir y cerrar de ojos, el conejo se acercó a Pierrot y, con tres golpes precisos, impactó sus costillas y su rostro, luego, con una patada certera, lo arrojó al suelo.
Pierrot, agobiado por el dolor, tosió sangre, sintiendo cómo algunas de sus costillas se habían lesionado. Desconcertado por la fuerza de su enemigo, alzó la mirada, solo para encontrarse con Acedio, absorto en la pantalla de su celular.
— Por estar distraído en cosas insignificantes, ya me ganaron en la partida — proyectó Pereza con fastidio.
Pierrot, aprovechando su desinterés, sacó su flauta y, con los labios manchados de sangre, sopló, tocando con toda su alma una potente melodía.
— Uy, ahora me están llamando — mencionó, ignorando la alerta de su celular, para luego guardarlo y mirar fijo a Pierrot en el suelo, con una mirada escalofriante —. Y no, no tengo ganas de bailar. Más bien, tengo prisa — renegó, mientras volvió a acercarse a Pierrot.
El enmascarado ni siquiera logró incorporarse cuando Baxter, con una velocidad demoníaca, cerró la distancia que lo separaba de Pierrot y, con una patada potente, impactó su pecho, lanzándolo con brutal fuerza fuera de las instalaciones a través de la puerta principal.
En el exterior, Rentería, con toda su voluntad, estaba inspeccionando el lugar, olfateando y observando todo su alrededor, cuando de pronto, el cuerpo de Pierrot salió volando desde las destruidas instalaciones. Apresurado, corrió hacia él.
— ¡¿Qué pasó?! — gritó el sabueso, arrodillándose frente a Pierrot, mirando toda la sangre en su rostro y en su ropa.
El canino, por más que movía a Pierrot, no reaccionaba, haciendo que Rentería temiera lo peor.
De pronto, todo su pelaje se encrespó, provocándole al sabueso un escalofrío en todo el cuerpo, haciendo que se levantara de inmediato y girara para ver en el fondo negro de la entrada de las instalaciones los ojos rojos de Pereza brillar con el contraste de las luces, acercándose lento y amenazante.
Sin perder más tiempo, el canino tomó el cuerpo de Pierrot y lo cargó, llevándolo de vuelta al coche. Rápido, abrió la puerta del copiloto, subiendo al inconsciente enmascarado como pudo y despertando a Raúl que, aunque débil, se impactó.
— ¿Qué...pasa? — preguntó el muchachote, confuso.
Rentería ni siquiera le respondió, sólo se subió rápido al coche y condujo, escapando del lugar a toda velocidad. Ya lejos del camino, la silueta de Pereza salió de los escombros de la entrada principal, mirándolos fugarse, tras unos segundos, su celular sonó.
— Hey — respondió —. Sí, sí, ya voy — alegó el pecado, sonriendo mientras veía el coche alejarse.
El auto derrapaba por el pavimento de la autopista, Rentería manejaba con miedo, pero, una vez que se hubo calmado y estuvo satisfecho con la distancia, se detuvo. Aunque su pelaje se había relajado, aún se sentía nervioso. Sacó su celular y, luego, la tarjeta que le había dado Pierrot momentos antes. Con un ligero temblor en las manos, marcó el número, aguardando ansioso a que alguien respondiera al otro lado de la línea.
— ¿Qué... ocurre? ¿por qué... sangra? — preguntó el debilitado Raúl, aún sin respuesta del sabueso, mirando atónito al desfallecido y sangrante Pierrot.
La línea sonaba, Rentería jadeaba de ansiedad hasta que por fin contestaron.
— Hey, no conozco este número. ¿Quién habla? — se escuchó una voz jovial del otro lado.
— Habla Rentería — contestó el canino —. Pierrot está grave, muy malherido, está sangrando mucho. Tuvo una pelea. Pensé en llevarlo al hospital, pero quise llamar antes — explicó con rapidez, mirando el cuerpo del enmascarado con profunda preocupación.
— ¡Wow, wow, wow! — exclamó la voz desde el celular — ¿Que pasó qué? — intentó comprender.
Rentería resopló, tratando de no perder la compostura.
— Pierrot tuvo una pelea, se está desangrando — explicó con una forzada calma —. Me dio este número para que marcara por si algo le pasaba — añadió —. Si no me ayudan, iré al hospital de inmediato.
La voz guardó silencio durante un par de segundos, pero a Rentería le parecieron una eternidad.
— Mándame tu ubicación, así veré quién está más cerca de ustedes y alguien irá a ayudarles — la voz rompió el mutismo —. Mientras, encamínate al hospital más cercano.
La llamada se cortó de repente, provocando gran frustración en Rentería quien, pese a todo, obedeció la petición, retomando la conducción, mirando de reojo a Pierrot, angustiado. Raúl, preocupado, sólo se sostenía de su asiento, sin entender nada.
— Aguanta, aguanta — le pidió el agente, susurrándole.
Rentería continuó su camino interminable; atravesaron un gran cerro que rodeaba la zona y, diez minutos más tarde, una llamada entró a su celular de forma repentina, lo que lo obligó a detener el coche otra vez, pero esta vez en un terreno polvoriento, rodeado de algunos árboles.
— ¿Sí? — contestó.
— Hola... ¿Tú eres quien va con Pedrolino? — cuestionó una alegre voz femenina desde el teléfono.
— ¿Pedrolino? — cuestionó Rentería, desconcertado — ¿Pierrot?
— Ese mero.
— Sí, soy yo.
— Perfecto, baja del coche y te ayudaremos.
La llamada terminó de repente y, confuso, Rentería miró a su alrededor, no había nadie. De pronto, sus orejas se levantaron al escuchar el sonido de un organillo. Sin más, bajó del coche, detectando no sólo la música acercarse, sino que, además, con su olfato, una fragancia dulce. De repente, unos aplausos alertaron a Rentería que, al girar, se dio cuenta que una jovencita, con una máscara, tipo antifaz y adornada con un corazón, estaba arriba del coche, mirándolo, sonriente.
— Por lo que veo, esa nariz tuya es excelente — celebró la muchacha.
Rentería, extrañado, detectó otro aroma, giró la mirada y se dio cuenta que, del lado del exterior del copiloto, había un hombre de máscara cruzada, con una especie de espada de madera a la cintura, abriendo la puerta del coche.
— Es buena, pero el instinto puede mejorar — consideró el enmascarado, sacando a Pierrot del auto, cargándolo con tosquedad.
Al instante, un grupo de asistentes aparecieron tras del canino, trayendo consigo una camilla donde, con cuidado, ayudaron a poner a Pierrot, llevándoselo con ademanes artísticos, como si fuera un musical sinfónico.
— Llévenlo con Il Dotore — ordenó el hombre de la espada a los demás asistentes.
— ¿Quiénes son us...? — intentó preguntar el sabueso, antes de ser interrumpido por la jovencita que estaba arriba del auto.
— Permíteme presentarnos — la muchacha bajó del coche, con alegría, colocándose al lado del hombre enmascarado — Este insensible es Fierabrás, y yo soy Diamantina. ¡Estás en presencia de la gran familia D'larte!
Fierabrás, del bolsillo de su traje, sacó y arrojó un poco de confeti a Diamantina, mientras que Rentería los miraba desconcertado. Luego, el hombre de la espada, abrió la puerta trasera del coche y tomó del brazo a Raúl para sacarlo.
— Suéltenme — pidió el muchachote, forcejeando con debilidad, siendo retenido por Fierabrás.
— ¿Este quién es? — preguntó el enmascarado con semblante molesto, sosteniendo a Raúl del cuello de su camisa — ¿Es uno de los malos? ¿Quieres que lo mate?
— ¡¿Qué?! ¡No! — exclamó el canino, intentando comprenderlo todo.
De repente, un escalofrío recorrió la espalda de Rentería, una nueva fragancia llegaba a su nariz. Al girarse, se encontró con otro enmascarado, éste de imponente presencia y gran estatura, de pie detrás de él. Su máscara blanca, bigote rizado y mirada penetrante lo desconcertaron por completo.
— Él es nuestro jefe y capitán: Spavento — explicó Diamantina, haciendo una reverencia junto con su compañero.
— Fierabrás, acompaña por favor a Pierrot, y cuida de que Il Dotore no vaya a experimentar con él, solo que lo cure — pidió el gran enmascarado, serio, a lo que Fierabrás acató, asintiendo y partiendo de inmediato —. Diamantina, lleva al otro a una jaula, hablaremos con él más tarde — ordenó, mirando a un menguado Raúl.
La joven asintió con una reverencia y se llevó a Raúl consigo, quien apenas y podía caminar. Rentería lo miró preocupado y, antes de que pudiera hacer o decir algo, el jefe Spavento habló.
— Arlequín nos alertó de tu caso — explicó —. Pierrot es uno de los más fuertes en nuestro grupo. Ni siquiera Fierabrás podría lastimarlo tanto como lo está ahora, por lo que quiero que me digas todo lo que sabes — exigió saber Spavento a un desorientado Rentería.
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