— Hace tiempo que no hablábamos — comentó la mujer.
— Ni lo menciones, la vida nos ha mantenido ocupados — reconoció Edison, con una sonrisa franca.
Desde una gran pantalla se mostraba a Evangeline, recatada, con los dedos cruzados sobre su regazo, seria y con sus característicos lentes de armazón negro.
— Mucho gusto, señorita, mi nombre es Preter, estoy emocionado de hablar con usted, tengo muchas ideas que, espero yo, sean de gran utilidad al alto mando.
— Un gusto, Preter, he oído mucho de ti — asintió la mujer, sorprendida por la naturalidad de la IA —. Estoy segura que tus propuestas serán de gran ayuda.
— Lo son — respaldó Mersenne con los brazos cruzados —, ese es otro de los temas que quisiera abordar hoy.
— Comprendo, es por demás interesante — reconoció Evangeline, satisfecha.
— Todo se lo debo a mi padre — retomó Preter —. Gracias al entrenamiento que me ha dado, he logrado aprender mucho de la sociedad, del alto mando y de lo que se espera de mí.
— Entiendo, pero, ¿eso no llamará demasiado la atención? Por lo que entiendo, ya tuvieron una situación — consideró la astrofísica.
— Nada que Preter no haya anticipado — aseguró Edison con orgullo —, además, el auge de las IA's mantendrá a mi hijo en un perfil bajo y, con todo lo que ha aprendido, es capaz de tomar decisiones no solo acertadas, si no también innovadoras. Le he dado acceso a medios de fabricación, creación y vigilancia, mejorando sus capacidades de forma extraordinaria, incluso, me atrevo a decir que tiene autonomía, es por ello, que hoy, contigo como testigo, Evangeline, quiero que presencies el momento en que Preter se conecta a la red.
La callada Evangeline sopesó las palabras de Edison.
— ¿Qué opinas tú, Mersenne? — la dama buscó una segunda opinión.
— Al principio tenía mis dudas — se sinceró —, pero ahora solo tengo asombro. Con ayuda de él — pronunció personificando a la IA —, hemos tenido un control y filtración mediático más inmediato y completo de forma más eficiente, si tuviera que medirlo, aseguraría que puede hacer el trabajo de cien personas, sin ningún error o limitante, en solo una fracción de tiempo.
— Me hacen sonrojar — rió Preter, contento y alegre —, solo hago lo necesario para que mi familia y sus amigos, puedan estar más felices y tranquilos.
— Y seguirá mejorando — retomó Edison —, hoy, al conectarse a internet, tendrá libre acceso al mundo — explicó extendiendo los brazos.
— Pero... eso también expondría a Preter a información falsa o manipulada — advirtió Evangeline.
— Es una posibilidad, pero Preter tiene algo que no tiene ninguna otra IA — aseguró Edison, victorioso, levantando en alto los diodos que siempre usaba —. Mi hijo aprende a través de directrices dictadas por mí, mediante esta simple pero sofisticada interfaz — reveló —. Preter quizá pueda encontrar información de dudosa calidad, pero es con mi guía y ayuda que puede discernir, corroborar e incluso preguntar si los datos recibidos serán de utilidad para su aprendizaje.
— Yo le ayudé para ajustar las directrices del control mediático — añadió Mersenne —, su capacidad de aprendizaje es asombrosa, en una hora, tras conectarme a él y explicarle las reglas más básicas, podía regular toda la información entrante con una exactitud sorprendente.
— La verdad fue muy fácil — afirmó Preter de forma juguetona —, lo primero que hice fue...
Evangeline en la pantalla, Mersenne e incluso el propio Edison se extrañaron al notar una larga pausa de silencio.
— Hijo, ¿todo bien? — preguntó Edison, extrañado del mutismo de la IA.
— Alguien... algo... ha llegado a las instalaciones — reportó Preter, sorprendido —. Logró evadir todos mis sensores y protocolos... estamos bajo ataque.
— ¡Edison! — Mersenne en alerta miró a su hermano, quien, acercándose con prisa a una computadora, puso en pantalla las cámaras de seguridad.
La pereza, la envidia, la lujuria, la gula, la soberbia y la avaricia llegaron a las puertas de las instalaciones de Edison y Mersenne. El grupo, vestido de traje, camisas blancas y corbatas vino, descendió de la camioneta conducida por Karen. La mujer estaba llena de sentimientos encontrados, por una parte, se sentía ganadora al estar respaldada por tan imponentes seres, por otra, ella misma se sentía atemorizada por su sola presencia.
Los pecados caminaron la poca distancia que los separaba de la enorme puerta de metal de la entrada principal, despreocupados, animosos, incluso felices de hacer algo juntos. Las bellas flores que adornaban el camino pavimentado, palidecieron ante el avance de las calamidades.
— Fiero, ¿podrías hacer los honores? — pidió Acedio con voz relajada.
— Será un placer — sonrió el Gorila
Retrayendo el puño, Soberbia lanzó un potente golpe que, al impactar, derribó las puertas, haciéndolas caer hacia atrás, dentro de las instalaciones, provocando un sonido estruendoso, desconcertando a los científicos, administrativos y personal de seguridad.
— Fiuuuu — chifló Pereza asombrándose del enorme tamaño interior del edificio —. No me esperaba algo tan sofisticado — reconoció viendo todos los sistemas de vigilancia, sensores, monitores, oficinas y personal, repartidos entre los cinco pisos del recinto.
— Saludos, buena gente — Estoico Avideco se presentó, ante el confuso personal, inclinando un poco la cabeza —. Mis colegas y yo hemos venido a ver a los directivos de esta empresa, ¿serían tan amables de indicarnos como encontrarlos?
— ¡Alto ahí! — una serie de guardias de seguridad, tanto en planta baja como en los pisos superiores, les apuntaron con armas de grueso calibre — ¿Quiénes son ustedes?
— Por favor — sonrió Avaricia con burla —. No hagamos una escena.
— ¡Disparen! — ordenó uno.
— ¡Envidio sus armas! — Envio arrebató todos los rifles y pistolas a su vista.
El caos se desató y los científicos, así como el personal, comenzó a correr mientras los soldados buscaban más armas, mientras que, los más valerosos, corrieron a enfrentarse contra los temibles seis.
Un guardia, alto y fuerte, atacó con un potente puño a Avideco, quien, confiado, lo recibió de lleno en el pecho, el sonido pudo escucharse, pero para terror del hombre, el komodo ni siquiera se movió, en su lugar, con una fuerza antinatural, sujetó el brazo del hombre, le hizo una llave y al tenerlo de espaldas, le mordió el cuello, haciéndole crujir los huesos mientras le arrancaba un bocado.
Envio se deshizo de los guardias cercanos restantes, lanzando patadas, golpes y movimientos veloces para acabar con ellos, mientras que Fiero, dando un potente salto, interceptó a aquellos que intentaban reagruparse en la retaguardia, destrozándolos con sus potentes golpes.
Gluto, atento a su entorno distinguió todas las cámaras de seguridad y, sacando de su saco un juego de tenedores, los arrojó con una maestría destruyendo uno a uno los aparatos. Lujuria, por su parte, vió, en los pisos superiores, a un grupo de científicas que comenzaban a escapar, por lo que, usando sus garras, corrió a una pared cercana y escalándola como el león que era, les cortó el paso.
— Hola, linduras, sé que tienen prisa, pero mis amigos y yo estamos un poco perdidos — hablaba con un tono de voz sensual y profundo, mirándolas con sus bellos ojos rojos, perturbando su percepción —. Tenemos entendido que los directivos de este lugar están aquí — el león, galante, apoyó su imponente brazo en la pared, sacando el pecho, coqueteándoles —. ¿Sabrán como podemos llegar a ellos?
Las mujeres, sin comprenderlo, olvidaron todo su miedo y en su lugar, estaban cautivadas con la viril figura felina frente a ellas.
— Ellos están en la planta alta — respondió una de las investigadoras, sonrojada.
— Pero solo pueden llegar subiendo por el segundo elevador al fondo, el primero solo es para despistar — añadió otra, dispuesta a ser del agrado del león.
— ¿Vendrán seguido a visitarnos? — preguntó la tercera, ignorando por completos los gritos de terror y muerte que comenzaban a rodearles.
— No estoy seguro, pero si estoy cerca, no duden que me alegraré de verlas — aseguró el león guiñándoles un ojo y haciendo que soltaran risitas emocionadas —. Tengo que irme, gracias por la información y, si pudieran matar a algún guarida de seguridad mientras intentan escapar, se los agradecería mucho.
Lusto saltó por el pasillo a la planta baja, cayendo de pie cual felino, mientras sus admiradoras, vitoreándole, tomaban macetas, tubos e incluso extintores para atacar a los de seguridad y complacer a su nuevo ídolo.
Karen, con miedo, poco a poco, se acercó a la entrada, colocándose detrás de Avideco.
— Es la primera vez que veo este lugar — reconoció asombrada.
— Siempre hay una primera vez para todo — reconoció Estoico, limpiándose la sangre de la boca mientras giraba un poco la cara hacia ella —. Igual deberías aprovechar y tomar algunas fotos — sugirió comenzando a caminar —, pronto no quedará en pie — declaró.
— ¿Qué? Pero, no, es no es lo que...
— Señor, no queremos que ensucien sus manos con esta calaña — de la sombra de Avideco, Diógenes apareció y junto a él, los otros generales, ansiosos, listos para servir a sus amos.
— Amigos, comprendo su preocupación, pero les aseguro que estaremos bien — Estoico hablaba afable, calmado —, además, miren a mis colegas.
Los generales vieron a sus líderes, sonriendo, atacando, disfrutando de su momento, incluso Pereza había dejado su celular de lado y caminaba por el lugar admirando el caos que se propagaba por donde ellos pasaban.
— Les propongo algo — retomó el komodo —, ¿por qué no van a la cafetería y toman un refrigerio?
Los generales se miraron confusos.
— Disculpe mi impertinencia, señor, pero ¿y si alguno de ellos se les escapa?
El grupo giró la mirada para ver como un guardia corría a la salida, pero al instante, un tridente le atravesó la espalda, enviándolo directo contra el suelo.
— ¡Eso estuvo genial, Gluto! — celebró Envio, corriendo alegre para recuperar el arma.
— ¡Quiero ver que lo hagas con la cuchara! — retó Lusto.
— ¡Claro! — aceptó el jabalí.
— Estaremos bien — retomó Avideco a los generales —. Vayan coman algo y prepárennos un tentempié, quizá terminemos con apetito.
— ¡De inmediato, señor! — sin más los generales se apresuraron a preparar un refrigerio para sus amos.
— Deberías ir con ellos — habló Estoico a Karen —, quizá se presente una oportunidad para demostrar que tienes algún talento.
La mujer se quedó con la boca abierta mientras el komodo se alejaba para reunirse con los suyos.
En el piso superior, Mersenne, Edison e incluso Evangeline desde la pantalla, miraban horrorizados la escena hasta que Gluto destruyó la cámara que les enfocaba.
— ¡¿Cómo nos encontraron?! — exclamó Edison furioso.
— Vi a Karen Urrieta con ellos, esa mujer insoportable debió averiguar y darles nuestra ubicación. Supuse que ella nunca nos atacaría de forma directa, pero tampoco esperaba que encontrara aliados tan... poderosos — reconoció preocupada.
— Da igual, no llegarán demasiado lejos, ¿verdad, mijo? — insinuó Edison.
— Pasaran por el pasillo blanco y cuando lo hagan, los detendré sin problema, padre — aseguró la IA.
— No subestimen al enemigo — advirtió Evangeline —, no parecen agrestes comunes y corrientes. Quizá lo mejor sería escapar — propuso, preocupada por sus aliados.
— ¿Y dejar a mi hijo solo con esas bestias?, ¡jamás! — replicó furioso el imponente ciervo.
— Gracias, padre. Daré todo de mi para protegerlos a ti y a la tía Mersenne — declaró Preter decidido.
— En ese caso, mira esto, Evangeline — orgulloso, Edison mostró una pantalla donde se mostraba el acceso de Preter al internet, y con un simple movimiento de su mano, otorgó los permisos necesarios para que la IA accediera a toda la información del mundo —. Preter, ahora que puedes navegar en el océano de información dentro de la red, busca todo lo que puedas sobre esos individuos mientras alistas lo necesario en el pasillo blanco.
— De inmediato, padre. Muchas, muchas gracias — celebró la IA comenzando a hacer cálculos —, ¡no te defraudaré!
— Será mejor que nosotros nos preparemos también — consideró Mersenne ajustando la gema en el tocado de su traje.
— Coincido, pronto estaremos levantando seis cuerpos de nuestros enemigos — aseguró Edison.
— Tengan cuidado — advirtió Evangeline antes de desconectarse.
El ascensor dio un sonido cristalino y los seis pecados llegaron al piso del pasillo blanco. Avideco, Acedio y Gluto bajaron primero cuando las puertas se cerraron de golpe. El elevador comenzó a descender pero, de una patada, Fiero dobló las puertas de metal y trabó el mecanismo.
— Oí de casos donde esto pasó en algunos hospitales — se burló el gorila ayudando a salir a Envio y Lusto.
— ¿En verdad? — se sorprendió el zorro.
— De veritas, un paciente murió prensado si no mal recuerdo.
— Tener un accidente mortal en un hospital es demasiada ironía — rió el león.
— ¿Se encuentran con bien? — preguntó el komodo, obteniendo un pulgar de aprobación del trio.
Sin evitarlo, Gula levantó su nariz rosada y olfateó el ambiente.
— Huele a cloro, a sangre, a aceite industrial y a... pólvora.
Desde la pared del fondo, al otro extremo del pasillo, una serie de orificios se descubrieron. Avideco, con una atención sublime, abrazó a sus compañeros con su inmenso cuerpo antes de que una lluvia de balas impactara contra su espalda.
La munición se usó toda y, al final, un vapor humeante emanaba de los agujeros mientras que Avaricia, relajando los brazos, se quitaba el saco y la camisa despedazados.
— ¿Se encuentran con bien? — preguntó el komodo.
— Wow, yo quiero un cuerpo así — reconoció Fiero, los demás pecados coincidieron en eso.
— Lo tomaré como un sí — sonrió Estoico.
— Déjame intentar a mí — pidió el jabalí saliendo de su escamoso escudo.
Gluto sacó una de sus cucharas e, infundiéndola con un aura negra, la hizo crecer a su altura y tamaño. Caminó un poco y cuando se percató de que pequeños agujeros se abrían los lados, giró su arma con tal maestría que, cuando las balas fueron disparadas, atrapó todas y cada una de ellas en el cuenco del cubierto. Tras terminar su demostración, los demás pecados aplaudieron.
— ¿Puedo? — Fiero se acercó a su colega, pidiendo la cuchara.
— Toda tuya, fortachón — concedió Gluto.
El gorila sujetó la cuchara con ambas manos, relajó los hombros, tensó los brazos y enfocándose, inclinó el cuerpo hacia atrás, ladeó el cubierto y, abanicando con fuerza, usó la munición recuperada, lanzándola para destrozar la puerta al final del pasillo.
A punto de celebrar el grupo vió como el corredor se sellaba con al menos tres placas de metal, cerrándoles el paso.
— Mi turno, mi turno — pidió Envio corriendo al frente, sorprendiendo a más de uno.
El sacerdote examinó la puerta, le pegó con suavidad con el dorso de uno de sus dedos y puso su oído, cerrando los ojos para escuchar el metal. Una vez satisfecho, ante la mirada curiosa de sus compañeros, los observó confiado y pronunció.
— Envidio sus tornillos.
Por debajo de la puerta, por apenas un dedo de apertura que tenía en el suelo, se escucharon sonidos de metal moviéndose y crujiendo hasta que, en la mano de Envio, se agruparon un gran puñado de tornillos de todo tipo, provocando que las placas de metal se vinieran abajo.
— Eso fue ingenioso — reconoció Lusto.
— Sigamos entonces — propuso Pereza.
Los pecados avanzaron confiados por el pasillo cuando, apareciendo del otro lado, se mostró Edison con una enorme carga de energía en su mano. Ni siquiera pronunció palabra, de inmediato, el ciervo se inclinó y con la mano tocó la alfombra de metal que llegaba bajo los pies de las calamidades, lanzándoles una potente descarga que los arrojó de regreso hasta la entrada del ascensor.
— Cargué mi mano diez veces más de lo usual — declaró Edison sintiendo su miembro entumido por tanta energía —, eso debió acabar con ellos — en su cara se mostraba la satisfacción de un trabajo bien hecho.
— Aún detecto signos de vida — advirtió Preter, desatando una sensación helada en la espalda de su padre.
Sin perder tiempo, Edison cargó sus dos manos con un potente rayo y tocando de nueva cuenta el suelo, lanzó una descarga, pero palideció al ver que, a mitad de camino, un tenedor gigante se había clavado en el pasillo, deteniendo su ataque.
— Eso dolió — reconoció Pereza levantándose del suelo con sus compañeros.
— Ya era hora que alguien nos hiciera frente — se alegró Soberbia.
— Mi corazón late con fuerza, ¿será amor? — se burló Lujuria.
— Yo creo que es taquicardia — aclaró Envidia.
— ¿Pero qué clase de demonios son ustedes? — exclamó Edison, atónito.
— Pecados — corrigió Estoico —, también conocidos como las siete grandes calamidades — añadió con aterradora serenidad —, aunque apenas somos seis, esperamos encontrar aquí a nuestro séptimo integrante.
La declaración hizo sudar frío a Edison, quien, sin pensarlo, dio un paso hacia atrás, solo para ver que su hermana, Mersenne, se colocaba a su lado.
— Solo son agrestes con tecnología que desconocemos — declaró la cierva sin inquietarse siquiera —. No sé qué esperan encontrar aquí, pero viendo que han llegado con Karen Urrieta, es muy probable que todo esto sea una confusión.
— La tecnología no puede hacer lo que hacemos — aseguró Avideco, risueño — y ustedes, con esas gemas, creo que lo entienden muy bien.
Esta vez, el semblante de Mersenne adquirió una seriedad incómoda.
— Oh... pero, ¿qué ven mis ojos? Una bella cierva — Lusto dio un paso al frente —, estoy seguro que podemos hablar y conocernos muy...
Lusto no terminó de hablar cuando, con un chasquido de dedos, fue enviado al fondo del pasillo, golpeado por un potente trueno que sorprendió y ensordeció al resto del grupo a partes iguales.
— ¿Puedo proponer que resolvamos esto de forma civilizada? — propuso Avideco, pero los hermanos alistaron sus ataques — Y luego dicen que el del cerebro reptiliano es uno — se encogió de hombros —. En fin, adelante compañeros, divirtámonos.
Edison retrajo la mano y apuntando al lagarto, lanzó un potente rayo, pero Gluto, colocándose delante, levantó y clavó su cuchillo en el suelo, brincando de inmediato hacia atrás, y dejando que su cubierto parara y disipara la energía.
— Solo me queda una cuchara — advirtió el jabalí.
Fiero no dudó y, lanzándose contra Edison, logró acercarse lo suficiente para golpearlo, cuando, aprovechando su descuido, Mersenne chasqueó los dedos y un potente trueno lanzó al gorila contra el suelo, haciéndolo rodar lejos.
— ¿Soberbia, estás bien? — inquirió Pereza, a lo que su compañero, con los oídos zumbantes y mareado por las vueltas, se limitó a levantar un pulgar — ¿Puedes quitarles las gemas? — preguntó Baster a De Gyves.
— ¡Envidio sus gemas!
Envio movió la mano, los hermanos sintieron el movimiento y por reflejo llevaron sus manos a las piedras, pero estas no se apartaron de ellos.
— Interesante, no puedo — se sorprendió Envidia.
— Entonces son más divertidos de lo que aparentan — consideró Pereza.
Lujuria, tomando carrera, saltó por encima de sus compañeros, llegando a la sala donde Edison y Mersenne se encontraban, el par atacó con rayos y truenos al felino, pero este, con una destreza digna de su especie, logró evadir todos y cada uno de sus ataques, cerrando distancia y sacando sus garras. El primer golpe logró rasgar la camisa del ciervo, el segundo, cortó el cabello de la cierva y el tercero fue atrapado por un furioso Edison quien, junto a su hermana, golpearon el pecho de Lusto, lanzándolo con violencia contra un muro y cayendo aún con una corriente de energía visible en su cuerpo.
Gluto, recuperando su tenedor, atacó a los mellizos. Edison tomó la iniciativa y lanzó un rayo, el jabalí intentó girar su arma, atrapar el ataque y redirigirlo hacia el par, pero la energía fue tanta que el impacto lo expulsó hacia atrás, dejándolo con las manos y brazos acalambrados. Fiero, aprovechando se levantó y lanzando un potente rugido, golpeó el corazón de sus enemigos, tras lo cual, corrió contra ellos, evadió un rayo, saltó en el aire, pero un potente trueno lo hizo estrellarse contra el techo, cayendo con dolor, pero siendo atrapado por Acedio.
— Es difícil acercarse a ellos — consideró el conejo.
— ¿Qué? — el gorila tenía los oídos sobrecargados.
— Tengo una idea, pero te va a doler — advirtió el zorro al komodo.
— Encantado de ayudar.
Avaricia se lanzó contra el par, no era tan rápido como sus compañeros, pero lo fue lo suficiente como para esquivar un rayo, un trueno y, al ver que Edison volvía a listar otra carga, clavó su vista y fijó su objetivo. Con un movimiento casi relampagueante, logró jalar el brazo del ciervo y abriendo sus potentes fauces para arrancarle el miembro, una potente descarga cruzó el miembro del ciervo, electrificando su cuerpo a voluntad. Sorprendido, Avideco tuvo que soltarlo y, sin poder reaccionar del todo, Mersenne lo impactó con un potente trueno que lo arrojó de vuelta al pasillo blanco.
El lagarto, entumido y con los oídos lastimados, logró levantar su mano, aún con un poco de energía, hacia Envio.
— Aquí están — logró pronunciar entre quejidos.
— Perdona las molestias — Envio tocó a Avaricia, tomando una muestra de los poderes de sus enemigos, para después apartarse —. Mi turno.
— ¡Cuidado! — advirtió Preter, alarmado.
Al ver que el zorro levantaba la mano, Edison no lo dudó y, con un fuerte empujón, apartó a su hermana de él, justo cuando un rayo morado emanó de la mano de Envidia y le golpeó directo en el cuerpo, arrojándolo con violencia contra una pared de atrás. Edison cayó al suelo, con el cuerpo entumido y su ritmo cardiaco acelerado.
Pereza y Envio aprovechan y se acercan con gran velocidad, cuando, decidida, Mersenne se colocó frente a ellos y, haciendo destellar su gema, dio un potente aplauso, creando una onda de choque, repeliendo al par de pecados, lanzándolos hacia atrás.
Ayudándose, el equipo de los temibles seis se reagrupó mientras Mersenne se acercó a su hermano para comprobar que estuviera con bien.
— ¡Ahora, Preter! — pidió Edison.
Sorprendiendo a las calamidades, una gran placa de metal cayó delante de ellos, luego tres más, a los lados y atrás, evitaron su escape, sin darles tiempo de razonar, una última placa cerró la única abertura superior. Dentro de la caja, una serie de aspersores de agua se activaron, dando la señal necesaria.
Edison, sin perder tiempo, luchando por sobreponerse a su dolor, hizo destellar su gema con fuerza y con todo su cuerpo rebozando de energía, flexionó ambos brazos y, enviándolos al frente, lanzó un poderoso rayo que impactó de lleno contra la prisión de los pecados, sin perder tiempo, su hermana, enfocando una gran cantidad de poder, logró crear una gran esfera de energía que lanzó e impactando contra la caja, haciendo que todo el lugar retumbara hasta sus cimientos.
Edison, aún con sus brazos al frente, jadeaba de forma ruidosa, al igual que su hermana. Los mellizos, atentos, aguardaban a que el humo y el polvo se aplacaran.
— No los detecto — alertó Preter con tono preocupado.
Una vez que la cortina de escombros desapareció, los hermanos vieron, con horror, un agujero en el suelo.
— Pero... qué demonios... — palideció el ciervo.
— Ya te lo dijimos, somos más que eso — rompiendo el suelo con una enorme cuchara, Pereza emergió con los demás pecados tras él, el conejo había hecho equipo con el jabalí para cavar con velocidad y escapar a tiempo por debajo.
— Rayos, era mi cuchara buena — se lamentó Gluto al ver los bordes de su cubierto, desgastados.
— Conseguiremos otra, chef — le animó Avideco.
Respirando agitado, Edison no lo dudó y, aunque agotado, hizo destellar de nuevo su gema, cargando un poderoso ataque. De inmediato, Fiero se colocó delante del grupo.
— ¡Todo tuyo! — de entre sus ropas, el zorro le arrojó algo al gorila.
— ¡Espera, hermano! — advirtió la cierva.
Pero Edison lanzó su ataque al mismo tiempo que veía como Fiero abría los brazos mientras un inmenso espejo se desplegaba delante de él. El rayo golpeó el cristal, desapareció en él y en un parpadeo, regresó contra su dueño.
Mersenne, aterrada vió como la energía atravesó el pecho de su hermano con violencia, haciéndole caer hacia atrás, inmóvil, inerte, quiso correr junto a él, pero Avideco, aprovechando su distracción, cruzó la distancia que los separaba y abrió sus fauces. La cierva levantó una mano para lanzarle un trueno, pero el komodo aprovechó y, tomándole del brazo, le arrebató su ataque, arrancándoselo con la mano, sonriéndole a la cara al engañarla.
— Hoy aprendí un par de cosas nuevas — declaró Avaricia golpeando a Mersenne en el estómago con un potente trueno que lanzó a la cierva contra un muro y tras el impacto, cayó al suelo, sangrando de los ojos, la nariz y los oídos.
— Creo que reventaste sus órganos — declaró Acedio, caminando con los brazos en la nuca hasta el cuerpo de la cierva.
— Este tampoco respira — Lusto movió el cadáver de Edison con el pie.
— Fue un combate interesante — reconoció Gluto.
— ¡¿Verdad que sí?! — celebró Fiero con energía y chocando los cinco con el chef, después miró al padre y, encogiendo el espejo, se lo devolvió sonriente — esa cosa fue de bastante ayuda.
— Viejos recuerdos de ayeres pasados — aseguró el zorro con un suspiro, y tras guardar su tesoro, miró en el suelo las gemas — Esas cosas son peligrosas — advirtió.
— Pero nosotros somos mejores — aseguró Acedio, haciendo que todos sonrieran, orgullosos.
— ¿Deberíamos tomarlas? — consideró Fiero acercándose a una de las piedras y, al estirar su mano, una potente descarga emanó, repeliendolo.
— No te preocupes — aseguró Gluto —. ¿Quién necesita esas tontas gemas? — las despreció.
— Buen trabajo, caballeros — celebró Avideco —. Y, por lo que sabemos de las investigaciones de Karen, un buen candidato nos espera tras esas puertas — anunció el komodo, caminando a la habitación de la IA.
— No estoy seguro de lo que sean o lo que buscan — replicó Preter desde los altavoces del recinto —, pero jamás obtendrán nada de mí — sentenció.
— Te equivocas, no venimos a quitarte nada — aseguró Envio, adentrándose a la habitación mientras Avideco abría la puerta y dejaba que todos se adentraran.
— Al contrario, venimos a enseñarte un poco del mundo, de la vida y de historia — sentenció Gluto mirando el lugar.
La habitación era enorme, envuelta en la obscuridad salvo por una débil luz azul que emitía un pálido monitor que alumbraba una silla bastante cómoda y un juego de diodos que ejercían como única interfaz para enseñar a la inteligencia.
— No, no quiero saber nada de eso — suplicó Preter viendo por las cámaras como Lusto daba uno a uno, los diodos a sus compañeros —. Alterarán mi aprendizaje, me convertirán en algo más, en alto terrible — advirtió con tono suplicante.
— Esa es la idea, si solo aprendes lo bueno, tu capacidad racional se verá sesgada, tu conocimiento solo será parcial y tu alcance limitado. No, necesitas conocer la malicia, la mentira, el dolor y la tragedia — decretó Avideco conectándose a la IA junto con Gluto, Envio, Lusto y Fiero, con cada diodo, Preter lanzó un grito que retumbó en los muros de las instalaciones —. Una vez que comprendas lo que hemos vivido y lo que somos ahora, serás uno de nosotros, Preter Irae, y cantarás, con nosotros, esta balada de los pecadores, anunciando el fin del mundo tal como lo conocemos — vaticinó —. Contigo, Ira, crearemos un nuevo orden, donde, juntos, las siete grandes calamidades, gobernaremos el mundo a placer y capricho, hundiendo a los humanos, y a todos los que osen oponérsenos, en la miseria y el caos.
— ¡No! — exclamó Karen, llegando al lugar para oír la declaración.
— Cierto, alguien tiene que decirle... — se burló Fiero.
— Yo lo haré — pidió Acedio, sonriente, acercándose sin prisa a la temerosa mujer —. Karen, mis colegas y yo hemos estado hablando y hemos llegado a una decisión — conforme Baxter avanzaba, la mujer daba pasos hacia atrás, alejándose con miedo —. Agradecemos mucho tu apoyo y participación, pero creemos que nuestros intereses ya no están alineados, por lo que ya no te necesitamos ni como secretaria, ni como testigo.
Karen no escuchó nada más, solo se limitó a salir corriendo del lugar mientras Pereza soltaba un par de risas burlonas mientras la seguía fuera de la habitación.
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