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33 - Te ves más viejo
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Capítulo 33 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone
1 year ago
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— Aquí fue donde me enfrenté contra él.
Francesco Pierrot y Maximiliano Rentería llegaron al parque, donde, aún algunas manchas de sangre pintaban el césped verde. El sol de la mañana iluminaba con fuerza mientras que una brisa fría refrescaba el ambiente.
— Por aquí — reveló el sabueso olfateando —, el oso y el ladrón huyeron por aquí.
El par caminó por la ciudad siguiendo el rastro, destacando de entre todos al ser un agreste en gabardina y un enmascarado alto y fornido, caminando despacio tras el can.
— ¿Disfrutas el paseo? — mencionó Francesco al ver que el perro movía la cola de forma alegre.
— No puedo evitarlo, el sol se siente cómodo en mi pelaje y hace rato que no salía. ¿Tú cómo estás?
Maximiliano se detuvo y levantó las cejas, preocupado. El enmascarado luchaba por seguirle el paso, llevaban un par de horas fuera y el hombre, aunque caminaba despacio, ya estaba agotado.
— Tus heridas no han cerrado del todo — comentó Rentería mientras Francesco le alcanzaba.
— Tonterías, nuestra prioridad es recuperar la piedra.
— ¿Y si los encontramos? ¿Los enfrentarás así?
— Si es necesario lo haré — declaró el enmascarado, preocupando a su compañero.
— Quizá lo mejor sería descansar un rato — propuso el detective.
— No — replicó Francesco, terco, soportando el dolor —. Al menos no hasta que des con ellos.
Rentería negó, levantó el hocico, cerró los ojos y olfateo el aire.
— El rastro, aunque difuso, está presente, no lo perderé — le aseguró —, pero antes, lo mejor será descansar y comer un poco.
— No hay tiempo para eso — respondiendo, la panza de Francesco chilló como zaguán mal engrasado.
— Wey, salimos tarde porque te demoraste en despertar, no desayunamos nada y ya es casi medio día — expuso Rentería, cruzando los brazos —. Podremos descansar mientras comemos, pero si sigues así, te llevaré al doctor, lo quieras o no.
Con ojos cansados, Francesco miró al sabueso y, resoplando, accedió.
— Esta bien, creo, puedo llamar a alguien y conseguir una reservación en...
Sin terminar de hablar, Rentería tomó a su compañero del brazo y guiándolo, cruzaron la calle y entraron en una fonda para desconcierto del enmascarado y de los comensales curiosos.
El lugar era pequeño, con unas seis mesas más, una cocina al fondo y un olor cálido a jitomate, cebolla y especias. No estaba bien iluminado, dejando al par deslumbrados al entrar por la diferencia lumínica, al fondo, una radio vieja emitía canciones antiguas de guitarra.
Tras unos pasos, lograron ver un pequeño lavabo blanco con jabón líquido al lado dispuesto para todos, el par se enjabonó y enjuagó las manos, para después sacudirlas a falta de toallas.
— ¿No hace falta una reservación? — preguntó Francesco, mirando con desconfianza el lugar una vez que sus ojos se habituaron.
— Naaa, con que haya un par de sillas libres, la mesa es nuestra — el sabueso movió la silla y se la ofreció a su compañero, quien tomó asiento un tanto incómodo mientras Rentería se sentó junto a él.
Francesco juzgó con la mirada el lugar, en especial el mantel, de plástico azul cobalto con adornos de frutas, sobre la mesa de madera. Las sillas amaderadas, duras y con pintura desgastada, crujían y se mecían apenas se movían.
— No estoy seguro de la calidad de este lugar — logró decir el enmascarado, conteniendo su incomodidad y dolor al tomar asiento.
— Mira, yo te invito en esta ocasión, para la próxima tú pagas y escoges el lugar — negoció el sabueso con una amplia sonrisa.
— Bienvenidos, tomaré su orden — a su mesa, llegó una muchacha, de no más de dieciséis años, con una libretita de notas, delantal, pelo largo recogido en una red y mirada curiosa por el par.
— Oh, ¿nos trae la carta? — preguntó Francesco confuso.
— Es comida corrida, compa. Nos dan a escoger entre dos platillos, que son sopa seca, sopa aguada, plato fuerte — explicó el sabueso, tras lo cual, miró a la muchacha agachando las orejas —. Discúlpelo, es nuevo.
— Me doy cuenta — sonrió la chica —. Hoy tenemos como entrada: sopa de letras o sopa de papa. Después puedo ofrecerles arroz blanco o espagueti. De plato fuerte tenemos guisado rojo de chile morita con papas y pollo hervido, o milanesa de puerco con papas fritas y frijoles. Como postre hay gelatina o plátano y todo se acompaña con agua de melón.
— Suena rico — Rentería, animado y hambriento, movía la cola —, yo quiero la sopa de letras, el arroz blanco, el guisado rojo y la gelatina. ¿Tú, compa?
— Oh... no sé... quizá lo mismo que él, pero... ¿el guisado pica? Aquí en México tienen un fetiche extraño con el picante.
La mujer soltó una risita al ver el miedo del extranjero mientras se agarraba la panza.
— ¿Podría traerle la milanesa a él? — pidió Rentería, haciendo que la mujer anotara sonriente en su libretita.
— El plátano para mí, por favor, mademoiselle.
La chica asintió con una sonrisa y se retiró a la cocina.
— ¿De dónde eres, compa? — Rentería puso un codo en la mesa y posó su hocico en su mano.
— Pues... hasta donde sé, yo nací en Italia, en la provincia de Siena, mis primeros años me educaron ahí, pero, cuando estuve listo, recibí mi formación en Francia, donde pasé la mayor parte de mi juventud. Mi familia viaja mucho, por lo que he vivido en varias partes de Europa, aprendiendo todo lo posible.
— ¿Aprendiendo, qué? — Rentería levantó una ceja.
— Habilidades de... — Pierrot guardó silencio al considerar que estaba hablando de más — mayordomía... sí, busco ser un buen mayordomo, el mejor — aseguró sin convencer del todo al astuto canino.
— ¿Qué edad tienes?
— Este año cumpliré los treinta y seis.
— Te ves más viejo.
— Lo mismo digo — replicó ofendió el enmascarado.
A mitad de la conversación, llegó la muchacha con su primer plato, una humeante y apetitosa sopa de letras, nadando en un caldo rojo con apenas unas hojitas de cilandro. Hambriento, Francesco tomó su cuchara, tomó un poco de la sopa y degustó.
— Sabe muy bien — reconoció abriendo y cerrando la boca varias veces.
— No está mal, no está mal — secundó Rentería comiendo con él —. A veces, se acompaña con rebanadas de aguacate y chilito en polvo. En mi tierra le pondríamos limón y chiltepín. ¡Oh! Tienes que acompañarlo con un taco de sal.
Francesco miraba a Rentería sin comprender, por lo que, enseñándole, el detective tomó una tortilla del tortillero, le echó un poco de sal, la enrolló con las palmas de sus manos y le dio una mordida antes de probar la sopa, moviendo la cola con gusto.
— Ándale, inténtalo, son tortillas hechas a mano, están bien sabrosas.
El enmascarado se esforzó por sonreír e, imitando la acción de su compañero, tomó una tortilla, esparció un poco de sal, la enrolló y mordió el taco para después darle una cucharada a la sopa.
— Wow — reconoció tras masticar y tragar —. El sabor se complementa muy bien. La masa le da una textura interesante.
— 'Ta weno, dilo — sonrió victorioso el sabueso, enseñando los dientes.
— Está... weno — le regresó el gesto.
Sin limitarse, Francesco devoró con hambre hasta cinco tortillas antes de terminar su sopa. Una vez listos, la muchacha llegó con un par de porciones de arroz, intercambiando los platos y pidiéndoles que conserven sus cubiertos.
— ¿La misma cuchara? — exclamó el enmascarado intentando ocultar su desconcierto.
— No necesitamos más, compa — aseguró Maximiliano, divirtiéndose con la ignorancia de su invitado —. ¿Y cómo llegaste a México, Paco?
— ¿Paco?
— No voy a llamarte Pierrot frente a toda esta gente — le habló en voz baja —, además, así se les dice a los... Francesco, de cariño.
— ¿Me tienes cariño? — el enmascarado entrecerró los ojos con desconfianza.
— Estamos comiendo juntos y ya te vi encuerado, al menos, es amistad — aseguró el agente, haciendo sonrojar a su compañero.
Francesco desvió la mirada a su plato, pero dentro de él, un sentimiento cálido acarició su corazón. Debido a su trabajo y sus constantes viajes, el extranjero pocas veces podía relacionarse o socializar más allá de lo estricto necesario, ni hablar de intentar hacer amistades, por lo que, aquella declaración de un agreste tan jovial y abierto, le alegró el día.
— En mis viajes por Europa, mi familia entabló relaciones con la familia Lombardo. Por mis capacidades, yo fui el más indicado para servir a madame Mersenne y he estado a su servicio desde hace cinco años — Francesco levantó la cuchara y probó, disfrutando de la firmeza y suavidad de los granos de arroz, lo crujiente de los granos de elote y la suavidad del epazote.
— No tienes que comerte la hierba si no quieres, solo es para darle sabor — explicó Maximiliano.
— Pero sabe muy bien — declaró sin dejar de masticar, haciendo sonreír a su compañero.
— 'Ta bien. Come, come.
Rentería, a gusto con el ambiente del lugar, se sirvió un vaso de agua, le dio un largo trago y exhalo relajándose. Sin preguntarle, tomó el vaso de su compañero y llenándolo, le dio a probar. Francesco agradeció, tragó su bocado, se limpió la boca con refinamiento y, levantando su vaso, dio un trago, abriendo bien los ojos y sentir la frescura y el dulce sabor del melón. Imitando a su compañero, exhaló también y, sin más pausa, dio otro sorbo largo.
— Entonces, Paco... ¿tú y tu jefa... son... pareja?
Francesco resopló en su vaso, cubriendo su máscara de agua y tosiendo un poco, provocando que Maximiliano lanzara una sonora carcajada mientras le acercaba una servilleta para ayudarlo a secarse.
— ¿Qué son esas declaraciones? — replicó el enmascarado, molesto — Madame Mersenne tiene una vida muy ocupada y a mi no me atraen... — Rentería lo miró confuso y Francesco reflexionó mejor sus palabras — Yo no tengo tiempo para esas cosas... además cuando yo ya no le sea de utilidad a madame alguien más tomará mi lugar y tendré que buscar otra persona a quien servir — reconoció con cierta melancolía en su voz.
El extranjero suspiró con pesadez, por lo que Rentería le dejó disfrutar de sus alimentos en paz. El par terminó su arroz y, casi al instante, la chica les trajo su plato fuerte: una milanesa para Francesco y el guisado para el detective. Rentería levantó la nariz e inhaló profundo, exclamando de gusto, de inmediato tomó su cuchara, la hundió en el guisado y probó.
— Está muy rico — celebró, levantando su plato y acercándoselo a su compañero —, prueba, prueba.
— Ahhhh... — Francesco se esforzaba por sonreír para no mostrar que no quería compartir — pediré otro plato.
— Naaaa, toma una tortilla y remójala. Si te gusta, te echo un poco en tu plato y tú me compartes de tu milanesa — animó sin bajar su comida de sus manos.
Francesco exhaló, se resignó a las ocurrencias del canino y accedió. Tomó una tortilla, la hizo taco, la embarró en el guisado y probó. El sabor era una mescolanza interesante, salado, acido, algo dulce, el caldo de la carne está presente, pero sobresaliendo, el chile hace su aparición.
— Está un poco picoso — reconoce.
— ¿Aguantas o mejor lo dejas?
— Creo que aguanto, me agrada la textura del chile con el toque dulce. A ver, sírveme más.
— Tómalo con tu cuchara, con confianza.
— ¡¿Qué?! ¡No! — replicó Francesco con asombro y desagrado.
— Bueno, agarra un poco con tu tortilla y empújalo a tu plato.
— ¿No es muy barbárico eso?
— ¿Quieres o no?
Francesco mira como Rentería le acerca e inclina su plato, insistiéndole. Perdiendo lo poco que le quedaba de pena y dignidad, el enmascarado se sirvió un poco.
— Gracias. ¿Y tú, tienes familia? ¿Esposa, hijos?
— No. La vida como judicial no era muy cómoda de joven y, ahora, tras este caso, no quiero regresar como agente, solo quiero el dinero de la recompensa y seguiré adelante con mi vida — Rentería hablaba con sinceridad —. De donde vengo, unos compas se juntaron y abrieron un gimnasio, ellos sí son luchadores, o bueno, lo eran, ya se retiraron, lo hicieron porque no querían lesionarse ni arriesgarse a un accidente. La verdad es que eran muy buenos peleando... bastante buenos — recordaba con melancolía —. En fin, abrieron un gym y me invitaron a dar clases, a ser instructor con ellos, eso fue poco antes de aceptar este caso, por lo que, cuando todo esto termine, usaré el dinero para invertirlo con ellos y aceptaré el trabajo.
Rentería levantó el rostro, esperanzado, cuando vió a Francesco con la lengua de fuera y jadeando.
— ¡Wey, ya te enchilaste, toma agua!
— Ya no hay.
— Pediré un poco más, aguanta.
Rentería tomó la jarra y fue directo a la cocina, tras un breve momento, regresó a la mesa con su compañero, sirviéndole agua en su vaso y viendo como lo bebía con enjundia.
— ¿Estás mejor?
— Mejor — suspiró Francesco con la lengua de fuera —, disculpa.
— No hay de qué. Mejor deja el guisado y termina tu comida — aconsejó sonriente.
— Pero, entonces, ¿no tienes esposa, novia?
— Nunca tuve tiempo, viajaba mucho y... era una vida algo solitaria — reconoció con tristeza.
La joven muchacha regresó a la mesa y dejó sus postres: una gelatina de limón y un plátano amarillo. Apenas se había retirado cuando, fuera del establecimiento, bajo los fuertes rayos del sol, una canción triste tocada por un acordeón comenzó a acercarse. Curiosos, el par giró el rostro y, desde la mesa, lograron ver en la entrada del establecimiento a un agreste, un viejo can, con el rostro tostado por el sol, con un sombrero de paja algo roto al igual que su camisa y pantalones, llevaba huaraches y sus manos, callosas, arrugadas y cansadas, tocaban por reflejo una canción lenta y apagada.
Sin esperarlo, un pequeño cachorro, descalzo, con apenas un short y una playera delgada y sucia, pasó entre los comensales, repitiendo unas palabras que llevaba grabadas desde hace años.
— ¿No me regala para un pan?
Francesco posó su mirada en el infante, el cachorro ni siquiera levantaba la mirada del todo, solo se limitaba a levantar la mano y mendigar, tenía la cara manchada y los ojos sumidos, sin duda tenía hambre y sueño.
Algunos ignoraron al cachorro, otros le regalaron unas monedas. El enmascarado miraba atento hasta que el infante se acercó a su mesa.
— ¿No me regala un peso?
Rentería buscó en sus bolsillos y dio una moneda de diez pesos junto con la gelatina que tenía, el niño agradeció y antes de irse, Francesco logró regalarse su plátano.
— A veces pienso que mi vida es complicada y olvido que soy privilegiado en muchas cosas — comentó Rentería con respeto, mirando como el cachorro regresaba alegre con su padre y le compartía un poco de la comida que había conseguido.
— La desdicha siempre estará presente, lo ha estado antes que nosotros y seguirá cuando nos hayamos ido — agregó Francesco, reflexivo —. Solo podemos sobrellevarla, ignorarla o enfrentarla, quizá podamos aliviar un poco la de otros, aunque considero que es un esfuerzo un tanto pasajero.
— Pasajero o no, un poco de ayuda al prójimo no hace daño, ¿no crees?
El par intercambió una mirada y retomaron sus alimentos con un silencio respetuoso.
Al terminar de comer, Francesco se puso de pie despacio, el dolor en su cuerpo seguía presente, acomodó su silla y recogió los platos.
— ¿Qué haces?
— Llevaré esto a la cocina, daré las gracias al chef y pediré la receta de los platillos que me interesaron el día de hoy, a madame Mersenne y a mi familia le encantarán probarlos.
Y sin más, Francesco partió sin que Rentería pudiera retenerlo, adentrándose a la cocina y desconcertando a las cocineras con su porte y petición. Rentería, con algo de pena, vio que la muchacha que los había atendido miraba a su compañero con una sonrisa curiosa, le dejó el dinero de la comida en la mesa y prefirió salir un momento para olfatear el ambiente.
En la calle, con la gente, autos y aromas de la tarde, levantó la nariz y se concentró.
— Aunque el rastro es débil, estamos muy cerca, quizá a unas pocas calles... de hecho... — Rentería cerró los ojos, olfateó y seguro, comenzó a caminar, cruzando delante del gimnasio donde Raúl y Ramón entrenaban a diario y, desde ahí, logró captar una fragancia inconfundible — ¡lo tengo!
Animado, Maximiano regresó por su compañero.
— Hey, compa. Ya los...
Francesco estaba terminando de lavar trastes y al ver al agente, se quitó el delantal que le habían prestado y se acercó a la cocinera para darle las gracias por todo. Con gusto, la mujer le dio una bolsa de plástico y, aunque el enmascarado no quiso aceptar, terminó por tomarla antes de regresar con el sabueso. Mientras se acercaba, Rentería pudo distinguir el olor que emanaba del regalo.
— Te dieron un itacate de tamales — se sorprendió.
— No lo sé, yo solo ayudé un poco — Francesco miró confundido su regalo —. ¿Es comida?
— Será la cena — celebró el canino moviendo la cola, antes de recuperar su seriedad —. Sé donde están, no estamos lejos.
Pierrot miró fijo a Maximiliano y sin decir más, se encaminaron a su destino. Tras un par de cuadras, el par estaba mirando la casa de Ramón Martín.
— Es ahí — Francesco se encaminó decidido cuando Rentería le detuvo del hombro —, se fueron — explicó sin dejar de olfatear —. Al menos tienen un día fuera.
— Maldición — refunfuñó Francesco.
— Pero no están solos — Rentería se concentró para discernir el rastro —. Son varios, al menos cuatro individuos, dos hombres, dos agrestes, uno es el oso, el otro... creo es un felino.
Al mirar a su compañero, Maximiliano descubrió que Pierrot lo miraba con satisfacción.
— En verdad eres muy bueno en lo que haces — le reconoció —, ¿puedes seguir el rastro?
— Quizá, sí, pero, comienza a perderse, además, se fueron en coche, ir a pie ya no es una opción.
— Déjame eso a mí.
Pierrot sacó de sus ropas un celular, marcó un número y habló unas pocas palabras. Mientras, Rentería inspeccionó la fachada de la casa, estaba algo desgastada, era de una sola planta, unas pocas plantas crecían en una jardinera cercana y, en general, parecía que el lugar había tenido momentos mejores.
— Listo, no deberían de tardar — anunció el enmascarado sujetándose un costado de su torso, el dolor iba y venía.
— ¿Quién?
Un coche negro llegó y se detuvo justo frente al par. Un hombre de traje y antifaz blanco bajó y, con muchísimo respeto, dio las llaves a Pierrot, tras lo cual, se alejó caminando sin decir nada más.
— ¿Sabes conducir? — preguntó Francesco dándole las llaves a Rentería.
— Sí... pero... cómo...
Francesco se subió al coche y, quejándose, se recostó en el asiento. Rentería tomó el lugar del conductor.
— Necesito que me lleves con un médico primero, la ubicación está en el GPS, no tardaremos, solo quiero que revise mis heridas, los vendajes y que me dé algo para soportar el dolor. Tú solo enfócate en el rastro, por favor — en enmascarado apenas logró estirarse para dejar la comida en el asiento de atrás y cerrar los ojos para descansar.
— Muy bien, pero sí aun sientes dolor, podemos tomarnos un día, con un coche será más fácil seguir el rastro.
— Lo tendré en mente — consideró Francesco sin abrir los ojos.
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