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35 - Envidia
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Capítulo 35 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone
1 year ago
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En la capital, en una sala de juntas, grandiosa y majestuosa, con altos techos decorados con intrincados frescos que representaban escenas y símbolos religiosos bañados con una suave luz proveniente de lámparas de araña colgantes, un grupo de líderes, los más importantes dentro de su fe, se encontraban en medio de una reunión para revisar un tema de vital importancia, la distribución de fondos.
— Deberíamos construir más iglesias, hermanos — opinó un obispo, con una voz nasal —. Varios contratistas ya nos presentaron algunas propuestas atractivas.
— También necesitamos renovar la flotilla de transporte — propuso un rabí —. Esos coches se estropean mucho cada año.
— ¡Mejores abogados! — alzó la voz un sacerdote — No olvidemos la importancia que tienen para el desempeño de nuestra misión.
— ¡Más estatuas! — pidió un padre.
— ¡Más anuncios de internet! — sugirió un pastor.
— ¡Más fiestas y celebraciones! — exclamó uno más.
Los líderes continuaban exclamando sus opciones, mientras uno de ellos en específico, se mantenía callado, mirando a todos con desconcierto e incredulidad.
— ¡Debemos priorizar las campañas que fomenten la protección de la vida desde su concepción! — declaró un cardenal, decidido, mientras unos cuantos presentes asentían ante su comentario —. Nunca hay que olvidarnos de las buenas costumbres.
— ¡Exacto! No como esas aberraciones que tanto impulsan en internet — replicó el arzobispo —, sobre todo las llamadas familias homoparentales — se asqueó — Ustedes me entienden.
— ¡Bien! Excelente — tomó la palabra el líder de todos, vestido de sotana blanca y oro, con dedos cargados de costosos anillos —. Todas sus propuestas para esta distribución son perfectas, solo hay que ordenarlas por prioridad.
Aquel que no había hablado tomó la palabra en ese momento, incómodo de escuchar a sus compañeros.
— Pero... hermanos, no podemos hacer eso.
Un agreste zorro de pequeña estatura, con las patas descalzas, de suave pelaje naranja y hábito negro que, aunque estaba limpio se notaba viejo, incluso desgastado, se levantó con temor entre sus demás compañeros. El devoto, por su naturaleza, destacaba entre todos.
— Hermanos, mi corazón se aflige al darse cuenta que no hemos tocados temas que de verdad son importantes — mencionó el zorro.
— ¿Quién es él? — preguntó el líder de todos, a cualquiera que le quisiera responder.
— Es el sumo sacerdote De Gyves — respondió un rabí, mirando fijo al devoto agreste.
— ¿Y por qué es un zorro?
— Porque me enfermé hace años y ahora soy un agreste — se atrevió a responder el devoto De Gyves, firme, aunque con las patas temblándole de nervios —. Desde entonces, hice un voto de pobreza y ahora solo tengo una pequeña iglesia asignada en un pueblito lejano — explicó.
— De Gyves ha dado todos sus bienes a la caridad — agregó un reverendo, haciendo que el zorro asintiera con humildad.
— Ahora vivo en austeridad, santo padre — mencionó el devoto, honrado —. Y doy especial servicio a los más desafortunados.
El pontífice giró los ojos y luego, suspiró, pensando dentro de sí lo que se avecinaba.
— ¿Tiene algo que proponer, hermano De Gyves? — cuestionó el pastor.
— ¡Queridos hermanos! — alzó la voz, mirando a todos y encontrando valor en su devoción —. ¿Acaso hemos olvidado las enseñanzas de Mateo 25:35-36? — cuestionó — «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me vestisteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí» — citó —. ¡Nuestra prioridad debe ser ayudar a los más necesitados! ¡Nada de más capillas, coches o abogados! ¡Nuestros hermanos están sufriendo!
— ¡Claro que los tenemos en consideración, hermano! — interrumpió el arzobispo, serio —. Pero también tenemos claro que por Mateo 19:29, al dar nuestra vida a este oficio, somos recompensados cien veces más.
— Pero, señor, ese pasaje no es así — difirió De Gyves, incómodo —. «Y cualquiera que haya dejado cosas...» — intentó corregir, sin embargo, un rabí lo interrumpió.
— ¡Tampoco nos olvidemos de Proverbios 3:9-10! — mencionó, firme — ¡Aquel donde se nos ha prometido que tendremos riquezas para cimentar el reino de Dios! — agregó, haciendo que todos los presentes asintieran, y provocara desconcierto en el devoto zorro.
— Pero es que ninguno de los versículos que han mencionado dice eso — De Gyves se sentía frustrado al oír cómo tergiversaban aquellas palabras que con tanto ahínco había memorizado —. ¡Por favor, hermanos! ¡Tenemos más de lo que necesitamos! Hay gente enferma, pobre... ¡Hay guerras, por el amor de Dios! ¡¿No podemos hacer nada por ellos?!
Todos se mantuvieron en silencio, mirándose fijo unos con otros, haciendo tenso el ambiente.
— Parece que olvida, fray De Gyves, que el santo líder ya ha hecho un llamado a la paz — comentó el arzobispo con seriedad, indignado.
— Podemos pedirles a los afectados que se rindan — sugirió un pastor —. Así dejarán de ser víctimas de guerra y pasarán a ser ciudadanos de una nación más poderosa.
— Excelente idea, hermano — felicitó el líder de todos al que habló, para luego volver su mirada a De Gyves, con gesto serio —. Su fe es muy grande, padre — mencionó al zorro, con desdén —. Pero, no se preocupe, tenemos un presupuesto designado para esa clase de cosas.
— ¡Fue del uno por ciento! — reclamó De Gyves con valentía, harto de las injusticias dichas —. ¡Tan solo el cincuenta por ciento es usado en salarios!
— Y los feligreses lo agradecen, créame, aunque apenas nos dan demasiadas donaciones — comentó un cardenal, con una sonrisa ambiciosa.
— Además, para ir a todos los rincones de la tierra a compartir la palabra, hace falta una buena camioneta — mencionó un reverendo, burlándose y haciendo que los demás, incluyéndolo a él, soltaran una carcajada.
De Gyves bajó sus orejas, apretando los puños y dientes, sintiendo la frustración recorrer su interior, pese a todo, logró controlarse.
— No puedo creer lo que escucho... — suspiró el zorro — ¡Muchos quisieran estar en nuestra posición! Pero si no hacemos nada por los necesitados, no somos más que ciervos inútiles que envidian al más bajo de los empresarios enriquecidos sin alma — declaró el devoto agreste, callando las risas y ofendiendo a varios de los líderes más ricos, generando un silencio incómodo.
— ¿Pero qué se ha creído? — refunfuñó uno de los presentes.
— Alguien debería hablar muy serio con él — mencionó otro.
— No es posible que sea tan ingenuo.
— ¡Suficiente, hermanos! — gritó el pontífice, provocando eco en la sala, para luego levantarse de su lugar, imponente —. Padre De Gyves...
El zorro se colocó firme, mirando fijo al padre.
— ¿Sabe usted que su actitud rebelde y su estilo de vida tan excéntrico, puede darnos problemas? — preguntó el vicario.
El cuerpo de De Gyves comenzó a temblar todo, no solo las piernas. Él, ansioso, se acercó al sumo sacerdote, y se arrodilló.
— ¡Por favor, su señor! ¡Hacedme sufrir si es necesario! ¡Pero la gente...! — clamó el zorro, siendo interrumpido por el líder de todos.
— Nosotros no podremos exhibir tales desplantes, padre — mencionó el pontífice, molesto —, y al parecer usted no comprende que está atentando contra una estructura milenaria que hemos luchado por establecer y seguir de manera ciega — le reprimió con desprecio —. Y si tanto quiere hacer las cosas a su manera, le daré el gusto de hacerlo.
De Gyves, arrodillado, levantó la cara, confuso.
— Queda destituido de su cargo y excomulgado de nuestro santo oficio — reprimió el líder de todos, firme y decidido —. ¡Que su castigo sirva como ejemplo para todos aquellos que cuestionen la palabra del señor! — gritó para todos los presentes quienes, alegres, presenciaban la humillación de De Gyves — ¡Guardias!
Dos hombres altos, fornidos, con uniformes negros militares, se adentraron a la sala, listos para cumplir las órdenes del líder.
— ¡Señor, por favor no me haga esto! — pidió el zorro, aún arrodillado.
— ¡Díganos, su excelencia! — exclamó un custodio.
— Escolten al señor De Gyves de aquí. Ya no tiene nada que hacer aquí con nosotros — mandó el líder de todos, para luego volverse a sentar y no mirar más al devoto agreste.
— ¡No! ¡No, por favor! ¡No! — gritaba De Gyves, mientras los guardias se acercaban a él, colocándose a sus lados — ¡Por favor, su señoría, no me haga esto! — pero el reverendo ni siquiera lo volteó a ver.
Atónito, y aun suplicando, sintió cómo los custodios lo tomaron de los brazos y lo alzaron un poco, arrastrándolo hasta el exterior de la sala.
— Ahora que De Gyves se va, ¡yo quiero su capilla! — mencionó un sacerdote.
— ¡Y yo su cargo! — exclamó otro, interesado.
El zorro, siendo expulsado, no daba crédito a lo que escuchaba, siendo abatido por una decepción brutal.
Los guardias lo llevaron hasta la salida de la catedral, por la parte trasera, donde nadie veía nada, lanzándolo sin piedad a las afueras del recinto, rodando cada escalera de piedra que adornaba aquella entrada.
De Gyves, en el suelo, se lamentaba mientras acariciaba con dolor sus costillas, espalda y brazos. Con debilidad, se recostó un momento, boca arriba, contemplando el cielo, sintiendo un gigantesco nudo en la garganta.
— Por favor, Dios, tú no me abandones — pidió el zorro a Dios, con la voz quebrada y oprimiendo los dientes, sintiendo un completo vacío en el pecho, mientras que un par de lágrimas salieron de sus ojos.
Después, se incorporó lento, sin siquiera intentar sacudirse. Sentía dolor en su cuerpo, pero lo que en realidad le afligía era la conmoción interna, incapaz de creer lo que acababa de suceder.
Al lograr ponerse de pie por completo, derrotado, tan solo camino por la calle vacía, de regreso a lo que fue su viejo hogar.
Varios días después, y ayudado por la compasión de extraños, por fin logró regresar a su parroquia, en un pueblo cercano, solo para darse cuenta que ya se habían adelantado: había sido cerrada de manera temporal por el santo oficio.
Al zorro se le cargaron los ojos de lágrimas e, intentando retenerlas, no pudo más y se soltó a llorar en silencio, frente al portón del templo, siendo observado por varias personas, sobre todo mujeres mayores, que llegaban al lugar en busca de la palabra del señor.
Debilitado por la tristeza y con poco esfuerzo, el agreste caminó hacia atrás de la iglesia y, con unas llaves que traía consigo, dentro de su hábito sucio y desgastado, abrió una pequeña puerta que daba al cuartito donde residía, equipado apenas con una cama y una silla.
Al entrar, sus ojos recorrieron el lugar con melancolía, mientras las lágrimas aún corrían por sus mejillas, aquel profundo vacío en su pecho no se había quitado en días. Después, se dispuso a tomar todas sus cosas, o al menos lo poco que tenía, como una muda de ropa y un pequeño espejo que guardaba debajo de una almohada.
Acongojado, sin estar listo para irse, miró por última vez el lugar con un nudo en la garganta y luego se dirigió a la puerta. Antes de salir, unos golpes del exterior lo detuvieron. Él, preocupado, abrió sin más, encontrándose afuera con una mujer ofuscada y un conejo de ojos rojos.
***
— Hola, buenas tardes. Vinimos de visita al pueblo y, como se nos acabó la pila del celular nos perdimos — le explico.
— ¿Nos podría ayudar, padre? — preguntó la mujer, con cierta ansiedad en su voz.
— Claro, pasen — asintió el zorro, angustiado por nosotros, los desafortunados visitantes de la localidad.
Y así, entramos...
El zorro nos recibió con humildad, hasta nos ofreció caldo de pollo por comida, y su cama para que nos sentáramos, mientras él ocupaba su silla aparte.
— Perdón si no puedo ofrecerles más — expresó el devoto, bajando las orejas, apenado —, pero como verán, no tengo mucho.
— Ni que lo diga — Karen miró con desagrado el espacio, pero yo le golpee las costillas con mi codo, sin descuidar mi tranquilidad.
— Me encantaría decirles que tomaran esta estancia como un refugio por más tiempo, mis hermanos, pero ... — pausó, con un nudo en la garganta — Este lugar ya no es mío y debo abandonarlo.
— Espero que se vaya a un lugar mucho mejor — Karen sonrió por su impertinencia y después, con desagrado, sorbió el caldo desde el plato porque el padrecillo no nos dio cuchara.
Al momento de probar la comida, Karen puso su cara de asco, y es que aparte estaba frío. De nuevo, la golpee en las costillas.
— Pues, no lo sé... La verdad no tengo a dónde ir — se sinceró el zorro con lástima, pasando una mano por su cara llena de angustia.
— Y... ¿Por qué no viene con nosotros? — le propuse, viendo la confusión en su rostro — Puedo ver, padre, que tiene un corazón muy grande y roto — comenté, sonriente —. Por mucho que dé, nada es suficiente, ¿no es así?
Su semblante se perturbó, había tocado su el corazón en lo más profundo. Me encantó verlo así.
— Y no solo eso— continué —, sabe que, aunque lo dé todo, hasta tu «cuerpo para ser quemado», de nada sirve — mencioné con una línea santurrona de las pocas que recordé.
— Quizá — respondió el devoto —. Pero, aunque sea poco, quiero intentarlo. Hasta la sonrisa más sincera puede animar el alma más desolada — de verdad no pude creer la devoción de este zorro, aun estando en la miseria total... o bueno, quizá sea su negación... Igual me encantaba.
— Pero... ¿Y su propia alma, padre? — inquirí, o quizá lo pregunté por mera tortura — ¿No merece usted un abrazo? ¿No merece ser querido? ¿Ser apreciado?
Él enmudeció y se notó nervioso, la duda lo carcomía, no era necesario alargarlo más. Sonriendo, le ofrecí mi mano.
— ¿Qué le parece si comienza a pensar más en usted y menos en los demás? — propuse — De lo contrario, todos lo van a pisotear — noté que mis palabras golpearon su corazón —. Venga conmigo, padre. Estoy seguro que podremos tratarnos como viejos amigos.
Karen me miró, dándose cuenta de lo que ocurría; la temperatura del cuarto estaba descendiendo, la luz se atenuó y el devoto zorro, abrumado, desconsolado, sin un amigo en el mundo y sin nada que perder, me tomó la mano y nos estrechamos con fuerza.
De pronto, una repentina oscuridad llenó por completo la habitación y, antes de que Karen pudiera gritar aterrada, el corazón del religioso absorbió la oscuridad. Luego de parpadear un par de veces, sus ojos, esos ojos, brillaron con fulgente color rojo y me enfocaron de repente.
— Pereza, ¿cuánto tiempo? — exclamó el zorro, con una sonrisa confiada.
— Envio, colega. ¡Han pasado siglos! — me alegré de verlo — Estoy buscando a los demás. Fui el primero en despertar.
— Ya veo, y eres el líder esta vez, ¿quién lo hubiera dicho? — mencionó — Entonces, ¿reunirás a la banda?
— ¡Sí, a todos! Por eso necesitamos usar estos recipientes. No queremos llamar demasiado la atención — expliqué.
El zorro se contempló desde los pies hasta por debajo del mentón, tomando el espejo que el padre había tomado de entre sus cosas para examinarse. Se observó fijo, analizando su cuerpo. Su cola comenzó a moverse de lado a lado, y él se percató de ello. Al terminar su autoanálisis, asintió con satisfacción. De repente, su mirada relajada se encontró con la de Karen, lanzándole una sonrisa burlona.
— ¿Y ella? — me preguntó.
— Mi secretaria.
— ¡¿Qué?! — gritó la exagerada de Karen.
— Un gusto, hermana — pronunció el zorro, exagerando las costumbres de su viejo oficio —. Permíteme presentarme, soy Envio De Gyves, pecado de la envidia, una de las siete calamidades.
Karen no sabía qué decir; aún había desconfianza y miedo en su corazón.
— Bueno, Envio, ahora que estas despierto y estrenas cuerpo, nuestro objetivo siguiente es...
— Quiero hacer algo antes — me interrumpió —. Un capricho mío. Créeme, mi recipiente me lo agradecerá y ustedes podrán ver el espectáculo, queridos hermanos.
Karen estaba confundida, pero yo sonreí de oreja a oreja.
Así que, ese mismo día, Karen nos llevó a la capital. Creí que era lejos, la verdad me daba hasta flojera, pero fue bastante más rápido de lo pensado. En una hora llegamos a una parte muy santurrona de la ciudad.
— ¿Pueden entrar ahí? — cuestionó Karen, incómoda, al momento de llegar frente a la catedral.
— Perdió todo lo sagrado que tenía cuando entró el departamento de contabilidad — se burló Envio —. Ahora no es más que un sepulcro blanqueado.
Nos acercamos a la entrada, protegida por dos guardias muy fornidos, que se alarmaron al ver al zorro.
— ¡Eh, tú! ¡No eres bienvenido aquí! — le gritaron al reconocerle y, de inmediato, corrieron hacia él.
Pero mi colega, con una confianza única, sonrió, levantó las manos y los esperó. Mientras ellos se acercaban, él citó algo.
— «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial. Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas...»
Cuando Envio tuvo a los guardias al alcance, con un rápido movimiento, los tomó de la camisa y los hizo chocar, cráneo contra cráneo, provocando un sonido hueco, crujiente y reconfortante, para luego lanzarlos al suelo, como si fueran cualquier basura.
— «Tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.» — culminó, sonriente, maligno — ¿Podrías meterlos al templo, por fa? — pidió Envidia a Karen sin siquiera mirarla, mientras ella apenas asimilaba lo que había ocurrido.
Sin tardar, cruzamos la imponente puerta de madera y herraje, donde solo nos encontramos con tinieblas, puras figuras religiosas adornando los pasillos, pero eso sí, qué bonita arquitectura, en verdad.
Al avanzar un poco, dentro de una habitación con un buen de cosas sagradas, parecida a una biblioteca o tienda de recuerdos, vimos a un grupo de monjas y niños explorando el espacio. Creo que era una excursión o algo así.
— Oh, esto será genial — declaró De Gyves, riendo de forma inexplicable.
— Un segundo, su fatalidad — habló una voz gruesa e inquietante —. No tiene que ensuciarse las manos con esas calañas.
Karen, como siempre, fue la primera en gritar al ver que, saliendo de la inmensa sombra de Envio, desde el suelo, una figura, que no les voy a describir porque me da flojera, salió desde las tinieblas. Era un demonio, imponente, dientudo, en los huesos, nada agraciado la verdad.
Karen seguía gritando. Con mi mano, le tapé la boca y con un gesto le pedí calma.
— ¿Y tú eres...? — cuestionó el zorro, inmutable, levantando una ceja, mientras que, con la mano, cerraba todas las puertas del recinto, dejando a monjas e infantes gritar despavoridos al ver al escalofriante y descomunal ser.
— Soy el general de su legión, su fatalidad — mencionó la calaca —. Anhelo, es mi nombre, y estoy a su servicio — el monstruoso esqueleto se arrodilló ante su señor.
— Bueno, supongo que tener a un subordinado será de ayuda — reconoció Envio, cuando los gritos de las mujeres y niños comenzaron a taladrar sus oídos —. Lo primero será silenciar a esos irrespetuosos y, después, quiero que adoptes una forma más... adecuada — mencionó a la calavera.
— Le agradezco su confianza, su maleza — esa cosa sonrió, honrada —. Ahora, aléjese un poco para que no se ensucie.
Apenas hubo pronunciado esas palabras, el demonio se lanzó hacia el grupo de monjas y niños. En cuestión de segundos, el suelo se tiñó de rojo sangre mientras los gritos iban menguando hasta que el silencio envolvió por completo el lugar.
— Perdone la demora, su bajeza — habló Anhelo, regresando, pero ahora en el cuerpo de un pastor inglés... oh, la ironía... —. Había un centinela a un costado del sitio, y tomé su cuerpo. Espero que sea de su agrado — añadió el pastor moviendo la cola de lado a lado.
— No está mal — aseguró Envio, sonriente ilusionando aún más a su siervo.
De pronto, se escucharon fuertes golpes en las puertas, la seguridad del lugar había llegado... y ya se habían tardado.
— Hermano Anhelo, cuide las puertas principales — ordenó mi colega a su subordinado —. No quisiera que alguien dejara esta sagrada casa antes de tiempo.
— De inmediato, señor — y, con una velocidad bestial, el demonio desapareció.
— Me das miedo — reconocí entre risas a Envio, haciéndolo sonreír.
De repente, las puertas se abrieron de golpe y, de inmediato, una oleada de soldados entró, armados hasta los dientes, apuntando hacia nosotros con precisión mortal. Algunos exclamaron con terror al ver los cuerpos de las mujeres e infantes, pero antes de que pudieran reaccionar, Envio tomó la iniciativa.
— Muy bonitas armas... yo las envidio.
Mi colega extendió su mano y, con un simple gesto, los rifles, pistolas y cuchillos de los guardias fueron arrebatados de las manos de aquellos mortales, cayendo al suelo a los pies de Envio.
— «Y los que duermen [...] despertarán» — mencionó el zorro, imponente y firme ante los guardias confusos ante la confiscación de sus armas —. Hermanos, mi querido rebaño, encárguense del resto.
Karen observaba con confusión mientras yo levantaba una ceja al presenciar cómo, con macabros espasmos, los cadáveres comenzaban a erguirse del suelo. Eran cuerpos de monjas y niños, desangrados y con sus entrañas esparcidas, algunos incluso amputados, pero ahora se alzaban por completo. Sus ojos vacíos brillaban con un rojo intenso que cubría sus órbitas. Anhelo había realizado un trabajo impecable.
Los cuerpos, ya de pie, se movieron, sembraron el terror entre los soldados. Como marionetas macabras, se abalanzaron sobre ellos, atacando, convirtiendo la escena en una carnicería digna de una película de horror toda una masacre orquestada por la calamidad de la Envidia.
Los muertos mordían, rasguñaban y sujetaban a los vivos con fuerza, desgarrando cada pedazo de carne y arrancando cada miembro con ferocidad. Algunos eran decapitados a dentelladas, mientras que a otros sus órganos les eran arrancados sin piedad. El lugar se llenó de gritos y sollozos que se extinguieron de forma gradual a medida que más vidas caían. Por cada vivo que moría, otro muerto se alzaba.
Los pocos que intentaron escapar, aterrados, fueron acabados por el tierno perrito de Anhelo, quien aparecía y desaparecía en el sitio, solo para matar a cada uno de los que quedaban.
Y, mientras todo ocurría, Karen estaba paralizada de terror, mientras Envio, mirándome, me hizo una ceña. Así, salimos de ese espacio, y volvimos a los pasillos de la catedral, junto con Karen que caminaba despacio detrás de nosotros. La vi de reojo, y sus piernas temblaban.
Los muertos vivientes salieron también de aquella habitación, esparciéndose por doquier, como si siguieran órdenes.
Mientras recorríamos el camino del recinto, apreciábamos la arquitectura, las pinturas. Fue una vista impresionante, hay que regresar cuando estemos todos.
Avanzamos hasta llegar a la puerta del salón principal, donde Envio estaba a punto de entrar, siendo detenido por la presencia de Anhelo, que apareció de entre las sombras, asustándonos a todos, más a Karen.
— Permítame, su malevolencia — pidió Anhelo, girándose hacia la gran entrada.
— ¿Quién cuida las demás puertas? — preguntó mi colega.
— Dejé una cuadrilla de muertos en las puertas frontales y traseras — explicó Anhelo, volteando a ver fijo a su superior —. También coloque algunos en accesos y rincones que, considero, podrían ser clave para escondites o huidas y, mi señor, como usted dijo, nadie va a salir vivo de aquí — añadió con satisfacción, moviendo la cola de un lado a otro —. Ahora, si me lo permite — volvió a girar hacia la entrada, donde puso su mano en la puerta y, en un parpadeo, ésta se desplomó hacia dentro.
Fue divertido ver que, dentro, en un rincón, todos los cardenales, padres, reverendos, rabinos, sacerdotes, pastores y obispos, estaban detrás del sumo líder quien, con porte decidido, estaba de pie, temeroso, pero valiente. Algunos rezaban, otros lloraban, unos pocos creo que intentaban exorcizarnos.
— Nada de lo que hagas nos doblegará, demonio — mencionó el santo reverendo — ¡Esta es la casa de Dios y yo, en su nombre... te expulso!
Envio hizo una pausa, después miró a ambos lados, observó a Anhelo, me miró a mí, y yo sólo me encogí de hombros.
— Muestra tu verdadero aspecto, Anhelo — pidió mi colega a su subordinado, que asintió, obediente.
El centinela se retorció y, como si fuera un capullo, todos los huesos del demonio se asomaron, dejando mudos y perplejos a los religiosos, que empezaron a rezar, aterrados, muchos se orinaron.
— ¡Dios está con nosotros! ¡Si nos das muerte, él vendrá por nosotros a llevarnos a su eterno paraíso! — gritó el pontífice, tomando entre sus manos una cruz que llevaban al cuello y llevándola como escudo al demonio Anhelo, creo que otros nos echaron agua bendita, menos mal que no llevaba mi celular en las manos.
— Lo dudo mucho, santo padre — Envio sonrió de oreja a oreja y, tras de nosotros, los cuerpos de centenares de muertos, entraron y comenzaron a caminar hacia los hombres de fe.
Karen estaba tensa, algunos cuerpos golpeaban sus brazos al pasar. Ella solo se mantenía quieta, paralizada.
— Dios no quiere a gente hipócrita y yo tampoco — replicó mi colega con una voz suave y decidida —. Así que, su destino, el destino de todos ustedes — anunció abriendo los brazos a todos los religiosos —, no será la muerte, pero tampoco la vida.
El ejército de muertos se lanzó sobre ellos. Solo pude observar cómo mi colega se limitaba a sonreír, complacido al escuchar los gritos y súplicas de los hombres que empezaron a ser devorados y desmembrados, convirtiéndose en más integrantes del macabro grupo de muertos vivientes. Los lamentos resonaron en todo el complejo, pero, sobre todo, en los oídos del devoto Envio.
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