Current Track: Blabb
KEYBOARD SHORTCUTS
La sensación era diferente. No se hallaba en el suelo como esperaba, sino que sus gruesas manos palpaban algo suave. Abrió los ojos y parpadeó para ajustar su visión, algo faltaba. Llevó los dedos a su rostro, el dolor del movimiento le hizo recordar su derrota. Todo su cuerpo se tensó, y la horrible sensación le hizo apretar los dientes. 

De pronto, notó algo que le hizo quedar frío, su mano no tocaba lo que debería tocar, abrió mucho los ojos, y en un reflejo fortuito trató de sentarse de golpe. La cama rechinó, y el dolor lo doblegó como nunca, centrándose en la espalda y el abdomen, aunque en realidad, sentía todo el cuerpo magullado.

— Mi... mi máscara — balbuceó entre gemidos de dolor.

Como una acción involuntaria, se dejó la mano cubriendo una porción de su rostro. Ahora que lo notaba, en su cara también ardían los golpes de la derrota, ahora cubiertos por parches y gasas. 

— ¿Estás bien?

Pierrot reconoció la voz, y sin mover más que su cabeza intentó identificar de dónde provenía. A su alrededor, vio un lugar austero, la cama y una cocineta ocupaban la mayor parte del lugar y, en medio de la estancia, apoyado sobre una mesita, unos rasgos caninos se definieron mientras sus ojos se terminaban de acostumbrar a la poca luz del lugar que una ventana, con las cortinas corridas, dejaba pasar. 

— ¿Dónde está mi máscara? 

Rentería llevaba una taza en la mano, humeaba. Con la mano libre hizo una seña rápida al rostro del hombretón.

— Estabas bastante lastimado, era quitártela o curarte a través de los agujeros. Me decidí por lo más lógico.

Pierrot, con sus bellos ojos verdes, atravesó al sabueso, provocando que encrespara su pelaje gruñendo en respuesta, pero, controlándose, Rentería tragó saliva y, haciendo gala de un temple férreo, dio un sorbo de su té.

— Tienes suerte de que hubiera estado cerca. Estaba trabajando, pero de pronto olfateé tu aroma, la sangre expuesta tiene un olor mucho más potente. Intenté curarte lo mejor posible, pero será mejor que vayas a un hospital. 

— Mi máscara, ¿dónde está? 

La frialdad de Francesco ocasionó que el pelaje de Rentería se encrespara de nuevo, pero se controló dando un sorbo largo a su té. 

— Bueno..., estaba rota y empapada en sangre, las heridas se te habrían infectado. La reparé y lavé. Se está secando. 

Rentería hablaba con respeto, y Pierrot lo notó. 

— Parece que sabes de lo que hablas. 

— Lo sé — reconoció el sabueso con cierta nostalgia —, hace tiempo fui un luchador enmascarado también. Sé lo que sientes por esa máscara. 

Francesco sintió alivio, haciendo que se relajara y, bajando la mano, descubrió su rostro, cincelado, cuadrado y varonil. 

— Gracias por hacerlo, es un símbolo que me recuerda a mi familia — agradeció Pierrot, sorprendió a Rentería, quedándose a medio sorbo —. Hace mucho que no los veo, pero cada vez que estamos juntos es una experiencia grata, como una celebración a lo grande. 

La capa de sinceridad desapareció de un momento a otro, haciendo recordar al hombretón en dónde se encontraba, y con quién. 

— Dime, ¿por qué me ayudaste? 

— Son malas costumbres de mi tiempo en la policía — respondió Rentería yendo a lavar su taza.

— Comprendo, gracias — Pierrot tomó aire, levantarse no sería fácil —, pero debo irme.

Rentería solo observó mientras que el hombretón procuraba incorporarse sin éxito. Francesco soltó un quejido de dolor al tiempo que dejaba de intentarlo.

— Al menos espera a que tus heridas cierren — El sabueso se volvió a la cocineta, en donde una olla comenzaba a burbujear, al destaparla, un olor delicioso inundó la estancia —, insisto, hice lo que pude, pero no soy ningún doctor, debes buscar un médico que se especialice en heridas causadas por agrestes, pueden ser más infecciosas. 

Como pudo, el herido se examinó el cuerpo, su torso estaba vendado por completo de manera tosca, y tenía parches por todos lados. Rentería le tendió un plato hondo, humeaba, y la imagen hizo que a Pierrot se le abriese el apetito. Podía ver carne, tal vez res, zanahorias y papas, unas cosas parecidas a fideos flotaban en la superficie de un caldo de aspecto turbio.

Traicionándolo, el estómago de Francesco chilló con fuerza, llenándose vergüenza mientras aceptaba el plato. Rentería soltó una carcajada que a su invitado no le agradó, pero que rápido controló.

— Come, hay más, dime cuando quieras que te sirva otro plato. 

El canino acercó la mesita, y Pierrot tomó la cuchara, no tuvo problemas al meterla al plato, pero cuando intentó llevársela a la boca, sintió dolor y la vista se le nubló. Viendo su dificultad, Rentería se sentó a su lado en la cama, el herido le lanzó una mirada lastimosa, a la que el canino respondió tomando el plato, llenando la cuchara con el caldo, y se la acercó a la boca. Francesco no se movió, desafiando a su anfitrión con la mirada. 

— No te preocupes, esto no te dormirá — declaró el detective con una sonrisa burlona. 

— Eso espero. 

Francesco tomó el bocado y sintió vergüenza por tener que comer de la mano del canino. Aquella situación le resultaba tan frustrante, que su rostro se enrojeció por la pena y el coraje. 

Conforme los bocados avanzaban, Rentería paseaba la mirada sobre la habitación, la rentaba hacía un tiempo, era barata y discreta. Sobre una repisa notó algo sobre lo cual ya tenía sus dudas. 

— ¿Eres músico? — preguntó mientras el herido tragaba el último bocado del plato. 

El hombre lo miró extrañado. Rentería señaló con la mirada la flauta de Pierrot, descansando en la repisa, haciendo que su invitado sonriera con burla. 

— Podría decirse, al menos hago mi mejor esfuerzo, pero es difícil encontrar al público adecuado que disfrute mis piezas.

— Vaya, comprendo — comentó distraído el detective —, cuando era niño intenté aprender guitarra. No tenía dinero para las clases, así que intenté ser autodidacta. Ahí aprendí que, a veces, el talento es más importante que las ganas. Al final la vida te mueve y comienzas a ver más allá, pero a mí me llevó por un camino diferente. 

Las últimas palabras estaban llenas de sinceridad, al menos esa fue la impresión de Francesco, quien observaba al agreste con curiosidad e incluso, una pizca de empatía.

— Tú eres un buen detective, necesitas talento para ello — habló Pierrot, mirando el plato vacío que Rentería sostenía aún —. Hay quienes te considerarían un artista.

— Gracias... 

— Muchos son buenos constructores — continuó —, otros son dibujantes sin igual — con una voz tranquilizadora, Pierrot hizo a Rentería envolverse en cierto tipo de nostalgia —. Mientras uno esté dispuesto, el arte tiene la capacidad de florecer en cualquiera. Tal vez algún día pueda enseñarte un poco de guitarra como agradecimiento.

Rentería sonrió, agradecido con tan sinceras palabras. 

— Sí, tal vez. Puede que sea interesante. 

Pierrot volvió a la realidad del cuarto austero y, apenado por lo que había salido por su boca, decidió cambiar el tema con rapidez. 

— Tu investigación, ¿has avanzado con ella?

— Sí, al menos hasta que te encontré — el canino parecía haber despertado del mismo ensimismamiento que el hombretón semidesnudo —. Llegué a la ciudad siguiendo cierto rastro, creí encontrarlo, pero en el lugar te encontré a ti, estabas bastante mal. Saldré a retomarlo en cuanto estés mejor. 

— ¿Tu olfato es tan bueno? — se sorprendió Pierrot —. ¿Aún no has perdido el rastro?

Rentería respondió acercándose mucho, Pierrot se movió hacia atrás, pero observó al canino mientras este movía la nariz, olfateándole. 

— Tu atacante fue un agreste — El detective cerró los ojos, como si saborease la fragancia —, un oso, y el hombre..., ah sí, el mismo al que enfrentaste durante tu incursión al museo. 

— ¿En cuanto tiempo pierdes el rastro? — preguntó Francesco. 

— Después del tercer día ya no es tan fácil, se mezcla con demasiados olores — explicó Rentería. 

— Bien — Pierrot se acomodó en la cama, tratando de ignorar otra vez el dolor —. Intentaré descansar, en dos días sé que estaré mejor, entonces, nosotros dos, iremos detrás de ese ladrón. Sé quien es.