— Pero en la entrada decía que están solicitando...
— Como le mencioné, ya no estamos en busca de candidatos. Pase a la salida, por favor.
Ramón pasó de la expectativa a la decepción. Su semblante decayó mientras observaba fijo los ojos de la «licenciada» de recursos humanos, forzando una sonrisa mientras asentía, sintiendo una presión horrible en el pecho. Ya llevaba tres meses buscando trabajo, sin éxito.
Luego de salir del edificio, con sus múltiples solicitudes en mano y una mochila sobre los hombros, caminó durante varias calles, pensativo, con la mirada perdida en el suelo, ideando alternativas.
Ramón no dejaba de contemplar qué podría pasar si persistía su desempleo: el término de sus ahorros, acumulación de facturas y la posibilidad de emergencias relacionadas con la salud, ya fuera la suya o la de su padre. Faltaba poco para que su papá se terminara su medicamento, así que tendría que comprar uno nuevo que, si bien no era caro, con el seguro médico saldría gratis.
Decaído, el hombresote se dirigió a un parque y optó por la primera banca disponible para sentarse, tratando de evitar cualquier pensamiento que le angustiara. Suspiró, inclinándose sobre sus piernas y cubriendo su rostro con las manos, agobiado, considerando sus opciones.
— ¡Necesitamos más gente, Acedio! — exclamó Karen, caminando a lo lejos, en el centro de aquel parque, acompañada de Baxter.
El agreste comenzó a buscar con la mirada en el lugar, viendo a varias personas, pero centrando su atención en una en particular.
— ¿Y qué tal el musculitos de allá? — preguntó el conejo, señalando con discreción a Ramón, sentado en la banca.
Martín suspiró de forma pesada, se palmeó las mejillas y pronunció con esperanza.
— Mañana será otro día. Ya nos irá mejor — decretó cuando Acedio y Karen se acercaron a él, confiados, sonrientes y decididos.
— ¿Un tratamiento para qué? — cuestionó Raúl a Ramón Martín, suspicaz, secándose el sudor con una toalla.
La noche había llegado, y con ella, el momento de la rutina del gimnasio. Raúl se ejercitaba en la máquina de press para los hombros, mientras de frente tenía a Ramón, contándole la situación que vivió en el parque aquella tarde.
— Para tonificar el cuerpo, bro — contaba Ramón a su amigo con emoción —. Están en busca de personas dispuestas a probar sus productos, y la verdad es que pagan bastante bien — agregó.— Suena demasiado bueno para ser verdad — consideró Raúl.
— ¿Crees? — preguntó el hombresote, con la sonrisa desvaneciéndose — Ellos me dijeron que me pagarían desde el primer día — mencionó —. Incluso me dieron cita para mañana.
Raúl notó que su amigo se desanimó, por lo que intentó apoyarlo.
— Ya sé — exclamó Navarro —, si quieres te acompaño mañana a ver las instalaciones. Si vemos que es algo truculento, nos vamos y mejor buscas algo mejor.
Ramón hizo una media sonrisa, mirando fijo a los ojos de Raúl.
— Gracias, bro — expresó el hombresote, tomando a su amigo del hombro —. Eso me tranquiliza mucho.
Raúl le devolvió el gesto y continuaron con su rutina de ejercicio. El gran hombre volvió a motivarse, creyendo que se le estaba presentando una muy buena oportunidad, mientras Raúl seguía dudoso.
Al día siguiente, ambos llegaron al lugar señalado. Era un edificio alto, con un zaguán grande de metal, cubierto de cristal, captando la atención de los dos, haciendo que se miraran entre sí. El hombresote vestido de camisa blanca, pantalón de vestir y zapatos bien lustrados, estaba listo para su nuevo empleo. Raúl, por su parte, llevaba su uniforme de trabajo y una mochila en la espalda.
— Me dijeron que en el segundo piso — comentó Ramón a Navarro, volviendo a mirar el gran edificio —. No se ve tan mal, ¿o sí?
— Pues... — pausó Raúl, desconfiado, sosteniendo la mirada en su amigo, tratando de no desanimarlo — Pudo ser peor — respondió, levantando los hombros —. Sólo recuerda: si te llegan a pedir dinero, o si te venden algo, o te invitan a asociarte a algún proyecto, no des ni aceptes nada, porque de seguro es...
— Fraude — repitió Ramón las palabras que ya se había aprendido de memoria —. 'Tare bien, te lo prometo.
— Bueno, cualquier cosa tengo algunos clientes cerca de aquí — explicó Raúl —. Así que, si necesitas algo o sales temprano, puedes llamarme o escribirme. Aquí estaré.
Ramón sonrió a su amigo, sintiendo tranquilidad en el pecho.
— Gracias, bro — expresó el hombresote, mostrándose contento.
De repente, Ramón abrazó con cariño a su amigo. Luego, caminó hacia la puerta y tocó el timbre. El zaguán se deslizó de forma automática. El gran hombre giró para ver a Raúl y, después, adentrarse al lugar. Navarro lo observó, con dudas, pidiendo, dentro de sí, que a su amigo le fuera bien.
Listo para partir con sus clientes, Raúl caminó por la acera, echando un vistazo al imponente edificio. Junto a él, observó un callejón sombrío que le generó cierta inquietud, dándose cuenta que en ese estrecho lugar había un discreto contenedor de basura móvil, con cuatro llantas y unas cuantas bolsas negras grandes alrededor. Raúl frunció el ceño, extrañado, sin detener su camino, volviendo a poner su mirada en la acera.
La mañana transcurrió, llevándose consigo el mediodía. Al llegar la tarde, Navarro terminaba una sesión con uno de sus clientes en la sala de su casa.
— Muchas gracias, doctor — mencionó un paciente con artrosis, dándole dinero a Raúl.
— Es con todo gusto, don Javier. Nos vemos el próximo jueves. Por favor, haga los ejercicios que le dije.
Luego de recibir el pago, Navarro tomó sus cosas y salió del lugar. De pie, en la banqueta, sacó su celular y revisó su chat con Ramón, dándose cuenta que no había respondido sus mensajes, ni siquiera los había visto. Raúl, extrañado, decidió caminar hacia el edificio donde dejó a su amigo.
Transitó con calma por las calles, mirando una y otra vez su celular, la hora y su bandeja de notificaciones. No había respuesta de su amigo.
Al llegar a la imponente edificación, se acercó a la puerta y tocó el timbre. Al no haber respuesta inmediata, el fortachón se desconcertó, volviendo a tocar una y otra vez, pero nada, nadie contestaba.
Raúl decidió buscar otra entrada, rodeando el edificio, llegando de nuevo a aquel obscuro callejón con el depósito móvil y bultos negros. Al ver las bolsas botadas en el suelo, dentro y alrededor del contenedor, las examinó con la mirada, hasta que decidió moverlas con el pie, sintiéndolas pesadas. Raúl, más desconcertado, volvió a mover, provocando que lo que había dentro cayera y se abriera, mostrando un brazo. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo del fortachón, e impactado, decidió mover otra bolsa de la que salió otro cuerpo. Raúl saltó aterrado, mirando con asombro, por lo que, apresurado y horrorizado, decidió regresar al zaguán del edificio y buscar la manera de entrar.
Decidido, Raúl tomó un trozo de la puerta y la empujó con fuerza, logrando deslizar una parte de ella, aunque era tan pesada que la soltó de inmediato. Con ansias al máximo, suspiró y tomó de nuevo un pedazo del portón, consiguiendo que se abriera un poco más, creando un espacio donde su cuerpo cabía perfecto. Aprovechando la apertura, empujó su cuerpo hacia dentro del lugar, haciendo que la puerta se cerrara de golpe tras él. Satisfecho y, sin mayor distracción, avanzó por un amplio pasillo. Su corazón latía cada vez más rápido.
A medida que avanzaba, exploraba cada puerta y ventana a ambos lados con la esperanza de encontrar a Ramón, pero lo único que descubría eran oficinas desiertas, abarrotadas de archivos antiguos, muebles y cajas dispersas por todas partes.
— «Me dijeron que en el segundo piso...» — recordó las palabras de Ramón.
Navarro reaccionó de inmediato, encontrando las escaleras que lo llevarían al piso dos. Al llegar, sacó su celular y marcó, mientras seguía encontrándose con espacios vacíos.
De pronto, a lo lejos, el teléfono del hombresote se escuchó sonar. Raúl corrió apresurado entre los pasillos y cuartos desocupados, siguiendo la melodía, hasta llegar al lugar de donde venía el sonido: una oficina descubierta, sin puertas, y dentro de ella, Karen y Acedio, de pie.
— ¡Apágalo, apágalo! — exclamó la mujer al agreste, que tenía el celular de Ramón en la mano.
Pereza decidió tirarlo al suelo y patearlo debajo de una alfombra.
— Listo, ya lo apagué — mencionó Acedio, con el celular aún sonando.
— ¡Bueno, ya! ¡Ayúdame con éste! — pidió Karen, desesperada, señalando el cuerpo de Ramón.
Antes de que ambos tomaran del cuerpo del hombresote, con intenciones de levantarlo, un grito frente a ellos los alertó.
— ¡¿Qué demonios?! ¡¿Quiénes son ustedes?! — vociferó Raúl, entre sorprendido y furioso.
El par se quedó inmóvil, clavando la mirada en Navarro.
— Creo que ya nos descubrió — susurró el conejo a Karen.
— ¡Ay, ya! — exclamó la mujer — Encárgate tú, Pereza. ¡Este plan fue terrible! ¡El experimento falló por completo! — declaró harta, caminando hacia la salida trasera, abandonando el lugar.
Raúl intentó correr detrás de la mujer, pero el agreste, dando un paso amplio, aún sujetando a Ramón, se interpuso.
— No tan rápido, fortachón — le detuvo.
Acedio, con total serenidad, recostó a Ramón en el suelo, dejando que su cabeza cayera con cuidado, para luego darle unas palmaditas en la frente, como si no quisiera despertarlo.
Al levantarse, Baxter notó que Raúl tenía la cara roja, con los puños tensos, furioso.
— ¡¿Quién eres?! — cuestionó el hombre, clavándole la mirada al conejo — ¡¿Qué le hiciste a mi amigo?!
— Soy Acedio Baxter, calamidad de la Pereza. Mucho gusto — se presentó el agreste con seriedad —. Y a tu amigo yo no le hice nada. Fue inyectado por Karen con algo que al parecer no funcionó y terminó... Así — pausó, señalándolo —. No estoy seguro si vivirá o morirá, pero de momento, duerme profundo — concluyó.
Las palabras de Pereza enfurecieron a Raúl, provocando que, colérico, trabara los puños y atacara al conejo, lleno de odio. Acedio puso una sonrisa burlona, preparado para el ataque. Con apatía absoluta, esquivó todos y cada uno de los golpes de Navarro, moviendo el cuerpo sin ni siquiera separar los pies del lugar. Un derechazo, un izquierdazo, un cabezazo, ninguno conectó.
Baxter bostezó, desencadenando la furia de Raúl, perplejo por no lograr impactar ningún golpe. De forma veloz, Navarro abrió los brazos y se lanzó hacia el conejo con la intención de atraparlo. Sin embargo, como en cámara lenta, Pereza esquivó su ataque, dando un paso al lado y colocando su pie frente a Raúl, haciéndolo caer de bruces al suelo.
— Auch, eso debió doler — exclamó el conejo, frunciendo la cara, resaltando aún más sus grandes ojeras y pupilas rojas.
Raúl se giró en el suelo, jadeante y exhausto, con la mirada fija en el techo, pensando en cómo enfrentar a ese desafiante adversario que poseía una velocidad impresionante. Grandes gotas de sudor resbalaban por su rostro, su corazón latía con dolor y su respiración ardía en su garganta. Mientras tanto, Baxter solo lo observaba, para luego sacar su celular y mandar mensajes, causando la indignación de Raúl.
— Me tengo que ir — mencionó el agreste con la mirada en el dispositivo, caminando hacia la salida —. Descansa, ¿sí? Es lo que siempre recomiendo.
Raúl luchó por ponerse de pie, y ya erguido, redobló sus esfuerzos para atacar a Baxter, que estaba de espaldas. Lanzó un potente puño, pero el astuto conejo no solo lo evadió con agilidad, sino que también lo ignoró por completo, con la mirada puesta en su teléfono. Esta acción frustró aún más a Raúl, quien continuó lanzando golpes y patadas al aire, intentando alcanzar al esquivo adversario que parecía más interesado en su celular que en la pelea. Un puñetazo en la cara, otro en el estómago, una patada en la cadera, en las piernas, pero ninguno acertaba.
— ¡Maldita sea! ¡¿Quién demonios eres?! — gritó Navarro, furioso y frustrado sin detener sus ataques.
— Calamidad — corrigió Acedio, volteando a ver al chico —. No soy ningún demonio — agregó, devolviendo su mirada al dispositivo, mientras Raúl se esforzaba por alcanzar a su ágil adversario — Ya casi, ya casi... — decía el conejo mientras texteaba — Uuuuy, por poquito. Tibio, tibio.
Mientras Raúl luchaba por conectar siquiera un solo golpe, a Baxter le entró una llamada al celular.
— Hey, Karen, sigo aquí — mencionó el conejo, con gesto de hartazgo en lo que Raúl continuaba —. Pues sí, aún no se da por vencido — pausó —. ¿Ya tienes el coche? Perfecto, voy para allá.
Baxter colgó su llamada en el momento en que Navarro se detuvo, exhausto, sudando y sin poder decir ni una palabra, encorvándose y recargando sus brazos en sus piernas.
— En fin... Ahora sí tengo que irme, fortachón — mencionó Baxter con desdén.
Navarro, rápido y enrojecido por la ira, desplegó todo su esfuerzo al recoger su puño, inclinó su torso y lanzó un golpe frontal y preciso hacia Acedio. Sin embargo, para su terror, Pereza detuvo el ataque con su palma abierta, manteniéndose imperturbable, observando a su oponente con indiferencia.
— La gente terca me provoca un no sé qué, ¿sabes? — mencionó Baxter, clavando su mirada a Raúl, mientras cerraba su palma ante el puño del horrorizado muchachote —. Pero no es enojo, tristeza, ni alegría. No hay emoción por superar a los débiles — agregó, para después jalar el puño del hombre y, con un contragolpe, impactar directo contra el pecho de Raúl.
Navarro salió disparado, atravesando y rompiendo con su cuerpo las paredes de tabla roca de cada una de las oficinas vacías, para luego caer en el suelo, golpeándose la espalda y cabeza, revuelto de polvo que dejó el yeso laminado. Raúl no logró incorporarse de inmediato, su mirada se volvió difusa. Un agudo dolor en su estómago lo hizo retorcerse, mientras la polvareda lo obligó a toser.
Baxter, serio y con lentitud, atravesó cada uno de los agujeros de las paredes, hasta llegar al espacio al que cayó Raúl, mirándolo fijo y provocándole mucho miedo.
— ¡Eso es todo, amigo! — concluyó con una sutil sonrisa que desapareció seguida de un largo bostezo.
Baxter dio la media vuelta y, con lentitud, se fue de la oficina, dejando a Raúl en su agonía.
Los ojos de Navarro se empañaron con lágrimas de coraje y frustración. Se sintió tan débil que temía perder el conocimiento, pero a pesar de todo, luchó por no desmayarse, comenzando a arrastrarse hasta llegar de nuevo con Ramón.
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