Ramón Martín se levantó del pasto, sacudió la tierra que se había pegado en su pantalón y miró la lápida con cariño.
— Bueno, ya me voy, 'amá. Regresaré pronto y te contaré como salió todo. Te amo.
El hombre se despidió moviendo la palma de la mano y caminó de vuelta a la entrada del cementerio.
Mientras caminaba observó a los alrededores cientos de personas que se encontraban en el lugar preparando todo para la celebración del día de muertos. Gente limpiaba las tumbas de sus familiares, el cempasúchil relucía he inundaba el ambiente con su dulce fragancia combinándose con el incienso. Al fondo, un grupo de mariachis tocaban frente a una tumba de tierra recién cavada mientras los familiares se abrazaban, cantaban o lloraban en resignación mientras escuchaban las piezas musicales que sonaban desde los instrumentos; alegres, tristes y melancólicas. Ramón sonrió con respeto y continuó su camino.
En su calle, algunos vecinos colocaban ofrendas para recordar a sus difuntos. Sobre mesas con largos manteles descansaban jícamas, cañas de azúcar, naranjas y guayabas en forma piramidal. Panes, hojaldras y algunas cazuelas de barro que contenían guisos variados rodeaban las imágenes de sus seres queridos. Las ofrendas más sencillas estaban adornadas con papel picado de múltiples colores y figuras, pétalos de cempasúchil marcaban el camino para llegar a la mesa e imágenes religiosas. Las ofrendas más grandes mostraban varios pisos de altura, platos con sal, vasos con agua, espejos, calaveras de azúcar y chocolate, adornadas con flores de cempasúchil y terciopelo en patrones rodeando cada uno de los niveles.
La calle se había convertido en un corredor de ofrendas donde todos apreciaban a la muerte y sus distintas caras. Ramón caminó lento, deteniéndose en los altares un momento y sonriendo de oreja a oreja al ver el amor expresado. Frenó su andar al ver que una de las ofrendas era distinta, en lugar de guisos, croquetas ocupaban su lugar, las calaveritas de azúcar fueron sustituidas por galletas en forma de huesos, no había un vaso con agua, sino un traste con el líquido. Observando esos detalles, vio la foto colocada en el centro, un pequeño poodle de rizos blanquecinos que mordía un osito de peluche posando sobre un sillón.
El hombresote suspiró cuando, sin esperarlo, un ruido cercano atrajo su atención. Buscando el origen de aquel sonido, encontró un callejón. Extrañado, sin recordar haber visto antes aquel lugar, se acercó, observando hacia el fondo, donde encontró un altar diferente a aquellos por los cuales acababa de pasar. A los lados de las paredes de adobe, un círculo de pétalos morados y anaranjados marcaban los límites de una mesa. Dentro halló elotes, calabazas, granos de arroz, semillas, agave y, en donde debería encontrarse el retrato, observó espantado su propia imagen, pero después del susto sonrió comprobar que miraba un espejo.
— Místico, ¿no?
Martín dio un saltó al escuchar esas palabras, palideciendo al observar como dos figuras emergían del fondo del callejón, primero una mujer con un largo vestido negro, bordado colorido y un tocado de rosas adornando su negra cabellera que caía sobre sus hombros. Por su parte, el hombre portaba un traje prehispánico, con un peto dorado, brazaletes en pies y manos, además de un largo y pronunciado taparrabos.
Sus rostros eran blancos, marcados con maquillaje para simular a un par de calaveras.
— ¡No lo asustes, menso! — comentó la catrina — Perdona a mi compañero, Toledo. Se le olvida que tenemos que comportarnos.
— No hay problema — expresó Ramón confiado, recuperando el semblante — ¿Qué hacen aquí?
— Mi amiga, Maribel, aquí presente, tuvo la grandiosa idea de montar la ofrenda primero y moverla después — señaló acusativo el azteca.
— Está bien, no fue la mejor idea, lo reconozco — Maribel puso una sonrisa tonta.
— Ah que cosas — los ojos de Ramón miraron con curiosidad aquel interesante altar.
— ¿Te puedo ofrecer un cachito de hojaldra? — de la nada, la mujer sacó una bandeja plateada con varios trozos de pan y la colocó frente a la cara del fortachón — Esta bien rica, pruébala, están a dos por treinta, o mejor cuatro por cincuenta.
— ¡Noooo, esas ofertas son para el dos de noviembre! — replicó su amigo.
— A caray, ¿a qué estamos?
— A treinta y uno.
— Ummm — Martín probó uno de los pedazos — 'ta mu gueno — reconoció masticando.
Maribel sonrió ante la expresión del fortachón.
— Es la receta de mi abuela, tiene esencia azahar, ralladura de naranja, mantequilla y mucho amor — aseguró la muerte.
— Aceite marca «amor» — completó Toledo.
— ¿Kiren...? — Ramón tragó — ¿Quieren que les ayude a mover el altar?
— Pues... ahora que lo dices, pareces un hombre fuerte — comentó la mujer.
— No solo lo parezco — afirmó el musculoso.
Martín flexionó ambos brazos al frente, acentuando sus músculos ante los ojos de la catrina. Como si fuera un desafío, Toledo se colocó frente a él e hizo lo mismo, como si midieran fuerzas. Haciendo unas poses más, ambos fueron imitando al otro, presumiendo sus músculos hasta que Maribel, dándole un zape al azteca, le obligó a comportarse.
— Deja de jugar, menso. Mejor aprovecha la ayuda de este buen hombre.
— 'Ta bien, 'ta bien. ¿Podrías tomarlo de ese lado, fortachón? Desde abajo y con cuidado para que no se desarme. Yo haré lo mismo desde aquí.
Ramón asintió y los dos, con toda la fuerza de sus músculos, levantaron la mesa sin ninguna dificultad y, despacio, lograron acomodarla en la entrada del callejón.
— Vaya, en verdad eres fuerte, fortachón — Toledo se acercó a Martín y le ofreció la mano.
— Fue sencillo porque tú también lo eres — expresó, estrechándosela.
— Hombres — Maribel girando los ojos, se acercó a Martín y le extendió una bolsa con cuatro hojaldras —. Toma, como agradecimiento.
— Gracias — Ramón sacó su cartera — ¿Cuánto es?
— No es nada, no te preocupes. — mencionó el azteca.
— ¿En verdad? Muchas gracias — Ramón, agradecido y emocionado, sorprendió al par con un fuerte abrazo, dejando que parte del maquillaje se le pegara a las mejillas.
Al separarse, Toledo estaba alegre mientras que Maribel, un poco ruborizada, se acomodó el tocado de rosas.
— Tengo que irme, pero espero que vendan mucho — Martín se despidió y siguió su camino contento.
Unos pasos más adelante, divisó a Raúl caminando a su casa.
— ¡Bro! — sin esperar que reaccionara, le embistió y, al abrazarlo, lo levantó en el aire, meciéndolo un par de veces antes de bajarlo de regreso al suelo.
— Me da gusto verte, campeón — expresó su amigo, riendo ante aquel saludo — ¿Y esa bolsa? ¿Por qué tienes los cachetes blancos?
— ¡Oh!, son unas hojaldras, me las dieron esas dos person...— Ramón giró el rostro y buscó con la mirada, pero no encontró a los disfrazados — ¿Qué? Estaban ahí, hace un segundo estaban ahí, no pudieron haber ido muy lejos, a menos que... — al reflexionar, sujetó a Raúl de los brazos con repentina seriedad — Bro, vi fantasmas.
— ¿Qué tú qué?
— Vi dos fantasmas, los ayudé a mover su altar y me regalaron hojaldras.
— Eh...
— Eso significa que este pan de muerto es especial — declaró Ramón sujetando la bolsa con las dos manos —, sí, eso debe ser, vamos a comerlo antes de que desaparezca.
Raúl apenas comprendía lo que su amigo decía, por lo que giró la mirada, vio del otro lado de la acera y encontró, justo donde su amigo no había buscado, a dos personas con disfraces de la temporada vendiendo hojaldras.
Don Mario acercó un cerillo a la veladora y la encendió. En la mesa, sobre un pequeño mantel blanco, estaba el retrato de su esposa, la madre de Ramón. El hombre la miraba con ternura y suspiró justo cuando Martín abrió la puerta de golpe, provocando que la mesa se cimbrara, haciendo que el retrato se tambaleara.
— Ya llegué, 'apá.
— Chamaco tosco — Don Mario expresó mientras sujetaba el retrato para evitar su caída —, ¿podrías intentar abrir la puerta como alguien normal?
— Ay 'apá, ni que fuera... ¡Oh! Cierto, hoy me topé con fantasmas y me regalaron hojaldras.
Sin decir nada más, Ramón dio a su padre una hojaldra directo en sus manos. Don Mario intentó comprender las palabras de su hijo y al ver a Raúl encogiéndose de hombros tras él, decidió no darles importancia.
— ¿Al menos les diste las gracias? — preguntó el padre.
— Ellos me las dieron.
El hombre suspiró, tomó una servilleta de tela y, con respeto, colocó la hojaldra cerca del retrato.
— ¡Oh! Quedó genial — Ramón tomó a Raúl por el cuello y con emoción le enseñó el altar —. Mira, bro, ella es mi 'amá.
Escapando de la llave, el hombre miró la foto, observando a la bella mujer, serena, tranquila, con una sonrisa idéntica a la que su amigo siempre mostraba.
— Se ve... muy joven.
— Sí, fue poco después de que Ramón cumpliera dieciocho, tuvo un infarto — Raúl escuchaba a Don Mario en silencio —. Una tarde dijo que se sentía muy cansada, que tenía mucho sueño, le dije que se acostara. Fui con ella, la tape, le di un beso en la frente y le dije que la amaba. — sus ojos empezaban a humedecerse —. Ya no despertó.
— Fueron tiempos muy difíciles — completó su hijo.
— Sí, pero la vida sigue y recordando cómo era ella, lo más probable es que se enojara si nos viera tristes por mucho tiempo — continuó Don Mario, tallando cualquier rastro de llanto en su mirada —. Con el tiempo uno se hace a la idea y aprende a vivir con el dolor.
Don Mario volteó a ver a Raúl, expresando una sonrisa serena.
— Disculpe, doctor, no lo he saludado — se acercó y estrechó la mano del hombre —, vamos a comer, hice un poco de arroz, guisado verde y unos frijolitos.
Don Mario partió hacia la cocina, mientras que Ramón permaneció un rato viendo la fotografía, su respiración era lenta, profunda, sin evitarlo, su semblante comenzó a entristecerse mientras el recuerdo comenzaba a morderle.
Viendo a su amigo absortó, antes de que en sus ojos se formará una lágrima, Raúl le pasó su mano por la espalda y le abrazó, sin decir nada, solo haciéndole compañía.
Ante aquel gesto, Martín tragó un nudo en su garganta y, por reflejo, inclinó la cabeza apoyándola sobre el hombro de su amigo, sin dejar de ver la foto con cariño, en silencio.
Con un par de platos en las manos, Don Mario salió de la cocina, observando la escena. Respiró hondo, encendió la radio, dejando que la sala se llenara con esa canción que tanto le gustaba a su esposa, recordándola, extrañándola, con la esperanza de que, quizá algún día se verían de nuevo.
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