Current Track: Blabb
KEYBOARD SHORTCUTS
Raúl y Ramón, exhaustos, salieron del gimnasio tras una cansada y satisfactoria rutina de espalda. 

— Bro, voy a dormir como piedra — celebró agotado el tigre, pasando con cariño su brazo por el cuello de su novio. 

— Estuvo intenso — coincidió haciendo cosquillas a Ramón para quitárselo de su espalda cansada. 

El par caminaba a casa, contentos, cuando vieron en la esquina a Pancho, el toro, de pie, bajo una farola, serio y pensativo. 

— ¡Pancho, qué gusto verte! ¿Cómo has estado? — saludó Ramón alegre. 

— ¿Eh? Ah, hola — apenas verlos, regresó su mirada al suelo.

— ¿Pasa algo? — Raúl se acercó lento, notando el corazón abrumado de Pancho. 

— Yo... — el toro resopló, sus orejas estaban caídas y su cola se movía triste — terminé con mi novia — Ramón levantó las cejas mientras Raúl gruñó de forma suave. 

El par logró convencer al bovino de ir a casa de Raúl, donde, comprando pan y sirviendo té, dejaron que Pancho descargara su corazón. 

— Ella y yo estuvimos comprometidos desde antes de que yo fuera agreste. De hecho, antes de la pandemia, pensábamos casarnos y tener hijos — explicó acariciando la taza humeante —. Cuando todo cerró por el covid, decidimos posponer el compromiso y poco después, enfermamos — recordó —. Seré sincero, al principio no le dimos mucha importancia y nos descuidamos mucho, pero un día, amanecimos muy cansados y con dificultades para respirar. Ella fue más fuerte y aguantó como toda una guerrera, pero yo, caí en cama, con los hospitales llenos, decidimos que lo mejor sería quedarme en casa y esperar lo mejor. Una noche, todo el cuerpo comenzó a quemarme, no podía respirar bien, incluso pensé que moriría. Ella se quedó a mi lado y me suplicó que no me fuera — Pancho esbozó una sonrisa triste —, me recordó que nos casaríamos y que tendríamos muchos hijos, que envejeceríamos juntos y que veríamos a nuestros nietos.  

Una lágrima cayó por la mejilla del toro hasta su brazo, Raúl se levantó y le acercó una servilleta, gesto que Pancho agradeció. 

— Viví, pero cambié. Me transformé en esto — con un ademán, el toro se señaló de la cabeza a los pies —. Lloré al pensar que ella me dejaría, pero para mi asombro, ella permaneció a mi lado, diciendo que mi corazón no había cambiado — Pancho tomó aire, cerró los ojos y exhaló lento —. Su familia, que antes me había querido, puso muchas trabas cuando me vió como agreste. Le pidieron que me dejara, pero, pese a todo, se mantuvo a mi lado. Al final, creo que ellos siempre tuvieron razón. 

El toro levantó al fin su taza y dio un trago largo. 

— Pero... si te amaba tanto, ¿por qué te dejó? — Ramón estaba confuso.

— Hijos... no podíamos tener hijos — reveló Pancho dejando mudos a Raúl y su novio —. Una vez, de novios, se rompió el condón y nos alarmamos — soltó con una ligera risa —. Esa vez su periodo se retrasó y pensamos que había quedado embarazada. Resultó ser una falsa alarma, pero, el evento nos unió más. En los últimos meses, consideramos la posibilidad y lo intentamos, varias veces, pero nada pasaba. Fuimos al doctor, nos hicimos pruebas, todo estaba bien con nosotros. Confundidos, fuimos con un experto agreste y fue ahí cuando lo descubrimos. 

— ¿Qué descubrieron? — Ramón estaba atento. 

— Agrestes y humanos no pueden tener hijos — dedujo Raúl sorprendiendo a Ramón. Pancho se limitó a asentir. 

El toro se recargó en el respaldo de la silla y estiró los brazos, dejándolos tras su nuca.  

— La relación se puso tensa desde entonces — reconoció el bovino —. Intentamos hacer muchas cosas juntos, salir más, viajar, entrar al gym, pero poco a poco, ella dejó de buscarme, abrazarme, tocarme. Dejamos de tener sexo y poco a poco comenzó a volverse irritable, distante, indiferente con todo, muchas veces discutíamos por nimiedades — suspiró con resignación —. Hoy pasé por ella para ir al gimnasio juntos, como lo hemos estado haciendo desde hace meses, pero cuando llegué a su casa dijo que ya no iría. Harto, tomé valor y le pregunté si quería dejarme de ver — el semental hizo una pausa —. Y así, tras cinco años de relación y un año soportando su indiferencia, todo acabó. 

Pancho estiró la mano, tomó una concha de chocolate y la mordió sin apetito ante la vista atenta del par. 

— Creo que fue lo mejor — pronunció el toro intentándose animar. 

— Era necesario — consideró Raúl, serio —. De haber seguido, la relación se hubiera tornado insoportable para los dos, aún más de lo que ya era. 

— No lo dudo — el bovino resopló y miró al par con una sonrisa forzada —. Intenté ir al gym, pero, no tengo ánimos. Lo voy a dejar. 

Ramón, haciendo gala de su especie, brincó cual resorte sorprendiendo a sus compañeros. 

— No digas eso, Pancho — con una convicción pocas veces vista, el tigre tomó al toro por los hombros —. Tú has mejorado muchísimo desde que entraste al gimnasio, bajaste bastante de peso y ya no tienes panza. 

Raúl y el toro escuchaban la pasión en la voz de Ramón. 

— Cuando iniciaste, apenas levantabas la pesa de cinco libras, y hace poco, he visto que cargabas dos discos de cuarenta y cinco. Te has hecho fuerte. 

— Bueno... creo que sí... — respondió Pancho un poco avergonzado. 

— ¿Crees? No lo creas, compruébalo.

Con torpe cuidado, Ramón tomó la playera del toro y asegurándose de no dañarla con los cuernos, se la quitó, dejando a la vista un torso robusto y fuerte. 

— Ven, mira, mira — Ramón jaló al confuso Pancho hasta un espejo amplio en la sala, dejando que se contemplara —. Cuando empezaste estabas más gordo, pero ahora, has perdido peso y has ganado músculo. Ella no lo hizo por ti, lo hiciste tú solo. Tú te esforzaste por mejorar mientras ella solo texteaba y veía videos en el gym. Levanta los brazos, saca el pecho y flexiona. 

Pancho confuso, lanzó una mirada a Raúl quien, levantando los pulgares, le animó a que lo hiciera. El toro posó y al hacerlo, sus bíceps y pectorales se marcaron, su cuerpo se había fortalecido con el trabajo duro y la constancia, percatándose de su progreso hasta en ese momento. 

— Si sigues esforzándote, podrás seguir mejorando, puliendo tu cuerpo, tu alma y tu corazón — animó Ramón quitándose la playera y posando con su amigo —. Pero si te detienes, jamás sabrás hasta donde habrías llegado, incluso, perderás todo lo que has logrado. 

— Eso es cierto — reconoció Raúl —, además, el ejercicio ayuda mucho en la liberación de endorfinas, permite distraer y despejar la mente, mejora la autoestima, para algunos da la oportunidad de socializar y sirve para canalizar emociones negativas — explicó el hombre acercándole su playera. 

— No lo niego, pero... — con cuidado, Pancho se puso su ropa — ir solo...

— Nunca has estado solo, siempre nos juntamos y entrenamos juntos — evidenció Ramón. 

— Muchos te saludan y entrenan contigo — secundó Raúl. 

Pancho guardó silencio al reconocer que lo que escuchaba era cierto. 

— Si tú lo crees necesario, toma un poco de tiempo para ti, para estar triste o llorar si lo necesitas — aconsejó el hombre. 

— Pero si te sientes bien, ve al gym, estaremos encantados de entrenar contigo y mejorar juntos, incluso podemos pasar por ti y así no llegarás solo — le animó el tigre con una energía contagiosa. 

Pancho miró al par, Ramón lleno de optimismo, Raúl con una tranquilizadora serenidad y, sin evitarlo, su corazón se enterneció y les sonrió. 

Durante el resto de la semana, los tres fueron al gimnasio y Ramón, con dedicación, enseñó, asesoró y aconsejó a Pancho en nuevos ejercicios tanto como pudo. Raúl participó indicando a Pancho los descansos necesarios, poses adecuadas y alimentación para complementar todo su esfuerzo. 

Si bien, el toro estuvo un tanto apagado los primeros días, al ver al par animándole y alentándole, ayudó mucho a su corazón, permitiéndole sobrellevar su tristeza de mejor manera.