Fierabrás, con tosquedad, condujo a Raúl a través de la carpa de circo, sujetándolo por un brazo, hasta una cortina divisoria. Al entrar, Navarro quedó sorprendido por el gran hombre de presencia imponente que lo esperaba. El que lo llevaba lo hizo sentar en una silla al centro de la improvisada estancia, y esposó al fortachón a los reposabrazos.
Fierabrás hizo una reverencia y se retiró a una señal de Spavento, dejando a un restringido y confuso Raúl en manos del líder de la troupe, que sin mediar palabra se acercó, la acción hizo que Navarro quisiese retroceder, pero sus restricciones se lo impidieron.
Sin mediar palabra, Spavento puso una mano en su hombro y, con firmeza, lo inclinó hacia adelante mientras le levantaba la playera hasta el cuello. Raúl sintió el tacto de las manos sobre su espalda, como si buscara algo, luego, con la misma fuerza, el capitán lo devolvió al respaldo del asiento, apartando la tela que cubría el pecho del fortachón, y posó su mano en el centro de su pecho, cerrando sus ojos y sintiendo el corazón de Navarro palpitar.
Serio, el capitán tomó aire y lo soltó al tiempo que retiraba las esposas que inmovilizaban a su invitado.
— He mandado pedir ropa a tu medida —Spavento señaló un montón de ropa sobre un sillón — Han pasado cosas que superan mi comprensión — reconoció —. Mientras más intento entender, más confuso resulta todo.
Raúl tomó las prendas, era un pantalón negro y una camisa blanca. Con la mirada, buscó un lugar o espacio para cambiarse, pero aquel recinto apenas tenía una mesa, un par de sillas y algunos cofres. Resignándose, se quitó los pantalones y la camisa, dejando su cuerpo al descubierto ante la mirada fija del capitán, que no le quitó los ojos de encima, reconociendo la musculatura del cuerpo del fortachón. Una vez listo, Spavento, con la mano, señaló la silla frente a él para que el fortachón tomara asiento.
— ¿Cómo te encuentras? Veo que has recuperado tu fuerza — reconoció —. Por lo que he escuchado, y puedo apreciar — informó Spavento —, una de las gemas fue introducida a tu cuerpo.
— ¿Qué? — respondió Raúl, incrédulo, palpándose el pecho —. Entonces, la piedra...
— Considerando el tiempo, ya ha de haber devorado tu corazón y suplantado su lugar, así como sus funciones — explicó el enmascarado.
Raúl sudó frío al sentir su corazón latir, apenas comprendía lo que el hombre le decía.
— ¿Cómo...? ¿Quién es usted?
— Capitano Spavento, lidero esta troupe, estás a salvo con nosotros, pero — advirtió —, si mis sospechas son verdad, nadie estará a salvo por mucho tiempo — explicaba sin que el fortachón comprendiera del todo —. ¿Sabes que elemento tiene tu corazón?
— ¿Elemento? — preguntó Raúl, no creía haber escuchado bien aquella pregunta.
— La gema, ¿por qué la tenías en primer lugar? — cuestionó el gran enmascarado.
— Yo..., la usé para despertar a alguien... — Navarro, sin evitarlo, recordó a Ramón, a don Mario, a Mauricio y el combate que tuvieron con Pierrot, poniéndose en alerta —. Tengo que regresar, me deben de estar buscando.
— ¿Quién? — sondeó el capitán sin inmutarse —, ¿tienen más gemas quizá?
— ¿Qué? No, solo tenía esta — aclaró el fortachón.
— ¿Cómo sabías que ayudaría a alguien? — interrogó Spavento, desconfiado.
— Yo, no lo sabía, solo... estaba desesperado — confesó Raúl.
El gran enmascarado se acercó y lo tomó por los hombros, Navarro, de nuevo, notó que no había amenaza en los movimientos de aquel desconocido, no obstante, sentía que los ojos penetrantes del hombre lo atravesaban.
— Parece que tus gestos son sinceros — concluyó el capitán —, o eres un excelente actor, o tienes una suerte pésima.
— ¿Qué está pasando? — intentó comprender el fortachón — No entiendo nada.
— Ni yo alcanzo a captar todo — respondió Spavento —, pero puedo darte un resumen, después de todo, tú eres el mayor implicado.
El capitán fue a una mesita en donde había una tetera y dos tazas, sirvió el té y le ofreció una a Raúl, que la tomó confuso, agradeciendo el gesto.
— Seré directo. Recibiste una herida de muerte cuando te enfrentaste a mi hijo, Pierrot. Según su informe, alguien, sin saberlo, acercó la gema a tu cuerpo y ésta, aprovechando la herida, tu muerte próxima y los deseos involucrados, aceptó tu ser y se unió a él. Esa es la parte fácil de entender — Spavento soltó una sola carcajada por la ironía, tras lo cual, recuperó su aplastante seriedad —. Ahora que la piedra está en tu cuerpo, ha reemplazado tu corazón, comenzando a bombear su poder a tus venas, poco a poco, tus habilidades y fortalezas se verán amplificadas por la piedra — Spavento fijó su mirada en su taza humeante —. Sabía que las gemas tenían poderes, pero verte vivo tras recibir una herida letal me asombra — confesó el capitán.
Raúl se quedó en silencio, apenas podía creer lo que escuchaba, pero el recuerdo de todo lo vivido, hasta antes del disparo, estaba más que presente.
— ¿Cómo llegué aquí?
— Por lo que tengo entendido, Pierrot y su socio agreste, Maximiliano Rentería, te trajeron después de que su misión principal se hubiera visto comprometida por... cierta amenaza.
— ¿Qué quieren de mí? ¿Me dejarán ir?
— Respondiendo tu última pregunta, sí, tu seguridad, así como tu vida, están garantizadas, además, si intentáramos quitarte la gema, tendríamos que arrancarte el corazón, y creo que eres más útil vivo que muerto — la brutal honestidad del imponente enmascarado perturbó al fortachón —. Como te comentaba, yo dirijo este grupo, pertenecemos a la antigua familia D'larte. Nos especializamos en... el espectáculo ambulante, por así decirlo — explicó Spavento, pensando cada una de sus palabras —, y, tal como habrás podido apreciar al enfrentar a mi hijo, somos bastantes talentosos en lo que hacemos. Por lo habitual, nos conformamos con el protagonismo que nos dan los reflectores, pero también sabemos ser tercos y espontáneos cuando el momento lo amerita — aseguró con una sonrisa burlona y confiada.
— Pierrot casi nos mata — declaró Raúl, entrecerrando los ojos, molesto.
— Pero nadie murió — le recordó el enmascarado —, además, él se exponía a lo mismo, por lo que, como padre de un hijo que pudo haber muerto, mi opinión está sesgada — el hombre dio un trago largo a su té, disfrutando del sabor de la manzanilla —. En todo caso, tu cooperación será vital para lo que se avecina.
— Sea lo que sea, no tengo interés en ayudarlos — contestó Navarro.
— Me malentiendes, no te estoy pidiendo ayuda — Spavento posó sus profundos ojos azules sobre Raúl —. Te estoy anticipando sobre lo que ocurrirá, incluso si te niegas, lo que pasará igual te alcanzará a ti y a los tuyos.
La declaración confundió a Raúl, pensó que se trataba de una amenaza, pero al ver el rostro de aquel hombre, solo encontró duda e intranquilidad, incluso una pizca de temor. Alguien se anunció tras la cortina y Fierabrás entró haciendo una reverencia.
— Jefe, perdone por interrumpirlo, pero creo que el alquimio ha llegado — reportó su hijo.
— ¿Crees?
— Ahhh, si lo ve, comprenderá de lo que hablo — intentó explicar, igual de confundido.
— Está bien, gracias, iremos a la carpa mayor al instante — respondió el capitán.
Fierabrás salió de la sala, Spavento se levantó del sillón y caminó hacia la cortina.
— Puedes irte si así lo deseas — retomó, ladeando la cara para que Raúl le escuchase —, pero quizá esta reunión sea de tu interés, al fin y al cabo, hablaremos sobre ti.
Raúl tragó saliva, se incorporó con poca dificultad, y siguió al padre enmascarado.
Al salir, Raúl se sorprendió al ver varias carpas de distintos colores colocadas alrededor, unas con otras. Gente, de ropas blancas y máscaras negras, iba y venía acomodando y llevando toda clase de cosas: sillas, cojines, palomitas, manzanas; incluso Raúl creyó escuchar algunos acordeones y cantos a lo lejos. Todos caminaban con prisa a la carpa mayor, intrigados, emocionados, como si un gran espectáculo fuera a pasar.
La carpa principal era enorme, tan solo la entrada era tres veces la altura de Spavento que, sin problema, medía poco más de dos metros. El blanco era usado como color base, donde el rojo, el amarillo y el azul, iban y venían salpicando combinaciones por aquí y por allá. El capitán entró y Raúl con él. En su interior, contrastando, reinaba la sombra, Navarro tuvo que ajustar sus ojos a la repentina opacidad, apenas disipada por una suave luz central colocada sobre una mesa.
Avanzando, el fortachón logró ver a personas ocupando las gradas alrededor de la pista, todas tenían puestas máscaras diversas, variando en formas y expresiones, por su posición, ellos serían el público.
Raúl se extrañó al ver que, en el centro de la pista principal, habían dispuesto una fina y grande mesa de madera, donde, alumbrado por un suave reflector, un alegre niño mecía sus piernas en una silla mientras comía un enorme helado, ajeno a su extraño entorno.
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