Griefer, el trol general de Ira, tenía la cara pegada a su celular, analizando de forma compulsiva las estadísticas de las fuerzas de los pecados. Al ver el número masivo de muertos, sonrió con malicia.
Las calamidades, por su parte, celebraban en una sala de descanso en Carabancel, con comida en exceso y alcohol en abundancia. Toda la prisión había sido modificada, adecuada y amueblada para complacer todos y cada uno de los caprichos de los pecados.
— ¡Brindo por nosotros! — celebró Gula levantando una botella de cerveza.
— ¡Por nosotros! — repitieron los otros cinco, alegres y victoriosos.
— Esto es innecesario — replicó Ira desde el altavoz —, deberíamos estar planeando nuestro siguiente movimiento.
— Relájate — pronunció lento Pereza, recostándose sobre un sillón —, hoy debemos celebrar.
— Estamos más cerca de tener el mundo en nuestros bolsillos — consideró Avaricia.
— Ya es de nosotros, solo necesita unos toques para hacerlo perfecto — retomó Envidia.
Soberbia, tras un largo trago de cerveza, posó sus ojos en el suelo, algo decaído.
— ¿Qué te pasa, fortachón? — Lusto se levantó y sentándose con Fiero, le abrazó con camaradería.
— Oh, no es nada, solo que... — el gorila volvió a beber — fue muy fácil — se lamentó.
— No te desanimes, verás que encontraremos a un digno oponente muy pronto — le animó el león —. Es más, ¿qué te parece si tú y yo tenemos un duelo en la cama ahora mismo? — propuso levantando las cejas.
Soberbia ladeó la cara y sonrió.
— No lo sé... — se hacía el difícil.
Lusto sonrió, dio un paso atrás y girando, cambió su atuendo a uno más provocativo, portando un leotardo de lucha grecorromana que dejaba ver dos enormes bultos, el de su trasero y el de su entrepierna. Soberbia resopló al ver el atractivo de su camarada.
— ¿Crees aguantar un round conmigo, fortachón? — tentó el león flexionando los brazos y marcando aún más su cuerpo.
Por respuesta, Fiero se puso de pie, tomó al león de la cintura y levantándolo sin esfuerzo, se lo llevó en su hombro, a su habitación, mientras los demás reían.
— Soberbia tiene razón — confirmó Pereza, dando un trago a una botella de tequila —. Quiero decir, fue divertido ver como los pequeños humanos querían detenernos, pero no hubo un reto en sí, ¿no creen? — El grupo asintió — Los portadores de gemas son entretenidos, eso sí — siguió el conejo —, pero eso es todo — los otros coincidieron, sentándose en los sofás mullidos —. A todo esto, ¿Qué vamos a hacer ahora? Las centrales de energía y de datos de Ira ya están listas y funcionando.
— Debemos finalizarlo todo, cualquier tipo de vida biológico e inferior a nosotros debe ser neutralizado — respondió Preter por unos altavoces que se habían instalado en cada habitación —, con el mundo entero para nosotros siete será suficiente.
— Lo siento, pero no concuerdo — refutó Avideco —, si no dejamos al menos un grupo lo bastante grande de humanos vivos, ¿quiénes nos servirán? ¿a quién torturaremos y haremos miserable su existencia? Sería demasiado aburrido.
Ira guardó silencio por unos segundos.
— He corrido cientos de simulaciones y en ninguna resulta adecuado o conveniente dejar vivas a esas criaturas — respondió la IA —. Como alternativa, puedo crear entes digitales, hologramas o inteligencias menores que puedan cubrir las mismas acciones o interacciones, simulando las que se tienen con seres vivos o pensantes.
Avaricia bufó, molesto.
— No puedes esperar que tomemos eso en serio — se burló el dragón de Komodo —, una cosa digital no tiene el mismo valor que algo real.
— Estás juzgando algo antes de siquiera probarlo, Avideco — refutó la voz digital.
De pronto, Griefer entró aventando la puerta, interrumpiendo la discusión de las calamidades.
— ¡Mi señor Ira, algo no marcha nada bien! — gritó desesperado —. ¡Según mis métricas, todavía hay un país que no ha sido doblegado del todo!
Al fondo de la habitación, varios ordenadores se encendieron, Preter mostró en las pantallas un mapamundi casi en su totalidad cubierto de color rojo, sin embargo, en América había una nación que permanecía con algunos lugares en blanco.
— Vaya, al fin pasa algo interesante — reconoció Gula, sonriente.
La IA procesó toda la información referente a la ubicación, razonando.
— ¿Alguien conoce el paradero de las gemas de Mersenne y Edison? — preguntó la IA.
— Quién sabe — Pereza se encogió de hombros, sonriente y haciéndose el despistado —, pero es probable que alguien las haya tomado, ¿no crees?
— ¡Eso fue imprudente, Baxter! — lo reprendió Ira, molesto —, ¡la existencia de esos objetos pone en peligro nuestro propósito!
— Para ser un ente artificial — consideró Envio —, tu miedo parece bastante real.
Acedio, Gluto y Avideco rieron ante el comentario del zorro.
— La prudencia siempre es buena, siempre y cuando no se abuse de ella — advirtió el jabalí con una copa de vino en sus manos —, es como la sal de la vida, pero, si tanto miedo te da esta situación, puedo mandar a Mantequilla y Margarina para que se encarguen.
Una alarma comenzó a sonar desde los ordenadores. Investigando, Griefer vio su celular y palideció.
— El área de defensa de una de las centrales acaba de ser vulnerada — informó.
— ¡No puede ser! — gritó Preter, irritado.
— Te preocupas demasiado, Ira — desestimó Gula, incorporándose del sofá y dirigiéndose a la puerta —. Disfruta del momento, deja que yo me encargue de esto.
La presa se elevaba unos sesenta metros sobre la explanada seca, la energía que producía con los generadores alimentaba una de las centrales de energía que Preter había tomado para sí, siendo resguardada por los generales de Gula que vigilaban su seguridad desde la corona. Mantequilla, sorprendido, sostenía el celular mientras contestaba la videollamada de Griefer.
— ¡Hay una vulneración en su perímetro! — advirtió el trol general de Ira.
— No es posible — dudó el hámster, extrañado —, toda nuestra legión está afuera, rodean la presa, sabríamos si algo quisiera meterse.
No había pasado ni un segundo cuando un rugido potente y un trueno rasgaron el cielo e hicieron temblar la tierra, los terraplenes que rodeaban la explanada soltaron rocas que rodaron hacia abajo. Los roedores sacudieron sus bigotes, sorprendidos.
El par salió de su cuarto de vigilancia y al buscar el ruido, quedaron desconcertados al ver a su legión de ratones y hámsteres avanzando hacia el agua de la presa, ahogándose, de nuevo el sonido surcó el aire, y más roedores se adentraron a su muerte, hundiéndose entre chillidos.
Mantequilla y Margarina alargaron la mirada y vieron a un par conocido aproximándose junto al nivel superior de la presa. Ramón y Raúl avanzaban decididos, dirigiendo como pastores la legión a su destrucción. Los generales blandieron sus utensilios de cocina, estaban furiosos por ver a sus tropas entorpecidas, por lo que, sin perder tiempo se lanzaron al ataque.
— Ahí vienen, bro — advirtió el tigre.
— Que vengan — sonrió el hombre, confiado.
Margarina se abalanzó contra Ramón, y Mantequilla agitó el cucharón para asestarle un golpe a Raúl, sin embargo, Navarro se adelantó y extendió el brazo, lanzando un potente rayo. Ambos roedores sintieron cómo la electricidad los envolvía, lanzándolos hacia atrás y rodando varios metros antes de detenerse. El tigre seguía rugiendo, mermando la legión cada vez más, aunque, sin los truenos de su novio, era menos la cantidad de ratones y hámsteres que se lanzaban al agua.
Entumidos, los generales se levantaron, Raúl se acercó con una mirada intimidante, pero antes de que pudiera lanzar otro rayo, los roedores comenzaron a correr en torno a él, lanzando especias al aire, Navarro sintió que sus ojos escocían, por lo que dio un fuerte aplauso y un trueno dispersó los polvos, al tiempo que Mantequilla y Margarina eran repelidos por la onda expansiva.
— Maldición, ¿de dónde sacó esos poderes? — exclamó el ratón sin ser escuchado por su compañero.
Con los oídos pitando, los generales se levantaron de nuevo de un salto, no obstante, Raúl avanzó otra vez hacia ellos haciéndolos dudar en atacar, pero detrás de su oponente vieron al tigre, que no paraba de rugir haciendo que sus pequeños soldaditos se ahogaran en la presa. Se miraron el uno al otro y pensando lo mismo, corrieron sincronizados hacia Ramón que estaba indefenso de espaldas a ellos.
— No lo permitiré.
Navarro extendiendo sus brazos a los lados, imbuyó sus manos en rayos y aplaudió, el ataque lanzó una vez más al ratón y al hámster por los aires, envueltos en electricidad, aturdidos por el trueno del usuario de la gema.
— Si seguimos así no podremos proteger la presa — se alarmó Margarina.
— Es mucho más fuerte que nosotros, nos matará — reconoció Mantequilla.
Los dos generales se levantaron otra vez, tenían las filipinas chamuscadas y sucias, sus bigotes y pelaje olían a quemado, además se encontraban achicharrados.
— Tenemos eso... — recordó Margarina, haciendo que Mantequilla lo volteara a ver sorprendido y emocionado —. Tenemos a Goliat.
— ¡Hagámoslo! — animó el hámster.
Los generales cambiaron sus armas por un par nuevo de utensilios, un cucharón y un sartén. Con gran coordinación, balancearon los masivos instrumentos y los chocaron entre sí, produciendo un sonido como de gong. Para la sorpresa de Ramón, cuando rugió otra vez la legión no se dirigió al agua, sino que cambió de dirección al instante y fueron hacia sus amos.
Desconcertados, el tigre y el hombre vieron cómo la inmensidad de ratas y hámsteres de la legión se amontonaban unas sobre otras en torno a ambos generales, creando una pila que se retorcía y crecía con un aspecto nauseabundo.
— ¡Bro, mira! — señaló el tigre, que se había reunido con su pareja al ver que los roedores se juntaban.
Desde la cima del montículo creciente, el montón de roedores formó un tentáculo que se alargó hasta apoyarse en la tierra, el centro de la pila de ratas y hámsteres comenzó a alzarse con la ayuda de esas extremidades, como si fueran brazos que ayudaran a levantar un cuerpo.
Raúl y Ramón miraban con asombro y miedo como el torso y las piernas del Goliat terminaron de formarse, tomando la apariencia de un hámster gigante con cabeza y cola de ratón, se elevaba a unos seis metros de altura y tenía músculos enormes que lo hacían más intimidante.
Navarro alzó la mano lanzando un rayo al centro del torso del monstruo, pero un agujero se abrió en éste antes de que la descarga impactara, dejando salir algunos ratones que volvieron a sus lugares cuando la electricidad hubo pasado por el hoyo. Ramón avanzó unos pasos, reunió todo el aire que pudo y soltó un rugido potente, no obstante, el Goliat se inclinó hacia adelante y también rugió, lanzando un coro de chillidos graves que encrespó el pelo del tigre e hizo que a Raúl le recorrieran escalofríos.
El Goliat lanzó un puño, luego otro y otro, con cada impacto el suelo retumbaba y dejaba cráteres, Raúl logró correr alrededor del monstruo mientras Ramón rugía de nuevo, esquivando otro ataque. Navarro lanzó un rayo al costado del coloso, pero el resultado fue el mismo y, antes de que pudiera hacer otra cosa, la cola del gigante lo golpeó tan fuerte que le sacó el aire y arrojó con fuerza hacia atrás.
Ramón enfureció y saltó hacia la cara del Goliat, sacando las garras para rasguñarle un ojo, pero a medio recorrido el gigante lo atrapó por las piernas y, aprovechando el impulso del felino, lo llevó hacia atrás y lo azotó contra el suelo con un sonido sordo, para después poner todo su peso sobre el tigre, aplastándolo y torturándolo.
Navarro se levantó, sintió los golpes ardiendo en su cuerpo, pero aún así avanzó, lanzando rayos contra la extremidad que apresaba a su novio, después de la tercera descarga, los ratones que conformaban el brazo se dispersaron, haciendo que el Goliat perdiera un poco de equilibrio, Raúl corrió hacia el felino, el pobre estaba apaleado, no obstante, vio que su pareja se ponía sobre él para intentar apartarlo del lugar, Ramón trató de respirar pero le costaba y no podía mover mucho el cuerpo.
Debido al los golpes, Raúl no consiguió mover mucho a su pareja, lo que el coloso aprovechó y, reconstruyendo su brazo con más ratones, empujó de nuevo. Esta vez Navarro protegió a su novio, sintiendo la presión en su espalda mientras ponía toda su fuerza en sus brazos para que no lo aplastaran contra Ramón. El tigre, preocupado, solo miraba el rostro de su novio lleno de dolor.
De pronto, el Goliat dejó de presionar, Raúl se incorporó y tomó aire, para después jalar a su novio de los brazos, pero el monstruo no se había retirado, sino que se incorporó y alzó una pierna, dejándola caer sobre el par. Navarro se dio la vuelta, aplaudiendo para liberar un trueno, sin logar mucho, ralentizando apenas el ataque un instante, lo que le dio tiempo a Ramón para levantarse y tirar de su novio con las pocas fuerzas que tenía. Ambos esquivaron por muy poco el pisotón del gigante.
— ¿Tienen miedo? — se burló el Goliat con una voz aterradora.
El gigante dio un paso adelante y volvió a levantar la pierna para aplastarlos.
— ¡Vete! — Raúl empujó al tigre, el cual logró mantenerse en pie con su cuerpo debilitado —. ¡Déjame y huye! — Navarro, con el cuerpo maltrecho, no sentía sus manos y sangraba de sus palmas y las rodillas.
Como respuesta, Ramón logró levantarle y, con su novio, intentó correr con él, esforzándose más allá de lo que podía.
— ¡Juntos! — logró gritar el tigre.
Pero Ramón dio un paso en falso y una piedra lo hizo tropezar, trastabillando solo lo suficiente como para que el pisotón del Goliat impactara a centímetros de sus cuerpos, el coloso rio de nuevo con aquel sonido inquietante y, por tercera vez, levantó la pierna sobre los novios caídos. Ramón y Raúl estaban agotados, respiraban con dificultad, sus extremidades no respondían, lo único que Navarro sentía era un tacto suave en su brazo, era la mano de su novio aferrándose a él, intentando levantarse. El Goliat bajó el pie, y su sombra los cubrió.
Antes de que hiciera contacto, la criatura se detuvo de golpe, había levantado la cabeza de ratón y miraba a la distancia. Una melodía llegó a los oídos de Raúl y Ramón, que también voltearon para ver llegar a Pierrot, acompañado de Rentería con el pelaje encrespado, apuntando a la bestia con su pistola.
Pierrot tocaba su flauta, con cada nota un nuevo grupo de ratones se desprendía del cuerpo del Goliat y se encaminaba al agua, ahogándose, el coloso rio otra vez, haciendo que Rentería echara las orejas hacia atrás.
— ¡Hey, ustedes dos! — le gritó el sabueso a la pareja — ¡Haremos tiempo para que salgan de ahí!
— ¡¿Cómo llegaron?! — preguntó aliviado el hombre.
— En avión, cortamos distancia en coche,
Raúl asintió, se había logrado levantar y ayudaba a Ramón a hacer lo mismo.
El Goliat dejó de intentar pisar al felino y al hombre, y se centró en el flautista, que iba reduciendo el número de roedores de a poco. El gigante lanzó un golpe que el enmascarado no tuvo problemas en evitar mientras seguía tocando su instrumento, Rentería disparó dos veces, y un montoncito de ratones cayó del cuerpo, incapaces de esquivar un proyectil tan rápido.
Navarro y el tigre, apoyados el uno en el otro, comenzaron a apartarse de la batalla caminando con prisa hasta las instalaciones.
— ¿Vendrán los demás? — preguntó Raúl al sabueso.
— ¡Lo dudo, pero mi amigo tiene gran talento tocando! ¡Vayan a la central! — el sabueso cambió el cartucho de la pistola —, nosotros nos encargaremos de esta plaga.
El par asintió, Navarro apenas pudo ayudar más a su novio, pues el tigre se puso a correr en dirección a la entrada de las instalaciones con una clara dificultad, pero no lo detuvo, sino que corrió tras él para entrar juntos a la planta de energía.
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