Raúl levantó de nuevo las pesas mientras sentía sus músculos llegar al fallo, detrás de él, sintió los poderosos brazos de Ramón ayudándolo a mantener el agarre mientras soltaba el peso, chocaron los puños cuando terminaron y se dirigieron a las duchas, usando una sola para ambos. Tras ayudarse a enjabonar, enjuagarse, secar y vestirse, salieron del gimnasio y se dirigieron a casa de Ramón, pasando por el parque en su camino. La tarde comenzaba a caer mientras la gente disfrutaba de su tiempo solos o en familia, disfrutando de un momento para ellos.
Raúl sentía sus bíceps cansados por todo el ejercicio, pero, al estar cerca de su novio, reunió energía y pasó su brazo sobre el hombro del felino, acariciándole. Iba a decirle cuánto le quería cuando Ramón orientó sus orejas hacia un punto detrás de ellos y giró el rostro, extrañado.
— ¿Qué ocurre? — preguntó Navarro, curioso.
Su pareja no tuvo que contestarle, de inmediato, escuchó lo que el tigre había oído; eran gritos, alaridos agónicos y escandalizados que se acercaban como una ola. El pelo de su novio se encrespó y el propio vello de Raúl se irguió causándole escalofríos al sentir que algo estaba mal, muy mal. La gente en el parque dejó de verse alegre y sus rostros se tornaron en miedo mientras que, los que estaban más lejos, comenzaban a correr en la dirección de los novios.
Las personas más cercanas a Navarro y el tigre comenzaron a huir también de lo desconocido, más confundidos que aterrados. Ramón tomó del brazo a Raúl instándolo a correr, pero el fortachón se resistió un momento, observando a lo lejos una horda de ratones y hámsteres que inundaba el parque, envolvía los edificios que rodeaban el lugar y daba chirridos agudos mientras arrasaba todo a su paso.
Antes de ceder a la fuerza de su novio que insistía en correr, Raúl vio con terror como los innumerables ratones devoraban piedras, coches y basura, al tiempo que los hámsteres se comían el pasto, los árboles, y a la gente que se quedaba atrás.
Al final del parque, dos oficiales de policía se detuvieron de golpe.
— ¡Por aquí, vayan al centro! — gritó uno.
— ¡No se detengan!, ¡corran, corran! — secundó su compañero.
La horda se acercó demasiado y el par, temeroso, subió a su patrulla cuando los roedores los alcanzaron, ellos intentaron manejar y atravesar aquella plaga, pero apenas hubieron avanzado unos metros, la ola de roedores logró hacer un agujero y en cuestión de segundos invadieron el coche. Entre gritos, los ratones consumieron su ropa y el vehículo, dejándolos desnudos en media calle.
Confundidos, los hombres permanecieron sobre el asfalto, con una mano cubriendo sus genitales cuando la ola de hámsteres se abalanzó sobre ellos, esta vez, el par exclamó de dolor, pero los clamores fueron breves ya que, en pocos segundos, la horda avanzó, dejando tras de sí, un par de esqueletos limpios.
Ramón, aterrorizado, jaló a Raúl del hombro con fuerza, obligándolo a girar y correr.
— ¡Vamos, bro, rápido! — insistía el tigre, sin soltarle del brazo.
— Voy, voy... — Navarro jadeaba con fuerza.
El par avanzó con prisa, pero el cansancio del gimnasio se hizo presente y en muy poco tiempo, se vieron rodeados por aquella masa peluda.
— Maldición — Raúl estaba angustiado, pero Ramón, mostrando valor, sacó los colmillos, gruñendo y tomando una actitud intimidante.
Para sorpresa del hombre, los roedores parecían evitar al felino, aún así Navarro rodeó varias veces a su novio intentando escapar de las embestidas de la masa de roedores hasta que entendió lo que pasaba.
— ¡Ramón, ruge!
— ¡¿Qué?! — preguntó el tigre, confundido.
— ¡Eres un gatote, ruge!
El tigre comprendió, asintió e inhaló todo el aire que pudo, soltándolo de golpe en un potente rugido que hizo temblar las ventanas de los edificios que rodeaban la zona. Al instante los ratones y los hámsteres comenzaron a dispersarse, siendo aterrados por el vozarrón de Ramón.
— Vaya que tienes pulmones — tras un árbol, un agreste ratón salió al encuentro del par, portando una filipina.
— Pero interrumpes nuestra misión — añadió un hámster, con el mismo uniforme, apareciendo detrás de ellos, acorralándolos.
— ¿Quiénes son ustedes? — replicó Raúl.
— Somos los generales del señor Gula, Mantequilla y Margarina — respondió el ratón.
— Y ustedes, serán el aperitivo — sentenció el hámster.
Ambos agrestes sacaron sus armas, un cucharón y una pala de cocina, los objetos medían casi lo mismo que sus cuerpos, pero los roedores los blandían con una maestría amenazante. Sin alguna advertencia atacaron a los novios, quienes, cruzando los brazos, soportaron un golpe directo.
— Son fuertes — reconoció Ramón, retrocediendo un poco.
— Pero nosotros lo somos más.
Sorprendiendo a su novio, Raúl tomó la iniciativa y atacó con fuerza a Margarina. El ratón se sorprendió al ver no solo resistencia, si no que su adversario le atacaba sin miedo, logró protegerse con su pala de un puño, de otro, pero fue lanzando contra el suelo por una potente patada.
Mantequilla quiso ayudar, pero fue Ramón quien, rugiendo, lo distrajo, ahuyentando a la horda de roedores que intentaba reunirse y, a la vez, lanzó con tal fuerza un puño que, aunque golpeó directo contra el cucharón, logró empujar hacia atrás al hámster.
De nuevo, la plaga de roedores intentó reagruparse, pero un potente rugido los hizo dispersarse.
— Son bastante fuertes — reconoció el ratón, sacudiendo su filipina.
— Tendremos que preparar algo único para ustedes — confabuló el hámster.
El ratón volvió a atacar a Raúl, el hombre estuvo listo para defenderse cuando, se percató que Margarina roció un polvo sobre su pala, y al golpearle, algo calló sobre sus ojos y sus brazos. Navarro lanzó una patada, el ratón retrocedió, el hombre intentó seguirle atacando, pero sus ojos comenzaron a arder y sus brazos a darle comezón.
— ¡¿Pero qué?! — el hombre se frotó los ojos, pero el dolor solo se intensifico.
— No es para tanto — se burló Margarina —. Solo es algo de cebolla y chile en polvo.
Sin darle piedad, el ratón sujetó con fuerza su arma y logró darle un golpe en el hombro al fortachón, después otro en la pierna, obligándolo a arrodillarse y uno más en su espalda, haciéndolo caer al suelo.
— ¡Raúl! — se alarmó su novio.
— No me olvides, minino.
Antes de que Ramón pudiera reaccionar, Margarina atacó, Ramón se defendió cruzando los brazos cuando, al impactar, del cucharón saltó un denso polvo blanco que al instante desató una nube espesa. El tigre, sin evitarlo, inhaló y al instante su garganta se resecó, haciéndolo toser con molestia una y otra y otra vez, congestionado, al grado de provocarle arcadas.
— Un poco de maicena y mucho pinole — reveló Mantequilla, victorioso.
Raúl se puso de pie y, aún con los ojos llorosos, logró acercarse a Ramón cuando un grupo de ratones se les acercó a toda velocidad. El tigre intentó rugir, pero la harina en su garganta se lo impidió, preocupado, Navarro, tallándose los ojos con dolor, comenzó a retroceder junto a Ramón.
Los sous chefs, complacidos chocaron los cinco, observando a sus rivales ser acorralados por sus tropas. Raúl, tras mucho lagrimear, buscó con la mirada algo que pudiera ayudarlos hasta que, a lo lejos, vió la fuente de agua del zócalo, tenía que lograr que Ramón rugiese, por lo que sujetó al felino por el hombro, señalándole el objetivo con la otra mano.
— Allá hay agua, ve, yo los distraeré — pidió Raúl que, aún con los ojos irritados, pudo notar la preocupación en su novio.
— No quiero dejarte... — replicó Ramón con voz rasposa.
— Bebe y ruge, moriremos si no lo haces — le advirtió Raúl.
Margarina y Mantequilla se quedaron confusos cuando vieron al felino comenzar a correr hacia la plaza del zócalo, lo siguieron con la mirada hasta que vieron a lo lejos la fuente de piedra. Comprendiendo, sus expresiones cambiaron a consternación y salieron disparados para impedirle llegar, no obstante, Navarro fue más rápido y, anticipando sus movimientos, se puso delante protegiendo al felino.
— Aquí estoy yo — desafió Raúl.
Los sous chefs, desesperados, lanzaron un golpe en conjunto que, para sorpresa de ambos, el musculoso hombre logró detener, atrapando el mango de las armas en sus manos. Con una potente sacudida, arrebató las armas de sus dueño y juntándolas, cual experto bateador, Raúl reunió toda su fuerza y antes de que los chefs pudieran arrojarle especias, lanzó un poderoso golpe horizontal que impactó en ambos roedores, mandándolos a volar una cuadra atrás.
Navarro estuvo a punto de celebrar, cuando la ola de roedores comenzó a acercarse a él.
Ramón llegó a la fuente, y vio al lado un puesto de aguas frescas abandonado.
— ¿Puedo tomar de esta mejor? — preguntó con la voz rasposa.
— ¡La que sea, da igual! — gritó Navarro mientras se reunía con el felino, intentando mantener al margen a la horda de roedores que los rodeaba otra vez lanzando golpes con la pala y el cucharón.
— Ojalá no me dé tifoidea — Ramón levantó la garrafa con agua de horchata y se la empinó con todo y hielos, mojándose todo el pecho al dar tragos enormes.
Raúl agitaba las armas, pero los continuos golpes y mordisquitos de la colonia de roedores las iban desgastando más y más, hasta que, tras un golpe, solo se quedó con el mango, pero justo a tiempo, su novio lo jaló hacia atrás y, tomando su lugar, el tigre lanzó un potente rugido enronquecido por el agua helada, haciendo retumbar el suelo y reverberando en la plaza, sonando con tal fuerza, que el mar de bigotes comenzó a dispersarse.
La pareja observó como la fuente, el parque, y las paredes de los edificios, se despejaban de los roedores que los cubrían, se miraron el uno al otro victoriosos, iban a celebrar cuando, rasgando el nuevo silencio, una especie de campana de catedral sonó. Raúl miró detrás, por donde los roedores se habían ido, y observó una densa neblina avanzar lenta hacia la plaza principal, el sonido se intensificó mientras la niebla se acercaba, hasta que vieron salir, de entre la cortina de incienso, a un agreste pastor inglés, que vestía una sotana mientras que en su mano se balanceaba un incensario dorado y redondo que también fungía como campana.
— Veo que están molestando a los generales del señor Gula — dijo el recién llegado con profunda voz —. Yo, Anhelo, general del señor Envidia, me encargaré de ustedes.
El perro permaneció quieto ante el tigre y el hombre, quienes, al otro lado de la fuente, consideraron atacarlo ya que solo era uno y no parecía que él fuese a atacar con especias, sin embargo, antes de siquiera decidirlo, Raúl y Navarro se quedaron fríos al escuchar un grito desgarrador, seguido de gemidos de agonía tras la cortina de incienso. Una ventisca sopló y la niebla se apartó un instante, dejando a la vista un espectáculo dantesco; eran hombres, mujeres y niños, humanos y agrestes por igual, que avanzaban a paso lento hacia el par, cada uno en un diferente estado de descomposición y sufrimiento, obligados a obedecer el toquido de la campana mientras eran pastoreados por Anhelo y su niebla.
Comprendiendo que la situación los superaba por mucho, Ramón tomó a su novio del brazo, jalándolo en dirección contraria, Raúl aceptó sin resistirse esta vez y corrió tan rápido como pudo para seguir al tigre. De reojo, vieron que algunas de las personas que habían logrado sobrevivir a la horda de roedores caían de rodillas, otras solo se quedaban de pie y lloraban, incapaces de emprender la huida por el paralizante terror que las invadía.
— Quizá podamos hacer algo... — consideró Raúl, viendo a la gente congelada de miedo.
— No — refutó Ramón, sin soltarlo ni dejar de avanzar —. Debemos encontrar un lugar seguro, ponernos a salvo.
Raúl consideró pelear, pero sabía que su novio tenía razón, la niebla envolvía todo y a las pocas personas que cubría eran consumidas entre gritos. Navarro estaba abrumado pensó en detenerse para ayudar, pero el felino lo jalaba con insistencia temiendo por la seguridad de su pareja.
Enfocados, avanzaron por las calles del vecindario, sin mirar atrás, hasta que los gritos y lamentos se opacaron en la distancia. Corrieron hasta que no pudieron más y, deteniéndose en una esquina, tomaron aire.
La noche comenzaba a caer y con ello, la visibilidad comenzaba a reducirse más y más mientras el cielo pasaba a tonos morados y azules.
Ramón respiraba con fuerza, con las manos en las rodillas cuando escuchó unos pequeños llantos temerosos. El tigre giró la cara y se dio cuenta que habían llegado a la esquina de un callejón donde, a pocos metros, escondidos tras una caja, unos tres cachorros agrestes sollozaban, temerosos, ninguno de ellos debía tener más de diez años.
Raúl escuchó los llantos, caminó hacia los cachorros y los miró aferrarse unos a otros, pero, un segundo sollozo le hizo explorar más, apartado de los cachorros, dentro de una pequeña caja, encontró a un diminuto tigre, aún con pañal, quizá de apenas unos meses, que había sido dejado de lado quizá porque no podía correr ni dejar de llorar, tenía la cara sucia y grandes lágrimas caían por sus suaves mejillas. Al ver el abandono del pequeño, Navarro sintió que se le rompía el corazón.
Raúl intentó acercarse al bebé tigre, pero este, al verlo, comenzó a lanzar pucheros más y más tristes, cubriéndose los ojos con sus pequeñas manos, desconsolado por no saber que pasaba ni porqué estaba ahí.
Ramón caminó hacia el tigrillo y con el corazón destrozado, se hincó delante de él.
— Hola, amiguito, mírame, soy como tú — saludó Ramón, con un nudo en la garganta, sonriéndole mientras le movía la cola —, no te preocupes, estamos aquí — por respuesta, el bebé le estiró los brazos y se soltó a llorar aun más.
El imponente tigre tomó al infante entre sus brazos, le abrazó, lo colocó en su cuello, se levantó y comenzó a mecerle para calmarle. Raúl contempló con amargura la escena, tres niños temían por su vida mientras que un bebé había sido abandonado a su suerte, como si eso no fuera suficiente, una campanada se escuchó a lo lejos.
Ramón y Raúl intercambiaron una mirada.
— No quiero que tú te arriesgues, bro — se sinceró al fin Ramón, sin dejar de abrazar al bebé —. Pero, yo ya no puedo ignorarlos.
Raúl escuchó otra campanada, regresó a la esquina y vió a lo lejos que la niebla que se acercaba.
— ¡Nosotros somos más fuertes, ayudémosles! — propuso Navarro.
— Hay que presumir lo que hemos logrado en el gimnasio — animó Ramón.
Raúl logró cargar al trio de niños mientras Ramón sujetó con fuerza el cuerpo y cabeza del bebé, así, el par avanzó lo más rápido que pudieron, cruzando calles, advirtiendo a la gente que buscara un lugar seguro o que escapara cuanto antes. La niebla avanzaba y, para su terror, a lo lejos comenzaron a escuchar más gritos y chillidos de roedores.
Avanzaban con prisa hasta que, delante de ellos, vieron a un par de personas, una loba y un hombre, discutiendo con preocupación mientras corrían al zócalo. Ramón y Raúl les gritaron para prevenirles y al verlos, el par abrió los ojos con alivio.
— ¡Gracias, gracias! — exclamó la loba llegando a su encuentro —, somos sus tutores, perdimos a estos niños cuando un grupo de roedores invadió la plaza — explicó.
— Estábamos en una excursión, somos del orfanato Urrieta, tuvimos un día de campo, pero la situación nos tomó por sorpresa — explicó el hombre tomando a los infantes de Raúl —, escapamos con los otros, pero estos se separaron del grupo.
— ¿Es su hijo? — preguntó la loba a Ramón.
— ¿Qué? No. ¿No es de ustedes? — preguntó el tigre, extrañado — Lo encontramos en un callejón, cerca de esos cachorros, estaba en una caja.
— No, apenas tenemos diez niños contando a estos, él no es de nosotros — la loba miró al bebé —. Pero si lo encontraron en un callejón, en una caja, pudo haber sido abandonado.
Una campanada alertó a Raúl y Ramón.
— ¿Podrían cuidarlo? Estar aquí no es seguro — preguntó Ramón dándole el bebé a la loba, que, al desprenderse de Ramón, volvió a llorar.
— Este no es el protocolo, pero, por favor, vengan después por él, estamos ubicados en la esquina de la calle Sahuaro, a un lado del centro comercial.
— Es a tres cuadras de aquí — retomó el hombre comenzando a alejarse.
— Si los ratones vuelven a rodearles, un rugido les ahuyentará — explicó Raúl.
— Intentaré ladrarles — aseguró la loba dándoles una tarjeta de presentación —. Por favor, no se olviden de este pequeño.
— Jamás, lo prometo — aseguró Ramón haciendo que Raúl sintiera una extraña calidez en su corazón.
La loba y el hombre se fueron antes de que, a lo lejos, una horda de roedores hiciera aparición. Furioso, Ramón tomó aire y lanzó un potente rugido que, haciendo eco entre las calles, ahuyentando a los roedores y dándoles tiempo suficiente a los tutores para escapar.
El tigre volvió a tomar aire y al rugir rugir, un tañido irrumpió su sonido, debilitándolo, evitando que las tropas de Gula se dispersaran. Preocupados, apenas lograron dar unos pasos, cuando, por la espalda, fueron sorprendidos por la niebla de Anhelo.
El tigre y el hombre retrocedieron, pero la nube los envolvía, apenas podían ver menos de un metro al frente, correr sería complicado, así que se prepararon para pelear. Surgiendo entre el humo blanco, un muerto viviente fue el primero en lanzarse al ataque, Raúl y Ramón golpearon y patearon con fuerza, repeliendo a los primeros enemigos, pero apenas se libraban de uno, otro y otro más aparecían para atacarlos, lanzando dentelladas y rasguños, gimiendo y pronunciando alaridos incoherentes.
Pese a su fuerza, Ramón y Raúl comenzaban a fatigarse, el gym, el encuentro con los chefs, su escape y cargar con los infantes les habían agotado, por si fuera poco, el número de muertos andantes era cada vez mayor y, para aumentar su desgracia, a lo lejos se oían los chillidos de la horda de roedores. Ramón se aseguró de rugir de vez en cuando, haciendo que una parte de los ratones y hámsteres retrocediera. Los novios intentaron encontrar un lugar seguro, pero, por la niebla, no veían a donde iban.
Tras unos minutos de intensa lucha, sus espaldas se encontraron con una pared de ladrillos, ellos habían retrocedido hasta unos altos edificios y no había más camino. Navarro derribó a dos no muertos con un golpe, obteniendo poco tiempo en lo que el siguiente grupo de zombis, aún más numeroso que los anteriores, llegaba a enfrentarlos.
— A este paso seremos presa fácil — consideró el hombre rechinando los dientes.
Raúl, considerando sus opciones y recordó el silbato que Spavento le había regalado, de inmediato lo sacó de su bolsillo y sopló. Ramón miró extrañado a su pareja, viéndolo soplar, mientras Navarro observaba a su alrededor esperando a que ocurriera algo o que llegara alguien, pero lo único que ocurrió fue que llamaron más la atención de los muertos, quienes se acercaron más y más. El tigre, haciendo caso a sus instintos felinos, tomó a Raúl y lo jaló hacia él.
— ¡Agárrate fuerte a mí! — le ordenó a Navarro.
Raúl paso sus fuertes brazos por el ancho cuello del tigre y, girando, Ramón se colocó a su novio en la espalda, sacó sus garras y con una fuerza única, comenzó a escalar la pared con rapidez y destreza. Navarro estaba asombrado por la hazaña, pero al poco tiempo se preocupó a ver que los brazos de su novio comenzaban a temblar y que resoplaba más y más.
— Te falta poco, fortachón — le animó Raúl viendo la terraza ya cerca —. ¡Ya casi, tú puedes!
Ramón jadeaba con dolor, sus brazos ardían y sus manos comenzaban a entumecerse, si seguía así caería, pero, gracias a las palabras de su novio, encontró un poco de fuerza y logró acercarse lo suficiente a la azotea para que Raúl, con un rápido movimiento, alcanzara el borde.
— Aguanta un poco, campeón — con prisa, Navarro se afianzó a la orilla y subió con esfuerzo, una vez seguro, giró de inmediato y sujetó el brazo de Ramón, quien estaba a nada de soltarse.
El par logró ponerse a salvo y se recostaron sobre la terraza, respirando con fuerza, fatigados, tomando un segundo en aquella noche nebulosa.
— Eso fue asombroso — Raúl escuchó la felicitación, levantó la cabeza y vio que delante de ellos, a unos metros, estaban los generales de Gula —. Tu amigo es muy fuerte — añadió Mantequilla.
— Quizá podamos usarlo como proteína — declaró Margarina mostrando sus bellos dientes blancos con malicia.
Ramón intentó levantarse a prisa, pero apenas logró arrodillarse antes de perder el equilibrio. Navarro, de inmediato se colocó frente a él, protegiéndolo.
— ¡No le pondrán ni un dedo encima! — declaró Raúl con voz potente, desconcertando a los roedores e impresionando a Ramón.
— Ese humano es muy molesto — declaró Anhelo.
Raúl apenas tuvo tiempo de girar la cara para ver al general perruno cuando una especie de cuerda sujetó su cuerpo, apresando sus brazos y parte de sus piernas. El pastor inglés, desde una distancia segura, había atrapado a Navarro, con una mano, con una especie de rosario, mientras que, en la otra, sostenía su incensario que no dejaba de repicar.
Ramón intentó incorporarse, pero su cuerpo había llegado al límite, aprovechando eso, Mantequilla y Margarina se acercaron amenazantes al tigre, sacando de entre sus ropas un salero y un pimentero, mientras se relamían los labios.
— ¡Ramón! — Raúl intentó ayudar a su amigo, pero Anhelo sujetó con fuerza el rosario, impidiéndole avanzar, pese a ello, el hombre usó toda su energía y logró dar un par de pasos.
— Sorprendente — reconoció Anhelo —. Tendré que sujetar tus pies entonces.
Anhelo sacó un segundo rosario y lo lanzó contra Raúl cuando una daga pasó frente a sus ojos, cortando la cuerda que le retenía, liberándolo.
Cayendo por delante de Ramón, Fierabrás apareció, dando un mortal hacia atrás antes de colocarse frente al tigre mientras malabareaba una daga.
— Disculpen la tardanza, pero parece que soy el único disponible, así que traje esto.
De un bolsillo interno, el enmascarado extrajo dos objetos brillantes y sin más, se los arrojó a Raúl, que los atrapó en el aire, reconociendo las gemas del trueno y el rayo. Navarro sintió al momento una gran energía que emanaba de las piedras y recorría su cuerpo.
— Hey, tu no estás invitado a nuestra cena — le reprochó Mantequilla.
— ¿En verdad crees que podrás hacernos frente, payaso? — se burló Margarina.
— Ah no, yo no lo haré, ratón — respondió el enmascarado con tono burlón, tras lo cual, señalando al fortachón —, él lo hará.
Apenas lograron girar la cara, cuando un potente rayo expulsó al par de roedores por los cielos, Anhelo miró sorprendido al hombre que había usado las gemas, sin perder tiempo hizo repicar su incensario, pero Raúl, extendiendo sus brazos a los lados, cargó sus palmas y aplaudió con todas sus fuerzas, provocando un potente trueno que repelió el sonido de la campana e hizo que la niebla retrocediera, haciendo retroceder a los muertos.
Anhelo soportó el impacto, pero, Navarro, sin darle tiempo a recuperarse, cruzó la distancia que le separaba con rapidez, cargó energía en su puño y lanzó un golpe directo al pecho del general, enviándolo lejos junto con un potente trueno que hizo cimbrar los edificios mientras dispersaba la niebla que cubría la calle y se llevaba a sus zombis con ella.
El tigre y el Fierabrás observaron a Raúl, boquiabiertos con el poder del fortachón, Ramón fue el primero en salir de su ensimismamiento.
— ¡Bien! ¡Bro! ¡Lo lograste! — exclamó el felino, que se acercó a su novio para celebrar.
Raúl no reaccionó, solo cayó de rodillas y se desplomó en el suelo, inconsciente. Preocupado, Ramón se lanzó hacia su novio, recogiéndolo en sus brazos y sacudiéndolo para intentar despertarlo.
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