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La luz del atardecer se veía impresionante desde la amplia terraza de una construcción en aparente abandono. A pesar de su vacío, Spavento había dispuesto una sala para exteriores, con tres sofás y una mesita en el centro, todo bajo una carpa color sepia. El imponente enmascarado, serio, tenso y pensativo, estaba sentado en uno de los sillones individuales, mientras que Estio, con una sonrisa de oreja a oreja, ocupaba el sofá más grande, jugueteando con sus pies sobre la mesita. Por un momento, la mirada del niño se dirigió al atardecer, apreciando el sol ocultándose detrás de unas montañas y pintando todo con una luz naranja que caracterizaba aquella hora mágica, incrementando su felicidad al admirar aquella bella estampa.

Momentos después, de una estrecha puerta lejana vieron llegar a dos individuos. Uno de ellos era un hombre corpulento, velludo, con una expresión de desconfianza y tensión marcada en su rostro. El otro, en contraste, mostraba un porte áspero, caminando con seguridad y determinación. A pesar de sus diferencias, compartían una característica particular: una cicatriz atravesaba uno de sus ojos.

El niño y el enmascarado, rápidos, se levantaron de los sillones. Con efusividad, Estio hizo un gesto para llamar su atención, mientras Spavento los observaba con detenimiento.

— Ya nos vieron. Además, somos los únicos en la terraza, no es nece...

— ¡Aquí! — gritó el niño, juguetón y feliz, ignorando las palabras del enmascarado.

El par, con una seriedad cálida, terminaron por acercarse al infante y al enmascarado.

— ¡Hola! — exclamó Estio, emocionado, saludando con la mano a los recién llegados con entusiasmo, para luego señalar a su acompañante — Él es Spavento — luego, presentó a los recién llegados —. Y ellos, son el coach: Iván Bronco, y Olivino, los custodios de las gemas. 

El enmascarado, con mirada analítica, extendió con firmeza la mano a ambos, siendo correspondida por cada uno. 

— Un placer conocerlos — se presentó el Spavento.

— El gusto es nuestro, aunque me preocupa tanta insistencia y misterio — confesó Bronco, serio, manteniendo fija su mirada curiosa en enmascarado —. Esa máscara es muy elegante.

— Gracias — mencionó serio, aunque halagado —. Tengo el conocimiento de que los cazadores también tienen buen gusto — el par se miró complacido.

— Les hablamos para alertarlos de algo que está pasando y que podría suceder en el mundo entero — exclamó el niño Estio, desvaneciendo su alegría y preocupando a sus invitados.

Tanto Estio como Spavento les explicaron a detalle todo lo que estaba pasando con las gemas, los pecados, los conflictos que habían tenido y, tras ponerlos al día, Olivino e Iván quedaron pensativos, compartiendo miradas preocupadas.

— Es por ello — retomó el enmascarado —, que quisiéramos pedirles su ayuda, y ver la posibilidad de que nos permitan tener en nuestras manos las gemas que ustedes tienen bajo su cuidado.

— Las gemas son mi responsabilidad — replicó Olivino a la defensiva, lo que llevó a Bronco a tomarlo del hombro. 

Girándolo suave, se miraron el uno al otro y compartieron un gesto que apaciguó a Olivino.

— ¿Son tan peligrosas esas calamidades? — cuestionó Bronco, volteando a ver al alquimio y al enmascarado.

— Peor de lo que creen — desde el bolsillo del pantalón de Bronco, en su celular, sonó una voz femenina en el altavoz. 

— Gema, ¿estás segura? — preguntó Olivino. 

Iván sacó su teléfono y lo colocó en medio de la mesa, ante la vista curiosa de sus invitados.  

— Todo lo que dijeron es verdad; de hecho, desde hace unas horas, registré en la red mensajes de auxilio de varias personas siendo atacadas, pero, apenas se publicaban, los textos eran borrados de inmediato.

— ¿Quién es ella? — cuestionó Spavento, curioso. 

— Gema, una inteligencia artificial muy lista — explicó Estio haciendo que Spavento levantara las cejas mientras asentía. 

— ¿Y si era un error o una broma? — consideró Iván — También es posible.

— Improbable, mejor dicho — interrumpió Gema desde la bocina del teléfono —. La cantidad de mensajes y la velocidad en la que fueron suprimidos de la red resulta demasiado sospechoso.

— ¿Sabes de dónde salieron esos mensajes? — cuestionó Estio, curioso.

— Intenté averiguar, sin éxito — respondió la IA desde el altavoz —. Aunque estoy segura que una amiga mía podrá hacerlo.

De repente, el celular de Olivino comenzó a sonar, recibiendo una videollamada. Al contestar, apareció una joven, delgada y apuesta, de pelo negro, ojos obscuros y lentes. Su nombre era Visto, y hablaba desde las instalaciones de PecariaCo, alegre y feliz de saludar al grupo.

— ¡Ey! ¿Qué tal? — exclamó a todos los presentes, siendo mostrados uno a uno por Olivino a través de la cámara — Oigan, tengo a Gema en la otra línea, me explicó que estaban reunidos y me pidió hacer un trabajo difícil. No sé qué con exactitud, pero lo haré en fa' — mencionó Visto, segura de sí.

De esa forma, todos vieron cómo la chica, con su conocimiento en tecnología, intercambió algunas palabras con Gema mientras lograban rastrear la IP de un mensaje desde una de sus computadoras de escritorio, una muy avanzada y sofisticada. 

Estio, curioso, miraba todo, mientras sacaba de su bolsillo una paleta de caramelo sabor cereza que se metió a la boca y comenzó a saborear, sin tardanza, sacó más paletitas y las repartió entre los presentes, quienes la aceptaron con gracia.

— Chicos... — pausó Visto, con un gesto preocupado, mientras seguía tecleando con rapidez — Alguien me está sacando del sistema, no me deja conectar, cada vez que intento acceder, me bloquea — reconoció sorprendida.

Con estrategia, Visto saca una laptop de una mochila cercana y, con rapidez, ejecutó varios programas, introduciendo comandos y ajustando códigos para superar el bloqueo, logrando así conectarse a una cámara local.

— ¡Listo! — gritó Visto con felicidad y satisfacción, para luego palidecer, confundiendo al grupo. De inmediato, compartió la pantalla de su laptop con ellos.

Las imágenes parecían provenir desde lo que parecía ser una cámara de monitoreo del clima, que, a pesar de la poca calidad, eran impactantes, dejando al grupo entero horrorizado. En la pantalla, se mostraban calles devastadas, edificios envueltos en humo negro, otros reducidos a escombros, autos destrozados y manchas de sangre por todas partes. No había ni una sola alma con vida; cuerpos yacían esparcidos por el pavimento y las aceras, algunos carbonizados e irreconocibles.

De repente, la señal comenzó a entrecortarse, hasta interrumpirse por completo, para después ponerse en un negro total. Después de un breve instante, la pantalla volvió a encenderse, devolviendo la imagen de Visto desde PecariaCo.

— ¿Qué sucedió? — cuestionó Olivino, extrañado y sorprendido al igual que todos los presentes.

— No estoy segura, pero ahorita lo arreglo — respondió Visto y, rápida, volvió a teclear en su laptop, hasta que una voz en la llamada la interrumpió, asustándola de repente.

— Fui yo — habló una voz pesada, distorsionada y artificial, entrelazándose desde los altavoces —, soy una de las siete calamidades, Ira — se presentó, inquietante, estremeciendo a Estio y Spavento —. No sé quiénes son ustedes, pero no debieron haber visto eso — pausó por un breve e incómodo momento —. Aunque, si tanto quieren participar, puedo jugar un poco con uste...

De golpe, la voz del intruso se cortó.

— ¿Y ahora? — preguntó Spavento, desconcertado.

— Desconecté la interferencia. Alguien hackeo nuestras comunicaciones — aclaró la voz de Gema —. Lo mejor será que se alejen de este lugar, de inmediato — advirtió con inusual urgencia.

— Gema tiene razón — coincidió Visto, preocupada —. Sea lo que sea esa cosa, tiene un gran dominio de la tecnología. 

De repente, la voz de la IA se cortó de golpe, inquietando a todos mientras el coach revisó su celular.

— No tengo señal — exclamó Bronco, extrañado, haciendo que Olivino revisara su propio teléfono.

— Yo tampoco — se dio cuenta.

Spavento, pensativo, giró la mirada y contempló el atardecer desde la terraza, dándose cuenta de un punto negro que se aproximaba con gran velocidad. Cuando aquel objeto estuvo más cerca, Estio entrecerró los ojos para darse cuenta de lo que era.

— ¡Es un dron! — exclamó emocionado, saludando con alegría a la cámara incorporada en el dispositivo. 

El resto del grupo apenas logró percatarse del arma debajo del artefacto, apuntando implacable hacia ellos.