— ¡Doc, que gusto verlo por aquí!
Con cariño, Don Mario tomó al fortachón de Raúl y lo estrujó con fuerza, haciéndolo sonreír. El par entró a la casa y cerró la puerta tras de sí.
— Un gusto saludarle, señor. Andaba de paso y vine a ver a... — pensó sus palabras — Ramón.
— Tú novio, dilo — Don Mario le picó las costillas.
— Vine a ver a mi novio, señor — se sonrojó Raúl sin ocultar la felicidad de tal declaración.
— Pues no está, salió a buscar chamba y avisó que regresaría tarde. Aún no ha tenido suerte — explicó el padre, cruzando los brazos un tanto preocupado.
— Comprendo, de hecho, justo quería hablar con él de eso — explicó —. He estado pensándolo mucho y como estos últimos días he tenido más trabajo y, poco a poco, mis clientes comienzan a superarme a tal punto que he tenido que posponer a algunos para atenderlos, por lo que, quisiera preguntarle a Ramón si quiere echarme una mano, yo lo capacitaría y enseñaría todo lo necesario, enseñándole el oficio y así entre los dos podríamos...
Raúl guardó silencio al notar que don Mario le miraba con ternura y satisfacción.
— Disculpa, es solo que me da gusto ver que te preocupas por él. Si algo llegara a pasarme, estaré tranquilo sabiendo que se queda en buenas manos.
— No diga eso, don, si usted sigue cuidando su alimentación y hace ejercicio, vivirá muchos años más — alentó el fortachón —, y si algo falla, tenemos cierta... piedrita — insinuó con complicidad.
Don Mario cambio su semblante por uno más reflexivo.
— ¿Tienes la gema contigo?
Por respuesta, Raúl sacó la piedra de entre sus ropas y se la dio a don Mario quien la miró con severidad. La gema era opaca, sin color definido y cabía en la mano del padre.
— ¿Debería devolverla? — preguntó el fortachón.
— No, no creo que sea buena idea. Según algunos rumores que escuché, están buscando la gema, quizá, lo mejor será esperar un poco a que todo se tranquilice, así nos evitaremos problemas. Incluso puede que ofrezcan alguna recompensa y ahí podríamos aprovechar para devolverla.
— Comprendo. Puede que sea lo mejor, porque, desde que la tengo, me he empezado a sentir raro.
— ¿Raro? — don Mario miró atento a Raúl — ¿Te has sentido enfermo o...?
— Oh, no. Nada de eso, solo que... — el musculoso intentó explicarse — cuando tengo la gema conmigo, me siento más despierto, más atento, más capaz. Todo se me hace más claro, simple, fácil de aprender — don Mario se llevó una mano al mentón, reflexionando aquellas palabras —. Sé que suena extraño, pero es como me he sentido.
— Comprendo — el padre se llevó una mano a la nuca y se rascó un poco —. ¿Has dicho algo de la gema a mi hijo?
— No. Nada. Creo es lo mejor.
— Coincido.
El par escuchó la puerta abrir y cerrarse tras ellos, después un sonido alegre y sorpresivo estalló antes de que, saltando como buen felino, Ramón Martín tacleó a Raúl y rodó con él en el suelo, lamiéndole la cara y ronroneándole entre risas.
— Bro, te quiero mucho — repetía mientras le estrujaba.
— Oye, no seas tosco, muchacho — regañó su padre —. Ya suéltalo o iré por la escoba.
— Pero a él le gusta — replicó el tigre.
— Lo que hagan en la cama no me interesa — el comentario hizo sonrojar al par de novios quienes, tras un fugaz beso, se ayudaron a levantar.
— ¿Qué tal te fue buscando trabajo? — preguntó Raúl.
— Pues... no muy bien — reconoció Ramón rascándose la barbilla —. Cuando ven que soy agreste, se notan desconfiados, preguntan si estoy vacunado, me entrevistan muy rápido y me dicen que me llamarán — explicó torciendo la boca al final.
— ¿Ya no tienes más entrevistas hoy? — cuestionó don Mario.
— No, 'apá. Ya no — suspiró con paciencia —. ¿Te quedas a cenar, bro?
— Con gusto, ¿quieren que traiga algo?
— Pues tengo algunos frijoles y tortillas — consideró don Mario.
— Puedo ir por algo de pan — propuso Raúl.
— Yo puedo hacer atole — añadió Ramón.
Así el menú quedó armado. Raúl avisó que regresaría rápido y salió de la casa a comprar. Fue a un par de tiendas, pero por la hora, el pan se había terminado, sin dudar, caminó por el parque, a un centro comercial, cuando presintió que lo seguían.
Al principio dudó, el parque estaba vacío y aunque algunas farolas lo alumbraban, la obscuridad reinaba en la zona. Avanzó unos pasos y notó un ruido cercano, siguió adelante y esta vez notó que un arbusto se movía, temiendo ser asaltado, comenzó a trotar cuando algo saltó y se interpuso en su camino.
— ¡Alto! Espera... ¿Raúl? ¿Qué diablos haces aquí?
Era el oso Mauricio, quien, con un semblante pálido y confundido, miraba al hombre asustado, tras lo cual, observó atento alrededor, como si esperara a alguien más.
— ¿Estás solo? ¿Viste a alguien más? — Mauricio se notaba nervioso.
— Mau, ¿por qué diablos saltaste de la nada? — se molestó el hombre — Pensé que me iban a asaltar — explicó calmándose —. Un segundo, ¿no ibas a regresar a trabajar? — recordó confuso.
El parque estaba vacío para frustración de Mauricio.
— Tú tienes la gema — declaro sin parpadear, dejando mudo a Raúl.
— Yo... no sé...
— No fue una pregunta — la actitud de Mauricio era tosca, casi agresiva —. Dame la gema, ¡rápido!
— Yo vine a ver a Ramón y a su padre.
Sin esperarlo, el oso abrió su garra y le tapó la boca al hombre, con miedo, mirando a su alrededor.
— Escúchame bien — declaró mirándole a los ojos con profunda seriedad —. Tienes contigo algo que escapa nuestra comprensión y gente muy peligrosa está detrás de esa piedra maldita. No solo te expones a ti, pones en peligro a quienes te rodean — la declaración sorprendió a Raúl —. Por lo que más quieras, dámela antes de que algo terrible ocurra. Te lo suplico.
La angustia del oso era palpable, por lo que, al momento, Raúl buscó entre sus ropas y de ellas sacó la gema para alivio de Mauricio.
— Gracias, gracias — declaró el oso con un inmenso alivio.
— Muy bien hecho, joven Mauricio, un trabajo impecable sin duda — pronunció una voz tras Raúl.
Raúl Navarro vió como el pelaje del oso se encrespó y sus orejas retrocedieron con miedo. Al girar, vió con preocupación a un hombre de máscara blanca con rombos negros en los ojos. Era Pierrot, quien sostenía en sus manos un dispositivo rectangular que emitía un sonido constante, el radar de Preter.
El oso arrancó la gema de las manos de Raúl, lo empujó hacia atrás, como indicándole que se fuera, y se acercó al enmascarado.
— Señor Pierrot, no era necesario que se molestara en venir — aseguró el oso con la vista en los zapatos negros y brillantes del enmascarado.
— Haría cualquier cosa por madame Mersenne — aclaró Francesco —. Después de todo, alguien debe asegurarse de que el trabajo se complete de forma correcta y eficiente.
— Agradezco su preocupación y, como verá, el radar funciona bien. Aquí está la gema, podemos irnos.
El oso dio la piedra al enmascarado y, con su enorme cuerpo, intentó hacer que Pierrot le acompañara lejos, pero Francesco permaneció inmóvil, viendo con atención a Raúl.
— Esta gema me fue arrebatada por alguien con un cuerpo muy parecido al tuyo — declaró Pierrot mirando con una seriedad aplastante al musculoso Navarro.
— El mundo es muy pequeño, señor — intenta explicar Mauricio, preocupado —, pudo haber sido otra persona. Lo mejor será irnos, no querrá hacer esperar a la jefa.
— Puede adelantarse, joven Mauricio — Pierrot dejó la gema y el radar en manos del oso y se encaminó a Raúl, alistando sus puños —. Yo me encargaré de no dejar ningún testigo.
— ¡¿Qué?! — exclamó el oso siendo empujado al lado por el enmascarado.
— Sí, por muy poco que represente, no podemos tomar ninguna clase de riesgo. Seré rápido.
Raúl, sorprendido, vió como Pierrot cerraba con gran velocidad la distancia que los separaba, inclinaba el cuerpo y lanzaba un puño. El fortachón apenas tuvo tiempo de cruzar los brazos para defenderse, siendo derribado hacia atrás por un potente golpe.
Navarro golpeó el concreto con su espalda, sus brazos estaban entumidos y apenas giraba para levantarse cuando Pierrot le tomó del cuello de la playera y alistó otro golpe cuando fue sujetado por la espalda.
— ¡Corre! — gritó el oso a Raúl mientras forcejeaba al retener a Pierrot.
Navarro se levantó con prisa cuando algo en el suelo llamó su atención, era la gema y el radar que el oso había dejado caer. En un segundo consideró dejar todo atrás y correr, pero, sintiendo que le llamaba, estiró la mano y escapó con todo y gema.
El hombre avanzó por el parque, confuso y lleno de adrenalina. Se detuvo a tomar aire en medio de la tenue obscuridad y, al recordar que había dejado a Mauricio atrás, se arrepintió de abandonarlo. Al dar un paso hacia atrás escuchó un sonido agudo y constante acercándose.
Bajo la débil luz de una farola, apareció Pierrot, con el radar en una mano y arrastrando el cuerpo inconsciente de Mauricio en la otra. El oso apenas gimió cuando soltaron su cuerpo sobre el césped, pese a la obscuridad, se notaba demasiado golpeado.
— Una lástima, era un buen empleado, por fortuna hay varios en lista de espera igual de capaces que él — despreció Pierrot al oso, tras lo cual, regresó su vista a Raúl —. La gema.
Navarro permaneció inmóvil. Comenzando a molestarse, Pierrot puso su pie sobre la espalda de Mauricio y enterró su talón, haciéndolo gemir de dolor.
— Dame la gema o este oso...
Pierrot levantó la cara a tiempo para recibir un golpe limpio en el rostro, después, otro conectó en su estómago y una patada en la cabeza lo hizo rodar al suelo. El enmascarado, gruñó de dolor, abriendo una y otra vez la boca mientras se levantaba.
— Aguarda aquí — sin perder tiempo, Raúl colocó a Mauricio junto a un árbol cercano.
— No... escapa... — logró decir el oso entre su dolor.
— Lo haremos cuando ese payaso ya no pueda levantarse — declaró Raúl regresando a la pelea.
Pierrot se puso de pie y miró a Raúl acercarse.
— Tienes la mano pesada — reconoció limpiándose un hilo de sangre de la boca —. Tú eres el ladrón del museo.
— Si te largas, te daré la gema. Solo déjanos en paz — pidió Raúl hablando con una voz profunda y pesada.
— Lo siento, pero mientras no tenga la certeza de que no hablarán de más, debo tomar todas las medidas necesarias para silenciarlos.
Pierrot metió una mano dentro de su traje y Raúl, preocupado, pensó que sacaría una pistola. De inmediato el hombre intentó tomar la iniciativa y atacar al enmascarado cuando notó que su enemigo sacaba una flauta.
— Terminemos con esto.
Una nota hizo que las piernas de Raúl fallaran, haciéndolo caer al suelo junto a una farola. Otra nota le atormentó a tal grado de hacerlo retorcerse del dolor. Navarro apenas logró sobreponerse y poner sus manos sobre sus orejas, aminorando el tormento, pero la sensación era tal que todo su cuerpo se sentía acalambrado, rígido y doloroso. El sonido era tan violento y pesado que la bombilla de la farola explotó por la vibración, dejando que la obscuridad los envolviera y, complacido, el enmascarado dejó de tocar.
— Asombroso, ¿verdad? Es un instrumento único, capaz de convertir el sonido en un arma. Bastante versátil si me lo preguntas — explicó Pierrot, pausando su tortura.
Raúl, mareado, adolorido y con un zumbido en sus oídos, intentó levantarse, sintiendo un hilo de sangre brotar por su nariz.
— ¿Para qué quieres la gema? — sosteniéndose del poste de la farola, Raúl logró ponerse de pie, intentando ganar tiempo, si Pierrot volvía a tocar esa maldita flauta, sería su fin.
— Madame Mersenne tiene grandes planes para la piedra, planes que escapan de nuestra comprensión, incluso de la mía — confuso, Pierrot consideró que había hablado de más —. Da igual, terminaré contigo.
Pierrot levantó la flauta. Raúl consideró atacar, pero su cuerpo apenas reaccionaba, busco algo a su alrededor algo que pudiera serle de utilidad, sin éxito, con él solo llevaba la gema y apenas podía estar de pie gracias al poste del cual se sujetaba.
El enmascarado tomó aire y tocó una nota, siendo sorprendido por un sonido metálico hueco, ruidoso, como el de una campana deforme. En su desesperación, Raúl tomó su gema y la hizo chocar contra el poste de metal, perturbando el sonido de la flauta.
Molesto, Pierrot hinchó sus pulmones y volvió a tocar. De nuevo, Raúl sujetó piedra y antes de que el sonido le golpeara, impactó la gema contra el poste de la farola, en esta ocasión, un sonido distinto, potente y afinado, cubrió por completo al de la flauta, desconcertando al enmascarado.
— Eso no fue ruido, fue una nota — consideró Pierrot mirando atento a Raúl.
Atento, Pierrot llevó el instrumento a sus labios y tocó, pero cada una de sus notas se perdía en las resonantes campanadas, librando a Raúl de todo daño.
— No sé como diablos haces eso — furioso, Francesco guardó su flauta —, pero si no mueres por mi música, morirás por mis manos.
El enmascarado corrió contra Raúl y éste, en un atisbo de lucidez, reconoció el ataque, era el mismo con el que lo había sorprendido al verle, por lo que, esperó a ver el puño aproximarse y, teniendo a su enemigo en posición, usó todas sus fuerzas y lanzó una patada que chocó de lleno contra la cara de Pierrot.
La fuerza del impacto hizo que Raúl cayera hacia atrás, al igual que el enmascarado.
Pierrot vió estrellas en el suelo y, con la nariz ensangrentada, se levantó furioso y se lanzó de vuelta contra su adversario. Raúl, arrodillado, fue tacleado por el enmascarado, el par rodó en el césped y tras forcejear, Pierrot perdió su saco, pero logró colocarse sobre el fortachón, dejando caer una serie de puños una y otra vez en su cara.
— Eres el primero que logra enojarme — reconoció Francesco mientras hacía girar la cara de Raúl con cada golpe, tiñendo sus puños de rojo, pero se detuvo, desconcertado, al ver a su oponente sonreír con los dientes bañados en sangre.
— Pesas menos de ciento cincuenta kilos — declaró Raúl con un ojo hinchado y el otro entrecerrado.
— ¿Qué? — para asombro de Pierrot, Raúl recogió las piernas y, cual pesa, levantó a Francesco con sus brazos y se lo quitó de encima, arrojándolo con brusquedad contra el suelo.
Cambiando papeles, Raúl se aseguró de pisar los hombros de Pierrot con sus rodillas y, vengativo, le dio el mismo trato, golpeando su rostro una y otra vez con una violencia y ferocidad idéntica a la de su atacante. Puño a puño, Francesco sintió su cara arder y adormecerse por el dolor, hasta que un golpe directo a su pómulo le rasgó la máscara, enfureciéndolo. Antes de recibir otro golpe, Francesco lanzó su cara hacia adelante, impactando el pecho de Raúl y quitándoselo de encima.
Los hombres, golpeados y ensangrentados, jadeaban, luchando por respirar al tiempo que tragaban la sangre que se acumulaba en sus bocas. Pese a que sus cuerpos suplicaban descanso, Pierrot logró levantarse primero, enardecido, furioso, con la máscara rota, cubierta de sangre y su camisa blanca manchada de verde pasto. Caminó hacia Raúl y con rencor le lanzó una patada en las costillas, haciéndolo retorcerse y gemir de dolor, otro golpe cayó en su estómago y uno más en su espalda.
Raúl intentó alejarse, pero el dolor de su cuerpo le impidió levantarse, terminando por arrastrarse hasta que el pie de Pierrot se enterró en su espalda, deteniéndole.
— Confirmo — Francesco jadeaba, la cabeza le punzaba y apenas podía soportar su dolor para estar de pie —, eres el primero que logra darme tantos problemas, pero esto acaba ahora.
El hombre de la máscara rota y ensangrentada, sacó de nuevo su flauta y soplando, sintió un agudo dolor atravesarle la espalda, deteniéndole en el acto. Mauricio, sangrando del hocico, había logrado levantarse y con sus garras, consiguió atravesar a Pierrot. Francesco logró dar un paso al frente, giró sobre sí y al instante, un feroz zarpazo le abrió el pecho en diagonal.
— Maldición — Pierrot se llevó las manos a la herida, notando que su sangre brotaba de forma alarmante, levantó la cara y al ver que Mauricio estaba dispuesto a todo por proteger a Raúl, no tuvo más opción que retirarse malherido.
En casa de Ramón, alguien tocaba la puerta con terquedad.
— Ya voy, ya voy — respondió el tigre, preocupado por la insistencia de los golpes y la tardanza de su novio.
Ramón Martín abrió la puerta y palideció al ver caer un par de cuerpos, golpeados y ensangrentados, reconociendo al instante a Mauricio y a Raúl.
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