Las calles del centro de la ciudad estaban repletas de gente: unos buscaban regalos de última hora, otros, los ingredientes finales para sus cenas. Todos se apresuraban, abarrotando tiendas y mercados, conscientes de que esa misma noche era Nochebuena.
La plazuela principal estaba decorada con adornos de Navidad, provocando emoción en las personas que tomaban fotos con cada arreglo.
Por ahí paseaba el ansioso Ramón que, con una mano rascándose la nuca, preocupado, meditaba qué podría hacer de cenar para su novio, tomando ideas de algunos puestos de comida cercanos que ya tenían comida preparada en exhibición, aunque no lograban darle la mejor opción.
El par de novios había quedado en pasar la noche juntos, ya que Mauricio aprovecharía para visitar a su familia, mientras que don Mario saldría y llegaría más tarde a casa.
Desesperado, el tigre llegó a un pequeño parque, donde había unas cuantas familias y personas solitarias disfrutando de su mañana.
Mientras seguía pensando, Ramón caminó sin rumbo fijo, logrando percibir un delicioso aroma que lo hizo olfatear de forma repetida y, siguiendo el rastro, se encontró a un jabalí, frente a una mesa de madera cubierta con un mantel de colores, colocando sobre ésta cuchillos, tenedores y cucharas. Sobre la madera reposaba una suculenta pierna de cerdo a la naranja, humeante, de corte exquisito y textura jugosa que despertó por completo su apetito. Junto a la pierna, reposaban un refractario con ensalada de manzana, pan de ajo horneado y un plato rebosante de espagueti a la boloñesa, cada uno emitiendo una fragancia irresistible.
Al terminar de poner la mesa, el jabalí notó la presencia curiosa de Ramón, acercándose a la comida, observando que olfateaba con antojo.
— Te gusta el aroma, ¿verdad? — preguntó Gluto con orgullo.
— Demasiado — respondió el muchachote sin dejar de admirar los platillos — ¿Usted hizo todo esto?
— ¡Por supuesto! — aseguró sacando el pecho.
El jabalí tomó una cuchara mediana, se acercó a su comida, tomando un poco de la pierna del cerdo y, con cuidado, se la entregó a Ramón.
— Toma, prueba. Es pierna a la naranja. Está caliente — advirtió Gluto, con una sonrisa.
El tigre tomó el cubierto con gracia, sopló con delicadeza sobre el humeante trozo de pierna y luego lo llevó con hambre a su boca. Un cosquilleo recorrió su paladar al probar el exquisito manjar, masticándolo con deleite y éxtasis, mientras el caldo aún se deslizaba de forma suave de ese pequeño pedazo tan tierno y sabroso.
— ¡Wow! ¡Esto está buenísimo! — exclamó antes de pasarse el bocado —¡Usted es un gran cocinero, sin duda! — reconoció Ramón.
Gluto se quedó desconcertado al escuchar el cumplido inesperado, como si el elogio hubiera detenido el tiempo a su alrededor. Su piel se enchino y un escalofrío cálido cruzó su cuerpo; por un momento, su corazón resonó con aquellas palabras sinceras que acababa de escuchar.
— Gracias... — se limitó a contestar.
— Sé que es mucho pedir, pero... — Ramón devolvió la cuchara a Gula — La verdad llevo rato buscando y pensando en qué hacer de cenar para esta noche y, quería preguntarle si... podría decirme cómo hizo todo eso tan delicioso — pidió, señalando los platos en la mesa.
— ¡Ey, ey, ey! — exclamó una voz coqueta, detrás del muchachote.
Al girar, se encontró con Lusto, risueño, con la cola erguida y moviéndose de forma lenta de un lado a otro, asechando con una mirada intensa a Ramón.
— ¿Cuántos suspiran por ti, fortachón? — preguntó, intentando avivar la lujuria del tigre.
— Nadie... — pausó Ramón, sonrojado al recordar a Raúl — Quizá sólo uno, mi novio — añadió, impresionando a Lusto con su respuesta inesperada —. Por eso quiero hacer algo buenísimo para la cena de Nochebuena, quiero que sea algo especial para él.
La cola de Lujuria descendió por completo; quedando perplejo al ver que no podía despertar el deseo sexual de Ramón.
— Lo amas, ¿verdad? — cuestionó el león, intentando comprender.
— Con todo mi ser — se sinceró el tigresote —. Aunque siento que debo esforzarme más. Quiero ser un buen novio, el mejor que haya tenido...
— Pues nosotros somos muy diestros en muchos temas — aseguró Fiero, orgulloso, llegando curioso tras de Ramón junto con los demás pecados, Acedio, Envio y Avideco, que habían regresado de pasear.
— Disculpen, no quería interrumpir nada — se apenó el tigre al darse cuenta que estaban en una reunión.
— Tranqui, no es nada, solo quisimos divertirnos un rato y conocer este lugar — aseguró Pereza con sosiego y su mirada al celular, atrapando monstruos en la pantalla.
— Este parque siempre es muy tranquilo; aunque es pequeño, a veces logra ser un refugio, por eso vengo cada que me siento mal, tengo un dilema, o estoy ansioso con algo — expresó el tigre, con calma —. Espero la pasen bien y, si gustan, puedo recomendarles otros lugares.
La declaración honesta y franca desconcertó a todos los pecados, dejándolos en un profundo silencio que Avideco se atrevió a romper al mirar los gestos y la sonrisa preocupada de Ramón.
— No suena mal — respondió —, aunque primero debes calmar un poco esa ansiedad que tienes.
— Oh... sí... — Ramón agachó las orejas — Lo que pasa es que no soy muy buen cocinero, por eso busco la mejor receta — mencionó el tigre con una gran sonrisa —. Ya teniéndola, estaré más tranquilo, se los aseguro.
Avideco, sorprendido por la simpleza del tigre, no pudo más que sonreír.
— Bueno, pues... lo más importante de todo, por supuesto, es la pierna — Gluto comenzó a dictar la receta a Ramón, con naturalidad y experiencia, mientras que el muchachote, rápido, sacó su celular para hacer apuntes en un app de notas —. Y necesitas naranjas; yo en lo particular le pongo ocho para que quede bien jugoso. Sólo no tires las rodajas, es muy importante y le da un mejor sabor al caldo. Además... — Ramón asentía mientras escuchaba atento las instrucciones de Gluto, quien terminó por darle y explicarle la receta completa.
— Muchas, muchas gracias, de verdad — mencionó el tigre demostrando su característica nobleza, guardando su celular y estrechándole las manos con enérgica gratitud.
— Tampoco olvides, muchacho, que no sólo la comida es lo más importante para conquistar a alguien — declaró Soberbia, firme, serio —, también lo es el mirarlo fijo a los ojos, tomarlo de la mano, decirle cuánto lo amas... ¡Pero, por favor, nada de estar encorvado como lo estás ahorita! — Ramón se colocó derecho, sonriendo apenado — ¡Eso, así! ¡Que vea la seguridad que tienes ante tus sentimientos!
— Porque esa misma seguridad se la tienes que contagiar a él — robó la palabra Envio — «Mejores son dos que uno (...) Porque si alguno de ellos cae, el otro puede levantarlo» — citó con los brazos extendidos, mirando al cielo, para luego dirigir sus ojos al tigresote —. Nada de celos, o de comportamientos tóxicos, dalo todo de ti y, si eso falla, podrás seguir adelante con un corazón tranquilo... Una relación no es ninguna batalla ni mucho menos una competencia, pero sí un refugio de complicidad. Siempre poniéndose en el lugar del otro y disfrutando todo lo que hagan.
— Pero con calma, grandulón — habló Pereza, aún con su atención al juego de su teléfono —, porque sí, la intensidad a veces gana, pero es mejor cuando todo nace poco a poco, con naturalidad y sin forzar nada, como una buena serie de televisión con un buen final — Ramón sonrió, recordando lo simple y sincero de su relación con Raúl, desde que se conocieron hasta ese momento.
— Y si las cosas se salen de control, hablen, escúchense, no pierdan la comunicación — mencionó Lusto —. Y el sexo, ¡uff, el buen sexo! Ese también ayuda demasiado, pero... como consejo, no lo utilicen como medio para resolver sus problemas, créeme, darse duro no lo arregla todo — pausó, considerando sus palabras —. O bueno, igual y puedes intentarlo, galán — provocó la risa de Ramón — Es más... — Lusto sacó del bolsillo trasero de su pantalón una tanga negra — Ten. Ya decía yo que por algo la debía sacar de casa. Te la regalo — se la entregó a Ramón, sonrojándolo — Y es nueva, eh — le guiñó el ojo, coqueto.
— Ve por todo y nunca olvides estos consejos, muchacho — expresó Avaricia —. El que sabe escuchar, consigue lo que se propone, así que da lo mejor de ti siempre, tigre. ¡Obtén tooodoo lo que deseas!
El tigre, sonriente y emocionado, miró a todos los pecados con sincera gratitud.
— No tengo palabras suficientes para agradecerles, de verdad — mencionó Ramón, entusiasmado —. Ahora debo irme, no quiero que se me haga tarde para hacer la cena.
Todos se despidieron de Ramón, cada uno con una ligera sonrisa y una sensación extraña en el pecho que nunca habían sentido.
El tigre no dejó de pensar en cada consejo que le dieron. Compró todo, los ingredientes, algunas flores y decorados de Navidad para su casa que, aunque ya estuviera adornada, quería hacerla lucir mejor.
Cocinó, adornó, se duchó y se vistió con una camisa ajustada, pantalón de vestir y zapatos bien lustrados; la noche lo había alcanzado. El comedor ya estaba bien puesto, con los cubiertos, la vajilla, la pierna de cerdo a la naranja en un platón, ensalada de manzana y una botella de jugo de arándanos en medio, acompañado de pequeñas flores nochebuenas en macetas adornadas.
De pronto, tocaron la puerta. Ramón corrió rápido, mientras se abotonaba la camisa por completo y, antes de abrir, enderezó su espalda, mejorando su porte. Ahora sí, seguro, abrió la puerta. Era Raúl, vestido con una camisa, pantalón de mezclilla y zapatos casuales, todo de negro. Ambos, al verse, hicieron una sonrisa de oreja a oreja para luego abrazarte, dándose un fuerte apretón, felices de verse.
— ¡Te ves muy guapo! — expresó el tigresote a Raúl.
— Tenía que verme bien, mi novio me dijo que me tenía una sorpresa — mencionó, para luego girar hacia el comedor y ver el decorado y festín que le esperaba, mientras que, sorprendido, volvió a mirar a Ramón — ¿Todo esto lo hiciste tú?
— Yo mero — alzó el pecho, sonriente —. Aunque debo aceptar que la cocina no es muy lo mío, creo que me quedó bien.
Raúl abrazó de nuevo a Ramón, feliz.
— ¡Pero pasa, pasa! — alentó Ramón para por fin iniciar su nochebuena.
Ambos tomaron asiento, Ramón sirvió un pedazo de pierna a Raúl, mientras que él servía en copas el jugo. Los dos degustaron la comida, un poco salada, pero exquisita para la velada especial que ambos estaban teniendo.
En medio de la cena, Ramón miró fijo a su novio que no paraba de comer, estaba extasiado con los platillos. Atreviéndose, el felino tomó la mano del muchachote, llamando su atención, su mirada mostraba un afecto profundo.
— Te amo, Raúl — se sinceró, deslumbrando a Navarro.
— Y yo a ti. Te amo, Ramón — respondió, acercándose para darse un profundo beso —. Y, por cierto, ¡esto está riquísimo!
El tigre se ruborizó, sintiéndose satisfecho por haber complacido a Raúl.
Al terminar la cena ambos se encaminaron a la sala, esperando a que dieran las doce para el abrazo de Navidad; faltaban algunos minutos. Ramón puso una película navideña y, a oscuras, se sentaron en el sofá para verla.
Ramón Martín se recargó en el pecho de Raúl mientras él lo abrazaba con fuerza; era un momento especial. De repente, el tigre puso su mano libre en la entrepierna de Navarro, ruborizándolo. Ramón comenzó a frotar poco a poco, caricias que despertaron el miembro de Raúl, haciendo que su virilidad se erectara.
El tigresote, también sintiendo la punzada en medio de sus piernas, se enderezó para mirar frente a frente a Raúl; sus ojos intensos el uno al otro, enamorados y excitados por completo.
— Vamos a mi cuarto — declaró Ramón, animado, asertivo, para luego levantarse rápido y extender su mano a un sorprendido Navarro que correspondió con gusto.
Sin apagar la televisión, ambos se dirigieron a la recámara de Ramón y, ya estando dentro, comenzaron a besarse de forma apasionada; conexiones profundas de boca con boca que los excitaban aún más y los hacían sentir plenos el uno con el otro.
Poco a poco empezaron a despojarse de sus ropas, deteniendo sus besos para admirar sus respectivos cuerpos cuando ya ninguno tenía la camisa puesta.
Cuando Ramón se quitó el pantalón, Raúl notó una peculiar tanga negra que llevaba puesta, sonriendo ante lo sensual que se veía.
— Es nueva — declaró el tigre, firme para luego carcajearse.
Ambos continuaron con los besos, Raúl también se quitó el pantalón, mostrando una tanga similar a la de Ramón, pero de color roja. Los dos volvieron a volvieron a reír, ruborizados.
Siguieron uniendo sus labios y lenguas, hasta que de fondo escucharon unas campanadas, provenientes de una iglesia cercana, unos cuantos gritos en las calles y fuegos artificiales estallando.
Ramón, feliz, con una sonrisa de oreja a oreja, miró el rostro de su novio, embelesado, tomando su cara con su mano grande y peluda.
— Feliz navidad, Raúl.
— Feliz navidad, Ramón.
Navarro, contento, abrazó con fuerza a Ramón, sintiendo el cuerpo del otro, dándose calor.
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