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Pues eso, nos vemos algún día de estos (cuando me decida a acabar el siguiente capítulo xD). Si alguien está de exámenes o los va a empezar ya, pues MUCHA SUERTE :D
Adéu!!
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P.D: Siento muchísimo no ponerlo en un cut, pero el ordenador está gilipollas y no me deja. Y como no quiero meterle una patada, pues me he dado por vencido.
14 — No hay castigos, sólo consecuencias
“Ni ha existido, ni existe ningún Brian Kinney en todos los EE.UU” decía de nuevo Emmet en su cabeza. Stephen dejó salir el humo por su boca mediante lo que era más bien un suspiro de impotencia. De nuevo, la luz al final del túnel se apagaba. No obstante, allí llevaba sentado en la mesa del comedor un buen rato intentando no darse por vencido y pensando qué probabilidad había de “inventarse” un nombre en una sesión de hipnosis, y que precisamente ninguno de los trescientos millones de ciudadanos estadounidenses tuviera ese nombre y apellido. Como mínimo aquella situación era sospechosa, pero ¿quién era, si de verdad había existido alguna vez, Brian Kinney? Pensó de nuevo en el reflejo de los espejos rotos de semanas atrás. Por primera vez sintió realmente miedo de sí mismo. Dentro de él se albergaba algo de lo que no sabía ni siquiera el nombre ni sus intenciones.
Podía oír cómo alguien a grandes zancadas y alzando la voz cruzaba el pasillo en dirección a la habitación donde él se encontraba. Michael abrió el ojo izquierdo y se tapó un poco la cara para ocultar la moradura que tenía en el pómulo derecho. Sabía quién era porque nadie hubiese entrado de aquella forma sin importarle estar en casa ajena.
— ¡Dios mío, Mikey! ¿Qué te ha pasado? — exclamó Debbie nada más abrir la puerta. Se sentó a su lado — ¿Quién ha sido el bestia que te ha hecho eso?
— No pude verle la cara — dijo Michael incorporándose poco a poco — No es nada, y no me han roto nada — se apresuró a contestar al ver la expresión de su madre.
— De milagro — añadió Ben, que los estaba observando desde la puerta, con un comentario que más bien parecía un reproche — Debbie, iba a hacer un poco de café para mi, ¿quieres un poco?
— Sí, gracias. Y perdona por haber entrado de esas formas en tu casa — contestó Debbie.
Ben se limitó a sonreír y salió de la habitación dejándolos solos.
— Lo veo tenso, ¿qué le pasa?
— Está enfadado conmigo porque no voy a denunciar — contestó Michael.
— ¿Por qué cojones no vas a hacerlo?
— Mamá, lo saben — susurró Michael.
— ¿Qué saben? ¿Quiénes? — preguntó Debbie extrañada.
— Ya sabes quiénes, ellos. Saben lo de Somerset.
La sonrisa de Debbie desapareció tornándose rígida como una piedra.
— ¿Estás totalmente seguro de que son ellos? Hace ya mucho tiempo de…
— Me dijo: debes pagar por lo que hiciste. ¿Quién puede ser sino? Y esta vez ha faltado muy poco — dijo Michael con la mirada ausente.
— ¿Qué le has dicho a Ben?
— Que alguien me había intentado atracar al cerrar el restaurante.
— Has hecho bien. Es mucho mejor así. Pero no entiendo por qué ahora.
Michael se quedó callado con la mirada perdida. De pronto en sus labios se dibujó una sonrisa nasal cínica.
— ¿De qué te ríes? — preguntó Debbie extrañada, pues parecía que Michael hubiese perdido la cordura por un momento, aquel rostro no era suyo.
— Creímos escapar, pero no sabíamos que alguien nos vigilaba de cerca y nos torturaba cada día… Tal vez muchos no lleguen nunca a saber lo que hicimos, pero nosotros sí y no nos podemos engañar a nosotros mismos. Y esa tortura se llama conciencia. Nos juzga y no nos absuelve nunca.
Debbie deslizó la mano por encima de la sábana hasta coger la de su hijo intentando reconfortarlo. Suspiró y apretó con fuerza.
— No te mereces este castigo. Es…
— ¿Injusto? — le interrumpió Michael — No existen los castigos, sólo las consecuencias.
Stephen caminaba cabizbajo observando la forma cuadriculada de las baldosas mientras el mismo pensamiento de siempre martilleaba su cabeza. Allá donde mirase, con quien se cruzase, con quien hablase veía historias. Y como todas las historias se dividían en tres partes: introducción, nudo y desenlace. Para las personas estas tres partes solían ser nacimiento, vida y muerte. Podía verlos como si fuesen libros, donde los años se contaban por hojas y los recuerdos por párrafos. La memoria era la tinta y la cubierta el cuerpo. Pensó que si tres partes forman una vida, ¿qué tenía él? Su libro estaba mutilado. Se había saltado la primera parte y la mitad de la segunda. Intentó recordar en vano su infancia, pero descubrió algo que ya sabía desde el principio, no puede hojear las páginas de un libro sin hojas. La pregunta era por qué éstas no estaban o quién y por qué las había arrancado.
— ¿Stephen?
Levantó la cabeza y vio a Justin de pie frente a la puerta de la clínica. Sin darse cuenta, absorto en sus reflexiones, había pasado de largo la entrada de la consulta.
— ¿Qué te pasa? — preguntó Justin frunciendo el ceño. No obstante, Stephen decidió como siempre no decir nada, le dio un beso en los labios — Va a salir bien. Lo he soñado.
— Los sueños no son garantía de nada. Son castillos en el aire — dijo Stephen.
— Si construyes castillos en el aire, no pierdes el tiempo, son allí donde deberían estar. Ahora es cuando debes construir los cimientos bajo él.
— Una casa no se empieza por el tejado.
— Sin intención, directamente no hay casa.
Stephen se lo quedó mirando sorprendido, pero más le sorprendió la sensación de sentirse afortunado en la más absoluta desdicha. Lo cogió de la mano y lo volvió a besar.
En cuestión de minutos Stephen estaba de nuevo tumbado en el diván. Antes de cerrar los ojos giró la cabeza para ver a Justin. Éste le sonrío muy levemente.
— ¿Stephen, preparado? — le dijo David.
— Sí — respondió cerrando los ojos.
— Quiero que vuelvas a una mañana cualquiera de hace ocho años aproximadamente, y que me cuentes qué ves, dónde estás, con quién hablas… Absolutamente todo. ¿De acuerdo, Stephen? — le dijo David después de relajarlo.
— Estoy… estoy en… el trabajo.
— Muy bien, Stephen. ¿En qué trabajas?
— Estoy en mi despacho. Estoy en Kinnetic.
— ¿Kinnetic? ¿Qué es eso?
— Mi empresa de publicidad.
— ¿Dónde tienes una empresa de publicidad?
— En Pittsburgh.
— ¿¿Qué?? — preguntó Daphne sobresaltada desde el otro lado del teléfono — ¿Qué cojones haces en Pittsburgh? ¿Desde cuándo estás allí?
— Bueno, acabo de llegar — respondió Justin mientras veía desde la cabina donde llamaba cómo Stephen sacaba el poco equipaje que llevaban del maletero — No fue nada planeado.
— No, tranquilo, si ya me doy cuenta que tú últimamente lo que se dice utilizar la cabeza de arriba la utilizas poco, de la de abajo estoy segura que estará más en forma… ¿Dónde vais a dormir? ¿En casa de tu madre?
— ¿Qué dices? ¿Estás loca? Hemos alquilado una habitación en un motel a las afueras de Pitts.
— ¿Y qué piensas hacer?
— Bueno, sabemos que trabajaba en un sitio llamado Kinnetic. Intentaré averiguar si realmente ha existido una empresa así.
— Estás loco… Ten cuidado, ¿eh? Llámame cuando sepas algo.
— Descuida. Un beso — se despidió Justin colgando el teléfono de la cabina.
Se giró y se quedó mirando cómo Stephen cerraba el maletero y le saludaba levantando un poco la cabeza. Justin le saludó con la mano y le hizo una señal para indicarle que en unos momentos iría a la habitación. Pensó en las palabras de Daphne: estás loco… En verdad le encantaba toda aquella situación, toda aquella improvisación, la adrenalina desenfrenada. Era como volver a la adolescencia cuando todo era improvisado y saboreaba cada momento de libertad nueva, sin tener que dar explicaciones. En cambio, antes de Stephen siempre las debía. Las locuras le estaban prohibidas, no se las podía permitir. Así que aquella decisión de casi irse con lo puesto a otra ciudad fue un acto de rebeldía, un puñetazo en la mesa plantándole cara a la rutina. Todos aquellos pensamientos le sonaron egoístas en su cabeza. Estaba allí para ayudarlo, y eso pensaba hacer. Se acercó a la habitación y le dijo a Stephen que se quedara allí, que él iba a saludar a su madre. Éste en un principio no se tomó muy bien que lo dejara solo, pero al final aceptó. No obstante, la idea de Justin no era ir a casa de su madre, sino ir a la biblioteca.
Cogió el coche para ir. Comenzaba a llover. De camino pasó por la avenida Liberty. Se paró en un semáforo en rojo y se quedó observando la calle. Barrio extraño y de mala fama. Antes era el barrio homosexual, pero había acabado siendo un barrio violento. Incluso hubo un año donde un incendio casi lo destroza por completo. Una verdadera ola de violencia. Muchas de las casas de alrededor parecían nuevas, pero se fijó en un edificio bajo de dos plantas. Estaba en ruinas: cristales rotos, ventanas oxidadas, repleto de grafitos… tal vez fuese fruto de aquel incendio desastroso. Creyó ver que a las puertas había una K grande, pero comenzaba a caer un aguacero y el parabrisas no daba abasto… El sonido del claxon del coche que tenía detrás le avisó de que el semáforo había cambiado a verde.
Afortunadamente, pudo dejar el coche cerca de la biblioteca porque iba sin paraguas. Nada más entrar le llegó ese olor a libro acompañado de unos susurros constantes casi inaudibles que tanto le agradaban.
— ¿Podría decirme dónde está la hemeroteca? — preguntó Justin al bibliotecario de la entrada.
— Primera planta, al final del pasillo de la derecha.
Albergaba la esperanza de que en la prensa local saliese el nombre de la empresa, ya fuese por alguna noticia o por algún anuncio de trabajo. Se sentó en uno de los ordenadores que había al fondo de la sala, muy cerca de la ventana. Comenzó probando por buscar por Brian Kinney, pero no tuvo resultado. Probó Brian Kinney y Kinnetic, pero tampoco. Empezó a probar todo lo posible: Kinnetic y Stephen, Stephen, Kinnetic, Mikey… No obstante, no encontró nada en absoluto. Decidió dejar el ordenador y empezar a hojear periódicos, pero se dio cuenta que no eran números muy viejos. Resopló cerrando el periódico que tenía en las manos porque su paciencia se empezaba a cansar. De repente se fijó en la portada y cayó en la cuenta. Los periódicos nunca proporcionan el nombre, sino las siglas. Dejó el periódico encima de la mesa y volvió al ordenador a probar suerte. Introdujo en la casilla de búsqueda: B. K. y Kinnetic. Y para su sorpresa se encontró con un recorte de prensa local, apenas un párrafo de siete líneas con una foto. Un periódico totalmente desconocido, Pitts News. Empezó a leer con avidez el titular. Poco a poco, sus ojos se abrían más y más debido a la más que inesperada noticia. Línea a línea, sentía un escalofrío de pies a cabeza. Comenzó a negar con la cabeza, no podía ser. Era imposible. En la foto salía Stephen intentando taparse la cara con una chaqueta mientras dos agentes lo metían en el coche de policía. Volvió a leer el título, pero esta vez en voz baja intentando asimilarlo.
— B. K., propietario de Kinnetic, acusado del asesinato de su esposa.
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Comments
Bss
Un abrazo ^^
Besitos