18 — El jardín de los secretos
Justin colgó el teléfono móvil y siguió mirando a través de la ventana del coche cómo el Sol se escondía y volvía a aparecer tras las copas de los árboles de forma intermitente. Las piernas, ya doloridas de no moverlas, empezaron a dormírsele. Fue entonces cuando vio el cartel que le avisaba que Somerset estaba en la siguiente salida. Con mala cara empezó a preguntarse el por qué estaba él allí, aguantando un viaje de tantas horas en coche. Se giró y vio que Stephen, que miraba la carretera a través de sus gafas de sol de piloto y cristal oscuro, conducía el coche y fingía no haberse dado cuenta que lo observaba. Justin simplemente sonrió, contestándose a su pregunta.
— ¿Quién era? — preguntó Stephen sacándolo de sus pensamientos.
— Allison.
— ¿Qué quería?
— Me recuerda que tengo un trabajo al que volver. Le he dicho que mi madre está enferma y cuando se recupere, volveré.
Esa pequeña conversación se cortó de repente y dio paso al silencio en el que habían estado durante el viaje. Ambos lo necesitaban para pensar qué demonios hacían siguiendo a unos desconocidos, supuestamente conocidos, a través de dos estados hasta un pueblo llamado Somerset. Pensándolo fríamente no parecía lo más sensato, y a Stephen no le gustaba la situación, siempre un paso por detrás, sujeto por las riendas y no llevándolas.
Emmet ojeaba los pantalones de la tienda simplemente por curiosidad más que por necesidad, porque hacía un par de días que se había comprado dos pares. Empezó a sentirse incómodo por la presencia de varias dependientas que estaban pendientes al mínimo detalle de lo que hiciese o pudiese hacer. Suspiró. Se dio media vuelta y emprendió el camino a la salida. Pero en su camino se topó con una, que estaba de pie al lado de un stand de color rojo, que le sugirió probarse una nueva colonia. La primera reacción de Emmet fue intentar obviarla, pero ésta le asió de la mano derecha. Intentó zafarse, pero notó algo en las manos. Era una pequeña nota. Simplemente ponía, probadores. La chica le sonrió y con la cabeza se los señaló. Una pequeña puerta de madera, con un cartel donde se leía “probadores”, se encontraba camuflada tras un mostrador que tenía en su superficie varias cajas apiladas en vertical. Su primer reflejo fue mirar a todos lados, y después sentirse incómodamente observado. Hizo el amago de querer salir, pero la chica de nuevo le cogió de la mano y le volvió a sonreír. Decidió, por tanto, que no tenía otra que ir hacia ellos. A paso lento y dejando atrás a la dependienta, que comenzaba a atender a una mujer mayor, enfiló hacia los vestidores. Giró el pomo y sacó la cabeza para ver el pasillo vacío. Al no escuchar nada dedujo que no había nadie. Todas las puertas estaban cerradas, excepto una de las del fondo. Estaba entreabierta. Emmet frunció el ceño extrañado. Cuando decidió darse media vuelta se dio cuenta que las piernas le habían traicionado, y éstas habían dado ya un par de pasos en dirección a aquella puerta, la curiosidad pudo con él. En su camino fue abriendo lentamente las puertas que le quedaban a la izquierda y a la derecha, pero no encontró a nadie. Justo cuando su mano tocó el pomo la puerta se abrió de repente y una sombra lo agarró metiéndolo dentro. Para su sorpresa era Drew. La primera reacción de Emmet fue abrir la boca para quejarse, pero Drew poniéndose el dedo en la boca le pidió que callara.
— ¿Qué cojones haces? — susurró Emmet.
— Te están siguiendo.
— ¿Quién?
— No lo sé, pero a mi también. Por eso estos días no he podido hablar contigo.
— ¿Pero por qué…
— No lo sé. Sólo sé que nos persiguen y creo que está relacionado con tu amigo Stephen. Supongo que lo estarán buscando también. Habrá que avisarlo — dijo Drew mientras abría la puerta para salir — Debemos irnos los tres de la ciudad.
— Él ya no está en la ciudad — contestó Emmet con la mirada ausente intentando comprender el personaje de fugitivo que parecía tener que encarnar de ahora en adelante.
Abrieron la puerta del almacén, que estaba justo al lado. Estaba oscuro, pero Drew sacó una linterna.
— Te llevan siguiendo un par de días. De hecho, han entrado en tu casa.
— ¿Y tú qué has hecho?
— Conseguí darles esquinazo con el coche. No son muchos, sólo dos, pero son muy buenos. Ahora mismo están aparcados delante de la tienda. En unos minutos al no verte salir entrarán, y será cuando nosotros saldremos.
— ¿Y cómo sabrás cuándo…
No pudo terminar la frase Emmet porque oyó que las puertas de los probadores estaban siendo abiertas una a una. Drew lo cogió de la mano, abrió la puerta del almacén que daba al exterior y lo arrastró corriendo para salir al callejón, zona de carga y descarga de la tienda. Al salir corriendo Emmet casi acaba tropezando con el maletero del coche de Drew, aparcado a unos metros de la puerta del almacén. Nada más subir, Drew pisó a fondo el acelerador saliendo el coche disparado a la calle trasera de la tienda, donde no estaba el coche de sus perseguidores. Emmet no pudo evitar mirar por el retrovisor y vio ya a lo lejos como dos hombres enfundados en esmóquines negros salían por la puerta y se los quedaban mirando.
— ¿Cómo cojones sabías dónde estaba? ¿Cómo sabían… — preguntó Emmet nervioso y aliviado a la vez de haberse librado de aquella situación.
— Emmet, no te ofendas, pero eres bastante predecible — sonrió Drew para después pasarle la mano por la pierna.
Emmet haciéndose el ofendido se limitó a no contestar. Además el verse inmerso en una persecución consiguió por primera vez en su vida controlar sus ganas imperiosas de hablar constantemente.
— Bueno, tú dirás. ¿Dónde vamos? — preguntó Drew.
Emmet tragó saliva antes de contestar.
— A buscar respuestas: Pittsburgh, donde se encuentra el responsable de todo esto.
La casa de Vic Grassi tenía dos plantas. El porche, totalmente pintado de blanco al igual que la casa, tenía un par de sillas y un pequeño columpio. El jardín estaba totalmente descuidado: hierba alta, hojas sin recoger... Se notaba que hacía tiempo que la casa estaba deshabitada. Por lo que les habían contado, Vic Grassi era el hermano de Debb. Los acogió cuando estalló todo aquello y Pittsburgh se convirtió en un sitio muy peligroso. Tenía el sida y hacía tan sólo un año que había muerto.
— ¿Qué hacemos aquí? — preguntó Stephen a los demás nada más bajar del coche.
— Encontrar alguna señal — respondió Debb mientras entraba al jardín y apartaba con el pie la hierba alta.
— ¿Qué? ¿Una señal? ¿Vamos a esperar que caiga un meteorito o algo así? — preguntó con una sonrisa cínica Stephen.
Debb le contestó con un mirada fría.
— Tenemos que darnos prisa — dijo Michael
— ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo tenemos? — preguntó Ben.
— Aproximadamente anochecerá en una hora — respondió Michael mientras miraba el cielo — y más nos vale no estar aquí cuando eso ocurra. Contamos con el factor sorpresa, no nos esperan. Además suelen actuar de noche, la oscuridad les beneficia. Así que démonos prisa antes de que los vecinos sospechen algo.
— ¿Pero qué buscamos exactamente? — preguntó Justin.
— Alguna señal en el suelo, una marca, algo que sobresalga…
— ¿Está enterrado?
— Sí. Así que id con cuidado de no remover la tierra — dijo Michael finalmente para después darse la vuelta y ponerse a rebuscar entre la alta hierba.
Se dispersaron por el jardín, que rodeaba toda la casa, para abarcar más espacio y no desperdiciar tiempo. Justin se fue justo detrás de la casa. Iba andando y ponía todos sus sentidos en notar qué pisaba y cómo era, y de vez en cuando con el zapato apartaba la hierba. Detrás de la casa había un par de árboles y una manguera azul que colgaba de una estaca de las vallas, la mayoría de éstas totalmente devoradas por los arbustos que había crecido junto a ellas. Al pie de los árboles todo un manto marrón de hojas cubría el suelo. Iba a ser difícil encontrar algo en ese jardín tan silvestre en tan poco tiempo. Enfiló hacia la manguera por simple curiosidad, pero al dar dos pasos el pie se le hundió en la tierra, hasta la rodilla. Aquello lo desestabilizó haciéndolo caer hacia un lado. Al chocar su cuerpo con el suelo, éste hizo ceder el suelo de alrededor provocándole un dolor agudo en el costado. Su quejido alertó al resto que se apresuraron a llegar para ver qué había ocurrido. Lo encontraron tumbado dentro de una zanja rectangular, cuyas dimensiones casi coincidían con la anchura y altura de Justin. Justin se incorporó y al verse dónde estaba metido sintió un escalofrío.
— ¿Esto es lo que buscábamos? ¡Aquí no hay nada! — preguntó Stephen, como siempre cegado por la impaciencia, que parecía no entender lo que los demás habían captado al momento.
— ¿Esto es… — preguntó Justin a Debb y Michael que tenían el rostro pálido.
— Una tumba — respondió Debb con la mirada ausente.
— ¿Quién estaba aquí enterrado? — preguntó Ben.
Debb se quedó mirando a Michael por unos segundos, dudando sobre su respuesta.
— Mi hermano, Vic Grassi.
— ¿Pero dónde está…
— Una muy buena pregunta…
— Vayámonos. Ya lo he encontrado — dijo Michael señalando una pequeña caja metálica en su mano derecha — Está anocheciendo.
Decidieron irse a un motel que estaba en la carretera de camino a Stanford. No era muy seguro quedarse en Somerset. Era bastante pequeño, unas diez habitaciones que se encontraban en dos filas de casitas a pie de calle, separadas de la casa de recepción, que se encontraba justo a la entrada.
Justin se lió la toalla a la altura de la cintura al salir de la ducha y vio que Stephen estaba sentado en la cama de espaldas a él. Sonrió al verlo con pose pensativa. Se subió a la cama y gateando llegó hasta él. Lo abrazó por la espalda y le dio un beso en el cuello, pero Stephen suspiró, se apartó y se levantó de la cama
— ¿Qué te pasa? — preguntó Justin extrañado.
— No estoy seguro…
— ¿Sobre qué?
— No estoy seguro de lo que quiero.
— No entiendo — dijo Justin mientras se sentaba en la cama.
— He tenido sueños…
— ¿Y?
— Pues que han sido… eróticos.
— Todo el mundo tiene, ¿y? — respondió Justin cansado de la inseguridad de Stephen
— Pues que no han sido contigo — respondió Stephen casi con un susurro.
— ¿Y por eso estás así? — preguntó Justin sonriendo — No me voy a enfadar por eso. Los sueños son incontrolables. Tampoco te pienses que sólo tú tienes el monopolio de los míos.
— El problema no es que fueses tú u otro tío, sino que eran tías.
Justin frunció el ceño sorprendido, pero después sonrió.
— Un momento, ¿piensas que por unos sueños te vas a hacer hetero? ¡Son sólo sueños! Hay gays que han soñado con tías y heteros con tíos, y no pasa nada.
— Bueno, antes era hetero.
— Tú mismo lo has dicho: antes. Ahora ya no es así.
— Uno no puede cambiar de sexualidad cuando le apetezca — contestó Stephen con cierta acritud cansado de que Justin lo tratara como si fuese un niño pequeño.
— Uno no puede acostarse con un tío si tiene claro que es hetero — respondió Justin desafiante un poco dolido por el tono de Stephen.
— Uno no puede elegir cuando vive en la calle.
Justin se quedó totalmente callado conteniendo en su garganta una rabia intensa que finalmente consiguió controlar.
— ¡Vete a la mierda! — contestó Justin antes de volver al baño.
Michael salió de la habitación a fumarse un cigarro porque a Ben no le gustaba el humo. Pegó una calada y tiró el humo, que lentamente corría en la dirección de la brisa nocturna. Se quedó mirando el entorno: al lado del motel había una gasolina, y enfrente un pub con unas luces rojas que advertían que aquello en realidad era un club de alterne. Pensó si tal vez aquel motel era el picadero de aquel negocio. Aunque había algo que no se podía quitar de la cabeza: aquella tumba.
— ¿No puedes dejar de pensar? — preguntó Debb a sus espaldas.
Su habitación estaba justo al lado de la de Michael y Ben.
— Bueno, en realidad he salido porque a Ben no le gusta que fume en la habitación. Aunque sí, lo que hemos visto esta tarde me ha dejado desconcertado. No me lo esperaba, aunque pensándolo bien ahora todo tiene sentido.
— Por eso te atacaron a la salida del restaurante, lo descubrieron — respondió Debb.
— Has estado ágil en responder cuándo han preguntado quién había allí.
— Se me da bien mentir — respondió Debb después de pegarle una calada al cigarro de Michael — Llevo muchos años haciéndolo.
Michael intentó sonreír, pero se veía que le costaba mucho esfuerzo. De repente, empezó a encontrarse mal. Empezó a toser mucho.
— ¿Te encuentras bien? — preguntó Debb.
— No… — respondió justo antes de perder el conocimiento.