Raúl-Pérez-Iparra // Dirty – Numb – Angel

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Comercio (fálico) justo

La movida es que ya lo dijeron muy clarito Fassbinder y Houllebecq, y después de eso los adalides de la tolerancia me podéis comer el rabo. Aquí lo que importa es la cama, el sexo, y si te follas o no te follas a tu perversión exquisita del tercer mundo. Las cosas son lo que son y van como van. Entre “Todos nos llamamos Alí” y “Plataforma” hay apenas un paso, un matiz, una náusea ideológica, pero al final cobramos los veintemil de la casilla de salida. Hasta Borroughs se pasó una larga temporada en los prostíbulos del Irán pre-Jomeini llevándose a la entrepierna a una legión de efebos exquisitos en una levedad mariposona y drogadicta. Y lo que no sabemos.

La historia es que en el estudio algún iluminado ha montado un puesto de comercio justo para que palmemos más pasta por productos que nos limpien la conciencia ideológica. Café justo, en fin, y todos esos iluminados de Amnistía Internacional o del vegetarianismo que se avergüenzan bochornosamente de pertenecer al primer mundo, vamos no me jodas.  Totalitaristas feminazis inoculándote un complejo fálico a fuerza de decisiones políticas vaginocráticas, expertos predicadores de la piedad que cierran su puerta y se felicitan por lo bien que les huele el sobaco.

Estoy con una resaca histórica, tirado en una habitación de hotel, y me pregunto ciertas cosas importantes. La primera de ellas es la capacidad irónica de concebir un mundo en el que legiones de adolescentes acuden a las salas de cine para sumergirse en pornografía emocional o violencia explícita. La segunda es la concepción del lenguaje como herramienta de destrucción del prójimo, y muy específicamente, de mi pequeña gran clase: el hombre blanco burgués. La tercera es el descubrimiento deslumbrante e impagable de las producciones de Digital Playground (en especial “Nurses” y “Teachers”, dos obras maestras de la postmodernidad), infinitamente mejores que todas esas mierdas que nos llegan a Interzona de León de Aranoa, Icíar Bollaín y otros guardianes del olor solidario.

Lo único que me tranquiliza es saber que cada día, así entre tu y yo, el conflicto de Japón, Gadafi, Aminatu Haidar, Corea, Haití… nos la sudan.

Wienterreise

Mi trabajo en Interzona me obliga a invertir, al menos, seis o siete horas de escucha detenida de música. Electrónica, indie, pop, folk, todo se suma en un asfixiante tapiz sonoro del que algunos días me siento absolutamente incapaz de escapar. Una telaraña de últimas novedades, reseñas, grupos nuevos que lo van a cambiar todo, raperos que se dejan caer por los estudios para maquetear, y así hasta el infinito.  Hoy, regresando a casa en el crepúsculo viernes de color de cadáver, he tomado la decisión de desenterrar del fondo de la guantera la Wienterreise de Schubert. Estaba olvidado entre un kitkat a medio terminar, una lata vacía de redbull, con manchas de coca casi ancestrales y un par de arañazos bastante feos en su superficie. Pero mi edición de la Wienterreise – la de EMI, con Ian Bostridge y Leif Ove Andsnes- es una superviviente nata y siempre aguanta, siempre es capaz de resucitarme cuando lo único que me apetece es lanzarme a toda ostia por el carril de la izquierda contra el primer coche que, aleatoriamente, tenga la mala suerte de venir hacia mí. Una vez, en Zaragoza, hace mil años, le regalé a la hija de un importante miembro del Comité de la Expo una edición nueva de “La muerte y la doncella”. No sé por qué lo hice, quizá fue una felación especialmente satisfactoria, o quizá es que la niña lloraba siempre después de hacer el amor, joder, y aquello me conmovía.

Escucho tanta música que a veces es necesario escuchar lo esencial, lo puro, lo único que realmente merece la pena emergiendo del magma de mierda que nos satura los oídos. Bach antes y durante los ataques de ansiedad, Schubert antes y durante los malos momentos. Lo de Zaragoza pudo acabar con cualquiera, y yo no estaba mejor preparado para capear el temporal que ninguno de los que nos vimos metidos en la basura de la Expo. Lo siento si suena localista, pero un hijo de puta es un hijo de puta universal, completo. Y, por cierto, tengo una teoría: un hijo de puta nunca escuchará la Wienterreise de la misma manera que una buena persona nunca escuchará a Don Omar. Es un cálculo matemático de fácil solución.

Así que llega “Der Leiermann” y se me ponen los pelos de punta. Es como si la muerte me estuviera ofreciendo su sexo oscuro y sangrante, palpitante, un sexo portentoso y repugnante dotado de un clítoris gigantesco, un clítoris tan contundente que descendiera como una pelota de pingpong hasta cerrar la tráquea. Buenas noches, mi amor. Por lo menos es viernes y esta noche habrá que hacer algo, tomarse unas copas, meterse algo, lo que sea. Esta noche no moriré, de la misma manera que mañana no seré capaz de resucitar.

Es viernes, por supuesto, pero ya aparece el horror del domingo por la noche como un fantasma conjurado por la promesa de la autodestrucción cotidiana. ¿Hacia dónde se puede escapar en esta tierra de cemento líquido que se incrusta en tus córneas y te convierte en una estatua gris y fláccida, una impotencia torrencial? Interzona no escucha mis plegarias, y quién sabe, tampoco las tuyas.

Discos de antes en viernes por la noche

Lady Lizz, mi amiga lesbiana, se ha encerrado conmigo esta noche en mi pequeño piso alquilado en la barriada de Interzona. Está mejor, me cuenta, aunque es imposible creer aquello. Había enlazado desde el miércoles a base de Corydrane, y me dice, ya están a punto de desaparecer los putos efectos y entonces quedará un vacío completo, la sensación de vacuidad, la esfera despojada del silencio interior. Lo conozco demasiado bien: después de la movida de Zaragoza tuve algunos meses que han desaparecido por completo de mi memoria, meses en los que, simplemente, lo único que puedo articular es un inmenso fogonazo, un folio en blanco, una breve intuición en la que apenas cabe algo -un dolor de cabeza, un sol de espanto, un tren que llegaba tarde.

Yo tampoco tengo muchas ganas de salir. El rostro de Lady Tink se proyecta como una mala copia de 8mm sobre las ventanas oscurecidas que dan a los parques de Interzona y estoy un poco de bajón. Esta tarde me he sorprendido masturbándome compulsivamente pensando en ella con lo último de Riley Mason
, no sé, es lo malo de librar los viernes por la tarde en el estudio de sonido, que uno acaba pelándosela como un mono pensando en mujeres tristes. Te acuerdas, me pregunto, si ahora mismo mientras Lady Lizz está haciendo una especie de té apestoso en mi cocina, te acuerdas de esos chispazos en los que parecía que todo iba a funcionar y hablaríamos de Tom Waits, y de Kraftwerk, y te raptaría los martes por la tarde para ir a la Filmoteca de Interzona, quién sabe, quién sabe si hubiéramos podido enamorarnos en serio o…

O qué cojones, al final acabas mirando las tetas de Riley Mason, que también tiene los ojos tristes.

Así que la noche se muere como un animal asfixiado que clavara sus ojos vidriosos en un firmamento vacío. Un estertor, un canuto, Lady Lizz me cuenta algo sobre una tipa que iba a venir desde Barcelona pero al final se quedó por el camino, y me cuenta que tiene que dejar a otra chica, pero que no sabe cómo hacerlo, que aquella se fecundó tras un viaje de tripi en el que se iluminó extrañamente y ahora dice que su hijo necesita un padre, o mejor, otra madre, y en fin, todo es una mierda.

Le pido silencio y me tumbo en el diván, a poner un buen vinilo. “The dark side of the moon”, que suene suave, que suene toda la noche. I´m not afraid of death, no sé si quise a esa mujer, o si me quedaría algo de speed rosa por algún lado, bajada suave, yo que sé. Mientras tanto, Lady Lizz se hace otro canuto. Joder, tiene veinte años y hace lo mismo que hacía yo, lo mismo que hacían mis padres: fumar porros, escuchar a Pink Floyd, sentirse triste.

Lady Tink, Robyn, y el fin de occidente

Algunas cosas me hacen sentir especialmente miserable. Hace apenas unos segundos, por poner un ejemplo, me cruzo con Lady Tink por los despachos de Sonidos de Interzona, la bendita empresa que nos da de comer, de beber y de drogarnos a la sección de not-so-young técnicos y especialistas en la cosa. Me cruzo con Lady Tink, ya digo, que se aproxima antes de tiempo a mis erecciones primaverales luciendo una camiseta blanca de pobre, camiseta blanca de mercadillo bajo la que asoman los dos enormes pechos nutricios o así.

Lady Tink me sonríe tristemente, como sorprendida en su propia estupidez, y quizá recuerda -desde luego, yo lo hago- el momento en el que me la encontré cruzando el puto párking con ese imbécil mucho más joven, atractivo y musculado que un humilde servidor. Y hablamos. Qué tal todo, qué tal todo.  Ay, si hubiera invertido el mismo tiempo, dinero y energía en machacarme en el gimnasio de las buenas intenciones en vez de estar encerrado en garitos sin ventilación escuchando a Depeche Mode. Jódete, occidente, y jódete también, Raúl Pérez Iparra. El caso es que Lady Tink me sonríe con una tristeza de cachorro decapitado y me recuerda, como sin ganas, que hace ya un par de semanas prometí que le pasaría los últimos compactos de Robyn. Por supuesto, of course my darling Clementine, pero eso fue eones antes de que acabara al borde de un colapso nervioso encerrado en el cubículo de mi pequeño Micra, viéndote pasar con aquel imbécil como si la luna del coche se hubiera convertido en una mala pantalla de cine, llena de polvo, escarcha y cagadas de paloma. Jódete, Raúl Pérez Iparra, ya digo.

Me siento especialmente miserable, y en el intercambio del Body Talk -esa especie de potlacht ponzoñoso-, me sonríe otra vez como desganada, como traicionada, como si yo no estuviera aquí dispuesto a pagar una y mil veces todas las Fantas del mundo. Pero no. Aquella se marchará con mi música, se liará reverencialmente el canuto de antes del canuto, y pasará una noche de lunas oxidadas en los brazos de aquel otro tipo.

Este fin de semana va a ser demoledor. Ya puedes jurarlo.

Trabajando en Interzona

   Suben rumores de raspas de pescado podridas y bolsas de basura que bostezan en los callejones de Interzona. Ando tirado en el colchón de las malas vibraciones, con los chakras llenos de mierda y fumándome un cigarrillo detrás de otro. El sábado por la noche andamos grabando en el estudio de Fritz la maqueta casposa de un grupo de pop de la zona que querían “sonar como Arcade Fire”. Luego empezaron a tocar desafinadamente una baladita, du-du-a du-du-a, y entonces supimos que no cerraríamos aquello hasta altas horas del domingo. Todo Dios quiere sonar como Arcade Fire, o como The Killers, pero luego hacen mierdas descafeinadas con un ojo en las groupies que les cometerán inexpertas felaciones en los camerinos de provincias. Si algo aprendí de los años de Zaragoza es que nunca tienes que escuchar lo que dicen los imbéciles que se van a subir a tu escenario o que van a grabar en tu estudio.

    Todavía sigo teniendo algo de magia, y además, la bajista estaba buena. Aporreaba el trasto con más pose de niña punk que otra cosa, pero tras la cuarta toma quedó claro que había que bajarle discretamente la regleta hasta convertir su buena voluntad en ruido de fondo. Se llamaba Tatiana y, según me contó, había pasado unos años cooperando por la India, ya sabes, mucha pobreza y tal pero muy buena gente, y luego me llenó la cabeza de mierdas orientales que me hacen pensar que hoy, efectivamente, tengo los chakras llenos de mierda. Luego, después de no-haberse-encontrado-a-si-misma y de haber acabado varios meses en una clínica por problemas de alimentación (esto es, meterse los dedos), se puso a dar cursitos para niños con síndrome de Down, cosas de teatro por pequeños pueblos, y al final, había acabado con ese grupo de tercera que quería sonar “como Arcade Fire”.

    En la toma veintisiete comprendí, con una claridad casi digna de epifanía laica, que no me la iba a tirar. No me miraba. Estaba muy concentrada bamboleándose hacia delante y hacia atrás como si fuera una mala extra en “El judío eterno”. Inspiración y vasos de mini llenos de colillas que flotaban desganadas en una capa de nicotina líquida. Fritz andaba de los nervios, jurándome que me pagaría la semana que viene o la siguiente, que lo íbamos a partir, que ahora sí que sí que sí. Mientras tanto, recuerdo casi de refilón que tengo que contestar un mail a Lady Tink, quizá la semana que viene, no sé, qué cojones puedo decirle a una tipa que te ha provocado un notable dolor de cabeza y de entrepierna. Págame unas fantas, a eso se reduce todo.

     La bajista se despide antes de meterse en el gélido coche camino de ninguna parte. Yo decido volver andando a casa, atravesando en silencio otro amanecer color-de-cadáver y tal, contemplando las vajillas rotas y las cajas abiertas, los mendigos de los cajeros automáticos y los imberbes que regresan de su botellón como una legión de zombies en celo. Alabado sea Nietzsche, llueven chuzos de punta sobre las almas de Interzona.

Lady Lizz y el Gatopardo

  

Lady Lizz entró en la habitación temblando, empapada, con las uñas pintadas de negro, astilladas, los ojos entrecerrados, la voz rota, rotísima, me contó que había estado casi cuatro días sin dormir – ¿es capaz de dormir alguien en esta ciudad?-, y que eso significaba que el brote psicótico se acercaba lento pero seguro, como un lagarto pegajoso y lleno de malas intenciones en mitad de un desierto de Nuevo México. Lady Lizz es lesbiana, ligeramente drogadicta, tiene dinero que se va sacando como diseñadora gráfica de la cosa, y le ponen las niñas del suicide-club y toda esa mierda. Lady Lizz es mi amiga, o es algo parecido, y aparece siempre así, de la manera más estúpida y a la hora más estúpida.

    El reloj se empeña en decirme que son las 4:48 de la mañana y Lady Lizz se deja caer sobre el sofá con un rictus de prostituta vencida y me tiende un dvd.

– Lo he traído para que lo veamos… – musita mientras rebusca en su bolso – tengo la impresión de que necesitas una dosis de Visconti…

    Por un segundo pienso en todo lo que me espera apenas dentro de unas horas -reuniones para cerrar la productividad por objetivos, excelencia, pillarle algo a Tomás para el finde, si hay suerte un poco de afgano, y si no, pues a volver delante del excell a beber agua sucia del Nespresso. Visconti, tres horas y pico, cojonudo. Luego me quedo mirando a Lady Lizz con los ojos vidriosos y me pregunto si serviría de algo razonar, si se le puede explicar a una lesbiana a la que no sabes del todo si te quieres follar que son casi las cinco de la mañana y que Visconti, en fin, te la suda.

    Desde luego que no serviría de nada. Lady Lizz me mira y luego desvía la mirada hasta el cd de Bach. Lo coje con cuidado y le aparta las manchas de coca.

– No me jodas que has estado otra vez con Bach… – se pone las manos sobre la cara, respirando con dificultad, como si el aire de esa habitación se hubiera convertido en melaza o en mierda de gato. Luego me mira, dudando en si ponerse a llorar o soltarme un guantazo, y al final opta por emitir un sollozo infrahumano y musitar, con una cierta elegancia inexplicable: “Pon la puta película”. Definitivamente, me la quiero follar.

    El caso es que la cinta – que había visto hace mil años en una retrospectiva de Visconti que hicieron en Zaragoza-, no me interesa gran cosa. Al menos, al principio. Lady Lizz se va deslizando sobre mí, me pregunto si quizá no estará un pelín gorda o si quizá se meterá los dedos después de comer, y me preguntó si le podré robar el pintalabios rojo putón para dárselo a otra, pienso quizá en Lady Tink y en la mañana en la que me la encontré cruzando el párking con su chico, antes de que me diera el chungo de Charlie Parker y…

    “Todo tiene que cambiar para que todo siga igual”

    Me quedo horrorizando mirando la pantalla. Todo. La puta frase de marras. Epifanía, revelación y revolución y desgarro. Lady Lizz se ha quedado dormida con una sonrisa de esfinge suicida en los labios. Visconti, hija de puta, Visconti, y me dan ganas de preguntar por qué, pero entonces Lancaster me ha atrapado del todo y ya resulta imposible salir de allí, imposible pensar qué es lo que tendría que seguir igual, hacia dónde podría salir igual ahora que en los bares sólo hay gente de otra generación y mujeres de tetas firmes que no quieren saber nada de la cosa, y ya-le-llamaremos y carteles de neón y moros maricones que te siguen a la salida y te sacan una navaja para apretártela dulcemente contra el cuello con una deslumbrante sonrisa de maricona engominada. “Estás viejo, estás viejo, cabrón”. Visconti, y Lady Lizz, de pronto me fijo, tiene manchas de sangre en la entrepierna y yo ya tengo la líbido por los suelos.

     Amanece. Vuelve a amanecer sobre Interzona28. Ruido de barrenderos, colegialas de veleidades estúpidas y hermosas, kioskeros que se toman un café con leche, cafeterías con radios mal sintonizadas. Dejo a Lady Lizz durmiendo sobre el sofa, pero antes de marcharme le preparo una bandeja de supervivencia con unas galletas y un par de frutas, unas toallitas, una píldora del día después por si acaso la violaron anoche y rebusco en su bolso para robar su lápiz de labios. Luego miro de reojo el dvd de Visconti. Qué cabrón.

El puto Charlie Parker

    Con lo que la movida es que salí de allí a toda ostia, todavía no lo tengo claro, en plan iros-a-la-mierda y esas cosas, bajada suave, me dijeron, un speed de bajada suave. Aquel tipo, ya digo, que andaba tan jodido con el puto Charlie Parker, estuvimos en su casa escuchando discos hasta las tantas, puede que ya fuera de día, puede que ya fuera el maldito-crepúsculo-color-de-cadáver o similar, con lo que aquel tipo estaba poniendo el disco de Charlie Parker y nos cogía de las solapas y lloraba y moqueaba sangre por la nariz mientras decía: “Fíjate, fíjate, fíjate, fíjate”, y así hasta que volvió a amanecer.

     Me extrañó que los vecinos no aporrearan la puerta. Se me pasó por la cabeza – “Ahora suena Everything happens to me, ostia, fíjate, fíjate, fíjate, fíjate”- que a mi lo que me gustaría, sin la menor duda, con una claridad terrorífica, ya digo, que a mi lo que me gustaría sería estar pegándole un clavo a Russian Red y no haciendo estas mierdas, pero dicen que Russian Red se lió con su manager, y luego lo dejaron, y luego ella hizo la canción de Fesser y la canción del helado y a mi me gustaba antes Russian Red, no sé por qué, quizá porque me recordaba a Lady Tink -la llamaré Lady Tink, cosas de la legalidad, me importa un huevo pero ya se sabe, desde lo del facebook ya se sabe-, así que pensando en eso me pega el bajón y me echo a llorar, un poco, no mucho, y luego se me pasa y resulta que es Bird of paradise, con el viejo Miles, fíjate, fíjate, fíjate, fíjate y luego… Luego caigo en la cuenta de que en realidad Lady Tink y Russian Red no se parecen casi en nada, y me tranquilizo.

     Speed de bajada suave, me dijeron, aunque no recuerdo exáctamente quién ni a qué hora… el caso es que en plan iros-a-la-mierda, cruzándole la cara de una ostia al pobre imbécil que moqueaba sangre y que se me queda mirando con cara de perro abandonado, así, en plan no comprendiendo bien la situación o queriendo andar en otra parte, joder, aquel tipo con cara de perro y me pregunto si le han cortado el speed con purina, manda huevos, aquello es extrañamente divertido, y creo que al final de la casa hay una gorda que no para de chillar haysangrehaysangrehaysangre y aquello es ya definitivamente un puto mal rollo, así que pasando y tal.

     Después me fumo un par de cigarros, quizá alguno más, al lado de la marquesina, y me quedo pensando en qué momento se jodió todo aquello y si al final escribiré de lo de Zaragoza o casi que pasando, y me tiemblan un poco las manos, no sé, quizá fueron cinco o seis cigarros, tendré que ver qué sale por la ciudad en esta semana, pero primero necesito una ducha y un tranquimazin y escuchar un poco del puto Bach, que es lo único que me salva ahora, tranquilo Raúl, que lo partimos.

Vendetta!!!

En la Expo se pretendió dar cabida a un buen puñado de artistas aragoneses. Si bien era una tónica española, en Aragón estaba más acentuada la dependencia de los creadores de las subvenciones oficiales. Había casos que exclusivamente vivían de los sucesivos manás y encargos provenientes de las distintas instituciones públicas; acomodaban su discurso artístico a un tono institucional que resultaba presentable, nunca molesto. Algunos creadores de vídeo surgidos en la explosión de los ochenta se habían reciclado como autores de documentales sobre Goya, Buñuel, Gracián o, más recientemente, las comarcas aragonesas. Con la excepción de Javier Codesal, ninguno había adquirido relevancia nacional, pero sobrevivían en esta persistente lluvia de encargos institucionales. Siempre se quejaban del insuficiente apoyo público, sobre todo por parte del Gobierno de Aragón, a la creatividad audiovisual y se activaron hasta plataformas reivindicativas en este sentido. Sus empresas nunca asumían riesgos, sólo encargos más o menos oficiales. Vieron abrirse el cielo con las posibilidades de la Expo aunque, como siempre, quedarían insatisfechos con esos viáticos. La parte del león se la llevaría Carlos Saura, autor del documental del pabellón de Aragón y otros nombres de relumbrón. Los demás tuvieron su banquete particular, aunque tendrían que prepararse para seguir reclamando migajas en las vacas flacas que se avizoraban tras el atracón.

 

A pesar de que se anunció a bombo y platillo la intervención de artistas internacionales de primera fila (Antoni Muntadas, Dan Graham, Diana Larrea, Jaume Plensa, Javier Peñafiel, Tony Crag, Miquel Navarro, Richard Deacon, Eva Lootz, Eulalia Valdosera, Claus Bury, Fernando Sinaga, Atelier Van Lieshout…) que plantearon obras nada polémicas, algunos artistas punteros de ámbito nacional se resistieron a venir tras el sonado caso Alvarado. Los responsables del área habían llamado al creador más cool del panorama. Daniel Alvarado había triunfado en la Bienal de Venecia de 2006 con una intervención muy osada donde convergían construcción, escultura y medios avanzados. Reservó para Ranillas una propuesta de “arte público narrativo-subversivo” donde se ponía de manifiesto la naturaleza de las expos. Se presentaban como escaparates del capitalismo espectáculo manipulado por poderes económicos y políticos. La propuesta era incisiva, divertida y brillante. Se la tragaron al principio, pues nadie lee toda la letra en los despachos… A medida que Daniel fue materializándola, alguien se percató de su potencial explosivo y la dirección de la Expo actuó. La explicación oficial fue que había “dificultades técnicas”, si bien Alvarado revelaría a su amigo Luis Asperón que era un caso de censura. Una pena; iba a ser la primera vez que el método EXC, que ambos compartían desde la etapa barcelonesa, se encarnaba en una práctica artística. El horno de la Expo no estaba para esos bollos.

 

Paralelamente la convocatoria de la Asociación de Directores de Aragón promovía una serie de movilizaciones “por el olvido que Aragón Televisión y las instituciones estaban mostrando en relación con los verdaderos protagonistas del audiovisual aragonés”. De paso presionaban a la Expo. Rogelio Casabón estaba acostumbrado a verlas venir y, aunque formaba parte de esa plataforma, nunca se mostró muy entusiasmado con las iniciativas colectivas. Había ido por su cuenta y eso le había permitido permanecer en la brecha durante más de dos décadas. Era el realizador más subvencionado de la comunidad autónoma, autor de no pocos vídeos oficiales, pionero de esta tecnología desde los años ochenta. Entonces muchos empezaron con él, pero ahora era casi el único superviviente de esa hornada. Era un tipo con suerte, pues sus amigos siempre habían tenido algún puesto en el área de cultura de diferentes instituciones (ahora estaban en la consejería del Gobierno de Aragón). Pertenecía a una generación de “sesentayochistas” que llegaron al poder en los ochenta, copando no sólo los puestos políticos, también las cátedras de la universidad. Ejercieron de rebeldes en una juventud “yeyé” tutelada por gerifaltes académicos franquistas hasta que llegó su hora y acabaron replicando los métodos del antiguo enemigo; la democracia dejó en sus manos el poder del saber investido que revertía en dinero e influencia. Nacieron así los nuevos caciques de la universidad socialista y masificada, uno por área de conocimiento, que sofisticaron los viejos métodos endogámicos, ahora refrendados por constitucional ley. Casabón los conocía de cerca, aunque no había llegado al reparto… Él se hizo con el marquesado audiovisual… Su amigo entre la élite académica era Serafín Méndez Pidal, caciquecatedrático de Historia contemporánea, paradigma de la modernidad, guionista ocasional de sus vídeos, novelista esotérico muy final siglo XX, especialista en informes tan breves como magníficamente pagados. Toda una estrella del panorama cultural aragonés. Rogelio tenía otra estrategia; se presentaba como hombre discreto, poco dado a algaradas, proclamas y salidas extemporáneas. También lo era en sus obras, correctas, bien acabadas, con un tono de academicismo alcanforado que saciaba las expectativas de los cargos comitentes. Tenía una productora, Miel de Luna, con la que jamás había arriesgado un céntimo; no le hacía falta, su instinto de cazador de subvenciones era insuperable. Esa misma tarde Rogelio recibió una llamada que se resistió a atender -serían los de la Asociación de Directores reclamando su presencia- hasta que comprobó que procedía de los despachos de Ranillas. Al otro lado hablaba el manager de espectáculos:

 

–   Tienes que sacarnos de este marrón Rogelio.

–   ¿Qué marrón?

–   Pues en el que nos ha metido el tontolaba del Alvarado.

–   Algo he oído.

–   Prepáranos la instalación de los hombres ilustres de Aragón de la que me hablaste…

–   Mira, sabes que siempre cumplo, pero esto es claramente recurrir a mí para… Mucho peor que ser plato de segunda mesa…

–   Lo entregarás dentro de una semana. Gracias Casabón.

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