Trabajando en Interzona
Suben rumores de raspas de pescado podridas y bolsas de basura que bostezan en los callejones de Interzona. Ando tirado en el colchón de las malas vibraciones, con los chakras llenos de mierda y fumándome un cigarrillo detrás de otro. El sábado por la noche andamos grabando en el estudio de Fritz la maqueta casposa de un grupo de pop de la zona que querían “sonar como Arcade Fire”. Luego empezaron a tocar desafinadamente una baladita, du-du-a du-du-a, y entonces supimos que no cerraríamos aquello hasta altas horas del domingo. Todo Dios quiere sonar como Arcade Fire, o como The Killers, pero luego hacen mierdas descafeinadas con un ojo en las groupies que les cometerán inexpertas felaciones en los camerinos de provincias. Si algo aprendí de los años de Zaragoza es que nunca tienes que escuchar lo que dicen los imbéciles que se van a subir a tu escenario o que van a grabar en tu estudio.
Todavía sigo teniendo algo de magia, y además, la bajista estaba buena. Aporreaba el trasto con más pose de niña punk que otra cosa, pero tras la cuarta toma quedó claro que había que bajarle discretamente la regleta hasta convertir su buena voluntad en ruido de fondo. Se llamaba Tatiana y, según me contó, había pasado unos años cooperando por la India, ya sabes, mucha pobreza y tal pero muy buena gente, y luego me llenó la cabeza de mierdas orientales que me hacen pensar que hoy, efectivamente, tengo los chakras llenos de mierda. Luego, después de no-haberse-encontrado-a-si-misma y de haber acabado varios meses en una clínica por problemas de alimentación (esto es, meterse los dedos), se puso a dar cursitos para niños con síndrome de Down, cosas de teatro por pequeños pueblos, y al final, había acabado con ese grupo de tercera que quería sonar “como Arcade Fire”.
En la toma veintisiete comprendí, con una claridad casi digna de epifanía laica, que no me la iba a tirar. No me miraba. Estaba muy concentrada bamboleándose hacia delante y hacia atrás como si fuera una mala extra en “El judío eterno”. Inspiración y vasos de mini llenos de colillas que flotaban desganadas en una capa de nicotina líquida. Fritz andaba de los nervios, jurándome que me pagaría la semana que viene o la siguiente, que lo íbamos a partir, que ahora sí que sí que sí. Mientras tanto, recuerdo casi de refilón que tengo que contestar un mail a Lady Tink, quizá la semana que viene, no sé, qué cojones puedo decirle a una tipa que te ha provocado un notable dolor de cabeza y de entrepierna. Págame unas fantas, a eso se reduce todo.
La bajista se despide antes de meterse en el gélido coche camino de ninguna parte. Yo decido volver andando a casa, atravesando en silencio otro amanecer color-de-cadáver y tal, contemplando las vajillas rotas y las cajas abiertas, los mendigos de los cajeros automáticos y los imberbes que regresan de su botellón como una legión de zombies en celo. Alabado sea Nietzsche, llueven chuzos de punta sobre las almas de Interzona.