Salí a la calle tras darme cuenta del tiempo derrochado mirando una pantalla donde aparecía, cada cinco segundos, una nueva imagen. Podría haber pasado así los próximos tres meses si la presentación fuese de interés, si no tuviese que comer y se me exonerase de pagar facturas. Pero todo esto ya me hartaba; me aburría dudando encontrar ya no acertaba qué, así pues, pensé que un poco de aire nuevo, aunque igualmente viciado, y ejercicio, no le vendría mal a mis sentidos y articulaciones.
Caminaba, más tarde, a un ritmo por el que no levantaría sospecha alguna, parando en lugares donde suele el común de los mortales ya por curiosidad o por admiración o por cansancio, acomodarse, charlar, comer u olvidar el paso del tiempo en un banco, bordillo o baranda. En una de mis breves estadías donde descansar, apoyados los codos sobre una de esas toscas barandillas, me alcanzó desprevenido y sin escapatoria ni recursos miméticos, la conocida y fastidiosa voz de alguien aún más, si cabe, desagradable. Celebrado tan, según él, fortuito encuentro, se esforzó por apartarnos hacia ese espacio alejado de todo oído y sombra protectora de ese modo urdido por quiénes, con superchería, pretenden lo ilícito. Por la sorpresa y falta de fuerzas no opuse la debida resistencia pensando, un momento después, haber huido o arrojado antes por sobre la barandilla, que tal nació mi furia y desesperación. Por fortuna me vi involuntariamente a salvo por la separación, acorde con tal lamentable encuentro, que las fuerzas locales del orden y sin trámites, ejecutaron entre ambos al paso del séquito de algún vecino ilustre. Y así, entre mi alivio y su asombro, un ancho brazo de humano mar me permitió alcanzar con subrepción mi costa salvadora.
Ya eran casi las tres de la tarde y así de alejado, cansado y hambriento me encontraba que no estando para dudas de si regresar o refugiarme en pro de viandas que a mi vista ofrecía, en carta pública, un local, seguí la urgente necesidad de mis entrañas. Me precaví de llevar con qué pagar, algo que no es habitual en mí, y entré.
Me asignaron una mesa y a la pregunta de si deseaba algo de beber antes de elegir qué comería, solicité una bien fría y reponedora cerveza con entrantes, por aquello de ir abriendo boca. Dando de todo aquello buena cuenta no me vi aún con decisión de cuál de los primeros, cuál de los segundos o qué tinto para la ocasión.
Pedida una segunda, y bien fría, confirmaba al punto con el amable camarero de cuanto diese cuenta de ahí adelante mirando de hito en hito a dos personas halladas a la mesa al fondo del local que, mediando entre ambas cierta distancia y aparente dificultad, dudas o timidez, parecíales sopesar el modo de entablar una conversación.
Ella debía llevar algo de tiempo allí, pues la veía comer y leer todo a una vez, no adivinando qué; el otro, recién llegado, miraba la carta deseando requerir de su vecina, una opinión; o declamaba de un plato elegido al mirarla, sus ingredientes. Luego, y sin premeditación, coinciden un segundo sus miradas, volviendo azorados, al punto, al instante previo. Allá de unos segundos, alza ella hacia él su vista y le pregunta, respondiéndole azorado, carta en mano. Igual que en los pueriles primeros pasos, sin naturalidad, la cortesía se abre paso, conversan, hasta que un camarero le alcanza a tomar nota, si ha elegido. Acaban presentándose y se besan, encantados.
Al verles salir juntos me pregunto si cuanto he visto ha sido fortuito; si ha sido uno de esos encuentros tantas veces pensados, deseados, negándose a pensar cualquier otra frivolidad.
Una llamada de teléfono me sugiere que es hora de volver. Pido la cuenta y me lamento por mi tan diferente y enconado encuentro.


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