No suele importar entrar en los detalles, matizar, abrir la caja de posibilidades y enumerarlas una a una igual que si de un muestrario completo de colores se tratase, de toda la gama y muy a la vista, porque es resistirse el continuar hasta que llegas a una decisión, esa que, sea cual sea, será siempre equivocada. Así, de este modo, regresas por el mismo lugar que recorriste hasta la mesa ahora vacía, recogidos los servicios de quienes os sentasteis a probar los platos ofrecidos por un restaurante, hasta ese día, desconocido.
Caminas, regresas a la mesa, igual que sueles, inmerso en todos esos pensamientos que son avalancha, mar impetuosa, temblor y temor, a veces, tan excesivos ruidos que, sin cegarte, ocultan, hasta encontrar la realidad que dudas haber elegido.
Desde esa distancia ves la mesa y un ventanal enorme por el que ves una calle apenas transitada, la lluvia, la luz de las farolas. En el interior del restaurante nadie cerca, nadie a quien preguntar, inútil saber alguien les vio, cuándo le abandonaron, alguna explicación. Por eso, por la necesidad de una respuesta te acercas a la mesa en busca de un indicio, un resto, una huella. Todo normal, tras una cena, o eso es lo que ves tras una rápida ojeada. Miras alrededor buscando un camarero, al maître, otro comensal. Nadie. Entonces sientes la amenaza, ocurre algo que ignoras y buscas con qué amenazar tú, si fuera necesario, blandiendo un cuchillo, en tu derecha. Si dentro no hay nadie ¿encontrará alguien fuera? Te acercas a la salida, abres la puerta y te asomas, oyes la lluvia intensa y ves las luces de farolas y ventanas. Gritas y escuchas como un eco. Te asustas, cierras y ocultas precipitadamente, te han descubierto. Esperas que pase el infinito. Regresas y abres decidido. Miras a través de un fino resquicio el otro lado de la calle donde aparece una hebra de luz. Hay alguien que aún no reconoces en una misma situación.
Acepta no estar solo y busca cómo contactar sin olvidarse la prudencia. Es posible verse a través de las ventanas y regresas a la mesa sin exponerse demasiado hasta verse con nitidez mientras cesa la lluvia. Ya en pie deja, sobre el sillón, aquello que aún no fue un arma y, de entre los cojines, coge un objeto familiar que antes no vio o no estuvo ahí. Un móvil que suena, le asusta y se le cae de entre las manos al lado del cuchillo. Oculto de nuevo, le alcanza, descuelga y se escucha decir, desde el otro lado ¡estoy encerrado!


Es un placer ser tu compañera bloguera durante tanto tiempo compartiendo nuestros escritos, por eso quiero comunicarte que he abierto otro blog de poemas y te ofrezco la oportunidad de acercarte y recrearte al leerme en https://elsenordelahistoria.art.blog
Espero que disfrutes con estos poemas y me sigas como lo estás haciendo con mi web: http://www.minovela.home.blog
Gracias
Mary Carmen
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