En mi parroquia hay muchos jóvenes y en vez de los clásicos "qué hermosas palabras, Padre" post-misa ayer me dijeron "muy bueno hoy, Edu. Devoraste". Cumplidos Gen Z.
Misa con primaria. Se me acerca una chiquita de tercer grado, que me ve con toda la pilcha litúrgica y dice "Edu, ¿te puedo decir algo?". "Sí, claro". "Todo esto (apuntando a la ropa para la celebración) me encanta. Muy aesthetic. Te felicito".
Viene una señora de ochenta y pico a confesarse. Terminamos y me dice: "Yo tengo tres abrazos por semana. Uno de mi hija, otro de mi psicóloga y el tercero es el tuyo, los domingos". Hoy se llevó uno extra.
Me vio una señora de la parroquia en el super y me dijo "Qué raro verte fuera de tu ámbito". No deja de sorprenderme que la gente piensa que los curas salimos de un repollo místico y estamos todo el día en el templo. Pero si no estamos en lo cotidiano, de poco servimos.
Las palabras son semillas que crecen con nosotros. Entraba al seminario y mi abuelo me dijo: "Sólo te digo una cosa. Cuando seas cura, predicá con amor. La gente está harta de curas que retan. Cuando hablés, que la gente se sienta querida". Y nunca lo olvidé.
Todos queremos ser alguien en el corazón de alguien. Quizás uno de los modos más lindos de amar sea ese: descubrir que podemos ser un lugar, un santuario, un refugio para el otro.
Volví de dar una mano en la peregrinación a Luján y pensé en cómo esa caminata inmensa es un símbolo de lo que Argentina es y puede ser: un pueblo que marcha con un horizonte, sosteniéndose en fragilidad y esperanza. Si la Pere nos da algo de eso a los argentinos, es un montón.
Ayer a la noche una chica de la parroquia había estado llorando a la salida de misa. No había un por qué. Y hablamos de eso: está bien no estar buscando un sentido y una explicación a todos los sentimientos todo el tiempo. A veces pinta el bajón y ya. Y lo mismo con la alegría.