Pocos domingos como este domingo. El cristianismo es tan de todos los días, tan común y corriente, que –aunque empapa todo, ahí donde prende– luego pierde la vivacidad de sus rituales y la fuerza de su liturgia. La misa católica dominical es un precepto de esa fe. El domingo da sentido a la semana católica, que empieza ese día, no el lunes.
Sin embargo, la fe católica gravita en un domingo concreto: hoy, el de resurrección. Cada año en este domingo se celebra el acontecimiento fundamental del catolicismo, el hecho con el que Dios hecho hombre redimió al mundo entero y le dio sentido de una vez y para siempre a la creación. Es un asunto de fe, por supuesto.
Ayer vi, por fin, Los domingos, el tercer largometraje de Alauda Ruiz de Azúa (Baracaldo, 1978), ganador del Goya y otro puñado de premios en 2025. Blanca Soroa (La Coruña, 2008) encarna a Ainara, en una actuación que no cabe en ninguno de los elogios ni premios que ha recibido. La cinta muestra el recorrido vocacional de Ainara quien, a sus 17 años, está sopesando la posibilidad de irse de monja de clausura y meterse en un convento para el resto de su vida.
La película prorrumpe en un momento donde lo católico está de moda y parece formar parte de esa fiebre. En varias entrevistas, Ruiz de Azúa ha explicado la génesis de su relato –ella es también la autora del guion– y que fue educada en un ambiente absolutamente laico. Ha aclarado cualquier elucubración y segundas intenciones al respecto: si está mandando un mensaje, si es una provocación o si pretende detonar un aluvión de vocaciones claustrales. La cosa es mucho más sencilla: simplemente, viene dándole vueltas al asunto desde hacía bastantes años; un asunto que le es misterioso, llamativo y complejo. Y lo contó.
Pero lo contó sin efectismos ni hipérboles; tan sólo con belleza: con la belleza absoluta del silencio. De hecho, él es el protagonista: el silencio. La película no tiene banda sonora. Excepto en un puñado de secuencias –tres o cuatro, en las que el coro al que pertenece Ainara o las monjas del convento cantan–, no hay música. Al fin vascos, los personajes musitan en vez de hablar. Se oyen los pasos, las puertas, el auto, el llanto, la duda, el amor, el rumor de las hojas. Todo se escucha mejor cuando prevalece el silencio.
En el silencio, Ainara quiere oír a Dios, saber qué le pide. Si es verdad que también en el silencio asaltan dudas e incertidumbre, sólo en el silencio es posible palpar a Dios y escucharlo. En medio del profundo silencio nos sobrecogen la dicha y la paz, como le pasa a la protagonista de Los domingos en una de las escenas más conmovedoras del cine reciente. La incertidumbre no cesa; pero la voz de Dios apaga cualquier desasosiego.
Ruiz de Azúa supo capturar esa belleza que sólo surge cuando nada se oye y todo se capta. En la pantalla plasmó la delicadeza de un amor infinito, que es en sí mismo un misterio porque ha vencido a la muerte y sólo sabe deleitar. Ruiz de Azúa nos regaló con Los domingos esa belleza inagotable, al grado de poder palpar mediante su película la paz y la dicha del silencio.
La relación del mejicano con el horror es íntima. De muy niños se nos coloca en escenarios esperpénticos para engrosar nuestra piel y enrarecer nuestra sensibilidad. Se nos atrofian los sentidos mediante los alaridos del mariachi y la ruptura de la piñata. En las comidas familiares el ruido es el invitado principal. Nos vamos haciendo uno con el estruendo. Nos parece un gesto de amor empujar la cabeza del cumpleañero al betún de un pastel horrendo. Poco a poco, la alharaca infantil se va convirtiendo en distorsión moral.
Nuestro folclor acusa esos rasgos y también es horrendo. De algún modo nos la ingeniamos para, a partir del barroco, producir terroríficas manifestaciones artísticas. Podría abrumarle aquí con una cascada de ejemplos. Pienso que es preferible que usted mismo se los figure. Nuestras ciudades son caóticas porque el espíritu mejicano no está preparado para la belleza. Dado que le ponemos chile a todo, también hemos bañado de picante nuestra alma y nuestro ethos. El carácter del mejicano está permanentemente irritado.
Por eso esta época nos resulta tan familiar. La vulgaridad y la sinrazón se han vuelto habituales y los mejicanos nos identificamos con la arbitrariedad de la sinrazón. La violencia del mal gusto nos arrasa con la fuerza de una plaga. Una sociedad puede resolver sus diferencias de dos maneras. Una, prelingüística y, otra, dialógica. La primera opción funciona; pero es irracional. Es el modo de arreglo de las bestias. Dos machos de la manada dándose de topes hasta que uno vence. La manada y el perdedor se rinden ante el triunfador. La violencia funciona para reunir a un grupo de individuos. Así funciona la naturaleza.
Hace mucho, los hombres descubrimos la segunda opción a la que aludí arriba –la dialógica–. Esta forma de arreglo social gravita en torno a la palabra. El agregado social decide hablar para resolver sus desacuerdos. La barbarie funciona según el primer modo. Del otro lado, ésta opción de arreglo se logra a través de la razón y es lo que otros han llamado política. Dialogamos porque es más humano que matarnos.
Pero en Méjico, tan hecho al modo de la violencia, la manera política de encontrar acuerdos es casi imposible. Llevamos siglos intentándolo y hoy constatamos que todo esfuerzo en ese recorrido ha sido como arar en el mar. La revolución de 1910 fue el acto fundacional de esta nación. Empapado en sangre, el país suscribió una constitución de pantomima. Al triunfo de los mercenarios, seguirían poco más de 20 años de guerra civil. Todavía, en la primera mitad del siglo XX, la rivalidad por el poder se resolvía a balazos.
Luego, vinieron décadas de aparente sosiego que se cimbraron a finales de los sesenta. Con el pretexto de guardar el orden público, Díaz Ordaz y Echeverría contuvieron la inconformidad estudiantil con la mano férrea del ejército. En 1985, la capital de la república fue objeto de otro tipo de violencia: la de las placas tectónicas. A la sacudida terrestre sobrevino la social. Ante la incapacidad del gobierno en turno, la presión social allanó el camino a la alternancia en el poder. Al inicio de 1994, un grupo armado se levantaba en Chiapas. Meses más tarde, en marzo, durante un acto de campaña en Baja California, asesinaron a Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia y, en septiembre, al secretario de ese partido, José Francisco Ruiz Massieu, al salir de un desayuno en un hotel en el paseo de la Reforma, en la capital del país. Méjico había vuelto al ámbito al que pertenece: la descarnada barbarie.
En los noventa, la inseguridad había vuelto a hacerse cotidiana. Un cristalazo en la ventanilla del coche en medio del tráfico, una mano hábil que extrae la billetera en el tumulto del vagón del metro, un viaje en taxi convertido en secuestro momentáneo para ir de cajero en cajero y, además, la extorsión habitual. El libre tránsito siempre está entre paréntesis. La vía pública tomada por diminutos pero eficaces criminales. El 7 de junio de 1999, al salir de desayunar, asesinaron a balazos a Paco Stanley. Todo el poder –estrenada en octubre de ese año– retrató esa vida sin orden, arbitraria: irracional.
Parecía que Méjico había tocado fondo y que una gota por fin había derramado el vaso. Tuvieron que pasar casi diez años para que ese hartazgo se manifestara. En 2004, se convocó a una marcha que resultó copiosa. Las tapas de los diarios consignaron aquello como el hasta aquí llegamos, el sanseacabó. «Exigen resultados», tituló el diario Reforma la nota principal de su portada –que acotaba: «Impone la marcha récord de asistencia y deja emplazadas a las autoridades»–. Incluso, diez años después, en un recuento del mismo diario, el titular conmemorativo pecó de ingenuidad: «El despertar de un país». Hace 20 años, cientos de miles de personas abarrotaron las principales avenidas de varias capitales del país hasta llegar a las plazas. En el DF, el zócalo se pintó de blanco.
En 2008, otro asesinato captó la atención social: el del hijo del empresario Alejandro Martí. En una reunión del consejo nacional de seguridad, delante del presidente Felipe Calderón y parte de su gabinete, acusó con firmeza: «Señores, si piensan que la vara es muy alta, si piensan que es imposible hacerlo, si no pueden, renuncien. Pero no sigan ocupando las oficinas de gobierno, no sigan recibiendo un sueldo por no hacer nada». Parecía que ahora sí la sociedad mejicana no toleraría la indecencia de sus gobernantes. Pero nada pasó.
Tres años después, en 2011, asesinaron al hijo del poeta Javier Sicilia. «La muerte de mi hijo Juan Francisco –escribió Sicilia– ha levantado la solidaridad y el grito de indignación. Esa indignación vuelve de nuevo a poner ante nuestros oídos esa acertadísima frase que Martí dirigió a los gobernantes: «Si no pueden, renuncien». Al volverla a poner ante nuestros oídos esa frase debe ir acompañada de grandes movilizaciones ciudadanas».
Pero el asesinato de Juan Francisco Sicilia no colmó el vaso del hartazgo. En 2014, un crimen horrendo volvió a llamar la atención social. Los 43 de Ayotzinapa se volvieron el ariete que llevaría a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia en 2018 con la promesa de pacificar al país. Sin embargo, es imposible pacificar a una sociedad hecha a la medida de la barbarie. El sexenio de AMLO fue tan sangriento como los anteriores con un total aproximado de 200,000 asesinatos. Entre otros, el de periodistas y candidatos a puestos de elección popular. En el ínter, atentaron en contra del secretario de seguridad de la ciudad de Méjico y el periodista Ciro Gómez Leyva.
Como el PRI de Echeverría y López Portillo –el peor PRI–, el Morena de López Obrador se ha ocupado de repartir dinero público a su base electoral, ante la mirada pasmada del tibio empresariado mejicano y de la opinión pública. Para todos hay. Mientras los impuestos van y vienen de una obra faraónica a otra, pasando por las dádivas a los votantes, el país se desangra. La violencia también aparece cuando, por la ineptitud de la burocracia, se desploma un tren del metro y mueren 26 pasajeros. O cuando la lluvia inunda ciudades enteras. O cuando no hay medicinas en hospitales públicos rebasados.
Según fuentes oficiales, durante las campañas electorales de 2024, asesinaron a casi 40 candidatos. En octubre del año pasado, la cabeza de Alejandro Arcos, alcalde electo de Chilpancingo, apareció sobre el toldo de su camioneta. Ayer, en medio de la verbena popular por el festejo del día de muertos en Uruapan, asesinaron a tiros a Carlos Manzo, el alcalde, quien hacía unos segundos lucía alegre, con su hijo en los brazos.
Méjico es la suma de hordas de salvajes y tribus regidas por sus propios impulsos emocionales. La barbarie es nuestro modo de arreglo. La razón nos es tan ajena como las ideas a los animales. La civilidad es un ser mitológico del que hemos escuchado hablar y que alguna vez, hace mucho, nos atrajo como posibilidad de vida.
Pienso en otras sociedades. Por ejemplo, la japonesa. El 8 de julio de 2022, en Nara, asesinaron al exprimer ministro Shinzō Abe. La decencia política empujó a Itaru Nakamura, quien era jefe de la Agencia Nacional de Policía de Japón, a dimitir el 25 de agosto de 2022, como responsable de las deficiencias en los dispositivos de seguridad en el acto de campaña en el que Abe fue asesinado.
Evidentemente, no existe una comunidad perfecta. Sin embargo, el esfuerzo permanente por abandonar el estado de barbarie que late en cualquier ser humano –somos animales– permite ir salvando de manera racional los desafíos que la pluralidad humana nos impone: políticamente. Cuando España enfrentó el horror de ETA el incesante reclamo social empujó al gobierno a tomar medidas contra el terrorismo. Lo mismo ocurrió en Italia con la mafia siciliana, a mediados de los ochenta.
En la circunstancia mejicana convergen dos elementos que impiden que salvemos la violencia. El primero es que somos uno con el horror. Si nuestros resortes son inoperantes ante el terror es debido a que somos absolutamente inmunes a cualquier tipo de violencia. Una pipa de gas puede hacer arder a los peatones que pasan por ahí, la lluvia puede arrasar casas y patrimonios, un huracán puede asolar un puerto y no hacemos nada porque no nos importa. Lo mismo puede explotar un casino en un ataque armado o que no haya banquetas por donde caminar; da lo mismo.
El segundo elemento es la desmemoria. El breve recuento que hice no escatima en horror (con todo y que faltan matanzas, masacres y otros crímenes). Sin embargo, lo que hubiese provocado dimisiones de gobernantes en otras sociedades, aquí en Méjico no amerita la menor de la sanciones. Basta echar un ojo a los conteos de popularidad del Licenciado Obrador o la Doctora Sheinbaum. Desmemoria e indiferencia. Somos un vaso inmune al horror al que ninguna gota lo colma.
Quizá sea el diálogo la tarea más complicada de lograr en el de por sí complejo ámbito humano. Aunque el lenguaje sea la casa del ser, la polisemia de las palabras complica los asuntos de la conversación. «El lenguaje –recuerda Steiner– existe, el arte existe, porque existe «el otro». Es verdad que nos dirigimos a nosotros mismos en constante soliloquio, pero el medio de ese soliloquio es el del habla pública» (147). A pesar de sus aristas y espinas, las posibilidades verdaderamente humanas van cristalizando mediante las palabras. Cuando la interlocución llega a sus límites y sólo cabe la estupefacción, valoramos otros modos de relacionarnos con otros. La palabra es prima ratio.
Al arreglo conquistado con palabras le llamamos política. En otras esferas se le conoce como negociación o diplomacia. Incluso, seducción. La palabra seduce; pero, sobre todo, obliga a pensar. El peligro de las palabras reside en que pueden conducirnos a verdades incómodas. Quien pretende hacer callar a otro, no está dispuesto a pensar. Un síntoma de nuestra época, tan llena de bárbaros en distintas instancias de poder, es la propagación de la censura. La cada vez más célebre «cancelación» es eso. Tú voz no debe ser escuchada. No importan los motivos. De hecho, cuando el censor ha decidido cortar una lengua, no cabe ni siquiera preguntar por qué.
El función del censor es informar de que una boca más ha sido clausurada. La censura siempre sirve a un tirano y los tiranos siempre lo son porque quieren imponer sus ideas a toda costa; al precio que sea. No hay tiranía sin censura. Toda censura es ideológica. El campo del diálogo es inmenso. Pero es más agreste. Recorrerlo implica querer dar con la verdad, querer mostrar el bien. Ante un argumento se levanta una pregunta. Sin interrogatorio no hay pensamiento. Pregunto para saber. El diálogo conduce a un arreglo porque ambas partes están dispuestas a saber lo que antes ignoraban. No se puede llegar a un diálogo con un catálogo de dogmas. El arma del diálogo es carecer de ellas.
El tirano más peligroso es el que no lo parece. Por eso, las tiranías donde la censura se enmascara de diálogo son fascinantes. Primero, el tirano no es ejecutor de la censura. Sus vasallos, tampoco. ¿Cómo, entonces, hay voces silenciadas? El tirano opera tras bambalinas y sus censores, también. Es el caso de los tipógrafos de cualquier régimen democrático con visos tiránicos, como el de México, que no escatiman en recursos para defender sus dogmas y desacreditar la palabra de quien ve el mundo de otra manera. No todos los mexicanos pueden opinar. Las opiniones de Ernesto Zedillo, por ejemplo, son inválidas porque son de él. Nada más. Lo mismo pasa con Felipe Calderón y con cualquiera que no abrace los dogmas del partido en el poder.
En sus artículos de opinión y participaciones en mesas de análisis y tertulias de televisión y radio, los pregoneros del tirano no ofrecen razones. Simplemente, lanzan arengas, afirman contundentemente que su ideología es mejor que cualquiera nada más porque sí. La cantidad de adjetivos con los que adorna sus consignas es pavorosa. Para ejemplificar esto, me veo obligado a recurrir, de nuevo a un apunte de Vanessa Romero Rocha, publicado hoy en Lo país.
La premisa del artículo es que los millonarios son explotadores, casi a niveles de esclavitud. Sobre esa base, Romero acusa al empresario Ricardo Salinas Pliego de haberse enriquecido ilícitamente y de abusar de los empleados de su conglomerado para enriquecerse todavía más. Paradójicamente, la autora recurre a la imagen del Pípila para referirse a Salinas. Recordemos que el Pípila es ese personaje que, según algunas crónicas, incendió la puerta de la alhóndiga de Granaditas para que los insurgentes capturaran a los realistas y criollos que se negaban a la independencia de México.
En sociedades como la mexicana, la riqueza se condena en general. Pero, ser millonario es pecado mortal. En la primera mitad de su artículo, Romero Rocha califica a Salinas de millonario en tres ocasiones: «Pemex terminó rescatando al millonario», «el millonario busca encarecer el costo político de sus deudas» y «el millonario que edificó su fortuna sobre el esfuerzo de los desposeídos». La autora sabe que, en México, «millonario» es sinónimo de corrupto.
Concedámosle a Romero que la fortuna de Salinas no es clara, que aprovechó circunstancias de la mano de éste y aquél gobiernos y hasta que es un explotador laboral. Dinero mal habido y esclavitud. Perfecto: concedido. De hecho, Salinas está bajo vigilancia del SAT. Permítame abrir un paréntesis. ¿Acaso no deberían de estar bajo la lupa otras empresas en este bonito país? ¿Acaso no tendría que estar indagándose el patrimonio inexplicable, no sólo de empresarios, sino de burócratas? Cierro paréntesis.
Pero el pecado que más irrita a Romero no es que Salinas sea millonario ni explote a sus trabajadores, sino que haya congregado a un grupo de personas en una cosa que llamó Movimiento Anticrimen y Anticorrupción (MAAC). Es en este punto donde entra el censor. «Dicen que [se lee en el primer párrafo], en el umbral de la vida y la muerte, la mente se extravía. Se nubla, se desorienta. En esas horas finales —cuando los órganos fallan y el aire no alcanza al cerebro— se produce lo que los médicos llaman delirium. El desvarío que la oposición mexicana estrenó la semana pasada evoca el trance final de un cuerpo que agoniza. Hace unos días, vimos a Ricardo Salinas Pliego dar el banderazo de salida al movimiento bautizado –con magnífica ironía, diría Borges en su Poema de los Dones– Anticrimen y Anticorrupción».
Más adelante, escribe: «En el discurso inaugural de su pequeño movimiento erigió la primera de sus falsas dicotomías. Se proclamó vida frente a la muerte, propiedad frente al despojo, libertad frente a la esclavitud, verdad frente a la mentira». A Romero no le parece que en México la gente esté muriendo a manos del crimen organizado y la torpeza del gobierno, ni que la propiedad privada esté en riesgo, ni que libertades esenciales para la vida pública también estén comprometidas ni que el gobierno en turno –como hizo el anterior– mienta sobre los asuntos bajo su administración. Dicho de otra manera Ricardo Salinas Pliego no tiene derecho a cuestionar al Estado.
Las cifras ofrecidas por la actual administración indican que, en lo que va de septiembre, en Sinaloa han asesinado a 58 personas. Ante una circunstancia de evidente violencia e inseguridad desbordada, Rubén Rocha Moya –gobernador de ese estado– canceló el guateque de la noche del 15 de septiembre. Ese mismo conteo fúnebre reporta que en Michoacán, del 1 al 16 de septiembre, han asesinado a 65 personas. El promedio de asesinatos diarios en México es de 60. Para darnos una idea, hoy, 17 de septiembre, en Gaza asesinaron a 50 personas. La actual administración sigue sin poder contener la violencia. La muerte se propaga. Y eso sólo es en lo que va de septiembre. Al dolor de la muerte, hay que agregar el de la incertidumbre que provoca no saber si alguien está vivo: según el Registro Nacional de Datos de Personas Desaparecidas y No Localizadas (ya es terrible que tengamos un registro así), en México hay 120,000 desaparecidos.
Sin embargo, a pesar de los muertos, a Romero le parece que la exigencia de Salinas al Estado para garantizar la vida es delirante. Como delirante le parece exigir que se garanticen libertades, como la de expresión. En este punto, el tirano y sus coros apelan a la falacia: si no hubiese libertad de expresión, ¿cómo estás diciendo que no hay libertad de expresión?
En este punto, es importante recordar que, en México, los dueños de medios de radio y televisión son en realidad consesionarios del Estado. La censura ocurre por asfixia, no de un tirón. Es paulatina. Llama la atención que, durante la presidencia del Licenciado Obrador y lo que va de la de la Doctora Sheinbaum, el medio de comunicación que más publicidad vende al gobierno federal sea La Jornada. Eso me hace recordar el discurso que, en la entrega del premio nacional de periodismo de 1982, pronunció el entonces presidente López Portillo. Ante los cuestionamientos sobre el riesgo de la libertad de expresión en México por la persecución del gobierno federal a la revista Proceso, López Portillo enarboló una defensa de las garantías que su administración ofrecía al respecto; pero fue muy claro al afirmar que: «Una empresa mercantil, organizada como negocio profesional tiene el derecho a que el Estado le dé publicidad para que sistemáticamente se le oponga [se refería a Proceso]. Esta, señores, es una relación perversa, una relación morbosa, una relación sadomasoquista que se aproxima a muchas perversiones que menciono aquí por respeto a la audiencia. Te pago para que me pagues; pues no, señores».
Sin embargo, el miedo a la persecución se amplifica a los patrocinadores de medios críticos al gobierno. Mucha de la actividad empresarial en México es gracias al presupuesto federal o de los estados. El empresario que tiene contratos con el Estado mexicano difícilmente apoyará a medios críticos al gobierno porque compromete su propia empresa. La voces en contra del gobierno se van muriendo de inanición. La propia Romero le recuerda a Salinas que es un consesionario: «Basta un vistazo rápido a los canales de su concesión inmerecida y a los desafortunados cuadros caídos bajo su sombra para escuchar el mismo estribillo: que Morena es un narcogobierno, que la deuda del último paquete fiscal es exorbitante, que México será Cuba». Tal es el modo astuto de censurar.
Hay métodos de censura más descarados, como el de la gobernadora de Campeche, quien mandó a un censor a Jorge Luis González para que Tribuna Campeche no publicará nada en contra de Layda Sansores. O como lo que pasó con Diana Karina Barreras, quien se querelló con una ciudadana por una crítica que no le gustó y logró que un juez condenara a Karla Estrella a disculparse con la diputada.
La ruina de la conversación pública también se gesta en las ideologías. Hay quien sí puede opinar sobre la cosa pública y hay quien no. Se llama pensamiento único. No puede haber discrepancia. Las ideas del tirano son las únicas válidas. Por eso elogian los gritos de la Doctora Sheinbaum como aplauden sus estrategias. La presidenta no se equivoca, incluso cuando afirma que patria se escribe con a de mujer. Sin embargo, el fanatismo ideológico llega a la indecencia de defender el horror. Cuando se publicó el desabasto de medicinas para niños con cáncer, los medios oficiales entrevistaron a López Gatell, quien acusó de golpistas a los quejosos.
El partido en el poder –cualquier partido– hará lo posible para aprovechar que están en el gobierno. La vigilancia y la crítica en los medios obliga a investigar. Vigilar al poder es crucial para la vida pública. La impunidad del burócrata aumenta conforme aumenta la oscuridad. Pero, empecinados en defender sus ideas, los defensores del tirano recurren a los dogmas de la doctrina que profesan. Enmascaran su fanatismo con datos; pero no son capaces de estructurar un argumento sólido. Sus palabras son su propia trampa. La magnífica ironía corre a cargo de la propia Vanessa Romero Rocha, quien antes de terminar su artículo, escribe: «Mentir de esa forma es un boleto sin vuelta. Un punto de inflexión que precipita al debate democrático en una pendiente vertiginosa. Radicaliza la conversación. Empobrece el presente e hipoteca el futuro. Nos arrastra de vuelta a un indeseable mundo primitivo».
Pocas cosas hay tan irritantes como que a uno le lleven la contra. Da mucha rabia. Frustración. Pero, sobre todo, rabia. Lo que a veces no nos gusta de la realidad es precisamente eso: que no es como nosotros creíamos. Nos enoja que las cosas no sean como las pensábamos. Esa ruta que, al tomarla, creímos que sería más rápida para llegar a dónde íbamos. Se llama expectativa. Por encima de nuestras expectativas, con más fuerza, está la realidad.
A veces, lo que ideamos en nuestra cabeza coincide con lo real. Eso da mucha alegría. Por eso las apuestas son tan adictivas. Puedo tolerar la frustración de cien apuestas perdidas con tal de ganar una. «Lo sabía» quizá sea la afirmación en la que más nos hemos regodeado. «Te lo dije». Es una confirmación de que en ese acierto fuimos todopoderosos. Es un acta de divinidad. Pero pasa muy pocas veces. La mayoría nos coloca en nuestro sitio de indefención.
Pero, a pesar de que la realidad se impone, el placer que nuestra idea del mundo nos da es preferible. Es mucho mayor. Es como una tonelada de azúcar corriéndonos por las venas. Como cocaína. Somos adictos a nuestras certezas. Por eso estamos empeñados en ver el mundo positivamente. Lo negativo se opone –nos lleva la contra– a lo que creemos. Es, literalmente, negativo. Del otro lado, la visión positiva de la realidad permite que nos sujetemos indefectiblemente a nuestros dogmas, por ridículos que sean. «El Guadalajara va a ganar el Clásico. Ora sí».
Las propias creencias son muy peligrosas. Podríamos estar equivocados. Pero si la certeza es tan maravillosa es porque viene disfrazada de sabiduría. Y no hay nada más adictivo para la mente humana que saber. Saber cosas tan pendejas como quién es Abelito. O qué dijo Facundo de Alexis. Queremos saberlo todo. Al enmascararse en saber, la certeza se nos agarra a los nervios con la misma fuerza con la que nosotros nos agarramos a la verdad.
Discutimos por la verdad porque nadie puede vivir sin ella. Incluso quien niega la existencia de la verdad asume una: la de que la verdad no existe. Por eso tenemos palabras. Porque las verdades más importantes se nos escapan a los sentidos. Lo crucial para el hombre no es si Aarón se fue de la casa de los famosos, sino si su salida fue justa. La verdad fundamental no es evidente. Para llegar a esas verdades ocultas necesitamos pensar. Pero pensar es muy doloroso. La certeza conforta. La búsqueda de la verdad cala hasta los huesos. Porque de lo que se trata la verdad no depende de cada uno.
Para pensar disponemos de palabras. Son el fundamento del pensamiento. De ahí que λόγος signifique tanto «razón» como «palabra». El diálogo –lo que hacemos a través de la palabra– pretende encontrar la verdad. Esa búsqueda requiere un elemento mínimo, un requisito indispensable, sin el que no puede haber diálogo: que los involucrados estén dispuestos a buscar algo que no está en sus respectivas certezas.
La mente dogmática está impedida para dialogar. Aunque haya palabras, el dogmático no pretende con ellas dar con la verdad, sino mostrar sus certezas lingüísticamente. Del dogmatismo al adoctrinamiento hay un pasito muy pequeño. La fuerza de la certeza es tal que conduce al dogmático a propagarla entre otros y, también, a imponerla. Las palabras ya no son vehículo de realidades, sino de meras creencias.
Las preguntas ayudan a identificar eso que llamamos problemas. Si una afirmación es problemática es porque no se verifica del todo en la realidad. Decir que el Guadalajara es el mejor equipo de Méjico, por ejemplo, es muy problemático porque lleva una década sin ganar la liga. Si le preguntáramos al dogmático que cree en lo anterior por qué si es el mejor equipo tiene diez años sin ganar nada, posiblemente montaría en cólera. La realidad se impone a su dogma. Sin embargo, eso no comprometería su amor al rebaño sagrado. Simplemente, mostraría algo. Algo muy triste si se es aficionado al Guadalajara. En ningún caso, la pregunta podría ser tomada como una agresión. Sí sería dolorosa para el inquirido; pero porque perdería el piso donde se para desde niño.
Nuestra vida está contada con palabras. Somos biografías particulares. Breves novelas que nosotros hemos escrito. La memoria de nuestra vida se construye con palabras. Es muy doloroso someter nuestras creencias a preguntas incómodas. Ese dolor proviene de cuestionar el relato de nuestra propia vida. Hay quien vence ese dolor y está dispuesto a hacerse esas preguntas e intentar responderlas. Ese dolor aumenta si es otro quien cuestiona. Y es más grave si el interrogatorio es a la vista y oído de otros. El ridículo de exponerse a la verdad duele insoportablemente.
Un debate público es muy riesgoso. Sobre todo, porque no siempre los involucrados están dispuestos a admitir que podrían estar equivocados. A reconocer que sus dogmas eran simplemente eso: certezas confortables, dogmas placenteros. Debatir implica salir del debate con una verdad sobre la realidad y el mundo distinta a lo que uno creía que era verdad. La condición sine qua non del debate es estar dispuesto a escuchar y a pensar. Confrontar y atender a lo que el otro dice. Todo ello, con la recta intención de dar con la verdad. «¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela», escribió Machado.
La necedad es el signo del idiota. Nada es tan peligroso como un idiota furioso. Nada es tan peligroso como el dogmatismo. Nada es tan peligroso como que alguien no esté dispuesto a poner sus creencias entre paréntesis. Nada es tan peligroso como que se dejen de hacer preguntas incómodas. Nada es tan peligroso como un idiota armado, dispuesto a matar a otro simplemente porque sus dogmas no coinciden con los de aquél.
Empiezo a pensar que Vanessa Romero Rocha no sabe leer. Lo digo porque en su artículo de hoy en el Reforma, Anatomía de un instante, vuelve a cometer inexactitudes al respecto de sus referencias literarias al usarlas para ilustrar su devota fascinación por la 4T, el Licenciado Obrador y la Doctora Sheinbaum. Como hace dos semanas, hoy tampoco resistí la tentación de leerla y, también como hice entonces aquí, ahora quisiera hacerle una nueva réplica.
En general, los artículos de Romero son una oportunidad que ella aprovecha para mostrar su amplia cultura. Sin embargo, molesta que cite indebidamente –alterar un texto en favor de su postura o argumento– o que ensucie su artículo por no referir a autores cuando es necesario. En este caso, por ejemplo, escribe: «Si –como afirma el griego en el Cratilo– el nombre es arquetipo de la cosa, en ese llamado…». El lector culto sabe que la cita es de Borges, no de Romero; pero, como omite las comillas o la referencia, parece que es ella la autora original de tan bella imagen extraída del Golem. Romero es muy culta, insisto. Pero no trata con decencia a su lector. Le miente con flagrancia y soltura, como si fuese un imbécil.
Luego está su estilo, engolado, como si Romero escribiese presa de un horror vacui. No deja sustantivo sin adjetivar ni renglón sin hipérbole (v. gr. «El partido que alguna vez fue revolucionario se agita violento como un animal moribundo: todavía ruge, pero ya huele a muerte»).
Ahora, Romero se ocupa de consignar una semana en la que «la política mexicana dejó estampas que abarcan toda la época: sus tensiones, heridas, fantasmas y herencias». Al inicio, ofrece una brevísima explicación del título de su apunte. Pero, así como hizo con Rulfo, es imprecisa. La autora refiere el asalto al congreso de los diputados españoles a manos de unos 200 miembros de la guardia civil encabezados por el teniente coronel Antonio Tejero, quien la tarde del 23 de febrero de 1981 interrumpió la sesión en la que se votaría la investidura de Calvo-Sotelo como presidente del gobierno, luego de la dimisión –un mes antes– de Suárez.
El 3 de julio de 1976, a unos meses de la muerte de Franco, el rey Juan Carlos nombró presidente a Adolfo Suárez. Su labor al frente del gobierno no iba a ser nada sencilla. Primero, tenía que convocar a elecciones; pero para ello era indispensable redactar una constitución. Recuérdese que desde 1938, España se regía por un sistema legal hecho a la medida por Franco, no por una constitución. Suárez impulsa la ley para la reforma política que legalizó a los partidos políticos, incluido el Partido Comunista de España, prohibidos por el régimen anterior. Con los partidos políticos legalizados, esta ley permitió convocar a elecciones el 15 de junio de 1977, que Suárez ganó. Luego, Suárez abrió el proceso constitucional, que culminó con la aprobación de la carta magna, el 6 de diciembre de 1978 y en cuya redacción intervinieron miembros de los todos los partidos –Alianza Popular, Unión de Centro Democrático, el Partido Socialista Obrero Español y el Partido Comunista de España, además de la minoría catalana–, los siete célebres padres de la constitución.
Sin embargo, la alegría duró poco. La crisis económica detonó la política. Suárez perdió apoyo dentro de su partido, que aglutinaba a distintas corrientes que luchaban al interior de la UCD sin que él pudiese contener esas batallas. Además, los gobiernos vasco y catalán pugnaban por su autonomía –el terrorismo de ETA estaba en su punto más alto– y la presión militar casi golpista iba aumentando. Desgastado personal y políticamente, Suárez dimitió.
Javier Cercas se adentró en todo ello y en 2009 publicó Anatomía de un instante, un ensayo que detalla los pormenores en torno al asalto al congreso de los diputados y cuyo centro de gravedad es la figura de Adolfo Suárez. Parece que este año, Movistar+ estrenará la serie basada en el libro.
Romero inicia su artículo así: «Hay imágenes que contienen una era. La más célebre de la política española es la del 23 de febrero de 1981: Adolfo Suárez permanece erguido en su escaño mientras los hombres de Tejero irrumpen en el Congreso y disparan al techo. El resto de los diputados –menos dos– se han tumbado al suelo». Para saber qué pasó esa tarde de febrero, además del ensayo de Cercas, tenemos la grabación.
El desconcierto interrumpe la votación y escuchamos gritos inaudibles que se van aclarando según entran los guardias civiles hasta que Tejero ordena «¡Quieto todo el mundo!». Luego, la insistencia de Tejero, quien reclama silencio. De pie, en su escaño al lado de Suárez, está el general Manuel Gutiérrez Mellado, ministro de Defensa. Tejero grita: »¡Al suelo! ¡Al suelo todo el mundo!». Gutiérrez Mellado camina decidido hacia Tejero y Suárez se levanta. Alcanza a cogerlo del brazo pero la determinación del ministro es más fuerte y llega hasta el teniente coronel para increparlo. Un puñado de guardias civiles empuja al general Gutiérrez Mellado, que ofrece resistencia. Suárez va hacia la trifulca y Tejero y su gente empiezan a lanzar balazos a lo alto. Todos los diputados se tiran al piso. Excepto Suárez, quien se sienta en su escaño como si nada. De pie, al lado de la escalinata, está Gutiérrez Mellado, también como si nada. Hay unos disparos más. Poco a poco, los demás ministros de Suárez ocupan su escaño en la primera fila de su bancada. La mayoría sigue agazapada.
Suárez no estaba erguido, como dice Romero. Pero esto no es lo más extraño de su artículo. Hacia el final, luego de cargar contra Fernández Noroña, la autora celebra la llegada de la hija de Heberto Castillo a la presidencia del Senado, que le atribuye a la Doctora Sheinbaum, dada su misión de «cuidar el obradorismo y sus populares principios» (sic). En el último párrafo afirma: «Claudia Sheinbaum ha hecho un Adolfo Suárez: la calma en medio del estruendo. El valor entre los disparos. Una mujer de pie, quieta, en medio de un desierto de escaños. Nuestro tren va conducido por una elegante maquinista mientras los peones se apalean en el interior de los carros».
Más allá de que Suárez no estaba de pie en medio de un desierto de escaños, sino sentado en el suyo, me parece muy poco probable que Sheinbaum pueda hacer un Adolfo Suárez, quien dimitió como presidente del gobierno de España para llamar a la concordia en un país dividido y polarizado. Al contrario, la presidenta de Méjico, como bien señala Romero, tiene un sólo deber: preservar el obradorismo como única opción política.
Suárez se hizo a un lado para que otros con más solvencia y capacidad de interlocución resolvieran la crisis política que lo rebasaba y se sentaran las bases para fortalecer una economía famélica. «No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España», dijo en su discurso de dimisión ante el congreso, el 29 de enero de 1981. Suárez pasó a la historia precisamente porque pertenece a ese tipo de héroe que el poeta Hans Magnus Enzensberger, según explica Cercas al inicio de Anatomía de un instante, agrupó en la categoría de «héroes de la retirada»: «Frente al héroe clásico, que es el héroe del triunfo y la conquista, las dictaduras del siglo XX han alumbrado el héroe moderno, que es el héroe de la renuncia, el derribo y el desmontaje: el primero es un idealista de principios nítidos e inamovibles; el segundo, un dudoso profesional del apaño y la negociación; el primero alcanza su plenitud imponiendo sus posiciones; el segundo, abandonándolas, socavándose a sí mismo. Por eso el héroe de la retirada no es sólo un héroe político: también es un héroe moral».
No hace falta argumentar por qué Sheinbaum no pertenece a este tipo, sino al otro, al del triunfo. Ella es una idealista de principios diáfanos y petrificados que no dejaría que nadie le impidiese llevar a cabo su proyecto. En cambio, hoy Méjico reclama aquel otro tipo de héroe, el que sabe que tiene que retirarse para salvar al país.
La relación que los mejicanos hemos establecido con la palabra es tan paranoica como esquizofrénica. Para respaldar esta afirmación acudiré a un ejemplo muy familiar. Cuando dos conocidos que tienen mucho tiempo de no verse se encuentran azarosamente en la calle, luego de ponerse al día de manera superficial y ya como despedida, se prometen mutuamente que se llamarán. La fórmula empleada para establecer ese compromiso –con ligeras variaciones según sea el caso– suele ser: nos llamamos. Ambos saben que esa llamada no ocurrirá jamás, fundamentalmente por una razón, que es que no son amigos y por eso, luego de que dejaron de verse decidieron no frecuentarse nunca más.
Sin embargo, el compromiso denota paranoia y esquizofrenia en el empleo de la palabra. Tanto uno como otro son absolutamente conscientes de que nunca más volverán a verse en lo que les queda de vida a menos que la fortuna decida, de nuevo, que se crucen en un centro comercial o en la fila del restorán. A pesar de esta certeza, los dos prometen llamarse con un aplomo digno de una amistad indestructible. Realidad y lenguaje están dislocados.
De manera general, mentira es cuando la palabra no coincide con la realidad nombrada. Por ejemplo, decir que usted lee esto en una hoja de papel es mentira. El mejicano miente a cada momento porque no la realidad le provoca un dolor inexpugnable. Su estrategia para evadir ese dolor es renunciar a usar la palabra como vínculo con la realidad. En vez de eso, opta por convertir a la palabra en un paliativo.
El exagerado amaneramiento de la cortesía mejicana es el síntoma por antonomasia de esta dislocación entre palabra y realidad. Cada una de las formas del tratamiento social que adoptamos son, por lo menos, aberrantes a la razón. Ibargüengoitia exploró esos abismos y nos dejó copiosos casos de esa enfermedad. «Cuando entra la criada cargando al niño –escribe–, el dueño de la casa, marxista, me dice: —Quiero presentarte a una colaboradora».
Alguno me dirá que nada tiene de malo ser insufriblemente amanerados en lo que a urbanidad se refiere. Y tendrá razón. Lo malo es que sólo estamos ante un síntoma de nuestra lejanía con respecto a la realidad y del profundo desinterés que ésta nos despierta. El modo en el que se conducen nuestros burócratas es un caso para un estudio mucho más profundo que este breve apunte; pero es un ejemplo extraordinario.
El gobernante de turno se la pasa justificando su ineptitud con un lenguaje vago que también ha ido impregnándose de la incompetencia del funcionario. Ahora que un tren maya chocó con otro tren maya, un generalote salió a hablar en la conferencia de la presidenta Sheinbaum para, supuestamente, explicar lo ocurrido. En vez de eso, se puso a decir pura sandez; eso sí, con ese aplomo marcial envidiable que es muy útil cuando si uno es un cínico al servicio de la comandante suprema de las fuerzas armadas. El señor éste nunca mencionó la palabra «choque»; en su lugar, usó «anomalía» y «percance». Al final de su intervención –gracias a la cual supimos que una mujer de nombre Yanet conducía el tren que chocó al otro–, a uno le queda la sensación de que efectivamente no hubo choque de trenes, sino que las fuerzas oscuras del neoliberalismo quisieron, sin lograrlo, dejar en ridículo una de las obras insigne del Licenciado Obrador y que, por supuesto, el pueblo mejicano es muy solidario y comprensivo y que no se preocupe, esas cosas pasan, aquí esperamos sentados en lo que reparan el tren y nos llevan a nuestro destino, chasgrcias.
Este caso reciente es uno más entre el habitual uso del eufemismo por la impresentable burocracia mejicana y me parece una majadería hacer un recuento de cada uno. Por supuesto, el funcionariado mejicano no ostenta la exclusividad de la ruindad. Las conspiraciones y traiciones son propias del ejercicio del poder. De Catilina a los tíos de Hamlet, el poderoso miente para perpetuarse en el trono. La indecencia es elemento del tirano.
Quizá la diferencia con otras sociedades es que acá, en esta gran nación, que es Méjico, hicimos de la mentira un modo de vida. Quizá a eso obedezca que nos da igual que el politiquillo que vive del erario nos mienta en la cara. Con que nos caiga bien y tenga cara de buena gente nos basta porque es tan mezquino como nosotros. Es uno de los nuestros: ignorante, cínico y malhecho.
Lo anterior me vino a la cabeza hace rato que leí lo que Sabina Berman escribió para El universal. Coincido con Berman en su apreciación del lenguaje como aquello que nos permite rebasar la finitud de los sentidos (también somos seres inmateriales). Hasta aquí la coincidencia. El asunto es que a la luz de los prodigios técnicos para observar la realidad y de su encuentro en el aeropuerto de Minatitlán con Beatriz G. Mueller y su hijo Jesús Ernesto, Berman se pregunta: «¿Por qué nos mienten tan a menudo los periodistas?». Afortunadamente, se trata de una inadvertida pregunta retórica: los medios nos mienten 1) porque pueden mentir sin sanciones y 2) porque la mayoría de los periodistas en Méjico ha vendido su integridad a cambio de dinero y ha tomado partido en la lucha por el poder. «Un periodista –garabatea Berman– para favorecer a su bando o para dar un golpe que atraiga cientos de miles de vistas, hoy se permite trampas muy graves contra la verdad».
El texto es paradójico. Berman acusa a Loret –no podría ser de otra manera– de que su reportaje sobre dinero ilegal recibido por Pío López Obrador para la campaña de su hermano carece de pruebas y que no es una investigación sino una asquerosa mentira. Pero ella misma no ofrece pruebas ni argumentos de lo que acaba de lanzar. En fin. Que, con eso a la vista, acto seguido nos advierte de que el periodismo actual le estorba a la democracia, que la ha reducido a una guerra entre las élites partidistas y que, agárrese, «nos ha separado de la realidad». Como si los mejicanos necesitásemos separarnos de la realidad.
El otro día también escuché una declaración de Pedro Haces, señalado de extorsión por los miembros de su sindicado. Haces, como cualquier burócrata en su circunstancia, se limitó a decir: «que presenten la denuncia correspondiente». Lo mismo dijo la presidenta Sheinbaum. La clase burocrática de este muladar que cariñosamente llamamos Méjico sabe lo que implica presentar una denuncia y que nadie en su sano juicio se va a meter en ese berenjenal. Y, además, sabe que si se presenta la inopinada denuncia, un juez va a impedir que se manche el buen nombre de menudos canallazos.
De las recomendaciones que Snyder hace en su panfeltito sobre la tiranía (todas como muy de sentido común: 1) no obedezcas por anticipado, 2) defiende las instituciones, 3) cuidado con el Estado de partido único, 4) asume tu responsabilidad por el aspecto del mundo, 5) observa la ética profesional, 6) desconfía de las fuerzas paramilitares, 7) sé reflexivo si tienes que ir armado, 8) desmárcate del resto et cætera), las más llamativas son creer en la verdad y dos que tienen que ver con el idioma: tratar bien a la propia lengua y prestar atención a las palabras peligrosas.
El peligro de los eufemismos, de decir que no se desplomó una grúa sino que tuvo un desplazamiento o lo que gusten es muy peligroso. Es la neolengua de la manida novela de Orwell que una vez cada tanto sale a la luz. En Méjico, hoy se tilda de «fascista» a cualquiera que contravenga al partido en el poder. Todo atisbo de crítica es «ultraderecha». Para ser un burócrata ejemplar hay que «estar en territorio». Mientras eso pasa, la presidenta Shienbaum miente cada mañana porque sabe que un coro de escritores sin moral van a salir a defenderla a la mañana siguiente. La paranoia lleva a inventarse enemigos. La esquizofrenia, a creer que esas alucinaciones son reales.
En El llano en llamas, el Pichón narra algunas de las peripecias de la banda de criminales a la que pertenecía, dirigida por Pedro Zamora. El célebre relato de Rulfo no escatima en sangre. Por ejemplo, cuando los asesinos a caballo arrastran a unos hombres «pialados que, en ratos, todavía caminaban sobre sus manos, y otros, de hombres a los que se les habían caído las manos y traían descolgada la cabeza» (1996: 77); desmembrados, atados a las ancas de animales montados por otros animales, como el cadáver de Héctor tirado por el carruaje de Aquiles.
Rulfo da voz a un monstruo, el Pichón, que se alegra de protagonizar y contemplar las masacres cometidas por él y sus compañeros. Ante los asesinos arrastrando a sus víctimas, el Pichón dice como si nada que «daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el Llano Grande otra vez, como en los tiempos buenos. Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tierra como huizapoles maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los alrededores del Llano» (1996: 77). Según el testimonio del Pichón, la banda de Pedro Zamora esparció el fuego por doquier.
Esto me vino a la cabeza porque el otro día, en su artículo Los millones de Obrador (Reforma, 16.VIII.25), Vanessa Romero Rocha retomó el cuento de Rulfo. Fiel a su estilo feligrés (su anterior artículo Entre Morena y la nada (Lo país, 14.VIII.25) es una ferviente muestra), aquí se supera a sí misma en devoción y éxtasis por el licenciado Obrador. Al grado de que engaña deliberadamente al lector. Romero inicia así: «¡Por el bien de todos, primero los pobres! El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Así comienza El llano en llamas, y me permito invocar a Rulfo para inaugurar mi moderna reflexión».
El cuento de Rulfo no empieza como dice Romero, sino con un epígrafe («Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos…»). Pero la primera línea del relato tampoco es la que señala Romero, sino ésta: «¡Viva Petronilo Flores!», a la que sigue una transcripción sin entrecomillar –«el grito se vino rebotando» etcétera–. Me llama la atención que Romero haya elegido El llano en llamas para echar loas al licenciado Obrador porque el cuento describe el horror de una sociedad enfrentada y sometida a la voluntad de los criminales. De un lado, los criminales asolan todo a su paso. Del otro, la compañía del general Petronilo Flores intenta contenerlos. En medio, los habitantes de pueblos y rancherías, armados para defenderse de los forajidos. Una debacle de sangre y fuego.
El cuento es aterrador; pero, lo que más horroriza es la complaciente visión del Pichón ante tal desolación. La banda de Pedro Zamora va por el llano quemándolo todo. «Era bonito ver aquello», dice el Pichón. Lo que está viendo son pueblos arder, soldados secuestrados y torturados durante días en el juego del toro: en un redondel, azotan a los torturados con un verduguillo, un arma semejante a una gran aguja que suele ocultarse en un bastón. Unos aguantaban más que otros. Dice el Pichón que uno de ellos, luego de que Zamora lo hiriera en las costillas, no se percató del pinchazo hasta que «vio su sangre dándole vueltas por la cintura […] Se asustó y trato de taparse con sus dedos el agujero que se la había hecho en las costillas, por donde le salía en un solo chorro la cosa aquella colorada que lo hacía ponerse más descolorido. Luego se quedó tirado en medio del corral mirándonos a todos. Y allí se estuvo hasta que lo colgamos, porque de otra manera hubiera tardado mucho en morirse» (1996: 81). En Méjico, a nadie importa el reguero de sangre ni los muertos ni nada. Literalmente, este país es el llano en llamas rulfiano. Cadáveres en fosas comunes, cadáveres en balaceras, cadáveres por doquier. Y nadie oye ladrar los perros. Nuestra mirada, como la del Pichón, ve la sangre que no deja de correr y se alegra.
En su artículo, Romero defiende la estrategia de reparto de dinero ejecutada por el licenciado Obrador para aliviar la pobreza: 13 millones y medio de pobres menos. Incienso en mano, la autora atribuye el logro al Uno. «Decir que las personas salieron de la pobreza es, por supuesto, metafórica formulación: nació en Tepetitán, Tabasco, quien las desterró. A punta de terquedad y paciencia las exilió de tanta y tamaña tierra de hambre y abandono». Aquí, Romero subraya «tanta y tamaña tierra». La expresión está también en Rulfo: «Vuelvo hacia todos lados y miro el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada» (1996: 9) y está extraída de Nos han dado la tierra, cuento en el que describe la aridez del Llano Grande que es como la Tebas de Edipo, infértil, seco, como «un duro pellejo de vaca» (1996: 9). Años más tarde, José Emilio Pacheco escribió ¿Qué tierra es ésta?, un poema en homenaje a Rulfo, donde escribe: «Aquí no llueve. / A la gota caída / por equivocación / se la come la tierra / y la desaparece en su sed. / ¿Quién haría este llano tan grande? / ¿Para que sirve este llano tan grande? / No hay conejos, / no hay pájaros, / no hay nada. / Tanta y tamaña tierra para nada» (2004: 296).
¿Qué tierra es ésta en la que a diario asesinan a 60 personas, en la que la extorsión es un segundo impuesto cobrado por los criminales? ¿Qué tierra es ésta en la que hay más de 125,000 desaparecidos? Esta gran nación, que es Méjico, se mantiene intacta desde que Rulfo publicó sus relatos. Somos un llano en llamas ante la mirada impasible de gobernantes y gobernados. El licenciado Obrador es responsable de buena parte del horror. Por supuesto, ni la feligresía ni los clérigos obradoristas son capaces de advertirlo. «Funcionó repartir los panes, desafiar al salario mínimo y esfumar la ingrata subcontratación», escribe Romero. Supongo que el editor de Reforma cambió el verbo «multiplicar» por uno menos ardiente.
La fe de Romero en el licenciado Obrador choca con la suspicacia de quienes vemos en él a un demagogo. Ella misma admite que lo suyo por Obrador es absoluta experiencia religiosa. «Aunque nunca faltan los escépticos –advierte–, los regateadores ni los que aguardan un desdichado desenlace nacional. Incrédulos opositores que en la negación encuentran un poco más de vida artificial». Los escépticos e incrédulos no caben en la iglesia obradorista.
Una muestra reciente de la pifia que es repartir dinero del erario para aliviar la pobreza son las casas anegadas en las inundaciones de los últimos días. La inclemencia se ensaña siempre con los más desamparados. Las aguas negras son más oscuras en las casas de tabique y lámina. La falta de infraestructura se traduce en enfermedades. Enfermos, los niños no pueden ir a la escuela ni los adultos, a trabajar. El ciclo de la prebenda sólo beneficia a corto plazo. Al ritmo de los sexenios. Mientras tanto, los más pobres pagan el desplome del metro que usan o padecen las balaceras en la periferia donde sobreviven.
El demagogo triunfa porque perpetua a su partido en el gobierno, petrificación que se traduce en otro tipo reparto a otro tipo de jodidos: quienes se enriquecen con el dinero público a través de asignaciones y distribución de contratos. La caterva de cínicos que nos gobierna gana. Pero su permanencia depende de que haya una feligresía ardiente que mantenga unidos a los fieles. Sin las alabanzas, el culto se debilita.
(Otro ejemplo de esa idolatría es el también reciente Entre Morena y la nada (Lo país, 14.VIII.25), en el que la señora Romero escribe: «Fue hasta Andrés Manuel López Obrador que nos habituamos a que los dirigentes vivieran como el meridiano resto; es a partir de él que exigimos que los políticos permanezcan en la justa medianía». O sea que en el principio era Andrés Manuel y nada más. Y AMLO dijo luz y la luz se hizo. Fanático es un adjetivo inexacto para un artículo donde se afirma «Los principios éticos para hacer política impulsados por el retirado Macuspano nos acompañan aún como el eco de su voz»).
En otro cuento –El día del derrumbe–, Rulfo narra lo ocurrido luego de un temblor septembrino: el gobernador hace un tour por los pueblos damnificados. Uno de los personajes –burócrata de mediopelo– dice: «Todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado. La cuestión está en que al menos venga a ver lo que sucede, y no que se esté allá metido en su casa, nomás dando órdenes. En viniendo él, todo se arregla, y la gente, aunque se haya caído la casa encima, queda muy contenta con haberlo conocido» (1996: 141).
Así seguimos en Méjico. A pesar del derrumbe, el paso del tlatoani cura penas y dolores. Verlo y, en una de esas, tan sólo rozar un pedazo de tela de su flamante guayabera, sana. Que nos obsequie una mirada para ser salvados. En medio de las ruinas, el inalcanzable rostro del presidente aliviará todas nuestras penas. Y, para decirlo también con Rulfo, el día del derrumbe la música seguirá tocando el Himno Nacional (cfr. 1996: 147).
Bibliografía
RULFO, Juan. (1996) Toda la obra. Edición crítica (Claude Fell, coordinador). ALLCA XX-Fondo de Cultura Económica. Madrid.
PACHECO, José Emilio. (2004) Tarde o temprano (poemas 1958-2000). Edición de Ana Clavel. Fondo de Cultura Económica. México.
Barbarie es la ausencia de razón. Hay grados de barbarie. En cierto sentido, un niño es un salvaje. Si corre con suerte, irá descubriendo el potencial de su ser racional y, en compañía de algún adulto, aprenderá a ejecutar los mandatos de la razón.
La palabra es el primer síntoma del ser racional. Lo dramático y cruel en un niño que no habla es que no parece racional. Incluso, quien padece un frenillo en la lengua, aparenta imbecilidad. Aunque no lo sea, el zipizape da la impresión de ser estúpido. Así de importante es la palabra. Somos animales que hablamos.
Lo que el hombre logra como humano lo logra mediante la razón. La barbarie funciona al margen de ella. Y funciona más eficazmente. El bárbaro alcanza sus propósitos y objetivos inmediatamente. Sus metas están a ras de suelo. Su propia vida depende absolutamente de su sensibilidad. El bárbaro va a tientas por el mundo.
Civilización es poner a la razón como primer motivo hasta lograr que la inmediatez sea el último recurso. Civilización es enaltecer las posibilidades de la razón: querer abrazar la verdad, querer hacer el mayor bien y querer apreciar la máxima belleza. El bárbaro ha renunciado a ello.
El hacer de la barbarie es inmediato. Eso se llama violencia. Su eficacia radica en que no hay intermediaros entre sus propósitos y su ejecución. El hacer de la razón es indirecto. Ella misma pone obstáculos entre sus fines y su ejecución. El primero obstáculo es la palabra. El seductor busca consumar el encuentro en el coito; pero no es un violador. La diferencia entre ambos es la palabra.
Según pasan los días, esta gran nación, que es Méjico, desciende un nivel más en el subsuelo de la barbarie. Aquí –en medio de las nopaleras, los volcanes, las costas, las sierras madres oriental y occidental–, el modo de arreglo social no es la palabra, sino la violencia. La extorsión, la amenaza, el chantaje son nuesstra prima ratio.
Ayer asesinaron a Ximena Guzmán y a José Muñoz. Su muerte se agrega a las de otros en la frialdad del recuento estadístico. Pero, su caso es distinto. Ambos trabajaban en la burbuja íntima del despacho de la actual jefa de gobierno de la ciudad de Méjico. Nada en la agenda de Clara Brugada escapaba de la incumbencia de Guzmán ni Muñoz.
Pienso que toda vida humana es igual. La tradición hebrea afirma que quien salva a uno salva al mundo entero. En la barbarie, también pasa eso, pero contrario sensu: nadie vale nada. En la civilización, disponer de la vida humana como quien dispone de un objeto horroriza. En la barbarie no. En la barbarie se golpea, se viola, se asesina con la naturalidad con la que un perro en celo monta a una perra en celo.
La burocracia emanada del partido Morena lleva 24 horas mostrando su dolor por el asesinato de dos de sus miembros. El internet se ha colmado de gestos de luto y cariño por los asesinados. No sé si la causa de esas muestras sea la compasión o la obligación corporativista. En cualquier caso, esa avalancha de dolor me parece inédita en un país donde diariamente, en promedio, se asesinan a 40 personas.
El día anterior al asesinato de Guzmán y Muñoz, en esta gran nación, que es Méjico, asesinaron a 68 seres humanos. Y, el anterior, a 64 –cinco de ellos en la ciudad de Méjico–. Y el día 17 de mayo, asesinaron a 55. Y, un mes antes, el 20 de abril, asesinaron a 41 personas en un país que se desangra. Y no circularon los lamentos ni las consignas ni nada. Porque la utopía se las robaron hace mucho. Y se las robaron por estar imaginando algo imposible y por resistirse a cumplir con el único deber del Estado moderno que es aminorar la violencia como primera opción de arreglo entre los diferentes.
Cuando el Estado no asume que su única obligación es contener la violencia y, en vez de eso, opta por adoctrinar, por repartir prebendas, por perseguir a sus críticos y por hacer un montón de payasadas, hablamos de demagogia –en el mejor de los casos– y de totalitarismo.
Méjico está gobernado por una panda de idiotas con un sólo anhelo en su cabeza hueca: vivir con cargo al erario. El célebre priista veracruzano César Garizurieta, el Tlacuache, resumió dicha actitud moral con el precepto «vivir fuera del presupuesto es vivir en el error». El postulado del Tlacuache está grabado a fuego en las vísceras de nuestros burócratas y debiera colocarse con letras de oro en el muro de la cámara de diputados y el senado mejicano.
Nos gobiernan los bárbaros. Precisamente, ellos han propagado la barbarie en cada rincón del país. Pero su zafiedad y salvajismo son las de cada mejicano. En uno de sus apotegmas antropológicos, Ibargüengotia sostiene que el mejicano es avorazado porque tiene hambre atrasada. El alma mejicana es rudimentaria y sólo alcanza para lo que tenemos.
La fealdad nos rodea en sus expresiones más dolorosas y crueles. Pero nos da igual. Nos da lo mismo que maten a quien sea. La novela Por quién doblan las campanas, de Hemingway (For Whom the Bell Tolls, 1940), debe su título al extraordinario texto de John Donne (Devotions/Meditation 17, 1624):
Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, tanto como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.
Civilización es ser consciente de que soy más humano en la medida en que más me alejo de la violencia. La única vía para alcanzar la razón es ejercitarse en esa adquisición de la verdad, el bien y la belleza. En descubrir que lo inmediato debe quedar supeditado a lo eterno. La decencia no es otra cosa que delicadeza política. Eso no lo sabe el bárbaro, al que debemos contener con más fuerza de la que el es capaz de ejercer. Con el bárbaro no se dialoga. Al bárbaro se le recluye y se le obliga a descubrir que en él también dormitan las mismas posibilidades que en la civilización están despiertas.
Cada vez que muere cualquier hombre, se muere algo en nosotros. Que sólo valgan algunos muertos es un síntoma más de que estamos pudriéndonos en la peor de las barbaries.
Hubo un punto en el que arte y belleza se separaron. A partir de ahí, no han vuelto a tocarse. O rara vez. La fealdad rodea al mundo. El otro día vi el Eternauta. Los bichos esos, el gris del frío y la nevada, la angustia provocada por el encierro en las mascarillas, la incertidumbre. Parece una nueva metáfora de que la fealdad va ganando la batalla.
Mira a tu alrededor. La ropa, los olores, el entorno. Todo feo. ¿Por qué? Vivimos en medio del horror. Por supuesto, para hacer belleza hace falta empeño. Lo feo ocurre simplemente. La corrupción de la materia la afea. El paso del tiempo desgasta cosas. «Se echó a perder», dices. Y está feo.
Jaime Salines lo dice en uno de sus poemas más cursis –difícil elección–. Es uno de los de Julito (no recuerdo cuál).
«Recuerdo su primera impresión de la muerte. Fue frente a un conejito que murió a los dos días de estar en casa. Julito me lo rajo de las patitas, tieso, como un trocito de madera. —No se mueve, papá, está muy feo. —¿Lo tiramos a la basura? —Sí, tíralo, está feo.»
Nuestra vida cada vez es más muerte. Más fea y más muerte. La belleza es eternidad. Es vida; pero para siempre. En algún punto, la humanidad se olvidó de eso. Y decidió que la belleza era un estorbo. Un lastre medieval. Porque no es útil. En algún punto, dejamos de crear objetos bellos y optamos por los meramente funcionales.
Bien mirado, tu teléfono es anodino. Un bloque liso, negro. Un espejo sin marco donde se refleja la fealdad del mundo. Bien mirada, tu casa es fea. Un bloque liso, blanco. Frío. «Minimalista», dijo el arquitecto. Bien mirada, tu casa es una casa hecha en serie. Un reducto blanco. Bien mirados, los objetos que te rodean –y de los que dependes absolutamente– son feos.
Mira bien. Tus días pasan sin belleza. Porque la belleza no importa. Es más, tan no importa que eres incapaz de definirla, de explicar por qué existe lo bello. La música que escuchas es una estridencia de percusiones y gemidos. Tu modo de hablar es tan feo como escuchar cualquier canción de Kenia Os.
Hubo un tiempo cuando el nombre de las enfermedades era poético; la gravedad estaba inscrita en palabras como rubeola, sarampión, viruela, cáncer, tifoidea, tosferina. Hoy, padecemos siglas: SARS, VIH, COVID, H1N1.
La barbarie avasalla. Las cenizas ensombrecen tu transcurrir en el mundo. No hay vida en la fealdad. Lo que queda es una amarga sobrevivencia. Tu estrés. Tu ansiedad. Tu depresión. Tu desasosiego. Tu esfuerzo fútil por seguir siendo humano. Sin belleza sólo eres un cúmulo de células. Un rutinario latir del corazón. Un cuerpo necrosado que no se ha dado cuenta.
Hubo un tiempo cuando no cabía renunciar a lo bello. Mira ese elevador viejo, sus herrajes, el cancel, el tablero de botones. Mira aquella vajilla. Mira esa silla. Mira el escritorio. Ahora, mira el sitio donde estás leyendo esto. Voltea a un lado y a otro. Mira también el paquete en el que acaba de llegar la comida de uber. Y mira lo que pediste.
La fealdad asedia al mundo hasta el punto de extinguirlo. Una pesada bruma –asfixiante– impide apreciar los restos de vida. La apatía impera. Aliada de la fealdad, te sume en la cama, en tus lágrimas, en tu evasión.
Lo terrible es que no hay forma de que vuelva la belleza. Porque la belleza es un intento por alcanzar lo divino. Nuestro mundo –el tuyo y el mío– es un mundo desacralizado. Un mundo sin misterios es un mundo feo. Mira la catedral. Mira la basílica. Mira los rituales. Mira los símbolos. Todo apunta a Dios. Pero hace mucho que expulsamos a Dios del templo y dejamos que los mercaderes triunfaran.
El mexicano es avorazado porque tiene hambre atrasada.
Jorge Ibargüengoitia
Alguna vez, ya había yo escrito algo aquí sobre la barbarie. El caso es que el otro día le conté a mi amigo Gonzalo algo que llevo tiempo pensando. «Mira, Gonzalo –le dije–, en esta gran nación, que es Méjico, vivimos en un estadio prejurídico». Gonzalo puso cara de circunspecto y se enfadó mucho. Entonces yo me di a la tarea de explicarle el asunto. Que es lo que intentaré hacer a continuación.
Lo de la reforma judicial está feo. Sí. Y lo de que no haya división de poderes y esas mierdas. También está muy feo las persecuciones de la UIF y el SAT a los adversarios del Licenciado y demás linduras de esas que analizan los grandes analistas de la opinión pública mejicana. Por ejemplo, el otro día, en Tercer grado, había unos grandes analistas opinando fundadamente sobre la elección de Trump. Si uno echa un vistazo a los diarios, además de que constatará que cada vez salen más delgaditos, se percatará uno de los sesudos escrutinios de esos mismos analistas que, además, son los mismos de la tele y la radio y el pódcast.
En fin. Que mi punto es que ninguno de esas profundas reflexiones vertidas aquí y allá son oportunas para esta nación del color de la tierra porque vivimos en un estadio prejurídico. Es tan grave el asunto que nuestra circunstancia es casi prelingüística. De hecho, ahora mismo pienso que el estadio en el que estamos es prejurídico porque precisamente somos una sociedad prelingüística. Vuelvo al ejemplo que acabo de poner de nuestros diarios famélicos. Recuerdo aquellos suplementos culturales de gran talante que circularon en nuestros quioscos no hace mucho tiempo. Pues qué creen que ya no hay de esos, a excepción de «Laberinto», del Milenio, y el de La razón. Admito que no sé qué le pasó al «Confabulario», del Universal. El caso es que no hay. Y no hay porque nadie los lee aunque algunos quieran seguir escribiendo. Y, como nadie los lee, ps no son lucrativos publicitariamente hablando.
Eso, por un lado. Por otro, la educación pues es uno de los muchos animales mitológicos que adornan ese relato fantástico que llamamos Méjico. Todo lo hacemos mal, al aventón y abusando del prójimo. Lo poco que sabemos decir, se nos está olvidando y optamos decididamente por resolver nuestras diferencias a vergazo limpio.
Dicho lo cual, el Estado mejicano –poblado ya de mejicanos de los más mejicanos–, optó por hacer mutis en lo que le toca del pacto social y ya no se ocupa de la seguridad pública porque de eso ya se encargan otras instancias. El mejicano lleva años pagando doble tributación (la extorsión es un impuesto no legislado) y muchas más años viviendo en la penuria; tantos, que ya se acostumbró.
Pienso, por ejemplo, en la reciente inundación en Valencia. Hasta donde se sabe, la agencia meteorológica española sabía de la alta posibilidad del evento varios días antes de que llegase a Valencia; pero el gobierno decidió no avisar ni sonar alarma alguna sino hasta el mismo martes por la mañana. Luego, los reyes y los presidentes de la comunidad autónoma y del gobierno de España fueron abucheados al grito de asesinos y atacados con palos y lodo por los vecinos de Paiporta. Pedro Sánchez no aguantó vara (literalmente) y huyó. Felipe –que fue formado para eso, por más Borbón que sea– mantuvo el tipo hasta que los ánimos se serenaron. En lo que cabe, claro.
Pienso en esa reacción vecinal y, luego, en lo del huracán Otis del año pasado, en Guerrero. Poco antes de tocar tierra, un garifalte de esos del gobierno inauguró una convención en el hotel Princess a nombre del Licenciado Obrador, que poco antes había dicho que lo de Otis no era para tanto. Luego, nunca se paró por ahí. La gobernadora ni siquiera estaba en Chilpancingo. Este año, pasó lo mismo en Guerrero con John y pasó lo que pasa cada año en Chalco. La diferencia no es que los burócratas sean más competentes en España que en Méjico porque en ambos países son unos cínicos indecentes.
La diferencia radica en la presión cívica. La ira del ciudadano que sabe que el gobernante no es un dios ante el cual arrodillarse para suplicar una ayudadita. En Méjico, el burócrata sabe que no tiene ningún motivo para rendirle cuentas al ciudadano porque en una sociedad prelingüística no hay ciudadanos, sino salvajes. Para ilustrar esto que acabo de decir, pongo de ejemplo las giras de los burócratas en cuanto pueblo rascuache de esos que abundan en la geografía nacional.
Ese modo condescendiente que tienen de abrazar y compadecerse de eso que llaman pueblo es reflejo de que ellos saben perfectamente de que no gobiernan a ciudadanos educados para ser ciudadanos, sino a una panda de salvajes que no se han terminado de matar porque nomás no se les ha ocurrido.
Si en esta gran nación mejicana hubiese ciudadanos, ya habríamos detenido al país. Supongamos que lo de Otis y John son una excepción y que, bueno, ni modo de pelearse. Pongo otro ejemplo. ¿Ya sabemos quiénes fueron los responsables de las 20 y pico muertes por la caída del tren de la línea 12 del metro de la Mequis? La entonces directora Florencia Serranía debe de estar pasándosela de lo lindo en algún paraje europeo y, la entonces jefa de gobierno, hoy duerme tranquilamente en un palacio virreinal.
Bueh. Eso fue hace mucho. ¿Qué le parece lo de que la cabeza del alcalde de Chilpancingo apareció sobre su coche? Desapariciones, secuestros, extorsiones, robos en las aduanas en complicidad con la autoridad. Calcinados. Cuerpos embolsados o sin bolsa. Cadáveres colgados en puentes. Fosas clandestinas. Tan sólo en este mes de octubre, hubo 2,000 y pico de asesinatos en todo el país.
¿Por qué todo esto no basta para salir a las calles y exigirle al Estado mejicano que cumpla con su parte del pacto social de velar por la seguridad de todos? Porque la sociedad mejicana está en un estadio prejurídico y sus miembros somos seres prelingüísticos Somos salvajes que se mueven mejor en la tribu, por manadas, que mediante relaciones sostenidas por la razón.
Y, por ello, la sociedad mejicana es incapaz de alcanzar un fondo de podredumbre moral y cívica que la empuje a reaccionar y decirle a sus burócratas que no nos merecen. Porque gobernantes y gobernados salimos de la misma cloaca de bárbaros. Por eso Paco Ignacio Taibo II celebró la victoria del Licenciado Obrador en 2018 con la expresión «se la metimos doblada (la verga), compañeros», celebración que resuena en boca del senador de la república Gerardo Fernández Noroña cuando festeja que la reforma judicial ya pasó y dice tengan para que aprendan y, en tribuna, la senadora Andrea Chávez Treviño gesticula con sus manos una metida de verga mientras dice tengan su voto.
Todo esto pasa porque somos el pueblo del jajajá jijijí. Del cielitolindo. Del viva méjicocabrones. Del ingenio. De la revancha y el resentimiento. Eso se ve en la calle todos los días. Lo que pasa es que quienes hablan de la sociedad mejicana en la tele, en los tchuidas y en los pódcast no salen a la puta calle porque ahí está la barbarie. Lo que no está en la calle es el hartazgo ciudadano, porque no hay ciudadanos.