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Ike tardó un buen rato en encontrar al zorro ártico.

En un primer momento había pensado que el palacio de los Garragélida no debía ser tan grande, pero había una gran cantidad de pasillos y vestíbulos que habían sido reconstruidos por los refugiados, o que simplemente se habían mantenido en perfecto estado. Cuando creía que ya se había orientado, llegó a un camino sin salida en el cual la nieve del exterior había creado un muro natural. Tuvo que darse media vuelta y seguir buscando a Nihil, sintiéndose cada vez más perdido en el que debía ser el laberinto más acogedor en el que había estado nunca. A pesar de que no había dejado el primer piso, al cabo de media hora aún seguía deambulando de un lado a otro sin la menor idea de a dónde estaba yendo.

Tan pronto como se encontró con otro kane, le preguntó por el zorro ártico.

-Suele estar en la librería –fue la respuesta que recibió -. Le gusta montar guardia en ese sitio.

-¿Montar guardia? ¿En la librería? –preguntó Ike, confundido.

Sin embargo, el kane sólo sonrió enigmáticamente como respuesta y siguió apuntalando la pared.

Ike estuvo caminando durante otra media hora antes de dar con la librería, y fue así como descubrió que el palacio había tenido torres en el pasado, pero parecían estar totalmente enterradas bajo la nieve y resultaba imposible acceder a ellas. En cualquier caso, encontró la librería en el segundo piso.

Tras abrir una enorme puerta de caoba, se encontró en una sala llena de estanterías vacías y dejó escapar un suspiro, buscando con la mirada al zorro ártico. La sala era bastante más grande de lo que había esperado, pero aún así más pequeña que la de su castillo. Sin embargo, incluso a pesar de que una de las paredes se había derrumbado y ahora estaba formada simplemente por un gran montón de nieve, tenía una atmósfera más acogedora que el castillo de los Colmillo Ígneo.

El zorro ártico estaba cerca del muro de nieve, con los brazos cruzados sobre el pecho y su cola agitándose lentamente de un lado a otro. Miraba a través de un agujero en el muro de nieve, a través del cual se podía ver el vasto desierto de hielo que se extendía más allá del palacio. <<Oh>> pensó Ike, sorprendido. <<Supongo que a esto se refería el otro kane cuando dijo que montaba guardia>>.

Tenía que admitir que los kane tenían mucha suerte de haber tomado como refugio una formación de nieve tan útil; estaba empezando a plantearse si realmente se había formado naturalmente o no.

Tan pronto como Ike se acercó a él, Nihil frunció el ceño.

-Tú otra vez –suspiró, con una expresión de evidente asco.

El león asintió.

-Mira, sé que no hemos empezado con buen pie –dijo, con tono conciliador -. Pero realmente necesito tu ayuda para salvar a Zèon. Eres el único que puede saber algo sobre su familia.

-No lo soy –respondió el zorro, con una sonrisa sarcástica -. El problema es que matasteis a todos los demás que podían saber algo.

-Tienes razón, lo hicimos. No tengo ningún problema en admitirlo –dijo Ike, tratando de mantener la calma -. Pero deja que te ayude. Quiero que Zèon vuelva tanto como tú.

<<Y probablemente, más que tú>> se dijo a sí mismo.

-Eso es sólo palabrería –replicó el zorro ártico, tan cortante como de costumbre.

Ike suspiró.

-Está bien, no confías en mí. Ya me he enterado. Seamos prácticos, entonces. Sólo necesito que me digas el verdadero nombre de Zèon, el que tenía antes de que nos llevaran a la Caja. Eso es todo. ¿Cómo podría eso ponerte en peligro… a ti o cualquier otro?

Nihil cambió el peso de una pierna a otra. No sin cierto orgullo, Ike pudo ver que el zorro ártico estaba tratando de buscar una objeción, sin resultado.

-Supongo que no puede –respondió, al cabo de unos segundos -. Pero no puedo ayudarte. Oí hablar de los Garragélida cuando era joven, pero nunca llegué a saber el nombre de su cachorro.

-Oh –murmuró Ike, sintiéndose algo desilusionado de nuevo.

-Supongo que siempre puedes preguntar a Thogriel –dijo Nihil -. Solía ser el profesor de Alquimia de los Garragélida. Sin embargo, no esperes mucho de él. He oído que ya estaba algo majareta antiguamente, pero tras la guerra es difícil entender nada de lo que dice.

-Lo intentaré de todas formas. Gracias –dijo Ike, con una sonrisa -. ¿Dónde puedo encontrarle?

Nihil se rascó la barbilla, pensativo.

-Bueno… normalmente suele estar en el teatro.

-¿Es que tienen un teatro aquí? –preguntó Ike, impresionado.

El zorro ártico sacudió la cabeza.

-Por supuesto. Los Garragélida amaban el conocimiento y la cultura. O al menos así era, antes de la invasión –añadió, con un tono acusador.

Ike lo ignoró y asintió, mientras su corazón se aceleraba ante la perspectiva de encontrarse por fin con alguien que había convivido con Zèon antiguamente. <<Estoy cerca>> se dijo, tratando de infundirse algo de entusiasmo. Se despidió de Nihil y caminó hacia al salida, preguntándose qué aspecto tendría aquel “Maestro de Alquimia”.

Sin embargo, antes de salir, se giró de nuevo hacia el zorro ártico y preguntó, algo confuso:

-Em… Nihil… ¿dónde está exactamente ese teatro?

 

 

Encontrar el teatro no fue tan difícil como Ike había supuesto en un principio. Con las indicaciones del zorro ártico y la ayuda de otros kane, finalmente consiguió llegar al nivel inferior del castillo.

Tan pronto como entró al teatro, supo que había permanecido cerrado por mucho tiempo y que los refugiados no lo visitaban tan a menudo como el resto del edificio. Todo estaba cubierto por una capa de polvo tan densa que le hacía cosquillas en el hocico y tuvo que reprimir un estornudo. A pesar de ello, trató de no hacer ruido; había algo en aquel lugar, algo parecido a una atmósfera, que era tan pesado y envolvente como el polvo que parecía estar en todas partes.

El teatro era verdaderamente grande. Ocupaba en su totalidad el nivel inferior del palacio, y tenía varias filas de asientos que rodeaban a un escenario central. De no haber sido por las antorchas que crepitaban débilmente en los rincones de la sala, ésta habría estado totalmente a oscuras, puesto que parecía que los fehlar habían robado toda lámpara que alguna vez había iluminado el teatro. El chisporroteo tembloroso de las antorchas daba a la sala un ambiente inquietante, y Ike no pudo evitar sentirse algo intranquilo.

Había alguien en uno de los sitios, en la última fila que se hallaba enfrente de él. Podría haber sido un bulto inmóvil, o una estatua. Entrecerrando los ojos y tratando de ver a través de la penumbra, Ike se dio cuenta de que, en efecto, se trataba de alguien. Podía distinguir a duras penas a un zorro que permanecía con la mirada fija en el centro de la sala. Sin embargo, tan pronto como el zorro percibió su presencia, le hizo un gesto desde el otro lado de la sala. Estaba demasiado oscuro como para verlo con claridad, pero Ike dedujo que le estaba invitando a sentarse a su lado, de modo que comenzó a avanzar hacia el zorro, con cuidado de no golpearse contra los asientos. El viejo kane esperó pacientemente al otro lado de la sala hasta que el león se hubo sentado.

-Buenas tardes –le saludó, con una voz que sonaba cascada por los años.

-Eh… buenas tardes, señor –respondió Ike, tan cortésmente como le resultó posible.

No se preguntó cómo era posible que el viejo zorro supiera si fuera de aquella sala era de día o de noche. Había algo en él que imponía respeto, aunque Ike no habría podido decir de qué se trataba exactamente. El pelaje del zorro era marrón en la oscuridad, e incluso parecía cubierto de una fina capa de polvo, por lo que habría podido camuflarse en medio de aquel viejo teatro. Ike no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo había estado sentado allí aquel zorro.

Permanecieron así, sin decir ni una sola palabra, durante lo que parecieron horas. El viejo zorro estaba totalmente concentrado en el escenario y nunca volvió a girarse hacia el león, ni siquiera cuando el fehlar se removió, incómodo, en su asiento. Pasaron varios minutos hasta que Ike finalmente se decidió a hablar de nuevo.

-Mm… discúlpeme, pero… ¿qué estamos mirando exactamente?

-Oh, ¿es que no lo sabes? Es la función de la vida, enfrente de nuestros ojos.

Ike miró de reojo al escenario nuevamente, confuso.

-Pero… pero el escenario está vacío, señor.

Algo en aquellas palabras hizo que el zorro esbozara una misteriosa sonrisa.

-Oh, ¿en serio? No me había dado cuenta. –Hizo una breve pausa -. ¿Y podría preguntarte por qué das por hecho que la vida no lo está?

Ike no supo cómo responder. Permaneció allí, en silencio, mirando al escenario vacío con la misma expresión de desconcierto. <<Quizás Nihil tenía razón>> pensó, algo desilusionado. <<Quizás este zorro esté loco. Como el Adam al que conocí en la Caja>>.

Sin embargo, decidió que al menos merecía la pena intentarlo.

-Disculpe, pero he venido aquí por un motivo –comenzó, tratando de luchar contra su propio nerviosismo -. Necesito saber el nombre de alguien y creo que usted podría ayudarme.

El hocico del zorro se curvó en una mueca de disgusto.

-Un nombre. Nombres.

Pronunció la última palabra con tanto asco que Ike pensó que había dicho algo malo.

-¿Y para qué se supone que sirven los nombres? –preguntó Thogriel, levantándose repentinamente y sobresaltando al león -. Son todos iguales. Intentan atrapar la realidad, en vano, y fracasan espectacularmente. No significan nada, pero todo el mundo depende de ellos con tanto ahínco que sus vidas se reducen a eso, incluso aunque ellos los crearon en primer lugar. Nombres… ¡mentiras, así es como deberían llamarlos!

-Pero realmente necesito este nombre –insistió Ike, llegando a la conclusión de que aquel viejo zorro estaba total e irrevocablemente loco -. De modo que, si usted pudiera…

-Nunca ha existido un nombre con propósito. Ni uno necesario –le interrumpió el zorro. Aún miraba al escenario, aunque de vez en cuando dirigía una mirada de reojo al león, que cada vez se sentía más incómodo -. Quien te dijera que necesitabas un nombre te mintió o era un idiota.

<<La primera opción empieza a parecerme razonable>> pensó Ike, aún algo conmocionado por el interminable monólogo del zorro.

-La identidad… eso es todo lo que importa –añadió el zorro, mientras gesticulaba hacia el escenario. Entonces, repentinamente, una violenta tos se apoderó de él y se detuvo durante un par de segundos. Ike esperó pacientemente hasta que comenzó a hablar de nuevo -. Los personajes. Los representamos miles de veces a lo largo de la historia. ¿Pero crees que alguna vez son el mismo, a pesar de que compartan el nombre? Puedo asegurarte que he visto cientos de Yulees trágicas representadas en este teatro, ¡y ninguna de ellas era igual que la anterior!

Entonces, se detuvo, mirando a Ike como si esperara que le diera una respuesta apropiada. El león parpadeó, confuso, tratando de encontrar las palabras para decir que, por más interesante que aquello pudiera haber sido para cualquiera de los antiguos estudiantes del zorro, él no había ido allí para debatir sobre la identidad y la representación. Además, ni siquiera estaba seguro de qué pregunta se suponía que tenía que responder, si es que tenía que responder alguna.

-Yo… señor, lo siento –consiguió decir -. Estoy aquí porque quiero saber más sobre los Garragélida. Quiero aprender más cosas sobre ellos.

-Oh –murmuró Thogriel, apartando la mirada del escenario y fijándola en Ike. Fue entonces cuando el león se dio cuenta de que sus ojos eran totalmente blancos, y un escalofrío recorrió su espalda cuando comprendió que el viejo zorro era en realidad ciego -. Y entonces, ¿por qué no me lo has dicho desde el principio? Creía que estabas buscando un nombre.

-Porque así es –respondió Ike, comenzando a sentir que aquella conversación no le estaba llevando a ninguna parte -. Quiero conocer el nombre de uno de los Garragélida.

-Muchacho, ¡pon algo de orden en tus pensamientos! –exclamó el viejo zorro -. ¿Estás buscando un nombre o una verdad?

-Yo… yo no lo sé –respondió Ike, confundido, mientras se hundía de nuevo en su asiento -. Sólo… sólo quiero saber el verdadero nombre de Zèon para salvarle. Eso es todo lo que quiero.

Thogriel permaneció en silencio durante unos segundos. Al cabo de un rato, esbozó una leve sonrisa.

-¿Ves? Ni siquiera sé quién es ese Zèon del que hablas. ¿No crees ahora que los nombres son inútiles?

-Pero eso es porque fue él quien se dio ese nombre a sí mismo –rebatió Ike.

-Bueno, ¿es que hay alguna diferencia entre eso y recibir un nombre al nacer?

Ike sacudió la cabeza, frustrado. Decidió que no merecía la pena tratar de ganar a aquel zorro en retórica. Tendría que jugar a su juego y ser específico con lo que quería saber.

-Está bien –dijo, con un suspiro -. Supongo que sólo estoy interesado en saber cosas sobre los Garragélida. Los… los anteriores dueños de este palacio, quiero decir. Si pudieras… si pudieras decirme algo sobre el hijo de los gobernadores…

La cara de Thogriel se iluminó.

-Oh, ¡te refieres al pequeño zorro ártico! –dijo, emocionado -. Fue mi último estudiante, y uno de los mejores que he tenido nunca, para ser sincero. Un chico muy despierto, con ideas brillantes y una sorprendente capacidad de deducción.

-¡Sí! Definitivamente, hablamos del mismo –sonrió Ike, con algo de orgullo.

-La mayoría de la gente de palacio pensaba que se trató de una bendición para sus padres. Lo pasaron mal tratando de concebir un hijo. Y aquellos que vivieron aquí, en Tundranorte, siempre apreciaron a los Garragélida; eran generosos, apolíticos y tenían un verdadero interés en temas intelectuales y culturales. Esa mezcla no es común entre los gobernadores. No me extraña que mucha gente los idealice tanto hoy en día -respondió el zorro, con una media sonrisa.

-Pero, ¿qué hay del pequeño zorro? –preguntó Ike, impaciente -. ¿Qué pasó con él?

-Quién sabe. Según escuché, escapó de la invasión a través de uno de los túneles. Sin embargo, debo admitir que es algo extraño que no haya regresado aquí todavía, teniendo en cuenta lo atado que se sentía a este lugar. Me preguntó dónde estará ahora mismo.

-¿Y cómo se llamaba? –le interrumpió el león, incapaz de resistir la tentación -. ¿Cuál era el nombre del hijo de los Garragélida?

Tan pronto como hubo dicho aquellas palabras, se dio cuenta de que había cometido un fallo. El viejo zorro frunció el ceño y le dirigió una mirada cargada de enfado, que le hizo estremecerse.

-Desde luego, tú no eres como él –replicó, ácidamente -. ¿Tan desesperado estás por saber su nombre? Está bien.

Ike sonrió nerviosamente, pero no sin alivio. Quizás no fuera lo suficientemente inteligente para seguir aquella conversación con las reglas del zorro, pero al menos su tozudez le había ayudado en aquella ocasión.

De repente, algo cortó el aire y se hundió en el cuello del zorro con un sonido sordo.

En la penumbra, Ike no pudo distinguir la vida escapándose de los ojos de Thogriel mientras se derrumbaba, cayendo sobre los asientos de la fila delantera. Un repugnante olor a sangre llenó rápidamente su hocico y el viejo zorro no dejó escapar sonido alguno.

El león permaneció allí, observando el cuerpo muerto enfrente de sus ojos, incapaz de creer lo que estaba viendo. Entonces, al cabo de unos segundos eternos, alzó la mirada para encontrarse con Kathreen al otro lado de la sala. Por algún motivo, ni siquiera le sorprendió.

-Oh, lo siento –dijo la leona, mientras se cubría la manga con la otra zarpa, elegantemente -. ¿He cortado vuestra conversación?

 

 

-¡Lo sabía! –gruñó Nihil, mientras corría por el pasillo que llevaba al vestíbulo principal.

Bajó las escaleras rápidamente y, mientras pasaba el último escalón, cerró su zarpa con fuerza en torno al arco que llevaba a la espalda. Entonces, dirigió una mirada a su alrededor, tratando de encontrar al objetivo de su ira. Distinguió al gato no demasiado lejos de dónde él se encontraba, conversando tranquilamente con Bal y Gamán. <<Bastardo>> pensó, mientras sentía una punzada de odio. En apenas unos pasos, se acercó al grupo.

-¡Tú! –gritó, mientras tensaba el arco y apuntaba a Kodu con una flecha en cuestión de segundos -. ¿De verdad pensabas que no iba a darme cuenta?

Gamán, Bal y Kodu intercambiaron una serie de miradas, antes de girarse hacia Nihil.

-¿Darte cuenta de qué? –preguntó el labrador, parpadeando un par de veces -. ¿De qué hablas?

-He tenido razón todo este tiempo –masculló el zorro ártico, apretando los dientes -. Estos bastardos han traído a los fehlar hasta nosotros.

Un silencio incrédulo siguió a aquellas palabras.

-Venga ya, Nihil, creo que exageras –dijo Bal, con una leve sonrisa -. No había nadie allí cuando encontramos a estos tres más que ellos mismos. Y estuvimos rastreando la zona esta misma mañana.

Sin embargo, dirigió una mirada de reojo a Kodu tan pronto como terminó la frase, como pidiéndole que se defendiera.

-Podrían habernos seguido –respondió el gato, sin embargo, mientras sostenía la mirada acusadora de Nihil -. Pero no lo creo. No hay muchos fehlar que puedan tolerar el frío de Tundranorte. Éste no es un viaje agradable.

-Oh, así que este sitio no es lo suficientemente bueno para ti, ¿eh, gato traidor? –replicó el zorro, dando un paso hacia adelante.

-¡Eh! –exclamó Gamán, colocándose entre el kane y el fehlar -. Nihil, ¡te he dicho ya varias veces que estos no son los fehlar con los que estás acostumbrado a tratar! Te recuerdo que salvaron mi vida y la de muchos otros a los que capturaron en la Caja.

-¿Y si todo eso fue sólo un plan para ganar vuestra confianza? –continuó diciendo Nihil -. ¿Y si todo lo que querían era que les trajerais aquí para poder erradicarnos del todo, como siempre han querido?

-Oh, venga ya, Nihil. Estoy seguro de que eso te suena demasiado paranoico incluso a ti.

-O quizás eres tú el que es demasiado confiado –replicó ácidamente el zorro ártico -. ¡Esto es la guerra, Gamán! ¡Y siempre lo ha sido, incluso cuando tú desapareciste y te fuiste por ahí con tus amiguitos kane!

-Bueno, ya basta –les interrumpió Bal, con un suspiro exasperado -. Si los fehlar están viniendo, estamos malgastando nuestro tiempo. Y si no, no tiene sentido que discutamos por esto. Nihil, llévanos a la librería para que podamos ver a los invasores.

El zorro ártico se giró hacia el lobo, como rogándole que le apoyara. Sin embargo, después de unos segundos de silencio, asintió lentamente y se giró, dando un latigazo enfadado al aire con su cola.

 

 

Mientras Bal miraba a través del agujero en la pared de nieve, Kodu y Nihil no paraban de intercambiar miradas tensas. El zorro aún sostenía el arco en una de sus zarpas, como si aún no hubiera decidido si usarlo contra Kodu o no. El gato podía sentir su odio abierto, lo mucho que el zorro quería matarle en aquel preciso momento. A pesar de que sabía que su propia vida nunca dejaría de peligrar en un lugar lleno de kane, Kodu no podía evitar mirar a Nihil y preguntarse cuánto tenía que haber sufrido para estar tan lleno de odio.

Por otra parte, estaba empezando a pensar que el zorro ártico podía en efecto haber visto algo. Al contrario que Bal y Gamán, no estaba completamente seguro de que la violenta postura del zorro con respecto a los fehlar le hubiera hecho ver cosas que no fueran reales.

Si decía que había visto algo, tenía que haber algo.

-No puedo ver nada –dijo Bal, al cabo de un rato -. ¿Estás completamente seguro de que los viste, Nihil?

El zorro ártico enrojeció de ira.

-¡Sé lo que vi, estúpido lobo!

-Oye, si no me crees, ven aquí y mira tú mismo.

Nihil dejó escapar un resoplido de exasperación y empujó al lobo a un lado, colocándose enfrente de la discreta ventana. Se inclinó hacia el muro y miró a través del agujero, mientras su cola se movía violentamente de un lado a otro detrás de su espalda.

Después de unos segundos, sin embargo, el enfado se convirtió en confusión, y el zorro ártico frunció el ceño.

-Yo… -dijo, entonces, totalmente desconcertado -. Juraría que les vi. Eran un grupo bastante grande, y avanzaban hacia el castillo como si… como si supieran que estábamos aquí.

-Bueno, obviamente eso no ha pasado –replicó Bal, con una leve sonrisa, colocando una zarpa en el hombro del zorro -. ¿Lo ves? Gamán tenía razón. Te preocupas demasiado. ¿Por qué no le pides disculpas al gato y te echas a dormir un rato? Sé que lo necesitas.

Nihil no respondió. Se giró hacia el lobo, parpadeando lentamente.

-Pero…

Kodu podía leer la perplejidad en su cara. Nada le habría resultado más conveniente que creer que el zorro ártico había cometido un fallo, pero…

Había algo que le decía que Nihil no era la clase de persona que cometía aquel tipo de errores. Además, estaba comenzando a sentir que había algo de lo que se estaba olvidando. Algo importante.

-Esperad –dijo, girándose hacia los fehlar -. ¿Dónde está Kathreen…? –Ni siquiera había terminado de formular aquella pregunta cuando un recuerdo reciente vino a su mente, uno en el que Ike, la leona y él mismo habían estado buscando una forma de huir del castillo. De repente, la luz se hizo en su mente -. Oh, no. Los túneles.

-¿Los… túneles? –preguntó Gamán, sin entender.

-¡Claro! –exclamó, apretando los puños.

-Los fehlar conocen los túneles desde la primera invasión. Nunca los habían utilizado porque pensaban que no había nadie aquí. Hasta ahora –explicó Kodu, dirigiendo una mirada de preocupación al lobo y al perro. Suspiró -. Lo siento. Me temo que Nihil tiene razón. Los fehlar están aquí. Van a atacar este castillo.