-Nihil, ¿cuántos túneles secretos hay en este lugar? ¿Cuántos comunican con los lugares más próximos? –preguntó Kodu, acercándose al zorro ártico -. Buscamos un túnel que comunique el palacio con una de las cuevas de las afueras.
A Nihil le costó un par de segundos procesar la pregunta; después, sacudió la cabeza y respondió:
-Conocemos doce túneles. Cuatro de ellos llevan a los alrededores del palacio. Dos están comunicados con la casa de los Aullanube y el resto van incluso más allá.
-¿Por qué tomarían uno de esos túneles? –preguntó Bal -. Si estaban planeando cogernos por sorpresa, ¿por qué escoger un túnel que comienza no muy lejos de aquí? Se arriesgaban a que nuestros guardas les vieran.
Kodu se lo pensó durante un instante.
-Probablemente, ni siquiera sabían adónde íbamos. Apuesto a que nos han estado siguiendo desde que empezamos este viaje, sabiendo que en algún momento encontraríamos un campamento de refugiados. –Tuvo que detenerse ahí, recordando de pronto aquel con el que se habían encontrado en el Estrecho de Tarquea. El gato ignoró aquel pensamiento; en cualquier caso, ya debía de ser demasiado tarde para ellos -. Cuando nos vieron entrando en este lugar, debieron adivinar lo que estaba sucediendo. No sabían adónde íbamos hasta ese momento; de otra forma, probablemente hubieran tomado uno de los túneles más remotos para pillarnos con la guardia baja.
-¿Y se arriesgarán a atacar aunque podamos saber que están viniendo? –preguntó Gamán, realmente sorprendido.
Kodu le dedicó una sonrisa amarga.
-Son fehlar. No necesitan pillaros por sorpresa. Tienen bastantes más soldados que vosotros, mejor equipados y listos para la batalla. Saben que capturarán este palacio.
Un silencio pesado sobrevino a aquellas palabras.
-Tú los conoces mejor que nosotros. Sabes lo que harán si llegan aquí –dijo Nihil entonces, girándose hacia el gato. Su actitud desagradable parecía haberse evaporado; en lugar de eso, ahora parecía estar suplicando a Kodu por su ayuda -. Si estás con nosotros…
El gato sacudió la cabeza, pensando frenéticamente.
-Lo estoy. –Se detuvo durante unos segundos, preguntándose si era el momento para explicar al grupo de kane sus motivos, pero finalmente decidió que sería mejor guardárselo para sí mismo. En vez de aquello, preguntó -. ¿Qué túnel es más ancho, Nihil? Tomarán aquel que les permita moverse más rápido.
-El que lleva a la cocina –respondió el zorro ártico.
Kodu asintió.
-Está bien. Reúne a todos los kane que puedas y bloquead la entrada de ese túnel. También deberíamos bloquear el resto de túneles para asegurarnos de que estamos a salvo, pero centraros en ese. –Se detuvo y dirigió una mirada nerviosa a los kane que tenía enfrente de él -. Puede que sea imposible ganar esta batalla, pero todavía podemos evitarla.
-¿Qué has hecho…?
Las palabras se perdieron en el teatro, flotando a través del polvo y desvaneciéndose en la penumbra. Bajo la luz crepitante de las antorchas, Ike podía ver la leve sonrisa inocente de su hermana, como si no hubiera hecho nada malo.
Conocía aquella sonrisa perfectamente. Le había perseguido en sus peores sueños durante mucho tiempo, obligándole a recordar un día terrible teñido en rojo, aquel primer momento en el que había descubierto verdaderamente la personalidad retorcida de su hermana. Un asesinato silencioso que habían convertido en suyo. Aquella sonrisa… solía asustarle, pero ahora la única cosa que podía sentir era una profunda incredulidad y un odio creciente hacia ella.
Ya no le asustaba. Más bien, no podía dejar de preguntarse por qué no se había dado cuenta de que nada había cambiado en todos aquellos años.
Entonces, en un destello de las antorchas, la sonrisa desapareció. Su hermana le miraba con la expresión más seria que jamás había visto en su cara.
-Escucha –dijo, en una voz tan calmada que el contraste con el cuerpo del suelo, aún caliente, resultaba casi doloroso -. Sé que no te gusta esto. Sé que tienes tus aspiraciones y tus propias ideas, que son totalmente diferentes de las de nuestro padre y el resto de los fehlar -. Se detuvo durante unos segundos -. Pero no se nos permite tener nuestras propias ideas. No puedes hacer aquello en lo que crees. Somos los Colmillo Ígneo, Ali. Y como tal, no vivimos para nosotros mismos. Vivimos para los fehlar.
-Tú… -susurró el león, tan bajo que la leona pensó que lo había imaginado.
-Y sé que no me crees, pero es por tu propio bien –dijo, dando un paso hacia su hermano -. Ya sabes lo que sucederá si llegas al trono así. Tantos rumores. Tanta… gente dispuesta a buscar tu más mínimo error para hacerte caer. Sabes cómo es. Has visto lo que le ha hecho a nuestro padre, y eso que la mayoría de fehlar le han apoyado siempre. Ahora, imagina lo que podría pasar si te hicieran rey… después de haber desaparecido durante más de un año. ¡Después de… todos esos rumores, que decían que escapaste con los kane! Te matarían. Y lo sabes.
El león no dijo nada. Simplemente se quedó allí, mirando a su hermana como si pudiera ver a través de ella. Por primera vez, la presencia de la leona no le parecía imponente ni nada parecido; ni siquiera parecía otra persona. Era, simplemente… desagradable, de alguna manera. Ike podía sentir todo aquel desagrado acumulándose en su interior, bullendo como la lava y volviéndole loco como una lenta pero constante enfermedad.
-Nuestro padre se muere, Ali –continuó Kathreen, sin embargo. Cambió su peso de una pierna a otra, nerviosa -. No va a vivir mucho más después de que volvamos. Él quería que tú tuvieras algo a lo que agarrarte cuando te convirtieras en rey, algo que haría las cosas más fáciles para ti y los fehlar. Y yo también. Por eso planeamos esto juntos. Volver como el conquistador de Tundranorte… sonaba como algo que justificaría por todos los medios tu posición en el trono…
El león se estremeció, y un nuevo suspiró emergió de su hocico:
-Cómo has podido…
-Porque te quiero –respondió inmediatamente Kathreen, y sus ojos parecieron brillar en medio de la penumbra, mientras su voz temblaba y se agitaba como las llamas de las antorchas. Dio otro paso hacia Ike, dubitativa -. Te quiero y quiero que vivas durante todo el tiempo que sea posible, como el rey que te mereces ser y que los fehlar merecen tener. Todo lo que he hecho ha sido por ti. Sabes que habría matado a nuestro padre si eso hubiera hecho las cosas más fáciles. Las vidas de unos cuantos kane no significan nada para mí. Y definitivamente ese zorro tuyo no puede…
-¿¡QUÉ ES LO QUE HAS HECHO!? –rugió el león entonces, interrumpiendo a su hermana en mitad de la frase. Avanzó a pisotones hacia ella, rápidamente. La leona intentó retroceder, tan asustada que en cualquier otra situación Ike probablemente se habría detenido en ese momento.
Pero continuó moviéndose y su hermana continuó retrocediendo, hasta que su espalda chocó contra uno de los muros.
-Ali… -comenzó a decir, pero antes incluso de que aquella palabra hubiera abandonado sus labios, él la agarró violentamente de los hombros y le empujó contra el muro. El dolor le sorprendió más de lo que la hirió, y levantó la cabeza para encontrarse con la mirada furibunda del león, cuyos ojos parecían arder con un fuego que Kathreen jamás había visto antes.
-¿¡Por qué lo has hecho!? –preguntó el león, con una voz tan llena de odio y rabia que la leona se estremeció -. ¡Iba a salvarle! ¡IBA A SALVARLE POR FIN!
Kathreen abrió la boca para contestar, pero el león la empujó con cada una de sus palabras y el único sonido que pudo emitir fue el de un gemido de dolor.
-¡A… Ali!
-¡¡Cállate!! ¡Matas todo aquello que aprecio! ¡Todo lo que me importa, lo matas! ¡¡Una, y otra, y OTRA VEZ!! –rugió -. ¡Estoy CANSADO de que vosotros dos me digáis a quién puedo querer y a quién puedo odiar! ¡¡Estoy CANSADO DE QUE LO MATÉIS TODO!!
Y entonces, tan rápidamente como había comenzado, su furia pareció desvanecerse. Ike simplemente se quedó ahí, mirando a su hermana, respirando entrecortadamente y todavía con un brillo de puro odio en sus ojos.
-No tenéis derecho… -dijo -. No tenéis derecho a matar gente en mi nombre.
Kathreen permaneció quieta, mirando a su hermano con una expresión tan llena de miedo y estupor que el león pensó que perfectamente podría ser la primera vez que las había experimentado. Entonces, lentamente se deslizó hacia el suelo, cayendo sobre sus rodillas y con la mirada perdida. Ike simplemente miró hacia otro lado.
Sólo el sonido susurrante de las antorchas rompía el silencio. Más allá de los muros del teatro, Ike pensó que podía escuchar a gente dando órdenes o gritos de alarma, pero simplemente no le importaba. Permaneció allí, mirando al muro con su hermana a sus pies, mientras sentía cómo su ira se enfriaba lentamente como la lava después de una erupción.
Por algún motivo, se sentía bien al notar a su hermana temblando ahí, en el suelo. Pero por otra razón, también se sentía mal; terriblemente mal.
-Yo… yo mataría a cualquiera por ti… -dijo ella, entonces. Por el temblor en su voz, Ike averiguó que estaba sollozando -. Yo… yo…
-Yo moriría por cualquiera de ellos –le interrumpió Ike, sin un instante de duda. Su voz también tembló un poco, como si el anterior momento de furia la hubiera dejado cansada y rota -. Y si tuviera que elegir entre tu vida y la suya, mi decisión estaría muy clara.
Un sollozo rompió el silencio en la sala, pero Ike no volvió la mirada hacia su hermana. Tenía miedo de mirarla y desarrollar, de alguna forma, compasión hacia ella. Y sabía, en lo más profundo de su ser, que ella no se lo merecía.
-Ya… veo –dijo Kathreen, después de un silencio que podría haber durado meses o años -. Así están las cosas, entonces.
Ike se sobresaltó por el brusco movimiento a sus pies y rápidamente se separó del muro. Por un segundo, había olvidado lo letal que su hermana podía ser, y el hecho de que probablemente escondía más cuchillos bajo sus mangas. Se volvió hacia ella, con todos los músculos en tensión y listo para luchar en caso de que fuera necesario.
Sin embargo, no encontró cuchillos volando hacia él. Kathreen simplemente se había levantado y había dado la espalda a su hermano. Sus largas mangas colgaban a ambos lados de su cuerpo, inmóviles, como el resto de su cuerpo. Ike permaneció quieto, en tensión, esperando al primer movimiento de su hermana, en caso de que aún quisiera matar.
Sin embargo, ella sólo caminó hacia la puerta del teatro, lentamente pero sin pausa.
-¡Espera! –exclamó Ike, algo confuso, preguntándose si debía seguir a la leona o no -. ¿Qué es lo que vas a hacer?
Sin embargo, en un suspiro de las antorchas y en tan sólo unos pasos más, Kathreen desapareció a través de las puertas.
Los refugiados habían usado armarios, camas y todo aquello que habían podido encontrar para construir una barrera improvisada. No había mucho que los kane pudieran usar después de la anterior invasión fehlar, que había dejado el edificio prácticamente vacío, pero la barricada que acababan de construir conseguiría frenar a las tropas fehlar al menos durante un rato.
Un rato no demasiado largo, pensó Nihil.
Cada cierto rato, habría jurado que podía escuchar a los fehlar acercándose, pero a esas alturas ya no sabía si era su propio nerviosismo el que jugaba con sus sentidos o si realmente los soldados estaban viniendo a por ellos. Había estado sujetando su arco con tanta fuerza que sus dedos dolían, pero no le importaba. <<Debería haber matado a esos fehlar cuando tuve la oportunidad>> se lamentó, por enésima vez aquel día. <<Nada de esto habría pasado>>.
Y sin embargo, estaba totalmente seguro de que, al igual que aquella barrera, matar a los tres fehlar tan sólo les habría dado algo más de tiempo. Siempre era así con los invasores. Siempre daba la sensación de que sólo pudieran esconderse, correr, resistirse… pero nunca luchar.
Habían estado condenados desde el principio; nacidos para ser perseguidos, cazados y asesinados. Nunca serían libres. Algo dentro de él conocía aquella verdad, sabía que no cambiaría mientras él viviera y aquello le ponía enfermo.
Un suave movimiento a su espalda captó su atención y se giró, más bruscamente de lo que le habría gustado, hacia el intruso. Era aquella leona que había llegado con los otros dos fehlar, la que inspiraba tan poca confianza. Frunció el ceño, relajando los dedos con los que sostenía el arco. No la había oído llegar y aquello no le gustaba.
-¿Qué pasa? –le preguntó, dirigiendo una mirada de reojo al resto de los kane que estaban en aquella cocina con él. En el caso de que la fehlar quisiera empezar una lucha, la reducirían entre todos los allí presentes.
La leona no respondió inmediatamente. Había algo extraño en su cara. Por algún motivo, parecía estar… desconectada. Y a pesar de aquello, Nihil podía oler las lágrimas secas que habían dejado un rastro invisible en su cara.
-Me voy –dijo ella, con tranquilidad. Aquella confianza hizo que Nihil se enfureciera. No se trataba de una pregunta; era una orden -. Abrid esa puerta para mí.
-No vamos a dejarte marchar, fehlar –respondió Nihil, entrecerrando los ojos -. Creo que ambos sabemos por qué.
-Es vuestra única posibilidad –respondió la leona, todavía tan fría e impersonal que casi parecía como si aquel momento no tuviera nada que ver con ella -. Soy la hija de Alekai. Las tropa dejarán este sitio inmediatamente si digo que mi padre lo ordena.
-¿Y cómo podemos estar seguros de eso? –preguntó otro kane, con un leve tono de sospecha.
-No podéis –contestó la leona -. Pero no hay otra cosa que podáis hacer. Los fehlar van a destruir esta triste barricada vuestra y entrar en este sitio de todas formas. Os estoy ofreciendo una forma de salvar el pellejo.
-¿Por qué deberíamos confiar en ti? –preguntó Nihil. Había algo en aquella leona que no le gustaba ni un pelo.
-¿Por qué querría marcharme ahora? Incluso aunque fuera a traicionaros, me uniría a las tropas de los fehlar después de que os hubieran matado a todos. A única cosa que puede pasar si me dejáis salir es que les pida que se marchen. Lo sabéis.
Nihil dudó.
Podía notar que aquel no era el único motivo por el que la leona tenía tantas ganas de marcharse, pero sus palabras tenían sentido. Y a menos que la mataran en aquel mismo instante, era cierto que terminaría uniéndose a las tropas antes o después. ¿Por qué había ido allí a pedirles que la dejaran marchar, si sabía que iba a estar segura de todas formas?
Sacudió la cabeza. En cualquier caso, era obvio que la leona era peligrosa. Quizás mantenerla fuera del campamento sería lo mejor para todos… aunque no estaba totalmente seguro. Aquella fehlar no tenía ningún sentido para él.
-Está bien –dijo, al cabo de unos segundos -. Puedes marcharte.
-¡Pero Nihil…! –comenzó otro kane.
-Como ella dice, es nuestra única opción –le interrumpió Nihil, con un suspiro -. Estamos condenados de todas formas. No importa demasiado si ella está dentro o fuera del castillo. Tan pronto como esté fuera, reconstruiremos la barricada. No nos llevará demasiado.
-Chico listo –dijo la leona. Por unos instantes, casi pareció como si fuera a sonreírle, un deje de tiempos pasados, quizás. Pero finalmente, no lo hizo y Nihil pensó que no había sido más que su imaginación.
Tan sólo caminó hacia la puerta lentamente, calculando cada movimiento. El zorro ártico podía ver la tensión en su cuerpo, preparado para atacar en caso de que intentaran matarla.
-Vosotros –dijo Nihil, mirando a dos kane -. Ayudadla a mover la barricada. Dejemos que se marche.
Decidió que era mejor, sin embargo, esconder sus verdaderas intenciones: en caso de que la leona intentara hacer algo raro, estaría preparado para atravesarle la garganta con una flecha antes de que pudiera sacar uno de sus cuchillos. Apretando la zarpa alrededor del arco, Nihil frunció el ceño y no apartó la mirada de la fehlar misteriosa mientras el resto comenzaba a desmantelar la barricada.
Ella se quedó allí, esperando… tranquilamente. Por algún motivo, su calma aparente le enfadaba.
En cuanto los kane habían movido todas las mesas, muebles y escombros que habían usado para construir la barrera, Nihil hizo un gesto de impaciencia con su arco hacia el muro que escondía el pasaje secreto.
-Vete de una vez –dijo, con brusquedad -. No quiero que ese túnel esté abierto más tiempo del estrictamente necesario.
La leona asintió, caminando hacia el muro, ahora desnudo. Uno de los fehlar abrió la puerta del pasadizo; una entrada secreta que normalmente se hallaba detrás de un armario y que sólo se abría cuando se empujaba hacia la derecha.
Una brisa fría vino desde el túnel y las orejas del zorro ártico se estremecieron; juraría que aquella vez realmente podía escuchar a los fehlar acercándose. Su impaciencia estuvo a punto de hacerle empujar a la leona hacia el túnel, pero finalmente consiguió contenerse. No quería tener ninguna clase de contacto con aquella fehlar; después de todo, su única arma era su arco, y aún no confiaba en ella completamente. Si la fehlar estaba planeando hacer algo raro, aquel era el mejor momento para hacerlo.
Sin embargo, ella sólo caminó hacia el muro abierto y desapareció a través del túnel, sin antorcha que la guiara. Ni siquiera dijo adiós, y tan pronto como los kane empujaron el muro de vuelta a su sitio, la oscuridad pareció tragársela. Incluso entonces, Nihil no pudo evitar sentirse inquieto, y durante un buen rato después de que la leona se hubiera marchado, continuó pensando en ella y en lo extraño que era todo lo que la rodeaba.
Así fue como Bal le encontró una hora después cuando bajó a la cocina; los brazos cruzados sobre su pecho y la cola moviéndose nerviosamente a su espalda, mientras seguía esperando ante el muro, pensando en la leona que acababa de desaparecer en medio de las tinieblas.
-¿Qué haces aquí? –preguntó el zorro ártico, algo sorprendido, cuando encontró al zorro haciendo guardia delante del túnel secreto, tan tieso que podía haber pasado por una estatua.
-Tenía hambre y quería tomar un tentempié –respondió Nihil, ácidamente -. ¿Tú qué crees?
Bal le miró durante unos segundos, como si no pudiera entender del todo la broma. Entonces, sonrió.
-Ah, por supuesto. No lo sabes.
-¿Saber qué? –preguntó el zorro ártico, sintiéndose cada vez más molesto por algún motivo.
-Los fehlar. Se han marchado. Por algún motivo, han abandonado los túneles. Los hemos visto dirigiéndose hacia el sur.
El zorro ártico sacudió la cabeza, aún enfadado. Los fehlar nunca se marchaban. Siempre encontraban las nuevas guaridas donde los kane buscaban refugio y las destruían. Aquello era lo que hacían, y lo que harían con Tundranorte con el tiempo.
Estaba convencido.
-No deberíamos levantar la guardia aún –dijo, frunciendo el ceño -. Hay túneles en el sur. Túneles que llevan a este castillo. Debemos estar preparados en caso de que quieran volver. Ahora saben que nos escondemos aquí.
-Pero, ¿por qué iban a cambiar de idea? –preguntó Bal. Parecía algo emocionado, lo cual tan sólo empeoraba el enfado de Nihil -. ¿Por qué iban a dejarnos en paz?
El zorro ártico se giró de nuevo hacia la barricada que escondía el túnel secreto y se mantuvo en silencio durante unos segundos, pensativo. La imagen de la leona abandonando aquel lugar volvió a su mente. Aquella leona tan rara, hundiéndose en las sombras.
Dejó escapar un resoplido.
-No nos han dejado en paz. Volverán –relajó los dedos alrededor de su arco, y entonces añadió -. Siempre vuelven.
Kodu dejó escapar un largo suspiro, apoyando sus brazos en la balaustrada mientras miraba desde ahí al vestíbulo del castillo.
Muchos kane iban y venían desde las salas y pasillos contiguos, llevando consigo muebles, trozos de madera, rocas o incluso nieve. Estaban reuniendo todo lo que tenían en el castillo para construir nuevas barricadas; barricadas que bloquearían la entrada al castillo desde cualquiera de los túneles no tan secretos que se encontraban por todo el castillo.
Kodu no podía evitar mirar sus caras y estudiar sus expresiones, que en muchos casos mostraban los mismos sentimientos. Parecían estar aliviados hasta cierto punto, pero el gato sabía que se trataba tan sólo de algo momentáneo. Todos ellos sabían que los fehlar habían estado a punto de encontrar su refugio… y eso sólo podía significar que volverían antes o después, con la intención de aplastar su resistencia. Aquellas personas, hombres y mujeres, cachorros y adultos… sus vidas se vivían día a día, en tensión constante, y sabían que cada minuto podía perfectamente ser el último. Por ese motivo sabían que su resistencia no era definitiva.
Simplemente, se les había concedido más tiempo para vivir.
En silencio, Kodu deseó haber podido hacer algo más para ayudarles.
-Eh –escuchó entonces, a su espalda.
Se giró para encontrarse con Ike, quien le dirigió una leve sonrisa. Kodu le saludó con una inclinación de cabeza y el león caminó hasta la balaustrada, colocándose a su lado. Ninguno de los dos dijo nada durante unos minutos, mientras seguían con la mirada el flujo constante de kane en el piso bajo.
-Supongo… que se ha acabado –dijo Ike, finalmente.
-Parece que sí –respondió Kodu, ladeando la cabeza -. Pero no para ellos.
-Ya, lo… lo sé –susurró el león, con un largo suspiro.
Otro pesado silencio sobrevino a aquellas palabras, mientras ambos permanecían junto a la balaustrada, perdidos en sus pensamientos.
-No has podido encontrar el nombre del zorro, ¿verdad? –preguntó Kodu suavemente, al cabo de unos segundos.
Ike sacudió la cabeza.
-Mi hermana… Kathreen… ha matado a la única persona que podía haber conocido a la familia de Zèon en el pasado. Los demás murieron o fueron asesinados mucho tiempo atrás.
-¿Cómo puede un nombre perderse tan fácilmente? –preguntó el gato, realmente sorprendido -. Nuestra raza ha hecho cosas terribles en el pasado, pero borrar del mapa una cultura entera tan… rápidamente… Me da escalofríos.
Ike dudó.
-Kodu –comenzó, al cabo de unos segundos -. Yo… sé que sabes lo que está pasando. Sé de qué lado estás.
-Mira a estas personas –respondió el gato, señalándoles con un gento de su zarpa -. Puede que no hayan visto a sus familiares durante años. Quizás ni siquiera sepan si siguen vivos o no. ¡Y ni siquiera saben si seguirán vivos mañana! ¿De verdad puedes decirme que hay “bandos" en esto?
-Lo sé –respondió Ike, suavemente -. Lo que quiero decir es… que quiero cambiar las cosas. Y sé que tú quieres, también. Sólo quería que supieras… -Hizo una pausa durante unos instantes, dubitativo -… que confío en ti. Durante este viaje, has sido el único en el que he confiado. Gracias por estás ahí.
Kodu sonrió.
-De nada. Te debía el favor desde hacía ya un buen tiempo –y entonces, cuando descubrió que el león no comprendía a que se refería, añadió -. ¿Recuerdas cuando decidiste hacerte amigo de un gato que ni siquiera tenía clase nobiliaria?
Ike rió un poco, nerviosamente.
-Bueno… las cosas eran diferentes entonces.
-Lo eran –admitió Kodu.
-Entonces, ¿estarías dispuesto a cambiar las cosas? ¿Conmigo y… con Krysha?
-Eh, eh, para el carro. ¡Conseguir la confianza de Krysha no es tan fácil como conseguir la tuya! –respondió Kodu, con una sonrisa.
Ike rio de nuevo, pensando en la tigresa por primera vez en un buen tiempo.
-Sí… espero que esté bien –se encontró diciendo -. Espero que todos lo estén. Especialmente Zèon, a pesar de…
Nunca terminó aquella frase, pero su mente ya había comenzado a pensar lo que su boca no iba a decir. Puesto que no había encontrado el nombre del zorro ártico en aquel lugar, las posibilidades de que consiguiera encontrar otra forma de despertarle eran… reducidas. Por no mencionar el hecho de que ni siquiera sabía si el zorro ártico continuaba con vida, o cuánto conseguiría mantenerse en aquel estado. <<Lo siento, Zèon>> pensó, mirando al techo. <<He llegado tan lejos… sólo para descubrir que nadie te recuerda. Lo siento mucho>>.
Sin embargo, Ike no quería rendirse. Aún había lugares en los que alguien podía recordar el nombre del zorro ártico, incluyendo el campamento en el que había vivido con Luca durante todos aquellos años. ¿Y qué había de los kane de la Caja? ¿Habría alguno de ellos vivido en aquel campamento, también? Ike deseó haber sido consciente de la importancia de los nombres antes de separarse de ellos. Podría haberle preguntado a alguien…
-Eh, Ike –le llamó Kodu entonces, con un golpecito en el brazo -. Creo que Nihil quiere que bajemos.
El león volvió al mundo real y descubrió al zorro ártico en el piso bajo, que les miraba con la que era su habitual expresión gruñona. Dejó escapar un suspiro y se giró, dirigiéndose hacia la escalera.
-Hora de marcharse, supongo –dijo, sintiéndose un poco triste.
Había tratado de retrasar el momento tanto como le había sido posible, pero era consciente de que no podía quedarse con los refugiados kane para siempre. Kathreen había mencionado que su padre estaba muriendo. Quizás el momento del cambio no estaba tan lejos como él pensaba…
-Aquí estáis –dijo el zorro ártico, mirando a los dos fehlar una vez llegaron al piso bajo -. Vuestras provisiones están junto a la puerta. Deberían durar dos o tres semanas, pero después de eso necesitaréis cazar si queréis manteneros con vida. Eso es todo lo que podemos hacer por vosotros.
-Gracias –respondió Ike, sinceramente. A pesar de todas las dificultades por las que pasaban aquellos refugiados de guerra, habían conseguido reunir algo de comida para ellos. <<Espero poder daros algo a cambio pronto>> pensó.
-Marchaos ya –dijo el zorro ártico, señalando a las puertas. Su expresión no admitía una negativa -. Y tened cuidado por dónde pisáis. Tanto fuera como dentro del castillo.
A Ike le sonó extraña aquella advertencia, e inmediatamente sintió la necesidad de preguntar algo más. Sin embargo, el zorro ártico ya les había dado la espalda.
-No volváis –dijo, mientras se alejaba -. Y aseguraos de enviarnos al Garragélida una vez lo despertéis. Es lo mínimo que nos debéis.
Ike no respondió. No estaba seguro de si tenía el valor suficiente para decirle al zorro ártico que, a pesar de todo el tiempo que habían pasado allí y de todos los problemas que habían traído al campo de refugiados, no habían sido capaces de encontrar el nombre de Zèon.
Comenzaron a caminar hacia la puerta, mientras sus pasos eran silenciados por la vieja alfombra de lana, marrón y polvorienta por todos los kane que movían escombros de un lado a otro. Ike podía sentir la mirada penetrante de Nihil en su cuello, pero nunca se giró. Había algo raro acerca de sus palabras que no paraba de dar vueltas en su cabeza, como los extraños patrones de la alfombra bajo sus pies.
<<Tened cuidado por dónde pisáis. Tanto fuera como dentro del castillo>>.
¿Por qué iba el zorro ártico a darles un consejo tan extraño?
De repente se detuvo en el sitio y se giró para mirar al zorro ártico, que les observaba desde la misma balaustrada en la que ellos habían estado minutos antes. La cara de Nihil no mostraba ninguna expresión, pero Ike habría jurado… que parecía estar esperando algo con especial interés.
Miró a sus pies. Los misteriosos dibujos de la alfombra llamaron su atención de nuevo; sus acabados en forma de espiral, que resultaban casi hipnóticos. Había algo en aquel color rojo y marrón que parecía llenarlo todo… algo extraño. Casi parecía como si, décadas atrás, aquel no hubiera sido el verdadero color de la alfombra. Como si años de suciedad y sangre hubieran hecho mella en la lana de la que estaba hecha.
A Ike le llevó un rato comprender qué eran aquellos extraños dibujos en la alfombra. Cayó sobre sus rodillas, dejando escapar una carcajada, mientras empezaba a seguirlos con su zarpa con el corazón latiéndole a mil por hora.
-¿Ike? –preguntó Kodu, algo confuso -. ¿Estás bien?
-¡S-sí! –respondió el león, moviéndose sobre sus rodillas mientras seguía los patrones de la alfombra hacia las puertas, ensuciándose las piernas en el proceso -. ¡Esto… esto es increíble!
-¿El qué es increíble? ¿Va todo bien?
Ike no respondió y, en lugar de eso, se dispuso a frotar una parte de la alfombra en la que la roña parecía ser más fácil de quitar con la zarpa. Después de que se hubiera deshecho de aquello que impedía ver el verdadero color de la alfombra, la lana había adquirido un nuevo tono.
Era casi como si, tiempo atrás, hubiera sido blanca.
-¿No lo ves? –preguntó Ike, emocionado -. ¡Esta alfombra! No sé por qué no le presté más atención cuando llegamos, pero… ¡está todo aquí!
-¿El qué está en la alfombra, Ike? –preguntó Kodu, aún algo sorprendido. Parecía lo suficientemente preocupado como para pedir ayuda a alguien.
-No es una simple alfombra. ¡Mira! ¡Esto es un zorro ártico! –exclamó el león, señalando a las espirales, aparentemente caóticas.
Kodu se inclinó hacia la alfombra y ladeó la cabeza, con curiosidad. Tenía que admitir que, una vez uno se había deshecho del color rojo que parecía inundar la lana, los dibujos en forma de espiral que había por toda la carpeta parecían un retrato muy estilizado de zorros árticos.
-Y eso, aquí al lado… Lita… ¡debe haber sido su nombre! ¡Esta alfombra es un registro de la familia de los Garragélida, Kodu!
El gato comprendió y no pudo evitar dejar escapar una exclamación de sorpresa.
Ike, sin embargo, no se levantó. Continuó buscando, tirado sobre la alfombra, pasando a través de las diferentes generaciones de Garragélidas. Marcus, Gaius, Galeria… todos ellos debían haber sido los ancestros de Zèon en el pasado. Pero él estaba buscando un nombre específico: el último.
El nombre del último Garragélida.
Ike lo encontró casi al final de la alfombra. Cuando se dio cuenta del impacto de lo que estaba sucediendo, del hecho de que el nombre que tenía enfrente de él era real y de que no estaba soñando, tuvo que contener las lágrimas. Se quedó allí durante unos segundos, congelado, y entonces respiró profundamente, demasiado conmocionado como para reaccionar. Al cabo de un rato, levantó la cabeza, buscando a Nihil para darle las gracias.
Sin embargo, el zorro ártico ya no estaba allí.
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