Ojeo algunos titulares y me detengo en algún artículo, pero al final del periódico, llego a la sección rosa y cometo el error de leer que fulanito se va a casar de nuevo y comienza el típico hilo que sólo me hace perder el tiempo.
Empiezo a preguntarme la edad de ella, que no me importa nada, pero ya sabéis como van estas cosas y empiezo a investigar.
Lo que pensaba: más joven, mucho más que él.
Cuando me dispongo a cerrar el periódico, leo, sin proponérmelo, a qué se dedica y aquí es donde me quedo totalmente enganchada.
Su futura esposa, dice que se ha formado en Derecho y ADE, posteriormente, se ha especializado en nutrición, ahora es empresaria, escritora, influencer y coach.
Muy lógico, es como si estudias Filosofía y al terminar te especializas en Diseño de Moda.
Y además, es escritora. Todas son escritoras y todas tienen los pechos muy grandes y a mí por más que escribo, no me crecen, algo estoy haciendo mal.
Cuando estoy a punto de dejar de leer toda esta retahíla de estupideces, veo una foto de la susodicha cuando era aún más joven ¿Quién es ésta? ¿Es la misma? ¿Y por qué tiene esa barriga y ahora se le ha puesto plana? ¿Será de escribir?
Qué suerte, además cuantos más años lleva siendo influencer, coach, empresaria y escritora, más pómulos le han salido, los labios también se le han trasformado, ahora son tan gordos que casi no los puede cerrar y sus pestañas son unos pelos negros muy largos y rizados, puede que de fijarse tanto en la pantalla mientras le da a la tecla.
Su expresión también me llama bastante la atención.
Empiezo a mirar uno de sus vídeos y me quedo perpleja al comprobar que, mientras habla, es capaz de controlar todos y cada uno de sus músculos faciales. Cuando se expresa, su cara permanece impertérrita.
Intento empezar a pronunciar palabras sin mover la frente, ni las cejas, pero no lo consigo, lo único que no se me mueve es la nariz ¿Cómo lo hace? En esta misma entrevista reconoce que no se ha puesto botox en la cara porque prefiere conservar sus movimientos de expresión naturales, pero a mí me recuerda a Nefertiti.
Desde mañana escribiré con más ahínco, me matricularé en alguna otra carrera, con la idea de acabar siendo influencer, nutricionista y coach porque se ve que la cosa funciona, aunque lo de los pechos como pelotas, me da que no lo voy a conseguir.
Aunque, si me crecen las pestañas, seréis los primeros en saberlo.
La carta había llegado cuando no había nadie en casa.
Correos estaba cerca y el paseo al lado del mar era agradable, la carta no.
Un mes para abandonar el piso – leyó.
Bajo ese cálido sol, se le dibujó una sonrisa. Parecía una especie de broma macabra.
Imposible, ni en ese momento, ni en esa ciudad, ni en esa época, pero con esa carta el verano ya se había ido antes de empezar.
¿Venganza? ¿Ambición? Ambas, lo más probable.
El propietario del inmueble, que solía presentarse en la puerta, abriendo con su propia llave el portal, acompañado de una cuadrilla de arquitectos con la promesa de arreglar lo que en su día nunca se había hecho, ahora quería vivir en su chalet de las afueras y en el piso de ella porque, según decía, ahora le apetecía vivir en el centro.
¿Acaso pensaba desayunar en su chalet y cenar en el piso que tenía alquilado?
La respuesta era simple: Alquiler de temporada, o sea, más pasta.
Parecía que al propietario del inmueble se le había subido a la cabeza la herencia que le habían dejado sus padres.
Su padre había trabajado desde niño en el mercado de frutas como un esclavo y había ido comprando numerosos inmuebles, que había dejado a sus hijos.
En agradecimiento, éstos lo dejaron morir solo en una residencia. Ellos sólo esperaban a que llegase la hora de repartirse el suculento botín.
La familia era algo peculiar, como si aún no se hubiese percatado de que la Edad Media había llegado a su fin y siguiera viviendo en ella. Recogían muebles usados de la calle, se lavaban por partes para no tener que fregar el baño o recurrir a gastos tan inútiles como comprar jabón, se duchaban los domingos, aunque no todos, más que nada por no correr el peligro de hacer de tal dispendio una costumbre.
Una familia que hablaba a gritos, con voces sin educar, que pensaba que usar el lavavajillas era como ir a Tiffany a comprar un diamante.
Gente rica, propietarios de sus casas, cuyo único fin en la vida era ahorrar, con las manos hinchadas de fregar, la ropa reciclada de una generación a otra, para después morirse solos. Una gran vida, una vidorra.
Abandonar el piso de un mes para otro, un imposible.
Dialogar con el propietario, aún más imposible.
Los conflictos se pueden solucionar hablando, si hay alguien con quien hablar, pero en las guerras suelen perder todos y muchas veces hay gente que muere, por eso lo más inteligente es intentar evitarlas.
Después de unas cuantas vueltas por la casa para organizar algunas cosas y encender unos cuantos aparatos eléctricos me fui al cuarto de baño para prepararme a salir de nuevo, ya que la nevera estaba algo vacía. Encendí la luz pero no funcionaba.
Siempre ocurre algo cuando tengo prisa, pensé.
Me fui al cuadro eléctrico pero todo estaba en orden. Después me asomé a la ventana para saber si era cosa mía por haber encendido demasiados aparatos eléctricos a la vez, o si habría alguna avería en la calle.
Noté cierto revuelo, algunos comentarios que no oía con claridad pero que parecían indicar que mis vecinos también se habían quedado sin luz.
Cerré al ventana. Habría que esperar un poco.
Con el fin de entretener la espera, me senté y empecé a ojear algún periódico en el móvil, cuando de pronto leo un enorme titular: TODA ESPAÑA SIN LUZ.
Esta vez me he pasado. He encendido tantas cosas que dejado al país sin luz, pensé.
Menuda me va a caer esta vez, la primera que va a llamar va a ser mi madre. Solté el móvil y lo miré con aprensión esperando la primera llamada para echarme la bronca, y con razón.
Nada, tranquila, tú niégalo todo, me dije. Si al gobierno le funciona, no veo por qué a mí no me iba a servir la estrategia. Estaba sola, nadie me había visto encender nada, lo niego y ya está.
Empecé a ensayar en voz alta: Bulos, mentiras, yo no he tocado nada, ese habrá sido «alguien», pero yo no.
Menuda manera de empezar la semana.
No tenía mucha comida en casa pero, después de leer alguna noticia más sobre la reacción de la gente, no pensaba salir a hacer ninguna cola, no soy china y no me gustan las colas, es más, las odio.
Tengo velas, linterna, radio de las antiguas y si esto se prolonga hasta la noche hasta tengo una botella de vino que guardo para situaciones de emergencia, que no dudaré en abrir si me aburro mucho, pero nada de salir a la calle.
Pasaron las horas y poco a poco empecé a entender que el apagón no había sido cosa de poner a funcionar la lavadora y encender la cocina al tiempo.
Me sentí aliviada, por un lado, y muy preocupada por otro. Ahora las piezas iban encajando, por eso, no dejaban de hablar de un kit de emergencia. Alguien ya sabía cositas…
No quería usar mucho el móvil porque no podía cargarlo, pero había llamadas que tenía que hacer, funcionaba, aunque horas más tarde dejó de hacerlo.
El apagón se produjo unos quince minutos después de que yo saliese del ascensor, o sea que podía haberme quedado dentro, tal y como estarían muchas personas en este momento.
No pasa nada, me dije, tengo un teléfono fijo desenchufado, claro porque no lo uso más que para casos de emergencia como éste. Lo enchufé y me dispuse a llamar. Mi gran sorpresa fue que tampoco funcionaba. No entendía nada.
Si ya antes la situación me parecía grave, ahora me parecía terrorífica. Los teléfonos, es decir, las comunicaciones no funcionaban. Era una incomunicación total y de un país entero.
Desde luego yo jamás he vivido situaciones tan graves como las que se han producido con este gobierno.
Además aquí no funcionaba lo de: «Si quieren ayuda que la pidan» ¿Cómo? ¿Con señales de humo?
Comencé a pensar en personas que necesitan electricidad no sólo para ver, utilizar Internet o hablar por teléfono, sino para vivir, personas que dependen de respiradores o aparatos de diálisis que dependen de la red eléctrica. Imaginé que los hospitales tendrían generadores pero también habría mucha gente que no podría avisar de ninguna forma y que no podrían bajar las escaleras. Era espeluznante.
Un amigo que me había llamado desde Madrid, me había informado de que en su edificio estaban muy angustiados, pues al tratarse de un edificio «inteligente», provisto de ventanas que no se pueden abrir y en el que se respiraba mediante un suministro de aire que dependía por completo de la electricidad, no tenía ni idea de cuánto tiempo podrían aguantar así. Sin pensarlo mucho, le dije que salieran todos. No pudo más que reírse un poco. Todas las puertas funcionaban mediante la red eléctrica. Si la situación duraba más de unas horas empezarían a ahogarse.
Las horas pasaban y no tenía otra manera de informarme más que por mi antigua radio, iba cambiando de emisora. Interrumpía de vez en cuando para tomar notas a mano para el libro en el que estoy trabajando y para charlar de la situación, pues a esas horas, ya estaba acompañada.
Llegó la noche y echamos mano de las velas, preparamos algo frío, aunque la comida no era lo principal y no hubo más remedio que abrir esa botella de vino, la situación lo merecía, no para celebrar, si no para intentar sobrellevar mejor la situación kafkiana.
Las radios nos informaban de hechos realmente interesantes, por ejemplo, la Radio Gallega nos comunicaba de que en La Coruña no había luz, era sin duda una noticia interesante, no lo sabíamos hasta que la locutora nos lo reveló.
Sobre las las diez y pico de la noche, también empezaron a dar consejos de vital importancia, tales como que sacásemos las chuletas por la ventana, ya que en Galicia, por las noches refresca y así evitaríamos que se pusieran malas.
Estallamos en risas, primero porque precisamente esa noche no teníamos chuleta alguna, pero tan sólo la imagen sacando la carne por la ventana, con el peligro que eso conlleva en estas tierras, era delirante. No sólo porque lo más normal, es que viviendo al lado del mar, la chuleta se la lleve una gaviota, sino porque además, tendría un dos por uno: La chuleta y tu mano.
Era todo de un surrealismo difícil de digerir, como nuestro Gobierno. Todo un país a oscuras porque les había dado por tocar los enchufes. Quizá si no enchufasen a tanta gente, nos quedaría a los demás algo de luz.
¿A quién se le ocurre? A todos nos han dicho desde pequeños: «No toques los enchufes». Pues nada, éste lo quiere todo verde, nada de colorines, verde y sólo verde y le dan por experimentar y después utiliza su técnica estrella, la del maltratador. Es decir, le echa la culpa a alguien de algo que ha hecho él.
«No dejaremos de trabajar para averiguar quién ha sido». Siempre le funciona. Como cuando la gente se moría por la Dana en Valencia y nos decía que él estaba bien.
No sé quién habrá educado a este muchacho, pero puedo afirmar que lo dejaban tocar los enchufes.
No sé la hora exacta en la que regresó la luz aquí en La Coruña, quizá sobre las tres o cinco de la mañana, lo que sí sé, es que, aunque, los españoles tienen un aguante excepcional y gran sentido del humor, lo cual es loable, sí creo que la situación fue extremadamente seria, se produjeron situaciones trágicas e incluso hubo muertos.
Creo que ya llevamos suficientes situaciones apocalípticas bajo este gobierno de las que no se ha hecho responsable y que, además ha agravado.
El mundo al revés, aunque quiera hacernos creer que es lo normal, no lo es.
Es época de tradiciones, las propias de cada Navidad y de otra que, aunque no lo es, lo va pareciendo:
Tomar una copa de vino la noche anterior al día de Nochebuena al hotel de cinco estrellas que está justo frente a mi casa.
Esta tradición es para mí como ir al teatro y además, puedo participar en la obra.
De hecho, me siento como Miss Sophie en «Dinner for one» o «Der neunzigste Geburtstag», un corto clásico de la televisión que ponen en Alemania, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Austria en Nochevieja .
El protagonista de la obra es un camarero del hotel. El hombre al que me refiero es amable suele tener los ojos entornados, como quien conduce un coche entre la niebla, pero conoce al milímetro el camino de ida y vuelta.
A nuestro James gallego, vamos a llamarlo Manolo, no sé si le gustan o no las tradiciones, pero, desde luego, puedo afirmar que es un hombre de costumbres.
Manolo sigue una especie de ritual como el que representa una función de teatro cada noche.
La obra comienza nada más sentarme en uno de los cómodos sofás de terciopelo del bar, situado en primer piso.
Presiono el botón que hay encima de la mesa para ser atendida y comienza la función.
Entonces Manolo aparece de inmediato vestido en blanco y negro, con pajarita, me saluda y me dice cuánto se alegra de verme de nuevo.
No es necesario que le pida nada, pues la pregunta sale de su boca: ¿Le sirvo una copita de Rioja, como siempre?
Creo que si un día le pidiese un café, me pegaría. A Manolo le gusta que las cosas permanezcan iguales.
Nunca sé lo que hace cuando regresa con la bandeja, en la que porta una botella de vino y mi copa, porque su caminar es algo más vacilante que cuando va a buscarla, sus ojos están ligeramente más vidriosos y un poco más entornados.
Yo suelo centrarme en su trayectoria cuando trae la bandeja. Es magnífico el dominio de Manolo mientras camina por las diversas alfombras que intentan interrumpir su trayecto.
Los pasos de Manolo por la sala, se parecen a un baile que me mantiene sin respiración hasta que alcanza mi mesa, sano y salvo.
Mi mirada se mantiene fija mientras veo cómo se le engancha un zapato en el borde de una alfombra y pega un salto, para después volverse hacia la alfombra como recriminándole el haberse interpuesto en su camino.
Son unos segundos de infarto porque mientras mira con saña hacia la alfombra tiene la cara vuelta hacia atrás, sujeta la bandera con una mano pero sus piernas siguen hacia delante.
Después del traspiés, dirige una mirada de desprecio que le basta para restablecer su ritmo.
Manolo suele abrir para mí la mejor botella de Rioja que encuentra porque, según me ha confesado con un pequeño guiño, las botellas han sobrado de eventos y bodas.
Y como Manolo, no respeta las cantidades, hay que establecer una rigurosa vigilancia mientras te sirve.
Mientras disfruto de mi copa y del picoteo que la acompaña, me deleito en observar cómo Manolo se maneja por el salón.
Observando sus diversas reacciones según lo que le pidan. Está absolutamente en contra de cualquier persona que le pida un café o un té, la mirada de desprecio de Manolo, en estos casos, es digna de fotografiar.
La segunda parte de la obra, viene cuando llega el momento de pedir la cuenta.
A estas alturas, los pies de Manolo rara vez tocan el suelo pero sigue bailando por el salón como saltando sin que la bandeja, que en algún momento abandona sus manos, jamás llegue a tocar el suelo. No sé cómo lo hace pero el show es digno de Circo de Sol.
Y como de costumbre, cuando intento pagar, me pregunta si me apetece otra copa. Yo digo siempre que no y es entonces cuando me sirve otra.
Mis intentos de disuadirlo van muy en serio, porque si la primera copa es generosa, con la segunda, el único remedio que se me ocurre es regar alguna maceta.
El rictus de Manolo cuando sirve la segunda copa, me pone tan nerviosa, que le pago de inmediato, como medida de precaución, por si se le ocurre volver con la botella.
Cuando le pago, me siento como si intercambiásemos un cromo, quizá por la manera en que lo coge. No sé dónde acabará ese billete pero no creo que forme parte del beneficio del hotel, ni tampoco de Manolo.
Cuando abandono el hotel, casi siempre lo hago con una sonrisa en los labios porque sé que, cuando vuelva, la función se repetirá: The same procedure as every year… y que podré presenciar la misma obra cuando quiera y, además, formar parte de ella.
Everybody knows that the boat is leaking Everybody knows that the captain lied Everybody got this broken feeling Like their father or their dog just died Everybody talking to their pockets Everybody wants a box of chocolates And a long-stem rose Everybody knows… (Leonard Cohen)
La defensa personal se basa en mantener una actitud de alerta para hacer frente a situaciones de peligro potencial.
Feijóo se ha mantenido moderadamente sentado en el banquillo a la espera de que socialistas centrados, peperos sumisos y los votantes dudosos de Vox cayeran en la trampa del voto útil y lo volviesen a coronar como se hacía una y otra vez en su antiguo reino. Y lo han coronado, aunque la corona se le está cayendo hacia un lado, no voy a decir cuál.
El secreto de ganar se basa en la perseverancia y el de engañar, se basa en realizar trucos de manera rápida, con el fin de que el oponente no tenga tiempo de reacción.
De ahí, la cara de incredulidad y pasmo que se le ha quedado a Feijóo: ¿Cómo lo ha hecho?» Pues lo ha hecho, se veía venir; Una, porque se lo habéis puesto en bandeja abandonando el cuadrilátero; Dos, por vuestra moderada moderación y centrada centralización.
Si queréis pactar con el partido contra el que os presentáis, creo que deberíais ir todos de una vez en las listas de PSOE. El gobierno sería el mismo.
A estas alturas todos sabemos que el rojo o el azul son el mismo color.
Esta es la razón por la que los gallegos son tan resistentes… :)
Interrogatorio realizado por un comisionado de la Gestapo a un prisionero de origen gallego.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?
Manolo: – ¿Cómo?
Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?
Manolo: -Depende.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Depende? ¿Depende de qué?
Manolo: – ¿Por qué lo quiere usted saber?
Comisionado de la policía alemana: – ¡Responda! Quiero saber quién y por qué se detonó ese dispositivo.
Manolo: – ¡Ah…! Eso puede ser por cualquier cosa.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Cualquier cosa? ¡Alguien lo ha planeado y quiero saber inmediatamente todos los detalles!
Manolo: – Vaya usted a saber. Una vez mi tía Rosario, que solía pasearse por el pueblo con su novio, que era primo del que tenía el quiosco más grande, fue acusada de que su novio había deslizado su mano desde el hombro, por el que la solía coger para pasear, hasta su pecho izquierdo. Una calumnia. Pues, lo de que alguien haya detonado algo en el sitio ese, puede ser otra calumnia. Nunca se sabe. La gente es muy mala. Detonar, se detonan tantas cosas…
Manolo recibía el trato característico de las SS y la Gestapo. Llevaba ya cuarenta y ocho horas sometido a un interrogatorio interminable, acompañado de intimidaciones y amenazas. Pero aquello no parecía conmover lo más mínimo al prisionero.
Había llegado ya la hora de utilizar otro método, jugando con la sensación de aislamiento del cautivo y con su inseguridad psicológica.
Inmovilizaron a Manolo y comenzaron a dejar caer gotas de agua sobre su cabeza, de forma ininterrumpida y pausada.
Una gota de agua no parece un arma muy poderosa. No se espera que cause un gran dolor ni que sea dañina. Pero la sucesión de muchas de ellas, causa graves daños psicológicos.
Abandonaron a Manolo y dejaron que las incesantes gotas con su ruido acompasado cayesen una tras otra sobre su cabeza. Este método ya había vencido los nervios de muchos prisioneros.
Lo curioso era que por muchas horas que transcurrían con el caer del agua, Manolo no mostraba señales de que aquello le molestase en absoluto, ni tampoco de tener intención de confesar ni una sola palabra. Muy al contrario.
Aquello se extendió durante horas bajo un permanente estado de observación por parte de sus captores.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Cómo es posible que no muestre a estas alturas alguna señal de flaqueza? Es muy raro. Nunca había presenciado tanta fortaleza. Déjenlo unas cuantas horas más. Debe de estar entrenado para este tipo de torturas.
Pasadas ya, no horas, sino días, un oficial de rango inferior se dirigió a su jefe con tono de preocupación: Señor, el detenido lleva dos días y ahora dice que la gota empieza a tener ritmo. Creo que está escribiendo una canción.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Una canción? No puede ser una canción. Seguramente ya no podrá más y estará escribiendo su confesión.
Oficial alemán: – Permítame que discrepe, señor. No creo que sea una confesión porque de vez en cuando tararea en alto y sigue el ritmo de la gota con el pie derecho.
Comisionado de la policía alemana (en pleno ataque de ira): – ¡Voy a entrar! ¡Abran la puerta!
Comisionado de la policía alemana: – ¡Dígame inmediatamente el nombre del grupo al que pertenece!
Manolo: -Pertenecer, pertenezco a Cambados.
Comisionado de la policía alemana: – ¡Ah! Lo sabía. La gota hora tras hora ha logrado taladrar su voluntad y al fin comienza a confesar ¡Explíquese! ¿Qué tipo de organización o grupo terrorista es esa llamada “Cambados”? ¡Y no juegue más conmigo o se arrepentirá! Dígame, ¿han sido ellos los que lo han entrenado? ¿Ha desarrollado usted su formación allí?
Manolo: – Podría decirse. Lo de las gotas éstas, es muy común allí en mi tierra.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Cuánto hace que pertenece a ese grupo…“Cambados”?
Manolo: – ¡Uy! Desde siempre.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Dónde se encuentra?
Manolo: – Cambados se encuentra en la margen izquierda de la ría de Arousa, ¿Sabe que está considerado como la capital del Albariño? Un vino con mucha fama que elaboramos yo y mis paisanos a partir de cepas que fueron traídas de Renania en el siglo XII. Lo cultivamos de forma artesanal en pequeñas terruños que unos tienen aquí y otros allá, a veces ni se sabe dónde están los lindes. Suele haber muchas disputas vecinales por ellos que, a veces, acaban bastante mal. Hay muchos vecinos con mala leche pero, en general, nos vamos arreglando. Bueno, como le decía, el Albariño está catalogado entre los mejores blancos de Europa. No es que quiera faltarle a usted, señor oficial, aquí tienen buenos blancos, pero ni comparación con el nuestro.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Y dice usted que es bueno ese vino?
Manolo: – Decir “bueno” es quedarse corto y si lo acompaña de unos pimientos de Padrón o una tapita de pulpo, no vuelve usted a acumular tanta tensión como la que tiene con este trabajo suyo, con tanto grito y tanta orden. Si hasta tiene usted mala cara. Ya lo decía mi tío Ambrosio, hay que saber relajarse y él vivió hasta los ciento cinco años años.
Comisionado de la policía alemana: – Ciento cinco años años son muchos años… buenos genes.
Manolo: Ya le digo y el Albariño que ayuda mucho.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Cree de verdad que tengo mala cara? ¿Podría, quizá, conseguirme unas botellas de ese vino?
Manolo:– Poder es posible que se pueda. Depende.
Comisionado de la policía alemana: (sentándose en una silla y echándose a llorar):
Interrogatorio realizado por un comisionado de la Gestapo a un prisionero de origen gallego.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?
Manolo: – ¿Cómo?
Comisionado de la policía alemana: – ¿Estaba usted el 25 de octubre en la Prager Strasse?
Manolo: -Depende.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Depende? ¿Depende de qué?
Manolo: – ¿Por qué lo quiere usted saber?
Comisionado de la policía alemana: – ¡Responda! Quiero saber quién y por qué se detonó ese dispositivo.
Manolo: – ¡Ah…! Eso puede ser por cualquier cosa.
Comisionado de la policía alemana: – ¿Cualquier cosa? ¡Alguien lo ha planeado y quiero saber inmediatamente todos los detalles!
Manolo: – Vaya usted a saber. Una vez mi tía Rosario, que solía pasearse por el pueblo con su novio, que era primo del que tenía el quiosco más grande, fue acusada de que su novio…
No suelo presenciar programas electorales y menos en la televisión, pero reconozco que ayer me divertí como hacía tiempo que no lo hacía.
La caricatura del señor Sánchez fue de lo mejor que he presenciado sobre cómo suicidarse políticamente y como persona, aunque ya esperaba que perdiese por completo los papeles, pero no a tal punto de descontrol.
Antes de proseguir quiero aclarar que no me decanto por ninguno de los dos candidatos, a pesar de haber trabajado junto a políticos en el Parlamento Europeo durante años que buscaban mi afiliación con asiduidad.
Digamos que soy de corte liberal y me gusta pensar por mi cuenta.
Aclarado este punto, puedo afirmar que ayer, el señor Sánchez se encontró con la horma de su zapato y es que no hay peor castigo para un histérico descontrolado, borracho de poder, que como única técnica de debate, utiliza el método de los macarras de toda la vida, es decir, no dejar hablar al contrario, encontrarse con alguien tranquilo.
Por tanto, como contraste la calma del señor Feijoo, su paciencia y, sobre todo, su cara socarrona mientras probablemente pensaba «me estás ahorrando el trabajo», es lo peor que le puede pasar a un chulo de barrio.
Los nervios de Sánchez eran palpables desde el primer instante de su intervención, sus manos temblorosas, su boca seca, sus gestos tensos y descompuestos junto con su nulo control sobre ellos, mientras las gotas de sudor iban perlando su cara.
¿No saben los maquilladores de AtresMedia que además de los polvos sueltos existen los compactos para tales ocasiones? Aunque, en esta ocasión no creo que le hubiese servido ni el cemento armado para tapar aquel desastre.
Sus gestos cada vez más histéricos, en una cara con numerosas marcas y arrugas, un rostro incompresiblemente desgastado tras tantos tratamientos estéticos, sus sonrisas forzadas por las que asomaban unos dientes artificiales y sobre todo, sus sólidos argumentos del tipo: «pero por favor, Señor. Feijoo».
Obligada mención merece también la intervención de los moderadores para poner orden en ese caos constante, vergonzosa muestra de lo que se hace para mantener el puesto aunque haya que bajarse los pantalones delante de todo España, para eso hay que nacer.
Pues dichos individuos se ganaban el sueldo mirando en silencio como el señor Sánchez al que dejaban hablar cuando no le tocaba e interrumpir también, sudaban cuando su amo y señor los miraba, como si estuviesen a punto de asesinarlos, para que le cedieran la palabra cuando no tocaba, ayudando como podían, mintiendo en los tiempos de los turnos de intervención.
El más perjudicado, Vallés, que se mostraba algo más avergonzado que su compañera, tenía la boca más seca, ojos de susto cada vez que se veía obligado a intervenir para disimular lo indisimulable. Un espectáculo esperpéntico.
Mientras, Pedro se disparaba a sí mismo una y otra vez, mirando con los ojos salidos de las órbitas al otro lado de la mesa en el que se veía a un Feijoo, controlado, paciente, que ya sabía que iba a una televisión en le iba a ser muy difícil que lo dejasen hablar, pero con muchas más tablas y autoridad y con bastante más experiencia política que su contertulio.
El asunto iba de perlas, cuanto más hablaba Sánchez, más en picado caía. De hecho el propio Feijoo, preocupado ante el estado nervioso de su contrincante que hablaba sin freno alguno, atropelladamente, sin sentido, que no contestaba a nada y que negaba hechos que figuraban escritos en el diario de sesiones del Congreso de los Diputados, le sugirió que pidiese ayuda para calmarse. Pues quedaba patente que, a veces, parecía que iba a perder el control del todo. Era un espectáculo patético y un autorretrato merecido.
Pues ¿Qué hay mejor que el Presidente del Gobierno saque a la luz su verdadera esencia sin necesidad de ayuda? Un Presidente al que odia media España y la otra media también.
Mientras yo lo observaba gozosa, pensaba en los consejos que los asesores le habrían estado dando durante los cuatro días de preparación del asunto. Pues, ni caso, porque seguro que no le aconsejaron que perdiese los papeles de esa manera.
El problema es que cuando una persona tiene un carácter y no lo domina, éste se refleja inmediatamente en cuanto abre la boca. Si al menos se tratase de una persona con cierta educación, pero el Señor Sánchez, que no ha estudiado nada y ha copiado todo, hasta las comas, no tiene el bagaje suficiente como para ejercer dominio sobre sí mismo, ni para retener datos, sólo es presa de sus propias soflamas.
Por tanto, si le dices ¿Qué ha pactado usted con Marruecos? Te contesta «Vox, fascista». O si le preguntas ¿Por qué ha pactado con Bildu cuando dijo que no lo haría?» Responde: «El pegamento de Vox, fascistas». Y eso es porque carece de argumentos, no puede responder a nada. En realidad, tiene ganas de decirte a la cara: «Yo hago lo que me da la gana» pero en un debate queda feo.
Es la técnica del maltratador: ¿Por qué has tirado la comida al suelo? Contestación: » Puta». Pues eso.
Creo que también merece especial mención, por su tremenda agudeza mental, el comentario de Rosa Villacastín en Twitter:
«Feijoo es un mentiroso convulsivo (sic). No solo miente, no deja hablar a Pedro Sánchez».
Yo sinceramente no ví que Feijoo sufriese ninguna convulsión durante el debate, quizá fuese porque no mentía, aunque está bien saber que mentir puede producir «convulsiones».
Y ahora, España está a la espera de que el psicópata se vaya de una vez.
Creo que ayer quedó patente que se había echado a sí mismo de una certera patada, pero nos queda esperar al posible tongo de Correos o que se apaguen las luces de varias provincias o de toda España, que éste lo hace todo a lo grande y recemos porque no estallen trenes o no choque ningún barco en las costas gallegas porque ¿Qué se puede esperar de una persona que, siendo Secretario General de su Partido se atreve a meter papeletas en una urna detrás de una cortinilla, lo echan y el tío vuelve presumiendo de honradez? Pero en este país todo es posible, ya que nadie esperaba que este mismo individuo, después de semejante gesta, se convirtiese en Presidente.