Un recorrido por los encubrimientos literarios, extraterrestres y criptográficos que nos acechan en el bosque de los libros.
l mundo literario no es un refugio seguro contra las teorías de la conspiración. Tiene sus propios encubrimientos, extraterrestres, y monstruos supuestos al acecho en el libresco bosque. Estas teorías de la conspiración generalmente no son dañinas e incluso pueden resultar una divertida tradición para atraer lectores. Sin embargo, como todas las teorías de la conspiración, distorsionan nuestra comprensión de la realidad y la historia, y a veces pueden extenderse más allá de las páginas y tener consecuencias de gran alcance.
Una rosa con cualquier otro nombre
Quizás las conspiraciones literarias más comunes involucran cuestiones de autoría: la creencia de que un escritor en realidad no creó las obras que se les atribuyen. Y es comprensible por qué los lectores a veces dudan de la autenticidad del nombre en la portada.
Por un lado, muchos autores usan seudónimos. Mary Ann Evans adoptó el seudónimo de «George Eliot» porque creía que los escritores masculinos eran tomados más en serio; Stephen King se convirtió en «Richard Bachman» porque era demasiado prolífico para el ciclo editorial estándar.
Por otro lado, algunas atribuciones son más una cuestión de convención que de realidad demostrable. Los estudiosos no pueden decir con certeza que Homero existiera, y si fue así y escribió dichas obras, sigue siendo una pregunta abierta cuánto de La Ilíada y La Odisea se le puede atribuir a él o a la tradición oral que le siguió. Se pueden plantear preguntas similares sobre los filósofos chinos Lao Tzu y Sun Tzu. (Tzu es un título honorífico que se traducir aproximadamente como «maestro».)
Estos hechos dejan dejan un amplio margen a la especulación, incluso en autores modernos con vidas bien documentadas. Los rumores afirman que Thomas Pynchon es un seudónimo del solitario J. D. Salinger, o que Truman Capote escribió Matar un sinsonte-ruiseñor mientras usaba a su amiga de la infancia Harper Lee como fachada de autora. Ambas afirmaciones son falsas.
Pero sin lugar a dudas, las conspiraciones más grande sobre la autoría rodean nada menos que al Bardo por antonomasia en el mundo sajón.
«Hay un impulso extraordinario, aparentemente insaciable, por parte de muchas personas por creer que las obras de William Shakespeare fueron escritas por alguien que no era William Shakespeare».
escribe el periodista y autor Bill Bryson en su libro sobre el dramaturgo.
«El número de libros publicados que sugieren, o más a menudo insisten, se estiman en más de cinco mil».
Las dudas sobre la autoría de Shakespeare ganó fuerza en el siglo de XIX con Delia Bacon como animadora. Como otras personas antes y después, Delia elogió las obras de Shakespeare por su perspicacia y rico lenguaje, pero esta adoración le llevó a creer que tal arte no podía proceder de un hombre de humilde condición😱. Razonaba que las obras debieran haber sido escritas por alguien educado, procedente de la alta sociedad🎩, y que se adjudican a un humilde actor y administrador de teatro — probablemente para esconder una verdad subversiva.
Para probar su teoría, Delia fue a Inglaterra, pero en lugar de examinar archivos o consultar fuentes primarias como una historiadora, buscó en las obras «significados ocultos🤔» e inspiración «absorbiendo🍺 [las] atmósferas» de sitios notables🥃. Ambientes de eruditos básicamente🍷.
Llegó a creer que las obras de Shakespeare las había escrito Francis Bacon👉🏿, con la ayuda de un grupo de cómplices, incluidos el poeta Edmund Spenser y el pirata ☠️Walter Raleigh. Si bien Delia disfrutó del apoyo fugaz de figuras literarias como Nathaniel Hawthorne, Walt Whitman🍃 y Ralph Waldo Emerson, sus afirmaciones infundadas fueron ridiculizadas en gran medida.
Eso no impidió que otros promovieran sus propias teorías antiestratfordianas. Entre los sospechosos se encuentran James I, William Stanley, Anne Hathaway, Edward de Vere y Christopher Marlowe, sin importar que los dos últimos murieron años antes de que Shakespeare terminara de escribir y publicar.
El inconveniente para todas estas teorías legas es el mismo de las conjeturas de Delia: carecen de evidencias verdaderamente creíbles. Mientras tanto, eruditos e historiadores han descubierto bastantes pruebas que avalan la autoría y propiedad de Shakespeare sobre la pluma🖌, incluidos los registros judiciales que le atribuyen obras específicas🗄.
Bryson lo resume muy bien:
«Estas personas deben haber tenido un talento increíble: crear, en su tiempo libre, la mejor literatura jamás producida en inglés, con una voz evidentemente ajena a la suya, de una manera tan astuta que engañaron a prácticamente a todos durante sus propias vidas y continúan haciéndolo cuatrocientos años después».
En una madriguera de un conejo asesino
Si bien algunas teorías de conspiración niegan que ciertos autores vivieran vida de escritores, otros insisten en que llevaron una doble vida en las sombras. No, no hablamos de un asunto vulgar o de una afiliación política impopular. Estas conjeturas tienen como objetivo agregar capítulos de identidades secretas y encuentros mortales a la biografía de un autor.
Se sabe que algunos autores llevaron una doble vida. Para investigar su primera novela, Harlan Ellison se infiltró como miembro de una pandilla callejera. George Orwell fue descubierto como informante de la unidad de propaganda encubierta del Ministerio de Relaciones Exteriores, proporcionando al departamento una lista de posibles comunistas a los que llamó sus «compañeros de viaje». Y durante la Segunda Guerra Mundial, el autor infantil Roald Dahl fue espia mientras estaba como diplomático en los EE. UU.
Christopher Marlowe también pudo haber sido reclutado como espía por Sir Francis Walsingham alrededor de 1585. Los estudiosos no pueden asegurarlo con certeza absoluta, a menos que seas Dahl, el espionaje generalmente funciona de esa manera.
Pero la doble vida más brutal que se le atribuye a un autor, es a Charles Lutwidge Dodgson. Más conocido como Lewis Carroll o, en el caso de esta teoría de la conspiración, Jack el Destripador.
A pesar de dejar un rastro sangriento en todo el distrito londinense de Whitechapel en 1888 y burlarse de las autoridades con cartas llenas de bravuconadas, nunca se pudo identificar a Jack el Destripador. Se ha presentado una lista de médicos, abogados, carniceros y delincuentes, incluso hay quien afirma que era el entonces Principe de Gales, como culpables, pero ¿quién mejor para deshacerse de la policía que un exdiácono que destacaba en ciencias, entretuvo a los niños y trabajaba como profesor universitario?
Eso debe haber sido lo que pensó Richard Wallace cuando acusó a Carroll y Thomas Vere Bayne de ser los verdaderos asesinos de Whitechapel en sus libros (1990) y Jack the Ripper, Light-Hearted Friend (1996).
La teoría de Wallace depende del amor del autor por los acertijos y los juegos de palabras. Según él, Carroll escondió confesiones de sus malas acciones dentro de su trabajo como anagramas. Por ejemplo, Wallace afirma que las primeras líneas del poema de Carroll «El Jabberwocky» ocultan una confesión astuta. He aquí el poema de Carroll y la versión descifrada de Wallace:
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“’Twas brillig, and the slithy toves Did gyre and gimble in the wabe: All mimsy were the borogoves, And the mome raths outgrabe.” |
«Apuesto a que me golpeo las glándulas hasta que, con la espada de la mano, mato al género maligno. Un tema viscoso; ¡pide prestados guantes y mastúrbate más!” |
Si eso parece exagerado, también lo hizo Karoline Leach, autora de In the Shadow of the Dreamchild (1999). El libro tiene como objetivo disipar los muchos mitos que rodean a Carroll, y en él, Leach analiza la teoría de Wallace. Concluye que Carroll haciendo un juego de palabras tan desordenado es más increíble que la idea de él transfigurado en un Dexter victoriano. Ella señala específicamente que, en un caso, Wallace tuvo que sustituir letras para que sus anagramas funcionaran.
Leach pasó a demostrar la ridiculez de las pruebas de Wallace aplicando su metodología a la primera línea de A. A. Milne Winnie-the-Pooh. Aquí Milne:
«He aquí a Edward Bear bajando ahora las escaleras.»
Y el «descifrado» de Leach:
«¡Apuñala a las mujeres rojas rojas! CR está derribando a las putas AA.»
(«CR» obviamente es un Christopher Robin trastornado.)
Las teorías de Wallace también se desmoronan sin los anagramas. En Retrospect Journal, Kayla Greer señala que la evidencia física de la participación de Carroll y Vere Bayne es inexistente, y Carroll solo estuvo en esa parte de Londres durante algunos de los asesinatos.
«Según la metodología de Wallace, se podría igualmente ‘probar’ que Charles Dickens, Alfred Tennyson o cualquier prolífico autor victoriano era Jack el Destripador.»
Añade Greer.
Un caso cerrado (¿y nada más ?)
Cuando una muerte es repentina, inesperada y de alto perfil, abre las puertas al pensamiento conspiranoico. Y la historia literaria tiene muchas muertes misteriosas para que los teóricos elijan.
Algunos especulan que la muerte de Albert Camus en un accidente automovilístico en 1960 no fue un accidente, sino un golpe de la KGB en respuesta a sus críticas al gobierno soviético.
Geoffrey Chaucer murió por causas desconocidas en 1400, pero esa falta de evidencia no ha impedido que la gente sospeche de asesinato por orden del rey Enrique IV. Y Christopher Marlowe aparece de nuevo para asegurar el truco de conspiración. El mismo Marlowe fue asesinado a puñaladas durante una pelea en un bar por una partida de chaquete (ahora llamado backgammon), pero algunos afirman que la pelea encubrió un asesinato destinado a silenciarlo y proteger a altos miembros del gobierno. (Recuerda, podría haber sido un espía.) Otros dicen que fue fingido para ayudarlo a escapar de sus enemigos.
Mientras tanto, la muerte de Edgar Allan Poe la podrías haber encontrado perfectamente en alguno de sus relatos. El 3 de octubre de 1849, encontraron a Poe en una cuneta cercana a una taberna cuando llevaba desaparecido unos cinco días. Deliraba y vestía una desastrada ropa de otra persona. Después de cuatro días diciendo incoherencias en el hospital, donde pidió un «Reynolds» que nunca fue se supo qué era, murió a los 40 años.
Para aumentar el misterio, no existen ni si certificado de defunción y ninguno de sus registros médicos. Solo sabemos que lo trató el médico John Moran, y dijo que la causa de la muerte fue frenitis (inflamación del cerebro). Este genérico diagnóstico y las misteriosas circunstancias de la muerte han llevado a muchas conjeturas sobre la verdadera causa. Estas han incluido:
- rabia,
- abuso de sustancias psicotrópicas,
- intoxicación por monóxido de carbono,
- intoxicación por metales pesados,
- un tumor cerebral y
- asesinato.
Desde entonces, se ha demostrado que la suposición de que Poe muriera por su amor a la botella🍾 es poco probable. Aunque Poe tenía reputación de ser un abusador de sustancias que a menudo lo volvía violento, esta conocida opinión la moldeó en gran medida un obituario difamatorio en el New York Tribune. Su escritor, Rufus Wilmot Griswold, le tenía rencor a Poe y, a pesar de convertirse en su albacea literario, calumnió el nombre del autor durante años después de su muerte.
No ayudó que Joseph E. Snodgrass, un editor con formación médica que socorrió a Poe después de que lo encontraran, fuera miembro del Movimiento por la Templanza y usara a Poe como ejemplo durante las conferencias para resaltar los peligros del alcohol.
En realidad, Poe había renunciado al alcohol tras superar una enfermedad y de que su médico le dijera que si seguía bebiendo probablemente no duraría mucho. Si bien no es extraño que un alcohólico vuelva a empinar el codo, se analizaron muestras de cabello de Poe en 2006 y aparecieron bajos niveles de plomo (antiguamente, dicho metal iba en los vinos y otras bebidas alcohólicas como edulcorante o por contacto con cristalería con plomo). Si bien el cabello de Poe mostraba niveles muchas veces más altos de lo que es normal en la actualidad, los resultados sugieren que no bebía mucho hacia el final de su vida.
Un engaño del genio del mago
Los libros también pueden exudar una niebla de misterio, y los engaños literarios están pensados para aprovechar este hecho. Si bien tales engaños por sí solos no suelen llegar a las alturas de una teoría de conspiración completa, más allá de eso, pueden, sin embargo, engañar a los lectores para aceptarlos como evidencia de engaño de estado profundo.
Ejemplos incluyen Los libros sexto y séptimo de Moisés, que afirman ser libros perdidos de la Biblia hebrea que contienen encantamientos mágicos, pero que aparecieron por primera vez en panfletos anónimos en la década de 1800.
Un siglo más tarde, la revista alemana Stern compró lo que sus editores creían que eran 60 volúmenes de diarios personales de Adolf Hitler; eran en realidad falsificaciones creadas por Konrad Kujau.
Sin embargo, uno de los más extraños engaños literarios en la memoria reciente es el Simon Necronomicon. Extraño porque no es ningún secreto que el Necronomicon es un invento. El autor H.P. Lovecraft diseñó el libro como un recurso argumental en su famoso Mitos del Cthulhu. En estas historias de horror, se dice que este tomo mágico contiene la historia de los Antiguos — seres cósmicos poderosos, a menudo malignos—, así como conocimientos arcanos indescriptibles.
Lovecraft escribió sus historias con la mirada puesta en la verosimilitud, y las que presentan el Necronomicón no son diferentes. Compuso una historia de siglos para el libro, incluyendo una lista de las instituciones académicas que guardaban las copias existentes. También quiso hacer referencia a un lado de «real» citando a grimorios y textos alquímicos, tales como El Libro de Dzyan (sobre 1900) y Turba Philosophorum (sobre 900).
Sus esfuerzos fueron lo suficientemente convincentes para que algunos lectores llegaran a creer que el libro, en realidad existía. Las bibliotecas conocidas por sus colecciones de manuscritos antiguos, incluida la Biblioteca del Vaticano, han recibido solicitudes de información al respecto, y después de la muerte de Lovecraft, los libros con dicho nombre comenzaron a aparecer en las librerías de ocultismo. Muchos de estos son claros y juguetones homenajes a Lovecraft, pero otros afirman ser el verdadero. El Simon Necronomicon viene después.
Publicado originalmente en 1977, este Necronomicón se atribuye simplemente a un tal «Simón», aunque es probable que el autor real sea el ocultista Peter Levenda. En la introducción, Simón afirma que un monje misterioso le dio una traducción griega de un Necronomicón auténtico y luego verificó que sus maldiciones, encantamientos y hechizos eran anteriores a la mayoría de las religiones conocidas.
Pero según Gabriel McKee, bibliotecario de colecciones y servicios del Instituto para el Estudio del Mundo Antiguo de la Universidad de Nueva York, el libro es en realidad:
«una mezcolanza de textos sumerios y babilónicos recontextualizados salpicados con referencias adicionales a deidades ficticias creadas por Lovecraft y el sistema mágico orientalista de Aleister Crowley.»
Las traducciones ni siquiera son originales. Simon los plagió de estudiosos, arrojando un puñado de Cthulhus y Yog-Sothoths por si acaso.
«El Simon Necronomicon lee sus fuentes antiguas a través de una combinación de demonología medieval, teosofía del siglo XIX y ficción pulp del siglo XX».
El libro no llamó mucha atención más allá de los entusiastas del ocultismo y las camarillas adolescentes nerviosas, pero atrajo cierta atención popular durante el juicio de Rod Ferrell. En 1996, Ferrell y un grupo de amigos asesinaron a los padres de Heather Wendorf y luego robaron el Ford Explorer de la familia. Cuando la policía detuvo a los adolescentes, encontraron copias del Necronomicón Simon y la Biblia de las Brujas en el automóvil.
El testimonio en el juicio reveló que Ferrell creía que era un vampiro y que sus amigos habían formado un pequeño grupo de culto llamado «Clan de Vampiros». Su elaborado mundo de fantasía, probablemente un escape mental de su dura vida, se construyó a partir de una extensa lectura no solo de obras ocultas sino también de literatura profética y apocalíptica antigua.
Según escribe McKee.
«El público en general sabe lo suficiente sobre la historia del Cercano Oriente antiguo como para verlo como un lugar de misterio. En realidad sabemos bastante sobre las antiguas culturas del Cercano Oriente y sus prácticas religiosas […], pero las invenciones históricas esperan y dependen de la ignorancia. Cuanto más aprendamos y mejor comuniquemos ese conocimiento, más herramientas tendremos para oponernos a la historia mal interpretada.»
Un engaño con un peaje inigualable
Si bien los engaños y las conspiraciones literarias pueden ser provocativas, rara vez tienen consecuencias de mayor alcance que llenar listas en línea o romper silencios incómodos en las fiestas. Pero al igual que inspirar un culto a los vampiros, a veces pueden motivar acciones violentas. Los Diarios de Turner, una novela que describe una guerra racial apocalíptica que se ha ganado la reputación de ser la «biblia de la derecha racista»—, inspiró el atentado de Timothy McVeigh contra el Edificio Federal de Oklahoma City en 1995.
Los engaños y las teorías ignorantes también pueden convertirse activamente en armas para inspirar acciones violentas y visiones del mundo conspirativas. La propaganda de odio puede manipular emociones, torcer hechos y propagar mentiras descaradas, y en lo que respecta a este uso de la escritura, los Protocolos de los Sabios de Sión se llevan la palma. Es un pastel sangriento y repugnante, pero se la lleva.
Los Protocolos son un documento falso que pretende ser el acta de una reunión de líderes judíos. Durante esta reunión ficticia, los miembros planean cómo se apoderarán del mundo y derribarán el cristianismo. (Sugerencia: No anote las actas de sus conspiraciones criminales globales. El rastro de papel siempre regresa.)
Si bien se desconoce el origen de los Protocolos, un funcionario zarista en Moscú llamado Sergei Nilus fue uno de los primeros en publicar el engaño en 1905. Editó y lanzó varias versiones agregando cada vez un nuevo relato de cómo sucedió.
Desde su difusión inicial, el documento se ha utilizado como «prueba» de que un grupo de élite judía conspira para dominar el mundo. Por ejemplo, después de la Revolución Rusa en 1917 y el ascenso al poder del Partido Bolchevique, se usó para explicar cómo la «Judería Internacional» era culpable del comunismo, de ahí el término «Judeobolchevismo». De hecho, una de las razones por las que hay tantas variaciones de los Protocolos es que fueron adoptados de forma continíua a lo largo de los años por diferentes grupos y narrativas antisemitas, adaptándolos a las quejas de ese grupo en particular.
Los Protocolos se extendieron como la pólvora durante la primera mitad del siglo XX, circulando por todo el mundo e inspirando otros libros y retórica de odio. El papel que desempeñó en el surgimiento del Partido Nazi y los escritos del propio Hitler está bien documentado. Los volúmenes antisemitas de Henry Ford, El judío internacional: (1920), se basaron en él e incluyeron elementos del mismo.
Durante más de 100 años, los Protocolos se han utilizado como el argumento básico
para calumniar y justificar el asesinato de judíos, todo a pesar de haber sido refutado ya en la década de 1920. En su libro El mito de la Amenaza Judía en los Asuntos Mundiales (1921), el diplomático y periodista británico Lucien Wolf desacreditó la propaganda de odio, incluso señalando cómo partes de los Protocolos fueron plagiadas de una novela alemana en la que el diablo literario apoya a los judíos.
En el prefacio de su libro, Wolf denncia a sus compatriotas ingleses por difundir tal desinformación:
«Confieso un sentimiento de vergüenza por tener que escribir este folleto. Que periódicos de renombre en este país busquen trasplantar aquí las semillas del antisemitismo prusiano, y que empleen para este propósito dispositivos tan cuestionables y una literatura tan melodramáticamente tonta, no puede dejar de causar una sensación de humillación a cualquier inglés que se precie».
Al igual que la falta de voluntad de Delia Bacon para aceptar la sencilla respuesta de que Shakespeare escribió las obras de Shakespeare, los partidarios de los Protocolos permiten que sus prejuicios preexistentes moldeen su cosmovisión. En lugar de dejar que la evidencia influya en su creencia, la creencia dobla y distorsiona la realidad hasta un punto en el que toda la evidencia debe encajar dentro de ella o ser descartada. Sin embargo, a diferencia de la historia de Bacon, los Protocolos muestran que no se garantiza que las teorías de conspiración literaria permanezcan al margen.
Conclusiones
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Las teorías conspirativas literarias surgen del mismo impulso que otras conspiraciones: nuestro deseo de darle un significado y poner orden en nuestra realidad ambigua y caótica.
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Estas teorías se basan en la especulación, la búsqueda de patrones y el sesgo de confirmación en lugar de la evidencia.
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Las conspiraciones literarias pueden ser divertidas y ofrecer respuestas satisfactorias a un misterio, pero la historia muestra que tales engaños pueden distorsionar la comprensión cultural y, en casos extremos, incluso alimentar el odio y la violencia en el mundo real.
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También dijo en un poema en su libro Poeta de guardia, haciendo referencia a la maleta de su vespa con la que recorría los pueblos de Madrid:
La UE acaba de imponer sanciones al historiador militar Jacques Baud, coronel retirado del servicio secreto suizo, prestigioso analista y autor de best-sellers, por la supuesta difusión de «propaganda rusa». A diferencia de la señora Von der Leyen, este ciudadano suizo con una formación científica universal no ha cometido ningún delito. No ha violado ninguna obligación democrática de rendir cuentas ni ha infringido ningún código de conducta o normativa para funcionarios públicos. Nunca se ha arrogado ilegalmente poderes presidenciales que no le corresponden.


Durante aquella investigación, remitían a Levy una y otra vez al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde a finales de los años cincuenta había nacido lo que él llamaría «la ética hacker»: una forma de pensar y crear que veía en el ordenador un instrumento de libertad, colaboración y conocimiento compartido. Aquellos pioneros trabajaban en comunidad, escribían código sin firmar sus programas, ni siquiera usaban contraseñas, convencidos de que «la información debe fluir libremente». Esta ética, sin embargo, no se mantuvo intacta con el paso de las décadas. La irrupción del negocio tecnológico, el ánimo de lucro y las patentes introdujeron tensiones que perduran hasta hoy.

