Fantomas
Niusléter #303
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¿Recuerdan el robo del Louvre de hace un par de meses? Lo pregunto así porque me parece que nada es más fácil de olvidar que ese robo. Al principio atrajo toda la atención de los medios, que estaban fascinados porque al fin parecía que algo había pasado. Y sí, es muy divertido cuando ocurre un robo de este tipo, y más en una institución de la importancia del Louvre. Pero no pasó nada. Quiero decir que la película quedó truncada y no hubo más que contar. Y lo peor, y creo que la gente de los medios lo sospechaba aunque no lo iba a decir a micrófono abierto: la cosa carecía por completo de importancia.
Los ladrones no se llevaron obras de profunda importancia cultural. Y luego, visto desde este lado del Atlántico, ¿a quién le importa si se metieron en el Louvre, aunque haya sido de forma espectacular, digna de una película? Ocean’s Eleven, versión de bolsillo. Recuerdo el día que saltó la noticia, la emoción en las voces de los periodistas, y la sensación que tuve inmediatamente de que no importaba. Y será porque Francia no importa, o porque Francia no nos importa,
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Por lo menos la empresa que fabrica el autoelevador que los ladrones usaron para colarse en el balcón por el que entraron sacó provecho, anunciándose como proveedor de autoelevadores silenciosos. Todo termina quedando en la publicidad. Puedo construir un gran buscador o una gran red social, pero es sólo para vender publicidad, para vender la posibilidad de vender.
Pienso lo mismo con todo esto de la inteligencia artificial que nos dicen que está pasando ahora. Será todo para vender más publicidad. Empieza como burbuja financiera, termina como publicidad, ¿no es ése el patrón? ¿No es ésa la cultura del siglo XXI? O sea la cultura del siglo XIX pero ya sin pretensiones de conexión alguna con el pasado o con la tradición. La razón por la que tanta gente ha dejado de identificarse con los güelfos y los gibelinos del presente es que unos están deslegitimando la tradición mientras que los otros se dedican a desmontar el sistema económico que la sostenía. La joyas robadas al Louvre representan, en forma muy menor, esa tradición. Lo más probable es que ya hayan sido desmontadas, el metal derretido, las piedras cortadas, y que ya estén siendo procesadas en el mercado negro como publicidad de algún tipo.
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La tradición es algo que fue nuevo y probablemente progre en su momento, que gustó y se mantuvo porque hubo quien lo mantuviera. Se crearon intereses, ideas, y la cosa dio fruto de varias maneras, fue útil.
Se cuenta que en 1945, un grupo de jóvenes quería participar en la procesión de Gigantes y Cabezudos de Buñol, provincia de Valencia. La comitiva no se lo permitió, se desató una pelea que llegó a los tomatazos. Al año siguiente se repitió la cosa. A partir de ahí, tomó vida propia: ahora eran los tomatazos lo que importaba, no ya lo otro. Hoy en día, la Tomatina es una fiesta, digamos, tradicional entre las fiestas de verano en España. Es una tradición útil porque atrae turistas al pueblo, los bares y los supermercados venden más birra, y sabemos que eso es lo único que cuenta: vender más. Me acabo de enterar de que ahora hay que sacar entradas para participar en la Tomatina. Igual que para ir al Louvre.
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Una cosa que gustó del atraco al museo fue la osadía obrera. Tipos vestidos de obrero que sabían operar una cortadora de cemento y utilizaron un autoelevador para entrar. (Mientras escribo esto, oigo las amoladoras en la obra de enfrente.) No se trata de un Fantômas o un Thomas Crown (Steve McQueen o Pierce Brosnan), no son gentlemen que se autoperciben ladrones (o viceversa), y eso le da un cariz completamente distinto al robo. Es la tradición desafiada por el laburo, la prepotencia de trabajo, que diría Arlt, y no por el glamur de un señorito.
(Glamur viene del inglés/escocés glamour/glamor que es una perversión de grammar, gramática. El que tenía gramática tenía la posibilidad del encanto, la magia.)
(De chico fui un gran fan de los cómics de Fantomas que publicaba la editorial Novaro, en México.) (Aprendí a leer con un cómic de Tarzán de esa misma editorial.)
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Otra razón por la que ha importado, o interesado poco este robo, es que estamos atravesando una revolución en Occidente, que tiene, por supuesto, un frente cultural. Ahora bien, las revoluciones pueden beneficiar al pueblo o no, pero en realidad son la sustitución de una élite por otra. Estamos en medio de un cambio de élites, y hay que ver si la nueva será mejor que la anterior. Por ahora, si la nueva es esta generación tecnofacha que estamos viendo, no veo que lo sea por mucho. El robo low-tech del Louvre, entonces, no amenaza a nadie, sólo ha metido a las autoridades culturales y policiales francesas en un brete, y todavía no sabemos quién saldrá beneficiado.
No me suelo acercar mucho a las teorías conspirativas, pero de aquí podría salir una. Un robo en realidad menor que sirve para poner en duda la validez del sistema que ha mantenido a las élites francesas en el poder desde tiempos de Napoleón.
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Los Cantos de Ezra Pound quieren ser una recopilación condensada poéticamente de las culturas del mundo, pero vistas sobre todo desde el Mediterráneo. La épica de Homero y la lírica de Safo; la poesía amorosa provenzal y la del stil nuovo; la Divina Comedia, Shakespeare, Cervantes—y luego la poesía china y la sabiduría de Confucio. Una larga tradición con sus vericuetos locales más otra también enorme aunque desconocida para nosotros. Para cuando Pound empezó a escribir sus Cantos, esa cultura mediterránea estaba ya muy perdida, entregada a los arqueólogos universitarios; la otra era casi completamente ajena y exótica. El proyecto de Pound era crear un manual poético para las élites que vinieran. Las élites que van de salida no aprendieron a leer ese manual, y está muy en duda que las que vienen lleguen incluso a interesarse por él..
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Esto es lo que me preocupa de cualquier proyecto artístico del presente: que no importe/no interese, que no sea capaz de inventar su propio futuro. Y es que sin esa ambición, sin una ambición que vaya más allá de la de vender publicidad, ¿qué se construye? Instituciones que nacen muertas, que sólo sirven para dar empleo a gente que podría ser valiosa en otro lugar, que aparentan validez cultural y en realidad no importan—como esas joyas robadas al Louvre, o como el Louvre mismo, con sus largas colas de turistas y sus aglomeraciones frente a un solo cuadro. Así, la Tomatina, como celebración del exceso y el desperdicio, tiene todo el sentido del mundo. Espero que el Ayuntamiento de Buñol la aproveche para vender publicidad.
NOTICIAS
Los poemas están en Paseante Extranjero. Hace cuatro meses que no escribo poemas, siento que esta misma duda que expreso acerca de la validez de un proyecto poético me esté cortando el flujo sanguíneo a las ideas. Si un poema es siempre la expresión de una esperanza de conexión, me estoy quedando sin esperanza.
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A lo mejor sólo estamos a la espera de que la inteligencia artificial se haga por completo de la cultura, dejándonos afuera, la cultura cuyo único fin sea la venta de publicidad.


