Aquí estamos. ¿Sí, pero dónde?, fue la duda. Trescientas castañuelas vendrían a pasar la noche. Hay sentimientos que llegan ya gastados al corazón como aire previamente respirado. Ahora que vuelve a existir una versión del arte figurativo, millones se unen para aplaudir. Es la hora señalada, y se quema la tostadora. Por la mañana, uno despierta, se levanta, enciende el primer tomo de sus memorias, ríe por algo en la página 57, cierra el tomo, vuelve a la cama triste, alegando una depresión— ese silencio que de repente y por momentos se apropia del día como un atardecer en la playa. Al día siguiente, lo mismo. Y así hasta que se complete el número de días que le tocan a una vida. Súmale cualquier interrupción y te da el nuevo militarismo con su idea de progreso. Busca un lugar donde no sentir— sólo observar los sentimientos de otros. ¿Te tomaste las pastillas? Sí, aunque no en el orden habitual. Menos mal, pensé que había estallado la caja eléctrica. Sólo eran los vecinos echando petardos. Cariacontecidas las vacaciones, ni una cama libre queda en el hospital. Se terminó el presupuesto. Nadie se acuerda ya del precio del combustible ni se queja por la escasez de cartillas de racionamiento. (Los dignatarios del otro país te mandan saludos y preguntan si te compraste la moto.) El signo del siglo es la incoherencia. La crisis develará el flamante misterio, un domingo de fútbol y basura en las calles, aunque todavía nada sobre el origen de la consciencia. ¿Estamos? Sip, ya pagué la cuenta.
Si es verdad que la última palabra fue pronunciada tras un largo silencio, ¿qué hacemos aquí de pie junto al congelador? ¿Qué duda nos abraza o saca a la luz la larga lista de nombres que durante largo tiempo nos sostuvieron? ¡No es suficiente el brillo del sol en los parabrisas que pasan? El cuestionario llega a su fin. Ahora esperamos a que nos lo corrijan. Afuera, se percibe una brisa por el movimiento de las hojas en los árboles. Nos queda un zoológico por visitar. El jardín botánico, fruto de nuestras anterior esperanza, cierra hoy. Cierra los lunes, dice el cartel.
Es verano, una vez más. Una cosa que escribo me reuerda a otra y esa, al escribirla, a otra como una canción incesante en la cabeza con múltiples variaciones hasta que siento cómo se va secando el aire. Respirar siempre ha sido un placer. Lo sé porque conozco lo contrario. Sé también lo que es romper la ventana con la sille, patas por delante, para dejar entrar lo que quede del aire por la calle. Los fragmentos de otras conversaciones son piezas de un puzzle sin centro ni bordes. A veces lo pienso como salir en bote mar adentro y tirar la máquina de escribir por la borda. Ahora lo mejor será un vaso de agua. Un vistazo al cielo en busca de indicios de lluvia—por si va llegando. Los pescadores de al lado saludan con la mano pero no cruzan la calle. Pienso en cómo era masticar arena sin remedio inmediato. Pienso en pies mojados rebozados en arena. Pienso en pies quemados por la arena al sol. Se recuerda una cosa: un sauce de la infancia— luego su sombra, luego la verja de hierro negro del jardín y luego otra cosa y otra en el aire seco, el brillo completo del sol al mediodía. Largas colas a la espera del almuerzo. Me perdí la última función de “El fin del mundo”. Y ahora, con esa brisa que sopla, sé a qué se refieren con la palabra redención—y más hoy cuando parece mejor suponer que preguntar.
Pajaritos
Sobramos, en el sentido de que hacemos tanto ruido que dicen que hubiera sido mejor habernos ido mucho antes del nido.
Sin título
Sobra mundo, nos dijeron, y sobra gente, sobra realidad, sobran manos. Se malgastan los sueños en pantalla y las voces van romperse sin palabras dejando sólo estática en el aire. Se corta la transmisión convertida en estadísticas y estudios, lección para quien no ve, no sabe, no contesta.
Mira la tostadora. ¿No es un símbolo matutino de la felicidad? Para la completitud cotidiana, es la inherente espiritualidad triste de ese desayuno que nos propulsa del frío aburrimiento emocional a la desidia, más que emocional, intelectual. Luego, será hecho símbolo de una verdad oculta que nos propulsa, en lunfardo actual, a una felicidad escondida en la sonrisa triste que se instala en la vida cotidiana. La hora de calistenia cotidiana trae su propio terror emocional a esa construcción fallida por triste, convertida en este tiempo en el símbolo de otra nueva y resentida felicidad, lo que, visto más de lejos, propulsa, todavía en sueños, lo que propulsa la conversación, la voz cotidiana y la mirada a cualquier felicidad de otro como un error emocional propio, un ácido tenso, siempre símbolo del deseo: la tostadora triste del desayuno, otra máquina triste. Pero encontramos que lo que propulsa ese deseo es el permanente símbolo, vivo en espejos, visión cotidiana de un tipo de terror emocional que sigue a la idea de felicidad. Perseguirse por la felicidad termina con esa mirada triste que siempre sigue al miedo emocional. Y diría que peor es que propulsa la expectativa, extraña y cotidiana, de que tanto quepa en un mero símbolo. ¿Será un error de inicio el que propulsa, insertándolo en la vida cotidiana, un objeto para convertirlo en símbolo?
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