Reseña: Hambre

by Rocío Tizón
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Cubierta de Hambre
Título de la obra: Hambre
Autor: Yaiza Carrasco
Editorial: Cetus
Año de edición: 2026
Extensión: 190 páginas
Encuadernación: Rústica con solapas

Hambre, de Yaiza Carrasco, es una obra que golpea con la precisión de lo íntimo y lo imprescindible. Todo parte de una historia sencilla: Tamara anuncia a sus compañeras de piso que va a comenzar a hacer la dieta del ayuno intermitente. Va a estar cada día dieciséis horas sin comer, algo que no solo resulta ser una tortura física y mental, sino que despierta algo dentro de ella que no se sacia nunca.

La autora despliega una prosa contenida y sensorial que sitúa al cuerpo y sus carencias en el centro del relato: el hambre literal convive con una inanición emocional que atraviesa la memoria, el deseo y los afectos. Aparecen fragmentos de vida que se sostienen por la tensión entre lo dicho y lo omitido, como la ansiedad constante que la obliga a rascarse, el malestar que sostiene hacia ella su madre, la muerte del padre, de la que no se habla, o la negativa a relacionarse con otras personas que no sea su compañera de trabajo.

Yaiza Carrasco

La voz narrativa, cercana y a la vez lúcida, obliga al lector a constatar que no hay consuelo fácil ni redención gratuita. Los personajes aparecen como contornos que reflejan y amplifican la soledad de la protagonista; sus relaciones son trazos de una geografía afectiva marcada por la precariedad y la necesidad. Comparte piso con una pareja de compañeras del instituto y su sueldo como cuidadora en una escuela infantil es precario. Ella prefiere mirar a otro lado, pero el hambre le obligará a afrontar dicho problema sin dilación. Es sobrehumana, abrumadora y exige satisfacción constante, cueste lo que cueste.

 

El lenguaje de Carrasco es abundante en ciertos momentos críticos: con esto quiero decir que las descripciones de la alimentación son muy gráficas y, en ocasiones, hacen acelerar el ritmo de lectura. La sobreadjetivación tiene la función de describir la satisfacción del deseo y de hacernos partícipes de este de un modo casi enfermizo.

Una vez disparada la acción, los hilos temáticos se entrelazan sin dar tregua: hambre como deseo y déficit, memoria que reorganiza el pasado a través de sensaciones, enfermedad que expone la vulnerabilidad y la política del cuerpo en un entorno de escasez afectiva o material. La obra no ofrece respuestas cerradas; invita a la lectura atenta y a la reflexión incómoda, a reconocer cómo la falta puede ser motor de las decisiones y moldear la identidad.

Asimismo, destaca el aislamiento de la protagonista, su indefensión frente a médicos y enfermeras. Profesionales sanitarios que miran a otro lado, que se limitan a derivar a psicólogos y que consideran que su trabajo está hecho mientras la analítica salga bien. Es desasosegante comprobar que, a la hora de la verdad, todos podemos estar tan solos como Tamara.

Hambre

Hambre resulta una lectura exigente y desafiante, dirigida a quienes prefieren la literatura que confronta y cuestiona más que la que consuela. Su honestidad estilística y emocional perdura. No obstante, me parece recomendable avisar de que aparece maltrato animal muy detallado en el libro, por si acaso hay lectores a los que esto les produce angustia.


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