Dignidad
Viangly Infante nunca imaginó que su dignidad quedaría reducida a cenizas. Viangly, que tomó la decisión, en conjunto con su esposo y sus hijos, de salir de Venezuela para llegar a los Estados Unidos, nunca imaginó que su dignidad sería devorada por el fuego.
Viangly se convirtió en el rostro de la tragedia de Ciudad Juárez. Una tragedia que cobró la vida de 39 migrantes —la mayoría de Centroamérica y Suramérica— que lo único que querían era mantener esa dignidad que estaba en peligro en sus países de origen.
Es preocupante como se ha instalado esta idea general de que por migrar, por cruzar una frontera, los migrantes y refugiados «pierden su dignidad».
Ojalá esto fuera algo que me estoy imaginando pero día a día tenemos ejemplos que afianzan cada vez más la idea de que los migrantes —en especial los que migran de manera forzada— son ciudadanos de tercera o cuarta categoría que no merecen nuestro respeto o sus derechos humanos.
Es absurdo ver, por ejemplo, como el gobierno de México, encabezado por su presidente, Andrés Manuel López Obrador, se desliga de responsabilidad sobre lo ocurrido en Ciudad Juárez y trata de instaurar una narrativa en la que los migrantes son culpables de sus desgracias sólo por exigir que los traten como personas.
También preocupa como en Colombia, desde que llegó el gobierno de Gustavo Petro, los migrantes venezolanos son considerados como una problema en vez de una solución. Y la retórica que se usa desde las vocerías oficiales es que hay que «desvenezolanizar» la migración y potenciar esa supuesta mejoría de Venezuela [spoiler: no existe tal «mejoría»] para que los venezolanos regresen.
Es cierto que las redes sociales no representan la realidad [más bien, por lo general, son un pozo sin fondo de incoherencias] pero vemos en Twitter o TikTok como desde Europa, pasando por Estados Unidos y llegando a América Latina, los migrantes son el perfecto chivo expiatorio para justificar nuestros errores.
«Nos están robando los empleos en Europa». «Eso es culpa de los migrantes».
«Nos están invadiendo por la frontera sur». «Eso es culpa de la migración».
«La inseguridad aumentó y este país no puede recibir a más nadie». «Eso es culpa de los venezolanos».
Honestamente estoy cansado de estas narrativas. Cansado de que la gente crea que por ser migrantes o refugiados uno no tiene dignidad. Que uno debe bajar la cabeza y poner la otra mejilla cuantos nuestros derechos son vulnerados. Que uno no tiene el derecho de pelear porque nos traten como seres humanos.
Y así se inundan los espacios masivos de comunicación con mensajes que conllevan a la deshumanización de personas que sólo están cruzando una frontera. De personas que no dejaron de serlo por hablar otro idioma, tener otro color de piel o no tener el suficiente dinero para comprar una visa premium.
Sí, dudo mucho que cuando Viangly salió de Venezuela, creyó que su vida quedaría manchada por las cenizas de una estación [cárcel] para migrantes.
Pero lo increíble que tiene la dignidad es que es difícil de quebrar. Que puede levantarse de nuevo y quedar más fuerte que cuando trataron de destruirla.
La dignidad de los migrantes y refugiados es imbatible.
Aquí les dejo algunas recomendaciones para que no las pierdan de vista:
El equipazo que tiene el Congreso de Mérida (único congreso de periodismo de migración en el mundo) sacará pronto una serie de podcast con las sesiones que se han dado en sus últimas ediciones. No los pierdan de vista.
Perú se ha convertido en un hub de políticas restrictivas hacia la migración en los últimos años. Es por eso que recomiendo que sigan a Cápsula Migrante. Pierina y Héctor, sus fundadores, son periodistas que están en el terreno y nos mantienen informados con lo último.
Tuve la oportunidad que conocer a Jordi Amaral la semana pasada en un viaje que hizo a Quito. Es un joven que estudia la migración desde Estados Unidos y tiene un newsletter (sí, dándole publicidad a la competencia) que es importante para conocer los últimos acontecimientos sobre migración en el mundo.
Y antes de que se vayan, les dejo un poema del poeta venezolano, Eugenio Montejo:
Debo estar lejos
Debo estar lejos
porque no oigo los pájaros.
Me ha extraviado la tarde en su vacío,
he recorrido esta ciudad
de voces extranjeras
sólo para advertir cuánto dependo
de sus cantos,
y cómo sus silbos gota a gota
se mezclan en mi sangre.
Dedo estar lejos
o los pájaros habrán enmudecido
tal vez adrede,
para que su silencio me regrese
y mis pasos remonten las piedras
en esta larga calle,
hasta que vuelva a oírlos en el viento
y el migratorio corazón se me adormezca
debajo de sus alas.


