El eclipse
La jerarquía de lo irreversible.
A los ocho años fui testigo de lo irreversible. Desde entonces esa palabra me persigue. Era un día excepcional, habían anunciado un eclipse de Sol, una rareza en el firmamento que dejaba una especie de caos terráqueo. Niños y adultos estábamos particularmente excitados, yo no comprendía el significado pero sí sentía un ambiente distinto: lo cotidiano de golpe no aplicaba, en el telediario te explicaban como hacerte una máscara casera que permitiera vislumbrar el esperado acontecimiento, definitivamente no era un día como todos los demás. En Andalucía estábamos atravesando una ola de calor africano, se hacía difícil respirar, la vida en la ciudad era casi insostenible, así que Andrés Benot, mi vecino, se apiadó de nosotros invitándonos a su chalet con piscina. Planazo absoluto para mí, sobre todo porque era una posibilidad única para que Stella, la menor de sus cinco hijas, me diera bola. Los primeros años de mi vida los pasé tratando de convertirme en alguien lo suficientemente interesante para ella, pero los dos años que me sacaba de ventaja liquidaban constantemente mis esperanzas. Habíamos ido con mi padre, mi madre y mi hermano Carlitos, y también estaban invitados los hermanos de Mercedes, su mujer, y sus tropecientos sobrinos. No cabía ninguna duda, iba a ser una fiesta para el enjambre de niños desahuciados por los más de cuarenta grados del verano sevillano. Recuerdo ir en el coche preguntando cuánto falta cada tres minutos, esa era mi media. Sólo espero que tengas hijos tan pesados como tú, solían decirme. Spoiler: lo logré con creces.
Por fin llegamos y entendimos al instante que aquello superaba ampliamente las más altas expectativas, un lugar gigante, árboles de colores, como quince pibes y pibas, un porche con una mesa larga como un día sin pan y una hermosa piscina con forma de riñón como las de las casas hollywoodienses. Los pibes todos en la piscina, los padres en la mesa, Andrés haciendo una barbacoa en una parrilla descomunal, dos o tres botellas de vino ya vacías en la mesa siendo apenas las doce y media. El eclipse está anunciado a las trece y trece, no se me olvidará jamás ese número, tantas veces me sorprendo mirando la hora y encontrarme con el recordatorio. Como si fuera necesario. Yo estoy como loca por tirarme pero me veo sometida a la tiranía de la luna en virgo de mi madre: doblar la ropa que me saco y meterla bien la mochila, ponerme protección cincuenta, dejar pasar unos minutos, meterme al agua con visera, en fin, una serie de torturas que no termino de entender por qué aplican para mi y no para el resto de los niños. Cuidado con caminar por el borde, que con el agua resbala y os podéis dar en la cabeza, nos dice una voz a mi hermano y a mi. No vayáis a lo profundo, no juguéis a ahogadillas, nada de tirarse de cabeza. El reglamento es tan extenso que casi impide el disfrute de sacarse el calor un domingo eclipsado de verano. Lo cierto es que en un momento logramos pasar todos los ítems y Carlitos y yo nos mandamos bomba a la piscina. Somos muchos, aquello parece una batalla campal, el paraíso del pibe alborotador. Aprovecho el jaleo para estallar de libertad, en este gentío me siento no vista, por tanto puedo sacarme los grilletes y creer por un rato que soy una niña desenfadada más. Con un ojo estoy concentrada en salpicar a todos los que Stella me va señalando, soy su secuaz y estoy feliz, incluso orgullosa, ante tal sometimiento. Con el otro vigilo el mundo adulto y muy especialmente a mi madre, la guardiana de mi integridad. Los veo ponerse las máscaras manufacturadas y mirar al cielo, yo ya sé que no puedo mirar porque me va a quemar los ojos, así que sigo jugando como si el eclipse no existiera.
Lo siguiente que recuerdo es a mi madre recorriendo el camino entre la mesa y la piscina en cámara lenta, el jolgorio impidiendo escuchar nada, y su rostro desencajándose al encontrar el terrible secreto que encerraba esa escena feliz. El grito saliendo de su boca y logrando el silencio inmediato en los dos bandos, la vida detenida, la realidad tomando forma de atroz cachetazo, el fin de mi inocencia. El descubrimiento a la luz del sol del cuerpo de Alvarito yaciendo boca abajo en la piscina. Mi madre tirándose a pesar de su miedo al agua, Alvarito dado vuelta con la carita morada, la marabunta de adultos al pie de la piscina, el hermano de Mercedes, médico ortopedista, convertido en la única posibilidad de redención de la fatalidad. Lo que años más tarde fui significando, los masajes cardiovasculares, la torpeza que genera el terror, gente que choca, que grita, que se sube al auto sin saber qué va a buscar, el pánico que hace que no se pueda llegar a un acuerdo sobre cómo organizar este caos mortífero. Lo que muchos años después sigo sin poder significar, la vida como ruleta, la jerarquía cruenta de la escena, la división instantánea entre los que tendremos acceso a sobrevivirla y los que quedarán para siempre atrapados en esta coreografía. Mil veces se repite en mi cabeza, que digo mil, mil millones. Le doy vueltas para entenderla, para buscarle el fallo, para encontrar una excusa que me permita creer que se puede evitar lo irreversible. Siempre sentí una especie de culpa con Alvarito, a pesar de que no recuerdo un solo momento de intercambio entre nosotros previo a su final descarnado. Culpa por no haberlo mirado, por seguramente haberle echado agua, culpa por haberle sobrevivido. Ahora, ya adulta, siento también una especie de agradecimiento: ese instante fatídico me convirtió en superviviente y a veces creo que gracias a eso salí ilesa de lugares que solo prometían muerte.
Mi último recuerdo de ese día es precisamente a la noche, ese momento en que los cuatro nos volvimos a subir al renault 5 de mi padre rogando lograr a golpe de portazo dejar esa pesadilla atrás como si no nos correspondiera, en un viaje absolutamente silencioso donde, en vez de gritar cuanto falta, clavé los ojos en la nuca de mi madre sintiendo en cada una de mis células de niña la suerte de mi rol irrelevante en esa escena. Nunca olvidé esa gentileza del destino.


Uuufff quedé helada entre la alegría del principio del relato y el golpe de la vida que no avisa (tan a diario) y en nuestros días que jugamos a ser eternos. Gracias por compartir Vic
Qué impactante! Tantas veces la vida es un sinsentido...aun así, seguimos buscando uno -o varios-, como jugadores que desde el inicio saben que van a perder.