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Opinión

La vida hacia los otros

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La invitación cayó en domingo, y el saúco que sigue creciendo dentro de la palleira ya brillaba al amanecer. Desde la ventana me avisaron sus flores nuevas. Desde que llegué anhelo cogerlas para preparar cordial. Siempre se nos antoja aquello que no alcanzamos, como si la distancia lo volviera más deseable, más bello. A su lado se abría una estancia por conocer: sus puertas azulonas contra la pared de ladrillo traían un olor tibio, dentro se amasaba una conversación entre vecinos. Pasaba a menudo por ahí. A veces el gato rompía el sendero y cambiaba la dirección hacia ese punto: olisqueaba, se quedaba quieto. Yo intentaba adivinar qué llamaba siempre su atención. Nunca imaginé que dentro me esperaba un horno antiguo.

Nos tocó traer el asado. Papel de estraza en el maletero del coche, así nada se escaparía de las bandejas de barro. Bajamos las ventanillas —apenas un kilómetro de distancia— y me reí al pensar que quizá ese olor de patacas envolvería a las yeguas que miraban desde el prado. Se encuentran los pocos vecinos que quedan alrededor. Cuatro, cinco familias, unos cuantos animales, muchos frutales en común y un solo camino que termina rodeando la aldea. Sé que en ese instante comencé a ser menos forastera porque quisieron que me sentase a la mesa con ellos. La marca: cada primavera, el mismo día en el calendario. Tareas y mandaos, y después la comida hecha entre todos. Hay que hacer por versesolo quedamos nosotros. Compartimos el vino de la tierra que pisamos, brindamos, cortamos queso, pasamos la rosca, hay que dejarse engatusar por las nuevas y viejas costumbres.

Detalle de 'The Supper at Emmaus', de Jacopo Bassano 
Detalle de 'The Supper at Emmaus', de Jacopo Bassano 

Al volver necesité vaciar la mesa del comedor: despojarla de libros, canastos, hojas de periódicos bajo las frutas y verduras, semillas prensadas y escondidas de la luz entre papel de cocina, castañas y nueces repartidas sin ningún orden. Quebré la intimidad del mueble, ya era hora de deshacer la función de sitio de paso y despensa a la que la había relegado. Tracé en el aire, invisibles, los posibles gestos que se darían aquí: un plato compartido, un vaso que cambia de mano, una botella que borbotea y mancha un mantel de cuadros, un roce de piel sin pedir permiso. Una vez despejada y limpia, me decidí por una jarra cerámica y la puse en el centro, con flores frescas. Qué lejos nos quedan, a veces, las mesas—las que habitamos, las que limpiamos, en las que trabajamos, comemos y caemos dormidas, las que soñamos y ensuciamos— que imaginamos. En mi caso, sueño que es objeto rebelde y rompe el horario de producción. Un tablero largo, vivo, que acoge una multitud: cuerpos que celebran, que se inclinan unos hacia otros, ajenos a la urgencia y al lapso de lo útil. Enseres como fantasía, un lugar que te pide que aún no te marches, que tardes, que te quedes sentado con los demás y puedas formar parte de algo por hacer entre cuencos y platos.

Porque hay mesas que han comenzado a empequeñecerse, a estar en peligro de desaparecer. Se pliegan y no vuelven a abrirse, se transforman en pequeños accesorios donde solo puedes acceder de pie, sin perder el tiempo, puntos de paso donde una se siente aún fuera de sitio. Mobiliario de hogares mínimos, con poco espacio disponible: quizás un pequeño sofá, una cocina que nunca podrán ocupar dos personas a la vez, cuartos minúsculos pensados para el tránsito entre la noche y el trabajo.

La mesa que anhelo y quiero celebrar, se me aparece entonces como una pregunta: ¿qué historias no suceden en las casas en las que vivimos? ¿Qué tipo de persona te vuelves cuando no hay espacio para los otros? Pienso en las cocinas estrechas de las que una tiene que salir para que la otra entre, en las mesas que nunca se despejan del todo, en las sillas que no se sacan porque no hay a quién invitar. Domicilio, precariedad e incertidumbre moldean las relaciones. Una vivienda pequeña —o a medio hacer— limita, constriñe, cierra. Achica también lo que creemos posible: compartir, demorarse, sostener vínculos que necesitan de ese tiempo sin objetivos ni metas para existir. Sin ese espacio soñado y compartido, la identidad queda un poco en suspenso, como si faltara alguien que no termina de aparecer.

Y sin embargo la pieza insiste. Sabe algo que quizás nosotros hayamos olvidado. Artefacto político y emocional, desborda la cama en la que dormimos, el escritorio en el que trabajamos, alcanza esas paredes que creemos solo nuestras. Hay muebles que organizan la vida hacia dentro: recogen, contienen, separan, esconden; pero la mesa abre la vida hacia los demás, acoge la posibilidad de ensancharse. Tristemente, no todos pueden permitírsela. Más allá de mero objeto, también simboliza la estabilidad y la continuidad, algo que puede permanecer y ver diferentes generaciones e historias. Hay familias y clases que las heredan—maderas gastadas por conversaciones sin fin a lo largo de los años—, y hay otras que solo reciben la imposibilidad de ponerlas y sentarse en ellas. Legan la falta de sitio, de tiempo, de fiesta y de descanso.

Comiendo juntos, aquel domingo, seguíamos haciendo aldea. En los pequeños gestos brota siempre un lugar para los demás. Todas las mesas que he conocido me guiñaban el ojo: ¿por qué dócilmente aprendemos a vivir en espacios cada vez más pequeños? Nuestras vidas feroces no quieren ni pueden contenerse en ese tamaño