Cushing, Oklahoma, se autodenomina la encrucijada mundial de los oleoductos. Este lema luce en un enorme cartel al pie de una carretera, construido con tuberías, en la esquina de Main Street y South Stiles Road, y cuenta incluso con una válvula.
Pero no se trata solo de un eslogan.
En 1912, Tom Slick (su nombre real) pasaba por lo que hoy es Drumright, Oklahoma, cuando percibió olor a petróleo. Compró los terrenos a un dólar por acre y comenzó a perforar, descubriendo así el que por entonces era el pozo petrolífero más grande de Oklahoma.
Hoy en día, la vecina localidad de Cushing es el eje central del mercado energético de Estados Unidos. Literalmente, constituye la red de distribución de petróleo del país. Es el lugar donde se fija el precio y se almacena el West Texas Intermediate, el petróleo de referencia en Estados Unidos. Desde allí, el crudo se transporta por tubería a refinerías de todo el país.
En condiciones normales, Cushing almacena unos 40 millones de barriles de petróleo, con una capacidad total de hasta 75 millones.
Pero estos no son tiempos normales.
Por qué Cushing se está quedando sin petróleo
Las reservas actuales de Cushing ascienden a 21,6 millones de barriles, según la Administración de Información Energética de EE.UU.
Esta cifra se acerca peligrosamente a los niveles de estrés operativo, el punto crítico en el que a Cushing le cuesta abastecer a todos sus clientes con el petróleo que demandan.
Cuando las reservas de Cushing caen por debajo de los 20 millones, prácticamente se agotan; se llega al fondo del barril, donde solo quedan residuos viscosos en gran medida inutilizables.
Y cuando Cushing se queda vacío, ocurren cosas extrañas en el mercado petrolero.
A menos que el estrecho de Ormuz se abra pronto —muy pronto—, es probable que estemos a solo unas semanas de descubrir qué sucede en esa situación.

Cushing se está quedando sin petróleo porque Estados Unidos se ha convertido en el proveedor de último recurso para regiones del mundo que habitualmente obtienen su petróleo y combustible de Medio Oriente. La demanda de petróleo estadounidense alcanzó un máximo histórico durante el conflicto con Irán, y el crudo ha salido de Cushing a mayor velocidad de la que los productores estadounidenses pueden reponerlo.
Pero el problema no se limita a Cushing.
Las reservas de diésel de EE.UU. alcanzaron recientemente su nivel más bajo desde 2003. Los inventarios de gasolina también han disminuido, situándose cerca de un 5 % por debajo de los niveles de hace un año. Otras instalaciones comerciales de almacenamiento de crudo en EE.UU. fuera de Cushing también se están vaciando rápidamente: solo la semana pasada perdieron 7,2 millones de barriles.
¿Qué pasa cuando los tanques se quedan vacíos?
Ciertamente no parece que el mercado petrolero estadounidense atraviese problemas reales.
A pesar de la mayor conmoción en el suministro de crudo que el mundo haya visto jamás, los precios del petróleo y la gasolina en EE.UU. no han alcanzado máximos históricos durante los más de tres meses que dura el conflicto con Irán. De hecho, han ido descendiendo —a veces bruscamente— en las últimas semanas.
Esto se debe, en gran medida, a que el mundo contaba con un exceso histórico de oferta de petróleo al iniciarse la crisis. Dichas reservas han actuado como un amortiguador global ante la conmoción.
Sin embargo, las reservas comerciales de petróleo están disminuyendo rápidamente. Según la Administración de Información Energética de EE.UU., las existencias de petróleo en las naciones más ricas del mundo están cayendo a un ritmo de 6,3 millones de barriles diarios y se sitúan en apenas 2.600 millones de barriles. Esta cifra está solo 100 millones de barriles por encima de los niveles críticos de operatividad, señaló David Oxley, economista jefe de clima y materias primas de Capital Economics.
El mercado petrolero no puede agotarse hasta la última gota, como ocurre con el depósito de un automóvil. Por debajo de cierto umbral, los oleoductos no pueden mantener la presión y las refinerías no logran suministrar los diversos tipos de combustible que demandan sus clientes.
“Al igual que ocurre con la presión arterial en el cuerpo humano, el problema radica en la circulación”, afirmó Natasha Kaneva, directora de estrategia de materias primas de JPMorgan. “El sistema no falla porque el petróleo desaparezca, sino porque la red de circulación ya no cuenta con suficiente volumen operativo”.
A este ritmo, el mercado petrolero mundial podría entrar en una zona de peligro en cuestión de un mes.
Esto significa que el mercado podría caer fácilmente en pánico ante cualquier problema menor. Los precios podrían volverse extraordinariamente volátiles de un día para otro, y una fuga en un oleoducto, un incendio en una refinería o un fenómeno meteorológico podrían disparar considerablemente los precios del petróleo y la gasolina.
Hay dos posibles soluciones, y ninguna de ellas es agradable
Una prohibición de las exportaciones podría ayudar a evitar que las reservas de Cushing se agoten y amenacen con colapsar todo el sistema. Sin embargo, esta medida cuenta con poco respaldo político y conlleva efectos secundarios potencialmente negativos, como precios más altos a largo plazo.
La otra solución es dejar que actúe la dinámica natural del mercado. Y esa situación podría complicarse rápidamente.
Cada vez que los niveles en Cushing se han acercado a los mínimos operativos, los precios del combustible han alcanzado máximos históricos: 2008, 2022, 2023… y es probable que en cuestión de semanas volvamos a llegar a ese nivel crítico.
“Estamos dando la voz de alarma en este momento”, declaró esta semana Mike Sommers, director ejecutivo del American Petroleum Institute, a Phil Mattingly de CNN en el programa The Lead. “Estamos llegando a niveles que empiezan a preocuparnos”.
Los niveles de inventario, calificados de “insólitos”, están llegando a un punto de ruptura, afirmó Neil Chapman, vicepresidente sénior de ExxonMobil, durante una conferencia organizada por Bernstein en Nueva York el 28 de mayo.
“Una vez que se llega a ese punto, los precios se disparan”, señaló.
Mike Wirth, director ejecutivo de Chevron, coincidió en la misma conferencia en que unos inventarios extremadamente bajos se traducirán en precios más altos en las próximas semanas. Lo mismo opinan los máximos responsables de la Agencia Internacional de la Energía, el Fondo Monetario Internacional, el Grupo del Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, quienes emitieron un comunicado el 29 de mayo advirtiendo que el agotamiento récord de las reservas mundiales de petróleo plantea riesgos crecientes para la seguridad del suministro de combustible, el mercado y la economía en general.

El precio del petróleo podría superar fácilmente los US$ 90 hoy y encaminarse hacia los US$ 140 o US$ 160 por barril en los próximos meses, mientras que el precio de la gasolina podría rebasar los US$ 5 si el estrecho no se reabre por completo, señaló Oxley.
“Es muy posible que alcancen picos aún más altos”, afirmó.
Con el tiempo, el mercado podría encontrar formas de aumentar la oferta, de manera similar a como las aerolíneas europeas redujeron vuelos y subieron las tarifas aéreas para dar tiempo al sector a encontrar un nuevo proveedor de combustible para aviones: Estados Unidos.
Sin embargo, si la situación no se resuelve para finales de año, los precios tendrían que subir mucho más —acercándose a los US$ 200 por barril—, según Alan Gelder, responsable de refinado, productos químicos y mercados petroleros de Wood Mackenzie. Eso situaría el precio de la gasolina en torno a los US$ 9 por galón, un nivel lo suficientemente alto como para acabar prácticamente con la demanda de gasolina y petróleo por parte de la mayoría de los consumidores.

