Indio Solari
(1949-2026)
[“Espejismo” - 00:43]. El Indio Solari suelta un “hoy” hecho de inexistencia y negrura. Sale de su garganta con los límites carcomidos. La palabra deviene en huella acústica. Antes de la palabra, la melodía; antes de la melodía, las notas; antes de las notas, el sonido; antes del sonido, la textura. Antes de la textura: menos que el vacío. La canción avanza a pura pérdida. No tiene estribillo, no tiene solo de guitarra, no tiene conclusión. Hay bombo y cadencias. El resto es más clima que funcionalidad. Es una canción herida por esquirlas de luz negra. Para bancarse a Los Redondos hay que estar dispuestos a acarrear la falta. Por eso sus réplicas son burdas, porque hoy toda irregularidad es crisis, todo espacio es superficie a llenar. Nadie renuncia a nada. Y la música de Los Redondos es la renuncia a la sobreexplicación, es música horadada. El rock and roll según Beilinson-Solari: la llaga de una forma prometida. Hacia el final, el Indio tararea la melodía del saxo (¿es una marcha fúnebre o una marcha bélica con épica narcotizada?) la pone en una mecedora, le agrega una dulzura intestina. Porque los finales para el Indio Solari han sido la mayor de las veces optimistas por obligación. Un utopismo que no es ingenuo ni pulido, que avanza con las cicatrices del sueño hippie, de la primavera alfonsinista y de tanta revolución cercenada. El cierre de la última estrofa deja en claro que estamos condenados a seguir: “Borra el rastro tu dolor / Y ya no te arrepentís”. Pero la frase-remera estaba en la estrofa anterior. Como si ajustara las tuercas de la nostalgia y el pesimismo hasta falsearles la rosca. Ni Barthes, ni Schopenhauer, Solari: “Lo mejor de nuestra piel / es que no nos deja huir”.
Perogrullo: los versos importan para Solari. El mayor esteta del slogan que dio el rock argentino. Hilvana frases con estirpe de panfleto guerrillero, teñidas de –como enumera José Bellas– “la profundidad del haiku, el desparpajo del cómic y la picardía de un tahúr”.
[“Nuestro amo juega al esclavo” - 00:49]. El Indio canta “lágrimas” y la “a” final se funde, hasta desaparecer, con la nota tenida del saxo. Todos vivimos una madrugada en el infierno. La banda es un baño de reverberación agria y la voz del Indio en los 80: la voz de los errabundos de furia y pánico. Son tres segundos de puro drama. Lo que condena y lo que salva. Entre los granos de la voz del Indio se abren hendiduras de las que explotan chispas de vacío: la belleza, acá, nace por fricción. [1:17] Primera aparición del máximo graffiti ricotero: “Violencia es mentir” (tal vez solo superado por “Todo preso es político”). Pero las paredes no saben de matices. Vamos al grano: la voz asciende, toca su pico en la primera vez que pronuncia la “a” de “violencia”, y el melisma empieza a bajar, fragmentado y doliente. Para el final del refrán (“es mentir”) el Indio no solo baja en registro, también baja en volumen, hasta perderse entre agujeros y sonidos. El riff de Skay emerge como las lenguas de un fuego inmortal y lo abraza, se lo lleva puesto. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: representación y voluntad.
Tanto como en sus versos, en la voz del Indio el hastío viene primero y la necesidad después. Las tinieblas quedan como retrogusto, como eco de un mal sorbo, porque en última instancia se imponen las salivas del entusiasmo y su garganta se entrega, como en una dulce condena, a las promesas vitalicias del deseo. Afectado y efectivo: el canto del Indio es puro compromiso con la expresión. Y así, la palabra deviene material espiritualizado. Las canciones de Los Redondos llegaron a la superficie como el agua que sube de las napas cuando la lluvia es mucha. Del underground al asfalto. Los “desangelados” dieron sentido y sentimiento y el grupo pasaría a ser el fenómeno cultural más grande de la Argentina, con el Indio como portavoz de mística para el pueblo, capaz de condensar en versos, en un puño en alto, todo el dolor y todos los sueños por cumplir. Cientos de miles de jóvenes argentinos caían sin red y un verso del Indio les hizo sentir que ellos también merecían dignidad y poesía. Su vibrato encarnaba una fuerza cósmica que hacía que otros quisieran seguir siendo. Voluntad colectivizada.
[“Juguetes perdidos” - 3:41] El último gran himno de Patricio Rey. Del linaje de “Nuestro amo juega al esclavo” y “Todo un palo”, una canción-epopeya que suma al menos tres frases que trascendieron el imaginario ricotero (“Banderas en tu corazón”; “Cuanto más alto trepa el monito, así es la vida el culo más se le ve”; “Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”) pero también consuma el pico de autoconciencia poética y da con una definición acabada de la dupla Beilinson-Solari. La guitarra ajusta su rasgueo a la melodía, los dos a la par para decir que qué son Los Redondos sino “tics de la revolución, implacable rocanrol”. Y cerrar con un verso que se lleva consigo a toda la banda, como si le exigiera estirarse un compás más, como si hubiese sido escrito en prosa, como si fuese una línea salida de la carta de un abuelo idealista a un nieto a punto de enfrentarse a la vida, el recordatorio de la condición humana: “Y un par de sienes ardientes que son todo el tesoro”. Es una canción que se niega a terminar, que fermenta apetito de libertad a medida que se aleja. El Indio grita a la distancia, por si no quedó claro: “¡Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene!”
[Una ayuda para el débil. Poner los dedos en V. La V de la victoria, la V de amor y paz, la V de aquel regreso, la V que en sus orígenes neerlandeses también significaba libertad. Plegar las falanges, la primera y la segunda. La V, entonces, sigue ahí pero trunca, como si la hubieran podado, como si los dedos ahora fueran dos troncos que nacieron torcidos, apuntando cada uno para su lado. Después, poner la mano horizontal para que el golpe impacte con el vértice de ese pliegue que, visto de costado, tiene la forma de los cuernos de un carnero. De ahí su nombre: puño cabeza de carnero. Es un golpe filoso que concentra el impacto en esos puntos de hueso que son las articulaciones, como un codazo. A menor superficie, mayor presión. La enseñanza del golpe milenario estaba en una revista de artes marciales, apilada en el rincón de una habitación, había un póster de Bruce Lee en la pared, piso de madera recién lustrado que largaba el perfume arcaico de la cera, en el que estabas obligado a deslizarte sobre rectángulos de gamuza gris para no estropearlo, había una luz que entraba gastada, de refilón. Había, al lado de la revista de artes marciales, un disco de Los Redondos. Lobo Suelto, Cordero Atado, Vol 2.]
Disueltos los Redondos, el Indio abandonó de a poco las letras fragmentadas. De los versos como restos inconexos de una pesadilla mal recordada a la primacía del relato clásico, una forma que también probó manejar con maestría. Hay toda una línea que puede trazarse de “Masacre en el Puticlub” (1988) a “Pabellón séptimo (Relato de Horacio)” (2004) –pasando por “La hija del fletero” (1993) y “Me matan Limón” (1998)– en la que el Indio afina el lápiz para entregar guiones de precisión aristotélica. Hubo también más lugar para la contingencia y un cierre confesional. Su carrera solista comienza con “Nike es la cultura” y su última canción resonante fue “Encuentro con un ángel amateur” (2021). Allí, con una voz débil y sin grano, purgada de toda afectación, entregó sus últimos versos-verdad: “Yo ya no puedo cumplir / Hazañas que prometí / Solo esperar cantando”.
Entre esas letras cada vez más autobiográficas y las apariciones recurrentes en entrevistas, terminó por poner límites precisos a una figura que antes había permanecido a contraluz. El Indio dejó se ser sujeto conocido por nadie para revelarse como conocedor de todo. Pasó de misterio a consuelo. Aceptó gustoso el ropaje de decidor de verdades para un público creció hasta lo inmensurable. Y él no pudo, no supo, no quiso, dimensionar. Su frase “El sold out para mi público no existe, van igual” de 2016 resuena en los dos muertos en Olavarría en 2017. Demasiados y de noche. La tragedia terminó también con la carrera escénica del Indio.
Con mayor o menor lucidez, e incluso en el último lustro, que lo tuvo cada vez más afectado por “Mr. Parkinson” o “Doctor Park” -último giro poético: prefería llamar a su enfermedad como el villano de una historieta-, el Indio se negó a huir de quienes habían depositado sus sueños en él. Preso feliz de un sueño utópico, nunca perdió el ímpetu por actualizar a toda costa las imágenes de la esperanza y arrancarle a la vida algo así como un sentimiento de triunfo.
Desde el viernes, Argentina vive un hoy extendido. Que el adiós se alargue. Ha muerto la figura inenarrable del rock argentino. Ha muerto el Indio Solari y a partir de ahora una cosa es segura: la noche ya no mantendrá la boca cerrada.




