
Yo no me celebro ni me canto a mí mismo, pues silénciame la tierra que me cubre; misma tierra que masco y negra sabe; oscuridad más certera la del puño que se abre, y de esas rosadas manos, como en las venas la sangre, viaja la tierra, mi tierra, para que yo me calle. Ahógame el gusano carroñero. Ahógame el lodo de mis lágrimas. Ahógame la conciencia de estar muerto. Quiero levantar mis cadavéricas palmas, las cuencas de mis descompuestos ojos, las pocas entrañas que aún me pesan; quiero alzarlo todo. Y que mi voz, que es el llanto de los que aquí estamos, violente cual trueno, el tímpano de los no muertos, esta exigencia macabra. Pero del hálito poco que queda de este que habla, osamenta, mis esquirlosas preguntas os muestra, ¿quién el tiempo nos quitó? ¿Quién olvidándonos está? Pues si fuiste tú, mi Dios, ¿a qué hora nos…
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