Yo siempre quise ser Xabi Alonso. En el cole me imaginaba dando pases de ochenta metros y organizando con madurez al equipo, como él. Xabi tenía ese aire de adulto al mando que en su generación solo inspiraba Pirlo, con la diferencia de que Pirlo era un artista con tripita y Alonso un ingeniero industrial. En su tiempo libre escuchaba a M83, y leía libros, y salía en GQ. E iba sin depilar. Lo admiraba, incluso (en caso de ser cierto) porque se había enrollado con Russian Red y no con una escort polioperada. Era uno de los nuestros.
Su carrera también parecía redactada de antemano por un adulto experimentado. Ni un paso en falso. Ni un renuncio. Todo gloria, mesura, coraje. Los equipos perfectos. Hasta la foto de despedida y el tweet estaban guapísimos, en blanco y negro. Había culminado su camino ejemplar venciendo a Hacienda, el malo final, ignorando las presiones de cárcel que habían achantado a Messi o Cristiano porque estaba convencido de haber actuado correctamente. Eso sí que es “grace under pressure”, Ernest Hemingway.
En fin, que el Xabi Alonso jugador era un tipo que lo había hecho todo increíblemente bien desde el principio, no en plan santurrón meapilas, sino como un hombre adulto, serio, que se ha visto las siete temporadas de Mad Men.
Luego encima cuando comenzó a entrenar obró el mayor milagro futbolístico de los últimos años: coger a un Bayer Leverkusen ramplón y convertirlo en el mejor equipo de Alemania. Todos sus caminos llevaban a la Roma del fútbol, que no es otra que el Real Madrid, y allá que fue en verano.
Y seis meses después, a la calle. Y por la puerta de atrás. Un lunes de enero.
A mí el fútbol me ha enseñado muchas cosas a lo largo de los años, cosas importantes que digo con el corazón. Quienes creen que no son más que millonarios en pantalón corto corriendo detrás de una pelota son gente que solo tiene conciencia de lo útil, de lo inmediato, que renuncia al contenido simbólico de la vida. A las alegorías. El fútbol, y el deporte en general, es una representación de la experiencia humana. Lo mismo que tantas artes. Ese es su poder.
Su última lección, primera en la vida de Alonso, es que da igual lo preparado que estés, da igual tu éxito pasado, tu visión, tus fuerzas o tus deseos, que en algún momento te la vas a pegar. Hay veces en las que incluso tenerlo todo no es suficiente. En las que, sencillamente, no se puede. Y Xabi era un tipo que había podido siempre. Pero un día la vida te descabalga y no lo puedes remediar. De pronto te encuentras, no sobre el caballo, sino en el suelo y arrastrado y despojado de todas tus certezas.
Ver a tus ídolos caer provoca dos tipos de reacción. Una es alegrarse por comprobar que son tan miserablemente humanos como tú. La otra es sentarse a valorar la heroicidad del éxito anterior. Yo elijo la segunda. La vida es un fracaso continuo, una sucesión de chapuzas y malentendidos. Aquel que lo sufre por primera vez merece todavía más mis respetos. En ello también hay mucho que admirar. Gracias, Xabi.







