Hubo un tiempo en el que estábamos de acuerdo, parece. En el que la boca se nos llenaba de diálogo y criterio, hacía calor en verano pero no tanto y no existían las redes sociales ni su veneno. En el que había un mínimo suelo común.
Ahora el mundo está fragmentado y abocado a la bestialidad. Lo ocurrido en Venezuela nos pone frente a la contradicción de renunciar a cosas basiquísimas, cosas que nos hacen llorar, una manta que da igual por dónde tiremos siempre deja un frío helador. En nombre de la soberanía y el derecho internacional (o del rechazo al imperialismo yanqui), girar la cara al ansiado final de los miles de asesinatos, torturas, a la represión, a nueve millones de exiliados en veintiséis años de dictadura. En nombre de la justicia y la libertad (o del odio al buenismo biempensante), abrir la mano a la ley del más fuerte, a que Trump se trague a su antojo países, recursos y gobiernos como sus enemigos chinos o rusos, de manera más quirúrgica, sí, pero desafiando cualquier convención que no sea la del uso de la fuerza.
Todo esto opinado desde la distancia y la teoría, que es nuestro terreno. Para eso quedamos en Europa, para la teoría y la retórica, y de nuestra inacción España es la quintaesencia, el plus ultra, porque al menos los otros gobiernos europeos tienen capacidad para aprobar leyes en su propio país. No solo es la teoría en la política internacional: aquí la vivimos también de puertas para dentro, nuestra particular anomalía.
Si la comunidad internacional ha condenado con retórica las décadas de salvaje dictadura de Chávez y Maduro también es lógico que condene con retórica la intervención americana. Es decir, que no haga nada, ni antes ni después, que es lo que viene a ser jugar a la política exterior sin cartas pero con mucho cuidado por las formas. Detrás de toda la tonelada de opiniones sin consecuencia lo que sobresale es la alegría unánime de los venezolanos, los sufridores reales, prácticos, ante la caída del dictador. Creo que, de todos los males que padecían, la sumisión a un país extranjero es una piedrecita en el zapato. ¿Qué independencia real tenía la población con Maduro? ¿Qué creen que hacían Rusia, China o Irán con Venezuela sino expoliarla? ¿Y qué ley o formalidad respetaba la dictadura?
Yo detesto a Trump y nunca iría de la mano con él a nada, porque es un hombre cruel que solo cree en sí mismo, y que no tendrá ningún reparo en hacerte a ti el mal que le aplaudes en los otros si eso le conviene. No es un salvador. Es un megalómano que ama el poder y aplastar a los que no lo tienen. Además, el respeto a ciertas abstracciones (la ley, la soberanía, el derecho internacional) es lo que impide que vivamos en la selva, y yo lo tengo. Pero en Venezuela, elijo la postura que elijo. Me alegro de lo que ha pasado. Creo que, con todos sus matices y sus posibles desenlaces, es un cambio de rumbo para un país y una sociedad cuya única perspectiva hasta hace unos días era seguir hundiéndose lentamente en la oscuridad más profunda.
Quizás nunca estuvimos tan de acuerdo. Quizás no le rezamos al mismo dios y era todo un espejismo. Situaciones como esta nos obligan a caer de algún lado, a arrimarnos un poquito más a un ascua, a renunciar a algo, porque no admiten los grises, porque se nos ve el plumero. No somos tan moderados, ni tan buenos. Hemos votado al mismo partido corrupto solo porque era el nuestro. Hacemos la vista gorda con terroristas si el gobierno nos dice que conviene. Valoramos más la vida de nuestro perro que de muchos seres humanos. Nos manifestamos en contra o favor de cosas en privado que en público resultarían abominables. ¿Cuántos, si tuvieran la garantía de la impunidad, no eliminarían a alguien odiado? Ante los máximos ineludibles nos doblamos como un junco sin perder elasticidad, acomodando la realidad ajena según refleje nuestros propios ideales. No lo digo con alegría. Solo con distancia, de momento.
CONTRA EL ALGORITMO
En La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, se cuenta la caída del dictador dominicano Trujillo y el ascenso de su segundo (Balaguer) para liderar la transición a la apertura. Para quien quiera entender lo que pasa cuando se desmorona un régimen, esta es una buena hoja de ruta.







