Krysha estaba sentada en el cómodo sillón de Ike, con una pierna sobre la otra y los brazos cruzados. Su mirada descansaba en la ventana por la que entraba una leve brisa que ventilaba ligeramente la habitación, y a la que Koi tenía terminantemente prohibido acercarse. Desde aquella posición, podía ver el cielo nocturno, salpicado de pequeñas estrellas de color púrpura, y a en la lejanía, una pequeña luna creciente de una tonalidad más pálida. El cielo de Lykans.
Inevitablemente, se preguntó a sí misma dónde estaría Ike en aquel momento.
Habían pasado ya varios meses desde que el león había abandonado el palacio de los Colmillo Ígneo y había comenzado aquel viaje que tantas dudas despertaba en el corazón de la tigresa. No sólo porque creyera que era prácticamente imposible que Ike consiguiera averiguar el más mínimo detalle sobre la vida del zorro ártico, sino también porque no se fiaba del hecho de que Alekai hubiera accedido tan fácilmente. Por otra parte, no se trataba precisamente de una travesía fácil, y Krysha sabía que si Ike volvía de una pieza podría considerarse afortunado.
Y suerte era, precisamente, lo que les había faltado en los últimos tiempos.
Primero, Ike había desaparecido misteriosamente, de la noche a la mañana, en su habitación. Durante semanas, Krysha se había vuelto loca tratando de encontrar al culpable de aquel rapto, mientras las miradas de todo el reino caían sobre ella. Sin embargo, meses después había tenido que dejar de buscar en cuanto había sido ella misma la que había sido llevada a la Caja. Allí, Ike se las había apañado para mantener una especie de tregua con los kane… y, al menos, las consecuencias no habían sido fatales. Krysha se preguntaba si el león sería capaz de hacer lo mismo en Lykans, una vez se convirtiera en monarca. Aunque, dados los últimos acontecimientos, cada vez tenía menos claro que su protegido fuera a llegar con vida a su propia coronación.
Sacudió la cabeza, tratando de apartarse de aquellos pensamientos, y se llevó una zarpa a la sien. En los últimos días, había comenzado a sufrir de una molesta jaqueca, posiblemente debido al hecho de permanecer tanto tiempo encerrada en la torre. Las constantes quejas y lloros de Koi tampoco ayudaban.
El pequeño husky había tratado constantemente de convencer a la tigresa para que le dejara salir de la torre, mediante todo tipo de métodos. Había suplicado, lloriqueado y hasta pataleado con tal de que Krysha le permitiera salir, todo en vano. En los últimos días, había comenzado a usar una nueva estrategia, diciendo que se encontraba mal y que necesitaba salir a tomar algo de aire. Desde entonces, la tigresa dejaba la ventana abierta a todas horas, aunque impedía que Koi se acercara demasiado. Sabía que no era bueno encerrar a un kane tan joven y enérgico como aquel durante demasiado tiempo, pero era consciente de que si algo le ocurría por su culpa, Ike jamás se lo perdonaría.
En cuanto a Zèon… el zorro ártico continuaba tendido en la cama, sumido en su profunda inconsciencia y sin mover un solo músculo. Krysha había estado alimentándole como podía, triturando la comida que las criadas les traían y removiendo hasta crear una pasta líquida que, al parecer, el zorro ártico podía tragar sin dificultades, incluso sin estar consciente. Sin embargo, un par de días atrás, la tigresa se había percatado de que su respiración era cada vez más débil, e intuía que si el león no se daba prisa, las cosas irían a peor.
<<Maldito cabeza hueca>> pensó, dirigiendo una larga mirada al cielo estrellado <<¿Dónde demonios estás?>>.
Fue Rohm quien decidió, al caer la noche, desviarse ligeramente del camino para pasar la noche en una posada que se encontraba no demasiado lejos de allí. El grupo no tardó en seguir los pasos de la pantera, pero Ike no se sentía del todo cómodo con la idea.
-No estoy seguro. ¿Y si alguien nos reconoce?
-Bueno. Si alguien pregunta, podéis decir que sois Melenarenas, en lugar de Colmillos Ígneos –respondió el otro, encogiéndose de hombros.
Ike no dijo nada. Él no tenía nada en contra de que alguien le identificara durante su viaje, pero era consciente de que su padre sí. Si su viaje se hacía público, la gente empezaría a cuestionarse por qué el heredero del trono pasaba últimamente tanto tiempo fuera de palacio… y los rumores no eran amigos de la corona, eso Ike lo sabía muy bien. Su padre no toleraría ningún tipo de transparencia y, teniendo en cuenta que la vida de Zèon estaba en sus zarpas, Ike no podía evitar sentirse algo intranquilo.
-¿Melenarenas? Suena divertido –respondió Kathreen, sin embargo, con evidente entusiasmo -. Además, estará bien dormir en una cama por primera vez en semanas, para variar. Pasar las noches al raso nos está poniendo a todos de mal humor.
Ike tuvo que darle la razón, aunque sabía que el motivo de las tensiones que habían ido creciendo en el grupo era más bien otro. Desde que habían dejado atrás los cadáveres de los kane, Atha no dejaba de dirigirle miradas hostiles de vez en cuando, que Ike no tenía ningún reparo en devolverle. No quería enemistarse con ninguno de los miembros del grupo porque era consciente de que aquello sólo les traería problemas, pero al mismo tiempo era incapaz de soportar la fanfarrona superioridad con la que el leopardo hablaba de los kane y los degradaba a meras alimañas. Además, intuía que Rohm también compartía aquella opinión, aunque no lo demostrara de manera tan indiscreta como el otro fehlar. Y en cuanto a su hermana…
Suspiró, sacudiendo la cabeza. A su lado, Kodu le dirigió una mirada de preocupación, pero no dijo nada.
En cuanto cruzó la puerta de la posada, una ola de calor le recorrió de arriba a abajo, disipando por un segundo todas las tensiones que había acumulado durante lo que llevaban de viaje. <<Quizás Rohm y Kathreen tengan razón>> pensó el león, relajándose un poco <<Quizás esto sea lo que necesitemos>>.
Los cinco ocuparon una mesa en uno de los rincones más apartados de la posada. Ike se sentó en uno de los dos bancos que bordeaban la mesa junto a Kodu y su hermana, mientras que los dos guías ocuparon el banco de enfrente.
-¡Bueno! –preguntó entonces Atha, visiblemente emocionado, mientras daba una palmada a la mesa con entusiasmo -. ¿Qué vamos a beber entonces?
Kathreen enarcó una ceja.
-¿Beber? –repitió Ike, estúpidamente.
Atha le dirigió una mirada cargada de burla, sin dejar de sonreír.
-Sí, si es que sabes lo que es. Aunque bueno, un vaso de leche es lo que más encajaría con tu actitud blandengue.
Ike frunció el ceño, dolido.
-Atha, déjale en paz –intervino Rohm con seriedad, provocando que el leopardo dejara escapar un gruñido en forma de queja -. Cada uno puede beber lo que quiera. Sea leche o cerveza.
El león le dirigió una breve mirada de agradecimiento, aunque la pantera ni siquiera estaba mirándole en aquel momento.
-Lo de la cerveza suena bien –ronroneó Kathreen, esbozando una sonrisa.
Ike sonrió también. Su padre nunca habría dejado que su hermana bebiera en palacio. Dado que su madre había fallecido años atrás, Kathreen era la única mujer de la casa y, como tal, debía dar el ejemplo de rectitud y serenidad que su padre no daba ante los invitados.
Sin embargo, Ike sabía que la actitud de su hermana era de todo menos recta y serena.
-Otra para mí –intervino Kodu, sacándole de sus pensamientos.
-¿Atha? –preguntó Rohm, girándose hacia el leopardo.
-La cerveza está bien para las chicas… y los gatos –respondió el leopardo, reclinándose en su asiento mientras cruzaba los brazos -. Pídeme una jarra de dakhar para que pueda empezar la noche bien.
Rohm asintió, clavando su mirada entonces en Ike, que dudó durante unos segundos.
-Lo… lo mismo para mí –dijo, finalmente.
Jamás había probado el dakhar y, a decir verdad, ni siquiera sabía demasiado bien qué era. Sin embargo, después de cómo le había tratado aquel leopardo presuntuoso necesitaba encontrar una manera de restaurar su orgullo herido y demostrarle que no era tan “blandengue" como él pensaba. Aquella era una oportunidad que no podía dejar pasar.
Rohm enarcó una ceja, sorprendido, y Atha no desperdició la oportunidad de dirigirle una mirada socarrona.
-Qué valiente eres, hermanito –le susurró Kathreen, riendo con suavidad.
Ike tragó saliva y comenzó a plantearse si no habría metido la pata hasta el fondo. Sus temores se vieron confirmados cuando Rohm regresó de la barra, llevando consigo tres jarras de cerveza y dos de aquel líquido transparente, que tenía un extraño brillo rojizo.
-Rohm, Rohm, Rohm. Me decepcionas –comentó Atha, burlonamente, al ver que la pantera había decidido tomar una cerveza también.
-Qué se le va a hacer. No nos diferenciamos de los gatos en tanto, después de todo –dijo, dirigiendo una mirada conciliadora a Kodu -. Además, no todos tenemos el mismo aguante que tú, Atha. Y alguien tendrá que permanecer sobrio por si las cosas se ponen feas.
-¡Excusas! –refunfuñó el leopardo, sonriendo.
Rohm ignoró aquel último comentario y volvió a ocupar su sitio. Ike, mientras tanto, estaba cada vez menos seguro de haber tomado la decisión correcta. No sólo porque la cerveza tenía una pinta mucho más agradable, sino porque ahora que veía que ni siquiera la pantera se había atrevido a tomar el famoso dakhar tenía miedo de que fuera demasiado para él.
-¡Eh, tú! –le llamó entonces Atha, desde el otro lado de la mesa –. ¿A qué esperas? ¿A una invitación?
Ike se dio cuenta entonces de que Kathreen, Kodu y Rohm ya habían comenzado a beber. El leopardo, mientras tanto, tenía la mirada fija en él y le observaba con el ceño fruncido. Ike tardó unos segundos en comprender qué era exactamente lo que quería.
-Oh… -murmuró, aún algo desconcertado, mientras cogía su propia jarra y la alzaba en el aire.
Atha sonrió, satisfecho, y brindó con fuerza su jarra contra la del príncipe. El choque hizo que algo de la bebida se derramara por la mesa y de una jarra a la otra, empapando la zarpa de Ike.
-Así no habrá sospecha alguna, ¿eh? –bromeó el leopardo -. Salud.
Y con esto, dio un largo trago a su jarra, antes de dejarla sobre la mesa con un suspiro de gusto y tamborilear con las zarpas sobre su superficie.
Sin poder evitar estar algo asustado, Ike hizo lo mismo y acercó la bebida a su hocico, reprimiendo un escalofrío. El primer trago disipó por un segundo sus inquietudes, puesto que la bebida no tenía un sabor tan terrible como había supuesto; sin embargo, apenas un segundo después, notó un reguero de fuego recorriendo su garganta y esófago, quemándole por dentro y obligándole a toser violentamente.
-¡Ja, ja, ja! Se veía venir –rio Atha, visiblemente satisfecho -. Alguien debería intentar averiguar por una vez cuáles son sus límites.
Ike habría respondido algo, pero el alcohol había quemado tanto su garganta que apenas tenía fuerzas para vocalizar nada. Distinguió entonces, con el rabillo del ojo, a Kodu que le ofrecía su bebida y no dudó ni un segundo en tomarla y dar un largo trago. Soltó un suspiro en cuanto la fría cerveza bajó por su gaznate, refrescándole.
-Lo que yo decía: chicas y gatos –aseguró de nuevo el leopardo, dando un nuevo trago a su bebida.
<<¿Cómo no se quema por dentro?>> se preguntó Ike, sorprendido <<¿Acaso tiene un sistema digestivo de piedra?>>. Sin embargo, por encima de la curiosidad, la rabia y la impotencia bullían en su interior. Se levantó, airado, y colgándose la capa de los hombros se dirigió hacia la puerta.
-¿Adónde vas? –preguntó Kodu, algo preocupado.
-A tomar el aire –respondió el león, malhumorado.
No perdió ni un segundo en salir, pero aún alcanzó a escuchar, a sus espaldas, al leopardo riendo de nuevo y comentando de pasada que “algunos no sabían perder". Furioso y herido en su orgullo, cerró las zarpas con tanta fuerza en torno al borde de la puerta que sus garras estuvieron a punto de hundirse en la madera mientras salía de la posada.
Una vez estuvo afuera, bajo las estrellas púrpura de Lykans, se sintió mucho mejor. Inspiró profundamente, tomando una bocanada de aire fresco y cerró los ojos, tratando de relajarse. Era consciente de que no ganaba nada enfadándose con su guía y de que cualquier tensión innecesaria dentro del grupo sólo les generaría problemas. Bastante difícil era ya tener que viajar con su hermana como para encima tener que preocuparse por aquel leopardo…
Sin embargo, no podía soportarlo. La actitud de Atha le recordaba dolorosamente a la de tantos otros fehlar, incluido su propio padre, y no podía ignorarla. Era aquella actitud la que había iniciado aquella masacre; o quizás la que había surgido de ella, Ike ya no estaba totalmente seguro. Si querían crear un nuevo mundo alejados de la violencia entre ambas razas, aquella actitud tenía que desaparecer…
<<Pero no lo hará, nunca>> comprendió, apenado <<Siempre habrá fehlar que pensarán que tienen derecho a pisotear a los kane por el mero hecho de ser distintos. Da igual cuánto me esfuerce. Da igual lo que haga>>.
Suspiró. Si ni tan siquiera él, que era nada menos que el heredero al trono fehlar, podía cambiar las cosas, ¿quién podría? Quizás las cosas no pudieran cambiar después de todo. Quizás los kane estuvieran, definitivamente, destinados a perecer bajo el yugo fehlar.
Sacudió la cabeza. <<No>> se dijo a sí mismo <<Tiene que haber algo que yo pueda hacer… y aunque no funcione, debo seguir intentándolo. No puedo rendirme>>.
El león sonrió con tristeza, recordando que, muchos años atrás, se había hecho a sí mismo la misma promesa. Había decidido que cambiaría las cosas, que conseguiría que ambas razas convivieran, de alguna forma. Llevaba tantos años aferrado a aquella promesa que no podía soltarla ahora, o todo lo que había hecho durante aquellos años no habría servido para nada. Los gritos de su padre, las palizas, los rumores de palacio, los peligros a los que se había expuesto y… lo que su hermana había hecho… nada de aquello habría merecido la pena si se rendía ahora.
Respiró profundamente de nuevo y expiró con decisión. Quizás tuviera que vérselas con algún idiota como Atha de vez en cuando, pero estaba dispuesto a soportarlo. Había pasado por cosas peores. Podría seguir adelante.
Aferrándose a aquel pensamiento, decidió volver a entrar a la posada, no sin antes echar un último vistazo a las estrellas. Se armó a sí mismo de paciencia y, mientras el calor de la posada calaba en sus huesos, entró de nuevo y se dirigió a su mesa.
La escena que le recibió allí resultaba, cuanto menos, desesperanzadora.
Su hermana se había quitado el jubón, quedándose en una camisa corta, y se había sentado al lado de Atha, con evidente interés en lo que el leopardo estaba diciendo en aquel momento. Rohm escuchaba con una leve sonrisa en los labios, mientras que la expresión de Kodu permanecía impasible. Parecía que el leopardo estaba contando algún tipo de historia, a juzgar por el silencio de todos. Sin embargo, lo que más preocupó al león fue el alarmante número de jarras vacías que habían aparecido en la mesa desde la última vez que la había visto.
-…de modo que, mientras esperábamos allí… -Atha se interrumpió en mitad de su historia al darse cuenta de que Ike estaba allí -. Oh, vaya. Mira quién ha vuelto. ¿El gato se siente mejor ya?
Ike sintió de nuevo el impulso de responder con algún insulto que sin duda aquel matón merecería. Sin embargo, recordó que se había propuesto tener más aguante con el leopardo y dejó escapar un suspiro.
-Sí, bastante mejor –respondió, esbozando una leve sonrisa, mientras se sentaba al lado de Kodu.
<<Si ve que no me afecta, quizás se canse>> pensó, esperanzado.
Y, en efecto, la expresión de Atha pareció cambiar ligeramente al percibir la serenidad con la que el león le había respondido. Se relajó en el asiento, cruzando los brazos, y centró de nuevo su mirada en la bebida.
-Atha nos estaba contando una historia muy interesante de una campaña para la que les contrataron en Bosquespino –le informó Kathreen, casi con un ronroneo, mientras dirigía una intensa mirada al leopardo.
Ike alzó una ceja, preguntándose a qué jugaba su hermana. Mientras tanto, Atha esbozó una sonrisa de suficiencia y volvió a hablar, clavando sus pupilas en el león.
-Sí. Pero me temo que pueda suponer demasiadas emociones para algunos.
-Oh, no te preocupes por mí –respondió Ike, haciendo un gesto con una zarpa -. Estoy seguro de que lo soportaré.
De nuevo, el leopardo pareció sorprendido, pero no dijo nada. En su lugar, se limitó a recostarse contra su asiento de nuevo y a carraspear.
-Por dónde iba… ¡ah, sí! De modo que habíamos rodeado el campamento de refugiados por los cuatro flancos y habíamos apostado a nuestros hombres en puntos estratégicos. Sin embargo, el capitán Ahanuk sabía que los kane nos habían visto, y que tan pronto como un grupo avanzara, buscarían una escapatoria o atacarían de manera desesperada. Ya habíamos sufrido demasiadas bajas en esa campaña, por lo que el capitán se negaba en rotundo a perder un solo hombre más. Y menos –añadió, dirigiendo de nuevo una mirada de reojo a Ike -, a manos de esa basura canina.
Kodu también dirigió una breve mirada al león, como esperando que este explotara, pero Ike se limitó a asentir y a continuar escuchando. <<En realidad, no es tan terrible>> se dijo a sí mismo, mientras tomaba de nuevo su jarra y daba un pequeño trago, lo suficiente como para notar el calor sin abrasarse la garganta. <<Es como escuchar a mi padre>>.
-Todo el mundo sabe que, cuando los kane se ven acorralados, atacan de manera desesperada y suicida –razonó Rohm, dando la razón al leopardo.
-Eso es. Por lo tanto, un ataque frontal habría sido una locura –continuó Atha, con una voz algo pastosa y lenta. Parecía obvio que había bebido algo de más -. Así que Ahanuk se reunió con algunos de nosotros y, tras consultarlo durante unos minutos, llegamos a la solución perfecta. –Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del leopardo -. Teníamos que quemarlo todo.
-¿Quemarlo todo? –repitió Kodu, anonadado.
-¡Exacto! Ya sabéis que Bosquespino es una región bastante seca en verano. Cuando el barro se seca…
-Espera –le interrumpió Ike, con un terrible presentimiento, mientras un recuerdo lejano acudía a su memoria -. ¿Bosquespino? ¿Que… quemasteis el campamento de refugiados de Bosquespino?
Si no recordaba mal, allí era donde Zèon había sobrevivido durante varios años con Luca. Al zorro ártico no le gustaba demasiado hablar de aquellos temas, pero Ike había logrado sonsacarle aquel pequeño detalle. Obviamente, no le había dado detalles sobre la ubicación del campamento, puesto que aquello habría supuesto, en la opinión de Zèon, una total estupidez. Después de todo, Ike seguía siendo el hijo de Alekai.
-…Así es –respondió Atha, mirando al león como si éste fuera tonto -. De eso estábamos hablando.
-¿Hace cuánto fue eso?
El leopardo se encogió de hombros.
-Un año, quizás un poco más. ¿Por qué? ¿Es que tenías algún amiguito ahí?
Ike no respondió, pero un relámpago de ira atravesó su mirada. Si lo que contaba Atha era cierto, todos aquellos kane con los que Zèon y Luca habían convivido, incluyendo la familia del lobo, estaban ahora muertos.
Kathreen pareció percibir la rabia acumulándose en el rostro de su hermano y se decidió a intervenir.
-Vamos, vamos. Nadie tiene amiguitos kane. Ni siquiera mi hermano, por más rarito que pueda parecer –añadió, dirigiendo una mirada de advertencia al león, como instándole a guardar silencio.
-Exacto. Y aunque los tuviera, estoy seguro de que alguien se encargaría de que no fuera así –replicó Ike, dirigiendo una mirada cargada de odio a su hermana.
Kathreen le dedicó una encantadora sonrisa.
-Puedes apostar que sí.
El león tuvo que hacer un gran esfuerzo para no saltar encima de su hermana, pero finalmente logró contenerse y respiró profundamente, cerrando los ojos. Se repitió a sí mismo, una y otra vez, que aquello había sucedido mucho tiempo atrás y que no tenía por qué desenterrarlo una y otra vez. Además, estaba haciendo aquel viaje por Zèon.
Tenía que aguantar. Aunque la estúpida sonrisa de su hermana no lo hiciera fácil.
-Los gritos se oyeron durante horas –continuó Atha, mientras tanto -. El humo que se levantó era tan negro que oscureció el cielo durante días. Fue una de las mejores purgas que he visto jamás.
<<Purgas>> pensó el león, apretando los puños <<Claro. Así las llaman>>.
Incapaz de aguantar aquello durante más tiempo, se levantó de la mesa, sobresaltando a Kodu.
-¿Qué pasa? ¿Es que vuelves a necesitar tomar el aire? –se burló Atha, dejando escapar una carcajada.
Ike le dirigió una mirada furibunda, logrando contenerse en el último segundo.
-No. Ya había oído historias similares sobre Ahanuk. Mi padre le tiene en gran estima y lo considera uno de sus mejores generales, ¿sabéis? –Hizo una pausa -. Lástima que a los mercenarios nadie os recuerde. Al fin y al cabo, sólo sois eso. Peones a los que compramos para que hagáis el trabajo sucio del que nadie quiere encargarse. Apuesto a que ni siquiera os dijeron para qué era este viaje, ¿verdad?
La sonrisa del leopardo se congeló en su rostro. Ike, sin embargo, se sintió mucho mejor al ver el efecto que su comentario había tenido sobre los dos mercenarios. Había tratado de evitar cualquier confrontación hasta el momento, pero no estaba dispuesto a dejarse amedrentar.
-Cuidado, león –fue todo lo que dijo Atha, al cabo de unos segundos. Había entornado los ojos y le miraba con recelo.
Ike sostuvo la mirada del leopardo, mientras se preguntaba si éste se atrevería a hacer algo. Después de todo, y a pesar de que se encontraban en medio de la nada, Ike seguía siendo el hijo de Alekai. Finalmente, decidió que no podía ni quería averiguarlo.
-Me voy a mi habitación –dijo, con voz cansada -. Ya he tenido bastante por hoy.
Dicho esto, avanzó hacia la escalera que se abría en un rincón del gran salón, dejando a sus espaldas a los cuatro fehlar. Kodu le dirigió una mirada de preocupación, mientras que los otros tres no tardaron en volver a su animada conversación. Ike incluso pudo ver a su hermana apoyándose de nuevo en Atha, lo que le hizo sospechar que la leona no pretendía dormir sola aquella noche.
Una vez hubo cerrado la puerta de su habitación a sus espaldas y se hubo dejado caer sobre el jergón, se sintió mucho mejor. No era una cama particularmente cómoda, pero después de haber dormido durante todas aquellas semanas al raso, la agradable sensación de un colchón bajo su cuerpo estuvo a punto de hacerle suspirar.
Atontado por el efecto del dakhar y el cansancio acumulado del viaje, el león cerró los ojos y se dejó caer en un sueño más profundo y reparador de lo que habría podido soñar en los últimos días.
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