Un suave soplo de aire frío acarició la melena de Ike cuando los colores y el espacio dejaron de vibrar y retorcerse y pisó por fin sobre suelo sólido. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había sentido sobre su pelaje algo lejanamente similar al viento que casi le sentó como el abrazo de un viejo amigo. Inspiró hondo y estrechó con suavidad entre sus brazos a Zèon. Le hubiera gustado que él reaccionara, pero era dolorosamente consciente de que aquello, simplemente, no iba a suceder.
Habían llegado al atardecer. El cielo de Lykans, que por lo general mostraba una tonalidad rosada, había adquirido un tono purpúreo que indicaba la proximidad del ocaso. El sol, perdido en la distancia del horizonte, iluminaba con sus últimos rayos las tierras de los fehlar y los kane.
Estaban en casa. Después de tanto tiempo, habían regresado.
-Hace frío –se quejó Koi, tirando de la zarpa de Ike.
El león asintió, esbozando una leve sonrisa.
-Supongo que eso es porque, después de tanto tiempo, nos hemos acostumbrado a la temperatura de la Caja. Pero no te preocupes –le tranquilizó Ike -, seguro que en un par de horas ya te habrás adaptado de nuevo a nuestro clima.
Koi no parecía estar muy seguro, pero asintió enérgicamente y volvió de nuevo sus ojos violetas hacia Zèon, cuya cabeza reposaba contra uno de los hombros de Ike. Abrió la boca para decir algo, pero en ese mismo instante Shiba se abrió paso por entre un grupo de fehlar que conversaban prestando poca atención a su alrededor y se dirigió hacia ellos.
-Ah, perfecto. Al fin aparecéis –dijo, con un tono que mezclaba el reproche y el alivio. Ike tardó unos instantes en comprender que, siendo su Centinela, a la tigresa probablemente no le había agradado la idea de separarse de él al cruzar el portal -. Los fehlar estaban preguntando por ti, Ike. Quieren saber qué debemos hacer ahora.
El león parpadeó un par de veces, sorprendido.
-¿Cómo voy a saberlo? Acabo de llegar aquí. Ni siquiera sé en qué región de Lykans hemos aparecido…
-En Llano Plomizo –le comunicó Shiba, con suavidad -. Lo hemos comprobado varias veces y parece que nuestros cálculos son correctos.
-Eso está cerca de los Pantanos de Fuego –suspiró Ike, y Shiba le dirigió una mirada significativa.
Los Pantanos de Fuego se extendían a lo largo de la región más occidental de Lykans, ocupando la parte noroeste del continente. Recibían su nombre por los enormes campos de trigo rojizo que los agricultores fehlar cultivaban en sus tierras; sus espigas, al ondear al viento durante el ocaso, parecían un mar de llamas embravecido. Sin embargo, la importancia de la región no se debía sólo a su tradición agraria, sino también a la presencia del castillo de los Colmillo Ígneo, que se alzaba orgulloso en una zona algo más agreste y no tan apta para el cultivo.
La región colindaba con Llano Plomizo al sureste, motivo por el que en aquellos momentos se encontraban a tan sólo unos días de viaje del castillo de los Colmillo Ígneo. Y aunque por una parte aquello aliviaba a Ike, pues significaba que se encontraba cerca de una cama cómoda y caliente, también le causaba cierta inquietud.
-¿Qué han dicho los kane? –preguntó, con preocupación.
-Que se irán –respondió Shiba, enarcando una ceja -. Obviamente.
-¿Y ningún fehlar se ha opuesto?
Shiba esbozó una leve sonrisa, echando un breve vistazo a sus espaldas. Había algo que parecía hacerle gracia, aunque el león no acertaba a comprender qué podía ser.
-Sí, al principio algunos se mostraban recelosos a dejarles ir, pero… digamos que no han tardado demasiado en cambiar de opinión –dijo la tigresa al cabo de unos segundos, aún sonriente.
Ike le miró largamente, sorprendido.
-A veces me asustas, Shiba.
Aquellas palabras parecieron hacer aún más gracia a la tigresa, que amplió su sonrisa, pero sacudió la cabeza y no dijo nada. Ike se dio cuenta entonces de que, en realidad, era la primera vez que había visto sonreír a Shiba en mucho tiempo… quizás, desde antes de que entraran a la Caja. Aunque no podía culparla, después de todo; no habían tenido muchos motivos para sonreír en aquella horrible prisión.
-¿Vamos a ir a ver al rey? –preguntó Koi inocentemente, mirando a la tigresa con los ojos muy abiertos.
-Qué remedio –suspiró Ike.
La sonrisa de Shiba se congeló en su rostro.
-Espera. ¿Planeas llevar a Zèon y al husky a la corte de tu padre? ¿Es que te has vuelto loco?
-No pasará nada, Shiba –trató de tranquilizarle Ike -. Yo me encargaré de que no se les haga ningún daño.
-Eso estaría muy bien, Ike… de no ser porque estamos hablando de tu padre –le recordó la tigresa, ceñuda -. No alojará a dos kane en su castillo. Es más, nos consideraría afortunados si consiguiéramos llevarlos hasta los Pantanos de Fuego con vida. Y en cuanto a Koi…
-Yo iré adonde vaya Zèon –declaró el husky, valientemente.
Ike le dirigió una larga mirada de agradecimiento, para a continuación clavar sus ojos en los de Shiba, con decisión.
-Ya le has oído. Koi irá adonde vaya Zèon. Y yo no pienso dejar a Zèon atrás. –Hizo una pausa -. De no ser por él, seguiríamos encerrados en la Caja, ¿es que acaso lo has olvidado? Y además –añadió, en un tono más bajo -, ya sabes que no es lo único que le debo.
Shiba dirigió una cauta mirada a su alrededor, cerciorándose de que nadie se había percatado de las palabras del león. Después de hacer aquello, pareció reflexionar durante unos segundos y, finalmente, dejó escapar una maldición.
-Está bien. Llévatelos a los Pantanos de Fuego, si quieres. Pero sólo conseguirás que los maten –le advirtió con contundencia -. No digas que no te lo advertí.
-No te preocupes –respondió Ike, componiendo una débil sonrisa -. Creo que tengo algo en mente.
-Espero que de verdad sea así –suspiró la tigresa -. Porque si no…
Se interrumpió a mitad de la frase cuando escuchó un tumulto procedente de algún lugar no muy lejos de allí. Ike también lo oyó con claridad y, preocupado, avanzó un par de pasos hasta situarse junto a la tigresa, que se había girado en la dirección de la que provenía el alboroto. Inquietos, ambos dirigieron su mirada hacia lo que parecía ser una pelea recién empezada entre un kane y un fehlar. Por lo que Ike podía distinguir a través del corrillo de gente que se había creado alrededor de los dos, uno de ellos era un puma y el otro… el otro era una hiena que ya conocía bien.
-Me parece que, después de todo, sí que vamos a empezar con mal pie –suspiró Ike, desilusionado. A continuación, se agachó junto a un árbol y dejó al zorro ártico que llevaba en brazos recostado contra su tronco -. Koi, cuida de Zèon. Intentaré poner algo de paz entre esos dos.
-Entonces yo intentaré que no te maten –respondió Shiba, con voz queda.
Los dos avanzaron apresuradamente hacia el corrillo de kane y fehlar, dejando atrás al husky y al zorro ártico. Shiba se las apañó para abrirse paso a través de los que contemplaban, y animaban en algunos casos, a los que peleaban. Afortunadamente, parecía que ninguno de ellos tenía a mano las armas que habían conseguido arrebatar a los guardias de la Caja, por lo que la pelea no iba más allá de los puñetazos, los empujones y algún que otro zarpazo. Aún así, Ike sabía que en cualquier momento podía ir a más, y no estaba dispuesto a dejar que la alianza entre kane y fehlar que le había costado tanto forjar se desvaneciera. No tan rápido, al menos.
Finalmente, llegaron al centro del círculo y pudieron ver lo que estaba sucediendo. El puma acababa de caer al suelo debido a un fuerte empujón de su oponente y se estaba preparando para levantarse y contraatacar. Había recibido un violento puñetazo en la mandíbula y escupió sangre al suelo, con una mezcla de asco y rabia que hizo estremecer a Ike. Sin embargo, no era el fehlar el que más preocupaba al león.
Kainn se erguía, orgulloso, en el centro del círculo. Sonreía de oreja a oreja, a pesar de que había recibido un violento zarpazo en el rostro que llenaba su hocico de sangre. Contemplaba al puma del suelo con una mezcla de orgullo y felicidad, y Ike comprendió que estaba esperando a que se levantara para golpearle de nuevo. Al contrario que su oponente, no parecía estar en absoluto enfadado y había algo en su amplia sonrisa, en el brillo febril de sus ojos, que hacía estremecer a Ike. Casi parecía como si estuviera disfrutando de aquella lucha; no por el hecho de ser contra un fehlar, sino por el simple hecho de poder golpear a otro ser vivo, de poder ver su sangre salpicar el suelo.
-¡Basta! –exclamó Shiba, con autoridad, interponiéndose entre ambos -. ¿Se puede saber qué demonios está sucediendo aquí?
Un leve murmullo se alzó entre los que habían estado contemplando la pelea. Ike alcanzó a escuchar que muchos lamentaban que la tigresa la hubiera detenido.
-Estamos peleando –respondió Kainn, ladeando la cabeza aún con aquella inquietante sonrisa pintada en su rostro sangriento.
Ike adivinó que Shiba se estaba conteniendo para no golpearle por la forma en que los nudillos de la tigresa crujieron cuando ésta cerró los puños con fuerza.
-Eso es bastante obvio –dijo finalmente, con voz queda -. Lo que me interesa es el por qué.
El puma que estaba en el suelo se incorporó, tambaleándose, y dirigió una intensa mirada de odio a la hiena con la que segundos antes había estado peleando. Se llevó una zarpa a la mandíbula y gruñó, con un absoluto tono de desprecio:
-Por la prisionera humana.
-¿Por la prisionera humana? –repitió Shiba, reclamando una explicación mejor.
Ike distinguió entonces con el rabillo del ojo a Sophia, que permanecía no demasiado lejos de allí rodeada por los guardias que él mismo le había asignado. Parecía observar la escena con aparente interés desde detrás de sus lentes, a pesar de la expresión neutra de su rostro. El puma resopló, aún airado.
-Ese kane pretendía llevarse a la humana a la que su Alteza quiere someter a juicio. Cuando le dije que no podía hacer tal cosa, me atacó sin atender a razones. Sólo me estaba defendiendo… pero habría acabado con él si no hubieras intervenido, Shiba –gruñó, dirigiendo una mirada de recelo a la tigresa.
-No lo pongo en duda –masculló la otra. -. ¿Y qué tienes que decir tú?
-Estaba en mi derecho de llevarme a esa maldita humana –respondió Kainn, encogiéndose de hombros -. Al fin y al cabo, Ike y yo hicimos un trato.
-¿Un trato? –preguntó Shiba, girándose hacia el león. Éste había palidecido.
-Eso es. Accedí a una tregua con los fehlar a cambio de que se nos permitiera salir de la Caja… y hacer aquello que nos viniera en gana con los humanos que se interpusieran en nuestro camino. ¿No es así… “Alteza"? –sonrió la hiena, girándose hacia Ike.
El león se removió, incómodo, cuando las miradas de todos los presentes se volvieron hacia él.
-Sí -admitió finalmente a media voz -. Así es.
Los recuerdos de la dura negociación que había mantenido con los kane el día anterior volvieron a su mente fácilmente. A pesar de que en la Caja no había nada parecido a un monarca kane (Ike ni siquiera estaba seguro de que existiera uno en Lykans), sí que había ciertas figuras que gozaban de cierta aceptación entre ellos, por su capacidad de liderazgo, su carisma o simplemente la familia a la que pertenecían. Después de que llegara a la Caja, le había costado un tiempo darse cuenta de aquello, y había tardado unos días en averiguar a quién tenía que dirigirse exactamente en caso de que necesitara crear una alianza con los kane. Luca había sido el primero con el que había conseguido contactar, pero no era el único. Todos ellos habían accedido, más o menos fácilmente, a inaugurar una tregua temporal con los fehlar con el objetivo de escapar de la Caja.
Todos, menos Kainn. El odio hacia los fehlar parecía estar realmente arraigado en la oscura alma de la hiena, por lo que las negociaciones con él se habían complicado bastante. Ike sólo había conseguido que accediera a la tregua después de varias horas de intentos infructuosos, prometiéndole que podría hacer lo que quisiera con todos los humanos que trataran de impedir su huida de la Caja.
Desgraciadamente, en aquel momento no había pensado en que aquel acuerdo podía volverse contra él. Después de todo, necesitaba a Sophia viva.
-¿Ves? –dijo Kainn, sonriente -. Vuestro príncipe me da la razón. –Dirigió una mirada socarrona al puma y añadió, burlón -. Si yo fuera tú, estaría muerto de vergüenza.
-Puede que tuvieras un trato conmigo, Kainn, pero eso no justifica esta pelea –intervino Ike entonces, avanzando un paso -. Si querías a la prisionera deberías haber venido a hablarlo conmigo, no emprenderla a golpes contra el primero que pillaras.
-Entendí que no hacía falta hablar nada más contigo después de que selláramos nuestro trato –replicó Kainn, entrecerrando los ojos.
-Y así es. Pero sabes muy bien que tengo un interés especial en que Sophia sea juzgada por nuestro tribunal por los crímenes que ha cometido, no sólo contra los fehlar, sino también contra los…
-¡Ja! Y una mierda –le interrumpió Kainn -. Ningún tribunal fehlar va a considerar nunca como un delito los crímenes cometidos contra los kane. De ser así, los primeros a los que tendríais que ejecutar sería a vosotros mismos. Además, sé muy bien cuáles son los motivos por los que quieres mantener cerca a la humana, y no son ni de lejos tan altruistas como pretendes hacer creer a la corte de estúpidos gatos que te sigue a todas partes.
Ike palideció levemente.
-¡Ten cuidado con lo que dices, hiena! –le espetó Shiba, avanzando un paso hacia él y enseñando los dientes -. Te recuerdo que estáis en territorio fehlar, por lo que en este momento si salís vivos de aquí o no es cosa nuestra.
-Ah, ¿entonces ya hemos roto la tregua? –inquirió Kainn, alzando una ceja -. Creía que estábamos discutiendo precisamente por eso, ¿o no?
-Ya basta, Kainn –dijo Ike, tratando de sobreponerse a pesar de la palidez de su rostro -. Sé muy bien lo que pretendes con esto, pero no vas a crear otra pelea. No mientras esté yo delante, al menos –le aseguró, con orgullo -. ¿Para qué quieres a la prisionera?
Kainn abrió la boca para replicar, pero finalmente pareció pensárselo mejor y dirigió una sádica mirada a Sophia, que se estremeció casi imperceptiblemente.
-Bueno, se me ocurren un par de cosas que hacer con ella… pero puedo resumirlo diciendo que me gustaría oír a esta puta gritar hasta que no le quedara garganta. Y creo que muchos disfrutaríamos del espectáculo.
Shiba esbozó una sonrisa torcida. A Ike, por algún motivo, le hizo sentir incómodo.
-Si quieres que sufra, ya deberías saber que los fehlar somos los más apropiados para ello. Como bien has dicho antes –dijo la tigresa, entrecerrando los ojos -, tenemos experiencia en ello.
Un tenso silencio siguió a aquellas palabras, mientras los kane dirigían miradas de hostilidad a los fehlar de su alrededor. Las palabras de Shiba habían despertado muchos recuerdos; la mayor parte de ellos, dolorosos.
Ike contuvo el aliento. Por algún extraño motivo, no pudo evitar dirigir su mirada a Sophia y preguntarse qué estaría pensando la mujer en aquellos instantes. ¿Preferiría ser tomada como esclava por los fehlar o por los kane? ¿O le importaba siquiera? <<Si de mí dependiera, se la daría a Kainn sin pensarlo>> se dijo, con cierta frustración <<Pero no puedo perderla de vista tan rápido. No sin antes…>>
Entonces, Kainn dejó escapar una estridente carcajada.
-Está bien –cedió, finalmente -. Supongo que puedo prescindir de ella si es para dárosla a vosotros. Si sois la mitad de “amables" de lo que habéis sido estos años con nosotros, vivirá en un infierno. –Un brillo de deleite atravesó sus ojos -. Pero prometedme que gritará mucho.
-Oh, lo hará –respondió Shiba, girándose hacia Sophia -. Ya lo creo que lo hará.
La mujer le devolvió la mirada sin acobardarse ni un solo segundo, pero no dijo nada.
-Y en cuanto a ti… -añadió Kainn, clavando sus ojos rojos en los de Ike -. Asegúrate de que él vuelva.
Ike se estremeció levemente al comprender el significado que encerraban aquellas palabras, pero asintió con decisión. Entonces, su mirada se deslizó hacia Sophia, que continuaba rodeada por los fehlar.
Si había algo que Kainn no había hecho del todo mal era leer las intenciones ocultas del león. Tal y como había dicho, los motivos que llevaban a Ike a querer conservar a Sophia a su lado eran menos justos de lo que hacía creer al resto de los fehlar. Sin embargo, desde el momento en que se había dado cuenta de que Zèon seguía con vida, había llegado a la conclusión de que si quería averiguar cómo traerle de vuelta sólo había una persona de la que podía obtener la respuesta.
Y esa persona era, por más que le pesase, Sophia.
Pero sabía también que los fehlar no aceptarían completamente el hecho de que su príncipe quisiera salvar a un kane que, además, había sido nada menos que un esclavo sexual. Hasta el momento, había explicado su relación con los kane mediante la construcción de una alianza que les permitiría salir de la Caja, pero ahora que ya habían conseguido escapar, teóricamente no tenía ninguna responsabilidad para con ellos. Por ello, la versión del heredero a príncipe que quería juzgar a Sophia para demostrar el potencial jurídico de su raza les resultaría mucho más fácil de asumir.
En cuanto a por qué llevaba consigo a Zèon y Koi… Ike esperaba sinceramente que ningún fehlar le preguntara aquello de manera directa.
-Te has arriesgado mucho –reprendió a Shiba, cuando ésta se reunió con él unos segundos después -. Si Kainn no hubiera accedido, la hostilidad que has creado podría haber llevado a los kane a atacarnos.
-Bueno, no era algo que me preocupara demasiado –murmuró Shiba, sacudiendo la cabeza -. Ya tuve que arriesgarme antes. ¿Recuerdas que te dije que ningún fehlar trataría de impedir que los kane siguieran su camino? Pues fue porque les dije que tú no lo aprobarías, y que actuarías en consecuencia.
-¡Shiba! –exclamó Ike, molesto -. Ya sabes que no me gusta… en fin, utilizar la autoridad de ese modo.
-Sabía que tú no lo harías. Por eso lo hice yo antes de que llegaras –aclaró Shiba, encogiéndose de hombros -. Además, encuentro que es una medida rápida y eficaz. No sé por qué no te aprovechas de ser quién eres más a menudo.
Ike negó suavemente con la cabeza, pero no pudo evitar pensar que quizás la tigresa tuviera razón después de todo. Decidió cambiar de tema.
-Tengo que hablar con Sophia –dijo, con suavidad -. A solas –añadió, como aclaración.
-Me lo imaginaba.
-¿Podrías vigilar que nadie nos molestara mientras tanto? –preguntó. Como cada vez que le pedía algo a Shiba, trató de olvidar que realmente tenía el poder para ordenarle que lo hiciera.
-De acuerdo. Pero prométeme que tendrás cuidado con ella, Ike –le pidió Shiba, mirándole fijamente a los ojos -. Sé que la hemos atrapado, pero… por algún motivo, tengo la sensación de que, incluso estando aquí, seguimos jugando a su juego.
-No estoy tan seguro, Shiba –respondió el león, cambiando el peso de una pierna a otra -. Después de todo, ¿qué podría hacer aquí? Ni siquiera conoce Lykans.
Shiba sacudió la cabeza, pero no dijo nada más. Parecía sumida en hondas reflexiones y, por experiencia, Ike sabía que no compartiría sus pensamientos con él. De modo que se despidió de ella con una inclinación de cabeza para y, sin más dilación, avanzó hacia el grupo que custodiaba a Sophia.
La humana le vio venir y se giró hacia él, con un brillo de expectación en la mirada. Casi parecía como si, a pesar de las circunstancias, supiera qué iba a hacer el león en todo momento. Por unos segundos, la teoría de Shiba cobró fuerza en la mente de Ike, pero el león trató de deshacerse de aquellos pensamientos y continuar caminando.
-Disculpad. Quiero hablar con ella a solas –informó a los fehlar que la rodeaban.
-¿Estáis seguro, mi señor? –le preguntó una pantera negra, con cierto tono de preocupación. Como siempre que alguien se dirigía a él de aquella manera, Ike reprimió un suspiro -. Esta humana no es de fiar.
-Lo sé. –Una idea acudió entonces a su mente -. Por eso me gustaría que vigilarais los alrededores junto a la centinela Shiba. Id con ella y seguid sus órdenes. Ella sabrá lo que hacer.
-Como ordenéis.
Los hombres se retiraron uno tras otro, dejando a Ike sólo con Sophia. Durante los primeros segundos, el león tuvo una ligera sensación de inquietud, quizás temiendo que reducir la vigilancia de la humana hubiera sido un error. Sin embargo, la mujer tenía las manos atadas detrás de la espalda, por lo que no habría podido hacerle nada ni aunque hubiera querido. En cuanto a escapar… Ike no estaba seguro, pero habría apostado a que los humanos no destacaban precisamente por su rapidez.
Después de unos instantes en silencio, Sophia esbozó su característica media sonrisa y murmuró, sin mostrar emoción alguna:
-Has tardado más de lo que pensaba.
-Tenía que impedir que Kainn te matara –contestó Ike, conteniendo su rabia. Después de todo, no podía olvidar que estaba hablando con la mujer que les había mantenido presos durante más de un año, además de asesinar a Luca y dejar a Zèon en aquel estado -. Espero que me lo agradezcas.
-Oh, por favor. Sabes tan bien como yo que no lo has hecho por mí –bufó Sophia, con cierto tono de cansancio en la voz -. Incluso esa hiena lo sabe.
Ike recordó entonces las extrañas palabras que Kainn le había dirigido al acceder a dejarle a Sophia. <<Asegurate de que él vuelva>>, le había dicho. Por lo tanto, la hiena debía de saber que la verdadera intención de Ike era conseguir que Zèon recobrara la consciencia. Sin embargo, y por más sorprendente que pareciera, no daba la sensación de que Kainn hubiera compartido aquella información con nadie. A pesar de lo mucho que podría haberle beneficiado hacerlo.
Aquello sólo tenía una explicación, y era que la hiena también quisiera que Zèon recobrara la consciencia. Sin embargo, Ike no acertaba a comprender por qué aquello podía ser así. Después de todo, ni siquiera estaba seguro de que Zèon y Kainn se conocieran antes de la entrada de ambos a la Caja.
Sacudió la cabeza, confuso, y decidió volver a centrarse en la conversación que tenía entre manos.
-Entonces también sabes qué es lo que he venido a preguntarte –dijo, respondiendo a las anteriores palabras de la mujer.
-Sí. Y la respuesta es que sí. Hay una forma de despertar de nuevo la consciencia de Lagopus Z, pero tiene un precio. Y que yo te diga cómo hacerlo, también.
Ike apretó las zarpas.
-Creo que no estás en posición de ponerle precio a nada –dijo entre dientes.
-¿Eso crees? Pues yo diría que sí. Piénsalo de esta manera: yo no tengo nada que perder ya, mientras que tú puedes ganar la vida de tu amante. ¿Oh? ¿Creías que no lo sabía? –preguntó Sophia, esbozando una afilada media sonrisa al percibir la sorpresa de Ike -. No hay nada de la Caja que me pase desapercibido, Leo I, y durante los últimos meses he estado prestando especial atención a Lagopus Z. Hay muchas cosas de él que tú no sabes, cosas que te interesaría saber, pero creo que será mejor que las descubras por ti mismo cuando llegue el momento.
Ike no dijo nada durante unos segundos, pensativo. Por más que le inquietara el hecho de que aquella mujer conociera el tipo de relación que mantenían Zèon y él, no era tan descabellado. Después de todo, la Caja era la prisión de Sophia, y ella tenía razón cuando decía que nada de lo que sucedía en ella le pasaba desapercibido.
Sin embargo, aquello no era importante ahora. Sólo necesitaba saber cómo traer a Zèon de vuelta. Y Sophia había dicho “cuando llegue el momento", por lo que comenzaba a pensar que la mujer podía estar dispuesta realmente a devolverle la vida al zorro ártico. Inspiró profundamente tratando de infundirse valor y preguntó, previendo cuál sería la respuesta:
-¿Y qué debo hacer para que me digas cómo traer de vuelta a Zèon?
La sonrisa de Sophia se acentuó más y, a pesar de estar atada de manos, a Ike se le antojó más peligrosa que nunca.
-Lo sabes muy bien –dijo, y un brillo astuto destelló tras sus gafas -. Oh, sí, lo sabes muy bien.
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