Un flis de colonia Nenuco
Un relato sobre la lucidez y la soledad cuando ya no queda nada
Hace tiempo que no habla con nadie. Es raro el día que se cruza con alguna vecina durante los paseos nocturnos. Desde que murió su marido nunca se levanta más tarde de las siete de la mañana. El insomnio la persigue y los reproches la atormentan en sueños.
Piensa que pudo haber hecho más de lo que hizo. Se culpa por no haber escogido la pastilla correcta. Aunque nadie sabe muy bien qué pasó, la realidad es que Amor no reaccionó con la rapidez de otras veces. Se quedó bloqueada frente al pastillero mientras su marido jadeaba a sus espaldas. Fue como si, de repente, no conociese la diferencia entre cafinitrina, naloxona o midazolam. Había sido su enfermera a tiempo completo durante dieciséis años, pero aquella noche solo era una niña eligiendo un Lacasito al azar.
Desde que está sola, todas las noches después de fregar, sale a pasear. Echa un chorro de colonia Nenuco en el peine y se marca la raya al lado. Tiene 91 años, pero ha empezado a peinarse igual que peinaba a sus hijos cuando eran pequeños. Con el sisi aún puesto y las mismas zapatillas de estar por casa, sale a tirar la basura y a llevar la capilla a domicilio a su vecina Delia. Cada dos días, la caja de madera que contiene una versión en miniatura de la virgen de Covadonga viaja de una casa del pueblo a otra.
Las medias de descanso son inútiles en días de 30º y 100% de humedad. Amor arrastra los pies a cada paso y camina pueblo abajo. Paula, su amiga de los paseos matutinos, está sentada a la fresca justo cuando Amor pasa por allí, pero esta vez no repara en ella ni le devuelve el saludo.
Deja atrás los contenedores sin deshacerse de la bolsa de basura y emprende un paseo improvisado. Baja las escaleras y enfila hacia la calzada. Sobrepasa el cartel que indica que el territorio de la aldea termina en ese punto, pero continúa decidida carretera arriba. Parece tener claro hacia dónde se dirige. La Santina la protege desde su mano derecha.
Antes de llegar a la glorieta que conduce a la autovía, se desvía por una caleya que llega hasta el río. Sin descalzarse, ni tampoco soltar la virgen o la bolsa de basura, se mete en el río y se sienta sobre las piedras que cubren el fondo. Tiene la mirada perdida, pero en el preciso momento en el que el agua del río sube medias arriba hasta el delantal y las bragas, su rostro cambia. Por un momento, la lucidez y el placer regresan a su expresión.
Después de flotar sobre las rocas y las ranas, se incorpora y continúa caminando. Lejos de retomar su camino, avanza sin rumbo y cruza hacia el otro lado del quitamiedos. Los coches que pasan reducen la velocidad y la observan perplejos. Otros tocan el claxon. Amor camina por mitad de la autovía con el cuerpo mojado hasta que uno de los coches para en seco y cruza la calzada para retirar a la anciana hacia el arcén.
“Güelita ¿qué te pasa? ¿cómo tas así de mojada? ¿de dónde vienes?”, pregunta su nieta preocupada sin obtener respuesta. Amor es incapaz de mirar a la joven. No puede, no la ve. “Güelita no me asustes ¿eh? Contéstame, ¿qué te pasa? ¡Dime algo!”, pero Amor no puede responder ni tranquilizarla porque ya no está allí.

