Día 2
La primera semana de diario estuve en la isla de La Palma. Ya es tradición: cada mes de enero viajamos a Canarias por el cumpleaños de mi padre. (Es un truco para acortar el invierno) (cada vez menos invierno).
Al subirme al avión estaba muy contento y muy tranquilo, sin ninguna preocupación. Ni de trabajo -el Madrid no iba a fichar en enero- ni de mi vida. Esto suele ser un peligro. Desconfío cuando todo va bien; suele ser la señal de que viene un problema/una avería/un desamor. Siempre he pensado que no se puede vivir sin algo pequeñito que te dé vueltas en la cabeza.
Como seguía tan tranquilo, mi cuerpo no supo cómo reaccionar. Y me empezó a doler el lado izquierdo de la boca, el labio y también la tripa. Unos dolores muy suaves, casi sordos, suficientes para que me pudiera rayar. El primer día de viaje estuve explorando en google todo un catálogo de enfermedades que podría padecer.
Lo que más me preocupaba no era la enfermedad en sí, sino cómo comunicar tal tragedia. Así mantuve ocupada mi cabeza. Cuando me aburrí de pensarlo tanto, se lo dije a mis padres y ya luego se me pasó. Desapareció el dolor (no descarto que reaparezca, ya sabéis, de algo hay que preocuparse). Los problemas, como casi todo, se suelen resolver por aburrimiento y justo tras airearlos.
El martes ya pude disfrutar de la isla. La Palma pertenece a España pero en realidad es una isla de Hawai. Volcanes, montañas, curvas, bosques y playas de arena negra pero fina. Me quedé impresionado con la gente de allí; en qué pensará la gente que cada día sale de casa y contempla esas vistas. Serán filósofos.
De los viajes lo único que no me mola es ese tipo de peña que quiere hacer turismo a todas horas (mis padres) (pero les quiero mucho y son una maravilla eh). Que no se pueden dejar nada sin ver. A mí lo que me gusta es desperdiciar el tiempo, quedarme ahí tumbado, imaginarme todas las vidas del mundo, y pensar en ti.
Porque escribiros correos electrónicos está más guapo que escribir cartas de amor.

