Sedimento
Me quedo en la cocina, registrando el peso del agua contra las tejas. Es una lluvia mansa pero persistente, una de esas tormentas del Conurbano que borran los límites entre el jardín y la vereda. No hay perros afuera; el barrio se ha quedado mudo, salvo por el canto de unos pájaros que se resguardan en el limonero y el siseo intermitente de algún auto que pasa por la cuadra, un sonido que se corta en seco cuando dobla la esquina.
Tengo la computadora abierta. Salto de una pestaña a otra: la luz azul del monitor contra la luz gris de la tarde. Leo los diarios online y la tipografía impecable de la pantalla parece una burla frente al contenido de Gaza. Las palabras fuego, fosa, escombros, aparecen en mi navegador junto a sugerencias de compras y recordatorios de suscripciones. Es una sintaxis rota. El horror no se integra a la mañana; se yuxtapone a ella sin tocarla. No hay una narrativa que conecte el precio del pan en la panadería de la vuelta con el borrado sistemático de una ciudad en el Mediterráneo. Son solo datos aislados que flotan en el mismo espacio digital, desprovistos de una lógica que los amarre.
En otra pestaña, la radio suena a través de YouTube. La voz del locutor trae la retórica de la guerra con Irán, un lenguaje de despliegues tácticos y disuasión que llega mediado por la compresión del audio y el ruido de la lluvia. Es una frecuencia que no termina de sintonizar con la realidad física de esta cocina. Escucho los planes para incendiar el horizonte de otros mientras observo cómo el agua se acumula en el patio. La información no informa; solo aumenta la estática.
Me quedo mirando el reflejo de la pantalla en el vidrio de la ventana. Siempre pensé que el mundo era un mapa que podíamos desplegar sobre la mesa y leer. Pero no hay mapa. Solo hay una serie de señales eléctricas, una sucesión de imágenes que se reemplazan unas a otras sin dejar sedimento. La inmediatez de la red es, en realidad, una forma de aislamiento absoluto.
No sé si se trata de entender lo que pasa; es que parece ser que el concepto mismo de entender ha quedado obsoleto. Entender requiere un sistema de causas y efectos, una gramática moral que se desmantela. Cierro la computadora. El silencio que queda no es paz; es el zumbido de una desconexión que ya es total. La lluvia sigue cayendo sobre las tejas y los pájaros en el limonero mantienen su trino agudo, ajenos a la sospecha de que ya no habitamos un mundo, sino apenas el resto de un naufragio que nadie se molesta en narrar.


¿Qué queda de lo real? ¿Somos lo anhelamos, o somos una sombra? Ya no se sabe si la humanidad maneja o es manejada por los adelantos. Siempre un gran placer leerte. Saludos y abrazo!!