Una ambición desmedida
Entre querer ser la más lista de la clase y tener tanto amor como para no necesitar serlo hay una fina línea. Quienes maduramos bajo la promesa de «si estudias, tendrás un futuro mejor», para sorpresa de nadie, crecimos y nos dimos cuenta de que las clases existen. Se nos plantea entonces una pregunta: ¿tiramos la toalla o afilamos el cuchillo? Miro a la adolescente que fui y veo un deseo ferviente de conocimiento, cierta superioridad moral, una escandalosa necesidad de ser escuchada y una intelectualización de las emociones que, desde la distancia, no puede sino enternecerme.
Quién no ha querido ser DJ en Ibiza, dejarlo todo y montar una escuela de moda, un taller de carpintería, un bar. Por supuesto, en el momento en el que te pones a servir cervezas hasta las tres de la mañana, a acompañar a la gente a sus butacas en un teatro mientras aguantas cinco horas de pie o a dar cursos de cerámica a media jornada, te das cuenta de que no todo es tan bonito. Quien romantiza esos trabajos es porque no ha estado ahí.
Pero, claro, si tirar la toalla no es una opción —porque al fin y al cabo ese trabajo en aquella empresa, universidad o institución pública no está tan mal comparado con la precariedad de los antes mencionados—, ¿qué haces? ¿Sigues estudiando y esforzándote para ver si el trabajo añorado llega? Leía el otro día este artículo que dice:
«Mirad, yo siempre he tenido un aspecto aniñado que, sumado a mi acento andaluz, no me dotaba lo que se dice de autoridad. Esa percepción de los demás sobre mí provocaba que se sintieran libres de ningunearme porque no creían que yo fuera particularmente inteligente. Como si tuviera que ser lista para ser respetada. Y, aun así, después de la pataleta y la frustración, debía demostrar quién era yo. “Es que me niego a esforzarme más.” ¡Al contrario! De hecho, probad a no hacerlo y veréis que es imposible porque son las personas de clase alta aquellas que pueden permitírselo. No compres la “cultura del esfuerzo” por lógica liberal. Lee, sé crítica y esfuérzate precisamente para, un día, no vivir bajo su yugo.»
Puede ser terrible darse cuenta de que ese trabajo te quita tiempo para pensar, pero nadie va a venir al rescate. A la gente poderosa le das igual y, aunque quien esté a tu lado te quisiera apoyar, no puede porque está incluso más atareada que tú. Así que sí, quizás tengas que renunciar a las vacaciones en Honolulu o Benidorm para priorizar aquello que tendrá beneficios solo a largo plazo. Ya sea terapia —no de pacotilla, sino una que te sostenga sin bailarte el agua—, apuntarte a ese curso o dedicarle horas a aquello que ahora no puede ser tu trabajo, pero querrías que lo fuera.
Es fácil ningunear a quien tiene dinero, sobre todo si es lo ha heredado, pero una puede hacer autocrítica y tener sentido de justicia social al mismo tiempo. El capitalismo no es del todo bueno para el planeta ni para la salud mental, pero ¿qué vas a hacer mientras tanto? ¿Entrar en depresión y lamentarte en el sofá? No seré yo quien defienda el You Can Do It ni la autoayuda barata. Tampoco desprestigiemos practicar el deporte de riesgo que consiste en mirar hacia las adentro. Buscar qué es lo que, a ti, en concreto, te da miedo, te apasiona, te confunde, te imposibilita tomar decisiones. Avanzar sin rumbo en la niebla y confiar en que un día, en un claro del bosque, alguna pieza del puzzle encaje.
Poco a poco, aunque tardes dos, o tres, o cinco años, quizás tengas cierta idea de quién eres, o al menos de quién no quieres ser. Decía Nora Ephron que los últimos cinco años de psicoanálisis no sirven para nada. ¿Intuyo entonces que los primeros sí? Puede que dentro de un tiempo pueda afirmar lo mismo que la maestra de las comedias románticas. De momento, prefiero tirar la casa por la ventana y averiguarlo por cuenta propia. Pero bueno, os dejo, que me tengo que poner a organizar el viaje a Sri Lanka. No todo va a ser terapia.




Me he reído con lo de Krahe 🖤
❤️