Mis manos
Mis manos siempre están frías. Ningún médico, fisioterapeuta, osteópata o naturista ha descubierto el motivo. Quizás los cables que unen mis manos a mis brazos estén desconectados. El enchufe de mis muñecas no funciona. Dicen que las mujeres estamos a dos grados menos que los hombres y que por eso nos gustan las duchas abrasadoras. No sé a quién se le habrá ocurrido eso, pero mis manos están a cinco grados menos que mi cuerpo hoy.
Mis manos fueron calentadas por mi padre en mis paseos de la infancia. Por chimeneas, calefactores, guantes, manoplas, bolsillos, otros hombres, amigas, el “calientamanos” (juego brutal y efectivo), hogueras, movimiento, sexo, deporte. Quizás mis manos se enfríen porque saben que van a ser abrigadas. Aspiran a encontrar refugio en otras manos. Si nadie me las hubiera cuidado, quizás habrían aprendido a sobrevivir solas. Y eso que son muy autónomas, mis manos. Mis manos agarran rocas, escalan y hacen masas: de bizcocho, de quiche, de pizza. Mis manos acarician, escriben, abrazan. Mis manos sostienen, limpian, mis manos curan. “Lo de cuidar mis manos es un hábito que he adquirido desde que empecé a cuidar a alguien más”, dice Leticia Sala. No soy madre, pero también mimo mis manos. Quiero que huelan bien.
Nunca han sostenido a un muerto, mis manos. No han disparado un arma, no han matado. Sí han arañado, nadado, salpicado. Han escarbado en la tierra, sentido el relieve de los nombres de mis abuelos en sus tumbas, notado el grosor del papel, dibujado. Han creado cosas, mis manos. Han sostenido instrumentos, acariciado teclas. “Su dulce boca burlona guardaba un beso que Wendy nunca pudo conseguir, aunque allí estaba, bien visible en la comisura derecha”, dice J. M. Barrie sobre la señora Darling en Peter Pan. Yo guardo un beso en la palma de mis manos.
P.D.: Os dejo aquí uno de los fragmentos de La sonrisa etrusca, de Jose Luis Sampedro.
La escasa luz acotada por la rendija entre las cortinas cae directamente sobre sus manos. El viejo las contempla obsesionado: los dorsos, las palmas. Fuertes, anchas, con azulosas venas, dedos como recios sarmientos, uñas duras y cortas, pardas manchitas visibles entre el vello…
Las contempla: esas dos garras que saben degollar y acariciar. Trajeron corderos al mundo y refrenaron caballos, lanzaron dinamita y plantaron árboles, rescataron heridos y domaron mujeres… Manos de hombre, manos para todo: salvar y matar.
¿Todo? Ahora no está seguro. ¿Y el botoncito? ¿Y sostener bien al niño? ¿Sirven sus manos?
El fracaso de hace un rato le acongoja. Esos dedos que mueve ante sus ojos… Nudosos, ásperos… No son para esa piel de seda.
¿Será posible? ¡Por primera vez en su vida no se siente orgulloso de sus manos!




Preciosísimo. Mis manos también son frías como el agua que nace de la montaña y también mi papá me las calentaba cuando era niña. Gracias por esto. 💕
Bellísimo ❤️